¿Incapaces de dialogar en política?

Me llama poderosamente la atención lo radicales que tendemos a ser con nuestra ideología política. Se nos llena la boca con las palabras «libertad» y «respeto» cuando queremos reivindicarlos para nosotros, pero parecemos olvidarlos cuando se trata de la postura contraria. Unos y otros, de izquierdas o derechas, tendemos a creer que nuestra ideología es la única válida. Por eso el diálogo no es tal diálogo, sino una especie de batalla en la que queremos quedar por encima de los demás y demostrar que sus ideas son falsas y las nuestras la verdad absoluta. Así va España como va…

¿Cómo llegamos hasta estos extremos en que no toleramos al que piensa distinto? Supongo que se empieza apostando por una ideología por un cierto convencimiento, pero llega el momento en que la adhesión a esa ideología se convierte en una cuestión de identidad personal y seguridad. ¡Total, si mi ideología piensa lo que está bien y mal por mí, yo ya no tengo que pensar ni asumir la responsabilidad! Y así acabamos capitulando ante ella en vez de pensar en cada situación si lo que esa ideología propone es correcto o si nuestra conciencia y experiencia nos dicen que no está dando una respuesta satisfactoria.

El extremismo nos lleva a grandes absurdos e incoherencias. Como protestar porque se vulneren nuestros derechos en un campo pero luego vulnerar nosotros los derechos ajenos en un campo distinto (algo que pasa a menudo con el derecho a la libertad religiosa, por ejemplo). O como tachar a los contrarios de corruptos cuando nosotros lo somos también. Ya lo dice la Biblia, que vemos fácilmente la paja en el ojo ajeno y no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) de la viga que hay en el nuestro.

Quiero una política distinta, una España distinta, unas relaciones distintas… Me gustaría que fuésemos más abiertos de mente con las ideas del contrario y aprendiésemos a dialogar no para tener razón, sino para buscar juntos lo más conveniente para todos. Que supiésemos dialogar para llegar a consensos, no para derribar al vecino. En una palabra, que fuésemos menos radicales. Los radicalismos de ambos extremos se acaban tocando, como se vio en Europa con el comunismo y el nazismo. Lo vemos lejano, pero a veces con nuestra manera de discutir –destructivamente– no estamos tan lejos como pensamos de esas barbaridades…

¿Amar es fusión o distinción?

«Al contrario de lo que imaginaron algunos románticos, el amor no se consuma en la absorción o fusión de dos en uno. […] El amor quiere a la vez la distinción y la unidad, la alteridad y la identidad. En la condición humana, este deseo profundo: estar no solamente unido al otro, sino ser uno con él mientras permanece uno mismo, es irreprimible e irrealizable. Por eso nadie entra sin sufrimiento al reino del amor».

(François Varillon, L’humilité de Dieu, Le Centurion, Paris 1974, p. 106)

Como dice Varillon, los seres humanos experimentamos este deseo que nos parece contradictorio: queremos ser amados tal y como somos y no dejar de serlo al amar a otro, y al mismo tiempo anhelamos la comunión total y profunda con él. ¿Por qué nos parecerá contradictorio? Quizá tenemos una mente muy cartesiana y creemos que los contrarios (¿son realmente contrarios, en realidad?) no pueden conciliarse. Pero la experiencia es esa: al amar no queremos dejar de ser quienes somos, aunque busquemos también esa fusión mística con el otro.

De primeras resulta un poco desesperanzador que este deseo sea a un tiempo «irreprimible e irrealizable». ¿Qué pasa, vamos a estar siempre deseando algo que no llega? Creo que es más llevadero si lo enfocamos como un camino: estamos en constante camino de crecimiento y por eso nuestro amor es una obra de arte que tenemos que trabajar día a día. No es sencillo amar de verdad, aceptar que la otra persona es única y tenemos que respetar su unicidad y a la vez hacer un proyecto conjunto. Pero cuando conseguimos avanzar en ello la recompensa es enorme: soy libre de ser yo ante otro que me acoge sin reservas.

Como creyente, creo que ese lugar (si es que se lo puede llamar así) donde se cumple la comunión perfecta de lo diverso es el Amor que es Dios. Hasta que no experimenté y puse palabras a este deseo de amar y seguir siendo yo misma no entendí qué significa la Trinidad: la conjunción perfecta de estos dos polos. Un Dios que es comunión amorosa (unidad) en la diversidad (Trinidad). Y de la misma manera nos ama a nosotros. Ante Dios eres tú, no tienes que quitarte ni un ápice para ser amado, y Él te ofrece la comunión total. Ahora, que acogerla totalmente nos resulta muy difícil.

En suma, quien te ama de verdad no quiere anular quién eres. Dudo del pretendido amor que nos fuerza a renunciar a nuestro yo más íntimo. La verdadera fusión amorosa es comunión, no anulación, y para que haya comunión se requiere alteridad.

El don de lágrimas

«La señal más evidente [de que se están manifestando los frutos del alma] es que el hombre se ha hecho acreedor del don de las lágrimas abundantes y espontáneas. Las lágrimas han sido dispuestas por la mente como un límite entre la corporeidad y la espiritualidad, entre la pasibilidad y la pureza. Porque, de hecho, hasta que no se ha recibido este don, la fatiga de las prácticas le afecta todavía al hombre exterior; y éste no ha experimentado en modo alguno, ni siquiera un poco, las prácticas escondidas que se dan en el hombre del Espíritu. Por el contrario, cuando uno comienza a abandonar la corporeidad de este mundo y supera el confín interior de esta naturaleza visible, de pronto llega hasta la gracia de las lágrimas. Y desde esta primera morada, que es la conducta escondida, comienzan a brotar las lágrimas que le conducen hasta el amor perfecto de Dios».

(Isaac de Nínive, El don de la humildad, Sígueme, Salamanca 2007, p. 111).

¿Alguna vez has sentido la necesidad de llorar sin motivo, no porque hubiera ocurrido nada malo, sino porque algo había tocado el fondo de tu corazón? ¿Has experimentado que algo dentro de ti encajaba o que empezabas a entender algo, no sólo racionalmente, sino desde lo más íntimo de tu ser? ¿Algo ha desarmado tu sensibilidad de manera que no podías contener las lágrimas? Si es así, entonces has experimentado el don de lágrimas del que habla Isaac de Nínive.

Isaac fue un monje sirio del siglo VII y quizá su lenguaje nos suene algo extraño en algunos puntos. Sin embargo creo que, salvadas las distancias, remite a una experiencia que podemos tener todos en determinados momentos de nuestras vidas. Se trata de esos instantes mágicos en que llegamos a la profundidad de nosotros mismos o de algo que nos rodea. O quizá no llegamos a ninguna conclusión, pero algo toca nuestro interior sin que entendamos cómo. Es como si conectáramos con la vida, con el sentido… con Dios, si creemos en Él.

A mí me ha pasado bastantes veces esto de llorar no por nada malo ni por nada en concreto, sino porque sentía pisar mi propia tierra sagrada. Era algo difícil de explicar que suponía que le pasaba a más gente, pero que me resultaba un poco extraño. Cuando me he encontrado con este monje que vivió muchos siglos antes que yo y que describe exactamente lo mismo, me he llevado una grata sorpresa. Por lo visto igual que él otros padres de la Iglesia han hablado sobre las lágrimas como el signo de que uno ha recibido algún tipo de iluminación. Es impresionante cómo los seres humanos coincidimos en cosas como ésta. Para mí significa que es algo genuinamente humano.

Estas lágrimas son unas lágrimas especiales. Son signo de que se ha llegado al corazón. Y son distintas de otras lágrimas que derramamos por otros motivos. Me atrevería a llamarlas «sagradas». Ojalá que no las reprimamos nunca y, lejos de extrañarnos, las agradezcamos como don que son.

Riesgo e incertidumbre

«Keynes estaba preocupado por la diferencia entre el riesgo en el sentido del cálculo matemático de probabilidades […] y la incertidumbre, las cosas más profundas e imposibles de saber en la vida y la historia. Puedes manejar el riesgo, en el sentido de que puedes calcular probabilidades y permitir que pasen, pero no puedes realmente manejar la incertidumbre, no de esa forma calculable. Confunde riesgo con incertidumbre y te habrás cavado una trampa antitanques.»

(John Lanchester, Whoops! Why everyone owes everyone and no one can pay, Allen Lane, London 2010, p. 42)

En el libro del que he tomado esta cita John Lanchester analiza cómo funciona la economía a nivel mundial (sobre todo la especulación) y explica cómo las operaciones bancarias excesivamente arriesgadas han llevado muchas veces a situaciones económicamente críticas. Todo ello con bastante sentido del humor y de una manera muy asequible para quienes no sabemos de economía.

La explicación de Lanchester me recuerda a lo que dije en el anterior post sobre las «cajitas conceptuales». En su opinión, la crisis resulta –entre otras muchas cosas– de haber confundido «riesgo» e «incertidumbre». Los matemáticos han desarrollado muchas fórmulas para evaluar los riesgos de determinadas compras y ventas, previendo lo que sucederá en el mercado e intuyendo qué operaciones pueden ser provechosas para los bancos. Como dice el autor, esas ecuaciones son preciosas y parecen tenerlo todo bajo control. En esto se parecen a nuestras cajas conceptuales: dan la impresión de tenerlo todo en su sitio, todo previsto, de manera que no se puede perder cuando uno se arriesga conforme a esas predicciones.

Sin embargo, una cosa es evaluar riesgos y otra muy distinta pretender que la desbordante realidad se amolde perfectamente a las ecuaciones, pues la realidad trae grandes dosis de incertidumbre que ni nuestras más brillantes previsiones pueden domar totalmente. Por eso a veces pasan cosas cuya probabilidad era muy pequeña pero que eran posibles y que, de hecho, pueden llegar a colapsar todo el sistema. Así ha sucedido algunas veces en que la especulación ha llevado a muchos bancos a la quiebra, con las consiguientes consecuencias para todo el mundo (incluso para quienes no tienen dinero en ese banco, pero que se ven afectados por la situación de inestabilidad económica mundial).

Por supuesto, hay otras razones de las crisis económicas y el autor muestra algunas de ellas en su libro. Hoy me he querido fijar en esta porque me parece una aplicación muy clara de lo que ocurre con las cajitas conceptuales: al intentar meter en ellas algo que no entra, se acaban desbordando. Y, como en este caso, las consecuencias a veces son mayores de lo que esperábamos.