¿Nos atrevemos a romper la superficie?

Hoy quiero compartir con vosotros estas palabras del teólogo Paul Tillich. Sólo haré un par de comentarios a continuación; creo que el fragmento ya da mucho que pensar:

«La profundidad del pensamiento es sólo una parte de la profundidad de la vida. La mayor parte de ella sigue moviéndose en la superficie. Estamos esclavizados por la rutina de nuestra vida cotidiana, en el trabajo y en el placer, en los negocios y en las distracciones. Estamos dominados por innumerables azares, tanto buenos como malos. Somos arrastrados por la corriente, en lugar de ser nosotros los que arrastramos. No nos paramos a contemplar la altura que hay sobre nosotros o la profundidad que se abre bajo nuestros pies. Siempre vamos corriendo hacia adelante, aunque normalmente en un círculo, que finalmente nos devuelve al lugar del que antes salimos. Estamos en continuo movimiento y nunca nos detenemos para sumergirnos en la profundidad. Charlamos sin cesar, pero jamás escuchamos las voces que hablan a nuestra profundidad y que surgen de nuestra profundidad. Nos aceptamos tal como nos parece que somos, y no nos preocupamos de lo que realmente somos. Como conductores alocados, injuriamos a nuestra alma por la velocidad con la que nos movemos sobre la superficie; y luego salimos corriendo, dejándola ensangrentada y sola. Así malogramos nuestra profundidad y nuestra vida verdadera. Y sólo cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos se quiebra del todo, sólo cuando nos descubrimos actuando contra todo aquello que esta imagen nos permitía esperar, y sólo cuando un terremoto sacude y destroza la superficie de nuestro propio conocimiento, sólo entonces, estamos prestos a descender a un nivel más profundo de nuestro ser.» (Paul Tillich, «La profundidad de la existencia», en Se conmueven los cimientos de la tierra, Ariel, Esplugues de Llobregat 1968, pp. 93-94).

Sólo añadiría una cosa al texto de Tillich: somos esclavos de nuestra cotidianidad, como él dice, no porque haya que salirse de ella para lograr la profundidad, sino precisamente por todo lo contrario: vivimos esperando los «extras», los acontecimientos especiales (los fines de semana, las vacaciones, los viajes…), porque creemos que la vida gana sentido en esos momentos. Y, al hacerlo, nos movemos, como dice el autor, por la cotidianidad sin traspasar la superficie, dejándonos arrastrar por la vida, sin ver que es en esa cotidianidad donde estamos llamados a la profundidad. La hondura y el sentido de la vida se juegan en cada momento, no sólo en los momentos que se salen de lo corriente. Estamos llamados a la profundidad, pues sin ella el ser humano no vive plenamente. Ahora bien, ese camino hacia el interior no es fácil, y muchas veces duele. Retomando las palabras de Tillich:

«Nuestro intento de evitar la ruta que conduce a semejante profundidad de sufrimiento y los pretextos que invocamos para rehuirlo, son naturales. Uno de los métodos de que nos servimos, por cierto muy superficial, consiste en afirmar que las cosas profundas son cosas sofisticadas, ininteligibles para una mentalidad no cultivada. Pero la marca de la profundidad real es su simplicidad. Si por ventura dijerais: “Esto es demasiado profundo para mí; no puedo comprenderlo”, os engañaríais a vosotros mismos. Porque deberíais saber que no existe nada realmente importante que sea demasiado profundo para nadie. No nos apartamos de la verdad porque es demasiado profunda sino porque es demasiado inconfortable» (ibid., p. 99).

En esta línea, Tillich dice también que es más profundo cualquiera que se haga una pregunta genuina sobre su vida, aunque aún no tenga respuesta, que alguien culto que «sepa» muchas respuestas que han dado otros a lo largo de la historia, pero no haya hecho un camino personal hasta ellas (podríamos decir: alguien que vive del postureo intelectual). En suma, la profundidad es tomarse la vida en serio y penetrar en el sentido de las cosas que hacemos y que nos ocurren. No se trata de «rallarse» con ideas estrambóticas.

¿Interesante, no? ¿Nos atrevemos a romper el cascarón de la superficie?

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Elogio de san José

«Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.» (Mt 1,19)

Dentro de unos días es la festividad de san José. Siempre he sido muy «fan» de este buen hombre, que muchas veces pasa desapercibido o se habla de él sólo como «casto» esposo de María, como si eso fuera lo único –o lo más– importante. Y lo soy porque creo que, tanto si somos creyentes como si no, tiene mucho que enseñarnos para la vida misma.

Si lo situamos en su contexto histórico, el versículo que encabeza el post es, cuanto menos, llamativo. [Paréntesis para teólogos: mi reflexión aquí parte de lo que los evangelios nos dicen de san José, sin meterme en cuestiones histórico-críticas sobre si realmente fue así o no. Me interesa e interpela la imagen que la comunidad cristiana quiso transmitir.] Imagino la escena de Jn 8 (la adúltera a la que algunos judíos quieren apedrear y a la que Jesús defiende) y la comparo con la actitud respetuosa de José y me da qué pensar. El que un hombre se tragara su «hombría» y decidiese repudiar a su mujer en secreto, en la intimidad, tiene mucho valor en una época en que tenía «derecho» a repudiarla y castigarla en público. Además, el adulterio era «de lo peorcito». No es lo mismo repudiar a la mujer por cocinar mal (por lo visto era una de las razones para permitir el repudio) que hacerlo porque había sido infiel. San José aparece aquí como un hombre contracultural: respetuoso con la integridad de su mujer (no la castigó; sólo decidió separarse de ella), y hasta con su fama (decidió hacerlo en secreto). Jesús tuvo un buen referente para aprender a ser hombre sin necesidad de caer en los tópicos machistas que, desgraciadamente, llegan a toda época y lugar (aunque confío en que se van venciendo, poco a poco).

Pero aún queda una segunda parte de esta historia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús» (Mt 1,24-25). Es decir, no sólo perdona a María, sino que, en un segundo momento, y gracias a que se abre a la palabra que Dios le dirige, se fía de ella (se cree que se le ha encomendado una gran misión), y, generosamente, hace suyo su proyecto: la acoge y acompaña. Amar es confiar, de lo que se deriva una consecuencia que no siempre hemos sabido leer en la historia de María y José: amar a una persona implica, a veces, renunciar por ella, e intentar posibilitar su proyecto personal. Personalmente, me llama la atención esa actitud en José, puesto que tradicionalmente ha sido la mujer la que ha renunciado más por el hombre, y no al contrario. (No digo, con esto, que siempre tenga que renunciar el hombre, como tampoco considero que tenga que renunciar siempre la mujer. Es un discernimiento que compete a cada pareja. Pero es innegable que resulta más llamativo un ejemplo masculino simplemente porque no ha sido lo más frecuente a lo largo de la historia.)

San José es, para mí, un modelo. Un modelo de humildad, apertura y respeto; un modelo de amor que comprende, perdona, se abre al misterio y confía; un modelo de hombre que valora, protege, acompaña y apuesta por su mujer; un modelo de cómo ha de ser el feminismo: buscar la igualdad entre los sexos desde la coherencia personal y el trato humano. Y todo esto tanto si se es cristiano como si no. Desde la perspectiva creyente, llama también la atención cómo la confianza en Dios lo abre a la confianza en María (vislumbra que Dios tiene un proyecto para ella y lo acoge); cómo la fe es motor importante en su matrimonio. Pero los valores que señalaba antes también son sugerentes si no se es creyente: para repensar cómo son nuestras relaciones, en qué las basamos, cómo encajamos las dificultades, si somos capaces de renunciar por el otro…

Miremos a san José y dejémonos interpelar por él. Y, de paso: ¡felicidades adelantadas a todos los “José”, “Josefa” y “Josefina”!

El «postureo»

La palabra «postureo» es de uso bastante corriente (aunque, curiosamente, no esté en el DRAE. Me llama la atención que, habiendo recogido palabras como «almóndiga» o «molar» –en el sentido de «gustar»–, los académicos no hayan añadido «postureo» a nuestro acervo lingüístico, con lo simpática que es la palabra). La solemos utilizar despectivamente, para hablar de alguien que presume en exceso de sus logros; logros que, con frecuencia, esa persona vende más caros de lo que realmente valen (hasta podríamos llamarlos «apariencia de logros»).

Hay muchos tipos de postureo, que corresponden a los distintos espacios y/o actividades en los que se desarrolla nuestra vida cotidiana. El postureo en el gimnasio es de los más graciosos: ¿qué son esos paseos de un lado al otro del gimnasio, con los músculos en tensión –bien visibles, por supuesto– y pasando siempre al lado de los espejos, sino «postureo gimnástico»? El «postureo nocturno» es otro bastante extendido (no es necesario precisar sus modalidades, baste decir que presenta una amplia gama de matices). El «postureo turístico» (que hoy podríamos calificar como «postureo selfie»): ochocientas fotos en Facebook de los sitios en que hemos estado, y que quizá ni hemos dejado que hagan mella en nosotros. Hay hasta «postureo eclesial», aquel en que caemos cuando servimos, rezamos o participamos en actividades más para que se nos vea que por convicción.

Habría mil tipos más de postureo en los que no voy a entrar (si a alguien se le ocurre algún otro postureo gracioso, que me lo haga saber; ¡lo mismo hasta acabo haciendo un estudio sociológico sobre esto!). Pero sí quisiera detenerme un poco en uno de ellos, que he descubierto recientemente y que está relacionado con uno de los lugares donde más tiempo paso durante la semana: la universidad. Sí, se trata del «postureo intelectual» (aunque también podría ser llamado «postureo académico»). Uno podría pensar que quien se dedica al saber y, más concretamente, a saberes como la filosofía o la teología, es totalmente ajeno a las lógicas «mundanas» y sólo le interesa buscar la verdad con verdadera entrega y sinceridad. Y en parte puede ser cierto, pero también quien se dedica a tan magna tarea tiene el peligro siempre presente –casi diría la «asechanza»– del postureo intelectual. ¿En qué consiste? En que la búsqueda del saber se transforme más bien en la apariencia del saber. Por ejemplo, que en vez de leer un libro en profundidad y pensar sobre lo que propone, cojamos varios libros, los abramos por cualquier página, saquemos una cita exprofeso para la redacción que estamos escribiendo, y ya podamos añadir varios títulos más a la bibliografía. Y es que el primer principio del postureo intelectual es: «todo libro que hayan tocado tus dedos pasa automáticamente a la bibliografía de tu trabajo». Del cual se deriva una consecuencia práctica: te pasas toda la tarde de biblioteca pasando las manos entre los estantes, en vez de realmente leyendo y profundizando. A veces es fácil visualizar este postureo: típica escena en la que ves una mesa llena de libros por todas partes pero la persona en cuestión –¡desgraciadamente, muchas veces eres tú mismo!– está revoloteando por ahí, mientras sus libros están en el pupitre deseando lastimeramente ser leídos. [Nótese que se trata aquí del «postureo nivel-alumno»; supongo que en el «nivel-catedrático» habrá otras caracterizaciones del mismo.]

¿Qué consecuencias sacar de todo esto? Más allá de la broma, creo que hay algo realmente serio e importante escondido tras todos nuestros «postureos»: el peligro de oscilar del ser al parecer. El peligro de estar más preocupados por lo que los demás vean, piensen, juzguen u opinen de nosotros, que por hacer lo que realmente nos sentimos llamados a hacer, aquello que nos llena. El peligro de saber pinceladas de todo, pero nada verdaderamente en profundidad. El peligro de que las cosas nos importen porque importen a los demás, y no porque realmente nos importen a nosotros mismos. El ejemplo que he puesto, el postureo intelectual, es uno más entre otros muchos. Y lo he subrayado para dejar constancia de que hasta lo que puede parecer más desinteresado y vocacional puede pervertirse por la necesidad «postureril» (y porque es un ejemplo que me toca más de cerca). Lo mismo ocurre a veces con la caridad y la entrega a los demás: la hemos fastidiado cuando la hacemos más por quienes nos ven, que por motivación sincera.

Preguntémonos: ¿por qué hago las cosas? Y, sobre todo, ¿qué tipo de postureo puede más conmigo? ¡Cuidado con hacerme esclavo suyo!

(Dedico esta entrada especialmente a mi amiga Ianire, estudiante de Doctorado, con la que he disertado largamente –casi siempre en la cafetería, entre risas– sobre este tema.)