¿Qué nos diría Dios sobre el problema del mal?

No cesáis de preguntarme por qué, si soy un Dios bueno y todopoderoso, permito que sufráis tanto mal. Sé que sabéis disfrutar del mundo que he creado para vosotros. Sois sensibles ante la bondad, os deleitáis con la belleza, exploráis las grandísimas posibilidades a vuestro alcance… Sin embargo toda hermosura es insuficiente para borrar completamente el dolor, el sufrimiento, la injusticia, que arremeten contra vuestra candidez y os tornan pesimistas. El mal os deja fuera de juego, os causa perplejidad: «¿Por qué no has podido evitárnoslo?», me espetáis. Y tenéis razón. El mal no es deseable para nadie, ¡cuánto menos para mí, que soy el Bien!

No obstante, creo que estáis olvidando algo fundamental: la creación es como una moneda, con su cara y su cruz. Vosotros deseáis la libertad, pero no siempre aceptáis la responsabilidad; anheláis el amor, pero no el sufrimiento; valoráis vuestra existencia, pero desearíais escapar a la finitud. Mas no puede tomarse la cara sin cargar con la cruz. La moneda se acuña entera y tiene valor en su completitud. Por supuesto que puede invertirse en malos fines, pero si esto no fuese una posibilidad tampoco se podría apostar por los buenos. ¿Acaso sería posible una libertad humana sin riesgo de fracaso, sin límites, sin consecuencias? ¿Creéis que podría haber creado un mundo perfecto, sometido a mi divino designio? Pero entonces, ¿qué autonomía os quedaría? ¿Os haría libres si no os dejara salir de casa, aunque me arriesgue a que os perdáis?

Con todo y eso no os he abandonado a vuestra libre suerte. Yo mismo he asumido vuestra moneda, cargando con su cara pero sobre todo con su cruz. Entiendo que mi manera de vencer el mal –a base de amor entregado– os resulte provocativa, pero os advierto que es la única. Os he dado la certeza de que el mal no tendrá la última palabra y estoy con vosotros para sosteneros en la lucha. ¿Por qué os resistís tanto? ¿Por qué, si os he hecho para la libertad verdadera, esa que sólo da el amor, os empeñáis en estar encadenados? ¿Por qué os quejáis tanto de vuestro sufrimiento y no escucháis mi llamada a la conversión?

Supongo que mi presencia ausente os desconcierta. Sería más fácil que estuviera muy lejos de vosotros y así pudierais echarme la culpa de todo lo que os sucede. También os resultaría más asumible que estuviera tan presente que os evitara todo mal. Pero no puedo aseguraros ninguna de las dos cosas. Os he hecho autónomos y libres; mi presencia en vosotros es escondida, no apabullante. Aunque deseo que escojáis confiaros a mí, respeto vuestra libertad para negaros. Y, no obstante, tampoco renuncio a atraeros, a mover vuestro corazón al Bien, a la responsabilidad, a la justicia… a la lucha contra ese mal que tanto os aterra. ¿No os interpela el que, en vez de hacer títeres de vosotros, haya elegido daros el poder de atar y desatar en mi nombre? ¿No os resulta más humano un Dios que no envía rayos desde el cielo sino que sufre con vosotros en vuestro sufrimiento, llamándoos desde ahí a la conversión? ¿O es que confiarse a semejante Dios sería demasiado incómodo, demasiado demandante?

Me preguntabais por qué permito que sufráis a causa del mal; yo os pregunto por qué no elegís sufrir para el Bien.

¿Sigue siendo un valor la austeridad?

El post de hoy no es mío, sino de mi padre, José María Medina Rey. Él trabaja en una ONG y ha estudiado mucho sobre la desigualdad existente en el mundo, especialmente sobre el problema del hambre y la malnutrición. En esta breve reflexión comparte con nosotros una inquietud en relación con nuestro estilo de vida y sus consecuencias para los demás, especialmente los más necesitados.

Cuando yo era niño la austeridad todavía era un valor. En aquella España que comenzaba a despegar económicamente, pero en la que había aún muchas limitaciones, la capacidad de controlar los propios deseos de consumo y focalizarlos en pocas cosas, en general esenciales, permitió a muchas familias ahorrar incluso en economías precarias y salir adelante, prosperar, mejorar sus condiciones de vida.

Con el tiempo y con la consolidación de la sociedad de consumo, la austeridad, esa capacidad de ser una persona sobria, morigerada, sencilla, sin alardes consumistas, se convirtió en un valor antisistema o incluso en un antivalor. El desarrollo del sistema capitalista se ha basado en el consumo creciente de todo aquello que pueda ser consumible, sin mirar si es necesario para llevar una vida digna o si es meramente suntuario, superfluo.

En este camino hemos ido perdiendo esa capacidad de controlar nuestros apetitos consumistas, incluso de discernir lo que es necesario de lo que no lo es. El sistema ya se encarga de presentarnos todo como indispensable, hasta tal punto que puede ser más dramático no poder acceder al ultimísimo modelo de smartphone que tener dificultad para hacer una dieta variada, sana y equilibrada. Nuestras jerarquías de necesidades e incluso de valores han sido redefinidas por el sistema para convertirnos en dóciles colaboradores del crecimiento hasta el absurdo.

Cuando hemos vuelto a oír hablar de austeridad ha sido a raíz de la crisis económica, en un contexto en el que parece haberse alterado copernicanamente su significado. Ahora se habla de políticas de austeridad para justificar reducciones de gasto público en cuestiones que son básicas para la vida: sanidad, educación, ayudas a la dependencia, políticas sociales, etc. La austeridad debería aplicarse a aquello que es más superfluo o prescindible. Los que tienen más posibilidades de consumo de bienes y servicios de carácter superfluo son los que deberían desarrollar más el valor de la austeridad.

En nuestro nuevo horizonte histórico aparece un elemento que hasta ahora no había sido tan relevante pero que ya se dibuja como un tema crucial: la sostenibilidad. Los limitados recursos del planeta no son suficientes para satisfacer las necesidades superfluas de esta humanidad creciente. Estamos atrapados en una contradicción sistémica: el sistema económico que hemos desarrollado solo puede funcionar si se da un consumo creciente, pero esos niveles de consumo son insostenibles. Frente a esta ecuación que parece irresoluble, la austeridad y la solidaridad van a ser dos elementos claves para poder despejarla.

Por la vía de la sociedad de consumo exacerbado hemos generado muchos problemas: insostenibilidad, desigualdad, insolidaridad, hambre y obesidad, lujo y miseria, conflictos de diverso tipo… Creo que es tiempo de rescatar la austeridad bien entendida: no la que recorta aquello que es necesario para la vida de las personas que más necesidades tienen sino la que es capaz de dominar los propios apetitos y orientarlos a lo que es justo, razonable, sostenible, necesario. No hacerlo es, simplemente, inmoral.

El gozo eterno

La semana pasada compartí un texto de Paul Tillich en el que hablaba de la profundidad de la existencia. Pues bien, en el texto completo, después de invitar a sus lectores a la profundidad, el teólogo identifica esa profundidad con Dios: dice que Él es la profundidad inagotable e infinita de la realidad.

El texto finaliza con una reflexión sobre el sufrimiento y el gozo. A juicio de Tillich, aunque profundizar lleve consigo sufrimiento (al menos en algún momento), este no tiene la última palabra, pues el gozo es más profundo aún. Citando un texto de Nietzsche, dice que la alegría es más profunda que la pena, y que, mientras que el dolor termina, la alegría quiere la eternidad. En palabras del autor:

«El gozo eterno es el término de los caminos de Dios. […] Pero el gozo eterno no se alcanza viviendo en la superficie. Se alcanza más bien por la rotura de la superficie y adentrándonos en las profundidades de nosotros mismos, del mundo, y de Dios. El momento en que alcancemos la última profundidad de nuestra vida es el momento en que podremos sentir el gozo que la eternidad lleva dentro de sí, la esperanza que no puede ser destruida, y la verdad sobre la que han sido construidas la vida y la muerte. Ya que en la profundidad está la verdad; y en la profundidad está la esperanza; y en la profundidad está el gozo» (Paul Tillich, «La profundidad de la existencia», en Se conmueven los cimientos de la tierra, Ariel, Esplugues de Llobregat 1968, p. 103).

Hoy, Domingo de Resurrección, los cristianos celebramos esto mismo que dice Tillich: que creemos que, en lo más hondo de toda la realidad, late la esperanza en el gozo eterno. Que todo el sufrimiento que hay en la historia y en nuestra vida no tiene la última palabra. Que el sentido de todo es el amor, la paz, el bien, aunque a veces nos lo nublen otras capas más grises de la existencia. Que creemos que la fuente del sentido y la esperanza, que late dentro de toda la realidad, es Dios.

¡Feliz Pascua a todos!