Cajitas conceptuales

El cerebro humano es un clasificador nato. ¿Os habéis fijado en el placer que nos produce tener las cosas mentalmente «archivadas» en una «cajita conceptual» bien definida? Nuestra capacidad clasificadora no tiene límites. Clasificamos objetos, lugares, partidos políticos, menús, programas de televisión, libros, ideologías, películas, actitudes, personas… todo tipo de cosas. De todo nos gusta tener una cajita concreta que tenga un cartel con las características de lo que entra en esa misma cajita. Y si algo no entra en ninguna o tiene características de varias distintas lo pasamos realmente mal, ¡dónde ponerlo! Lo más fácil es obviar alguno de sus rasgos y colocarlo en la cajita más fácil.

He usado aposta el diminutivo –«cajita»– porque nuestra caja siempre es más pequeña que la realidad que queremos meter en ella, así que la desborda por sistema. La frase que comienza por «todos los…» y sigue por «son…» nos chifla. Es la perfecta clasificación, la que no tiene fisuras. Y al fin y al cabo eso son los estereotipos: cajas conceptuales que nos permiten clasificar a la gente de la manera más fácil. Sin embargo por más que nos guste pensar así antes o después nos damos cuenta de que las personas no entran en cajas. Cada uno desborda cualquier etiqueta que pueda ponérsele porque es único e irrepetible.

Esto que nos pasa con la gente nos pasa en realidad con todo, también con la forma de entender la realidad en su conjunto. Es mucho más fácil apuntarnos a un extremo que pretenda dar cuenta de toda la realidad que tener que desentrañar el justo medio de cada cosa, pues esto último requiere un análisis más pormenorizado y estar dispuesto a restablecer el equilibrio cuando la realidad sobrepase a la teoría. El extremismo es encorsetamiento conceptual. Cajas tan rígidas que no sabemos salir de ellas. Esta rigidez nos impide relacionarnos con las personas y con la realidad.

Las cosas definidas nos dan seguridad, por eso todo lo encasillamos y de todo nos gusta decir si es bueno o malo. Pero la realidad es compleja y desbordante. No cabe totalmente en nuestros esquemas. Así, aunque no podamos prescindir de esquemas, al menos es saludable intentar que no nos tiranicen y tener el valor de superarlos cuando veamos que se han quedado obsoletos.

El miedo a la felicidad

En el anterior post compartí una reflexión sobre el miedo a que el éxito ajeno nuble el nuestro propio. Poco después, leyendo una novela, encontré un párrafo muy bueno sobre el miedo, pero esta vez sobre el miedo a ser feliz:

«Es difícil explicar la común resistencia humana a la felicidad, a no ser que sea porque preferimos ser dañados por lo que nos falta que arriesgarnos al dolor, que es una posible consecuencia de poner nuestro secreto ser en las manos de otros. El deseo de ser amado es una necesidad tan básica como el deseo de comida o bebida. Pero gozar en ser amado requiere coraje. Porque donde la vida se despierta más ardientemente puede ser extinguida de la forma más dolorosa, y el miedo de esa posibilidad puede convertirse trágicamente en la manta mojada que ahoga la llama sagrada» (Salley Vickers, The other side of you, Harper Perennial, London 2007, p. 146).

Siempre me ha llamado mucho la atención este mecanismo psicológico por el que evitamos algo bueno por el miedo a estropearlo. ¡Si el no ya lo tenemos! Sólo arriesgando es posible el sí. Pero la lógica no funciona tan bien cuando hay tantas inseguridades en la trastienda: miedo a que descubran nuestras pobrezas, miedo a enamorarnos y que nos abandonen, miedo a hacer el ridículo, miedo a darnos «demasiado» y no recibir nada a cambio… en fin, miedo.

Es increíble cómo el miedo puede paralizarnos tanto, incluso ante lo bueno. Cómo puede resultarnos más seguro emocionalmente quedarnos en el deseo frustrado de amor que arriesgarnos a abrirnos verdaderamente a él. A veces nos cuesta ver que en la vida hay que jugársela. No «a lo loco», pero sí asumiendo que no se puede tener todo bajo control. En las relaciones con los demás siempre nos la jugamos, porque la otra persona es libre y sólo podemos controlar lo que está de nuestro lado, no del suyo. Y la gracia del asunto está, precisamente, en que sólo cuando no imponemos, ni controlamos ni exigimos es cuando surge un vínculo de auténtico amor.

A lo mejor el riesgo trae fracasos, nadie lo duda. Pero creo que merece la pena arriesgarse. Para todo lo que merece la pena en la vida hay que jugársela. ¡Juégatela!

«Quiero sacar de ti tu mejor tú»

«Perdóname por ir así buscándote

tan torpemente, dentro

de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez.

Es que quiero sacar

de ti tu mejor tú.»

Pedro Salinas, fragmento de Perdóname por ir así buscándote

Al relacionarnos con los demás muchas veces somos torpes. Nuestra torpeza surge a menudo del miedo y la inseguridad. No siempre queremos sacar de los demás su mejor yo porque, al menos inconscientemente, pensamos que el brillo ajeno nos resta brillo propio. Y, así, en vez de contribuir a crecer juntos contribuimos a menguar juntos.

Muchas veces sacar lo mejor de los demás trae dolor consigo, como señala Salinas. Ya dice el refrán que «quien bien te quiere, te hará llorar». Sin embargo, y sin quitar a esto su importancia, creo que también hay que aprender a celebrar los méritos ajenos. Es decir, no se trata sólo de sacar lo mejor unos de otros, sino de alegrarnos de corazón del bien que los demás son capaces de ofrecer y no tomárnoslo como una ofensa a nuestro orgullo. Indudablemente, esto exige una gran dosis de humildad por nuestra parte, además de seguridad en nosotros mismos (de todos modos, ambas suelen ir juntas, en mi opinión). Aunque es difícil, merece la pena, puesto que las relaciones que se construyen así son más verdaderas y más edificantes.

Quizá todo esto pueda parecer una obviedad. No obstante, creo que no es un tema baladí. Mi experiencia diaria me muestra que el orgullo y la falta de reconocimiento del otro nos suelen jugar muchas malas pasadas a la hora de relacionarnos. Creo que quien es capaz de alegrarse sinceramente por lo que los demás hacen bien tiene más facilidad para hacer el bien él mismo. Porque el ver lo mejor de los demás y agradecerlo nos mueve por dentro a querer dar también lo mejor de nosotros.

Aunque sea torpemente, intentemos buscarnos. Y, al buscarnos, intentemos encontrar el mejor «yo» de todos: el nuestro y el ajeno. No merece la pena perderse el tesoro que encierran los demás por miedo a que quite brillo al tesoro que somos nosotros. Pues, en realidad, los brillos mutuos suman, no restan.

Resistir al lado oscuro

El otro día, para descansar un poco mis neuronas después de hacer un examen, vi El retorno del jedi, episodio VI de Star Wars [pequeña cuña publicitaria: si no has visto la saga, te recomiendo verla, primero los episodios IV-VI y luego I-III]. Al día siguiente, estudiando para otro examen, leí en mis apuntes que la tentación es la posibilidad que nos promete el éxito o la felicidad por el camino más corto, más fácil y menos costoso, pero que, en realidad, no puede cumplir aquello que promete. Al instante me acordé de Luke Skywalker ante el Emperador y Darth Vader, al final de la película. Ellos, como caballeros sith, creían en el poder del lado oscuro y querían atraer a Luke a él. Pero Luke, gracias a las enseñanzas de Yoda, sabía que el lado oscuro es el camino más fácil, no el mejor.

La tentación era, para el joven jedi, rendirse al emperador y no tener que luchar más. Entregar su libertad al poder del mal y volverse poderoso. Conseguir lo que quisiera, como, por ejemplo, salvar a sus amigos. Él sabía que esto no era bueno para él ni para la galaxia, así que, con dificultad, pero no excesiva, se negó. Lo verdaderamente difícil vino después: resistirse a emplear contra el mal la dinámica del propio mal. El Emperador lo instigaba a atacarlo, a dejar fluir todo su odio, que es el mejor camino para el lado oscuro. No le fue fácil negarse al odio, teniendo en cuenta que estaba ante quien tanto daño había generado y seguía generando en todo el universo. Esta vez la tentación revestía una forma mucho más sutil: se disfrazaba de bien, puesto que acabar con el mal es lo que Luke, como todos los jedi, perseguía. El problema es que no se acaba con el mal a fuerza de más mal, sino a fuerza de bien. Este descubrimiento le permitió vencer al Emperador y atraer a lord Vader de nuevo al lado bueno de la fuerza.

Me pregunto si no nos pasa esto más de lo que creemos. Hay tentaciones que son muy obvias: está claro que nos invitan a un camino apetecible pero no bueno. Si tenemos muy claro que no nos conviene, o que luego nos arrepentiremos, nos es un poco más fácil domar nuestros impulsos y resistir la tentación. Pero hay veces que la tentación muestra un rostro más amable: aparece como «la única» manera de conseguir lo que queremos, como el camino más directo al éxito o, como en el caso de la película, como un mal necesario para conseguir otro bien. Es donde más fácilmente nos gana el lado oscuro la batalla: creer que vencer al mal significa destruirlo, cuando, en realidad, vencer al mal es volverlo bien (como hizo Luke con Vader). Dicho de otra forma: vencer al mal es no dejar que nos corrompa por dentro, y esa corrupción no sólo consiste en acceder a los fines del mal, sino también a sus medios.

Resistamos al lado oscuro: no puede dar lo que promete (que le pregunten a Vader: se entregó al lado oscuro para mantener lo que le era más preciado, y precisamente por eso lo perdió todo). Para ello, como dicen los jedi, «que la fuerza nos acompañe».

¿Sirve para algo la teología dogmática?

De entrada solemos tenerle alergia a la palabra «dogma». Nos parece algo abstracto y despótico, en cuanto que es una verdad religiosa que «nos obligan a creer». Sin embargo, es curioso que en otros campos del saber aceptamos los «dogmas» o presupuestos con más naturalidad: en Matemáticas, 2+2=4 y, si no lo aceptamos, estaremos haciendo otra cosa, pero no Matemáticas. Lo mismo con la religión: los dogmas son las verdades irrenunciables de la fe cristiana, no porque esté mal negarlas, sino porque, si las negamos, ya no estamos en la fe cristiana, sino en «otra cosa».

Pero es que, además, la teología dogmática y sistemática –aquella que se encarga de estudiar los dogmas e intentar ofrecer una interpretación creíble del Credo cristiano– nos causa rechazo porque creemos que sólo se dedica a discusiones estériles sobre el sexo de los ángeles y cosas por el estilo, pero sin verdadera importancia para nuestra vida diaria. No estoy de acuerdo con esta imagen, igual que Rahner en este texto:

«Puede ser que, a primera vista, tales transformaciones [se refiere a ciertos cambios en la teología de la gracia] parezcan cosas para perder el tiempo, cosas de la agudeza ociosa de los intelectuales. Pero si se piensa que tales conocimientos nuevos penetran en la conciencia general y ahí se convierten en supuestos obvios de la acción, quizás se sospeche, entonces, que de ellos depende mucho y a veces todo. Esto sirve también para la teología.

Es extraño: los cristianos –con nuestra fe cristiana– parece que somos los que menos estamos convencidos del poder del pensamiento, los que menos creemos que la “teoría” puede llevar a sazón efectos muy prácticos. Por eso preferimos reflexionar muchas veces sobre política eclesiástica, cuestión social, métodos de propaganda y cosas por el estilo. Por eso no suele apreciarse mucho, con frecuencia, la teología viva. A muchas personas en la Iglesia causa la impresión de que no hace más que enturbiar superfluamente conocimientos que ya estaban claros desde hacía mucho tiempo, crear inquietudes y distraer de lo más importante. Tales gentes no advierten que una teología viva, que plantee hoy nuevos problemas y que busque, trabaja para que la predicación de mañana llegue al espíritu y al corazón de los hombres. Tal trabajo de la teología puede parecer a veces complicado e infructuoso. Sin embargo, es también necesario.»

[Karl Rahner, Escritos de teología, tomo IV, Madrid 2002, p. 224.]

Yo experimento cada día, en mi trato con la gente, que la teología que manejemos, es decir, la explicación que hagamos del mensaje cristiano, repercute mucho en la vivencia de la religión y de la vida en general. La imagen que tengamos de Dios y del ser humano no es indiferente a la hora de confiar o no en Dios, de entender nuestra salvación, de tener esperanza en la vida eterna o miedo en el castigo eterno, de sentir que Dios es injusto con nosotros o, por el contrario, que somos nosotros los injustos con Él, de entender que la ciencia y la religión son compatibles y no contradictorias… Hay multitud de problemas religiosos e incluso espirituales que se van esclareciendo cuando tenemos una propuesta teológica creíble para iluminarlos. Porque, contra lo que solemos creer, no hay tantos dogmas. Y muchas cosas que creemos que debemos de creer, en el fondo son interpretaciones del mensaje cristiano que pueden –y deben– ir avanzando y matizándose con el tiempo, en diálogo con el avance de los demás campos del saber.

La teología sirve. No es una «rallada». Es tomar en serio la propuesta cristiana e intentar hacerla dialogar con nuestras inquietudes actuales. Y este trabajo tiene mucha más influencia en la vida diaria de la que creemos. Por eso considero que dedicarse a ello es un servicio para la Iglesia y para la sociedad, para hacernos a Dios más cercano y comprensible. ¡Tengamos un poco más de consideración hacia los teólogos dogmáticos!