¿Qué es ser humilde de verdad?

«¿Quieres conocer al hombre que tiene el corazón desquiciado? [Lo reconocerás] por su mucho hablar, por la turbación de sus sentidos y por el hecho de que litiga por tener la razón en cualquier cosa de la que se trate. Pero aquel que ha saboreado la verdad no litiga ni siquiera por la verdad. Aquel que se comporta de un modo celoso con los hombres a causa de la verdad, todavía no ha aprendido la verdad, tal como ella es. Cuando de hecho aprende realmente la verdad, desiste incluso de tener celo por ella».

(Isaac de Nínive, El don de la humildad, Sígueme, Salamanca 2007, p. 91).

Isaac de Nínive tiene razón: la verdad no se impone. En mi opinión, tampoco debe acallarse, pero en todo caso puede y debe ofrecerse sin utilizar la violencia, sin «litigar», en palabras de Isaac. Hoy me propongo hacer una lectura espiritual de este texto: considerar la verdad de la que habla el monje como la verdad propia, de cada uno, lo que más íntimamente somos. Para ello partiré de lo que significa para mí ser humilde.

Ser humilde es ofrecer la verdad de quien uno es pero sin necesidad de forzar al otro, sin necesidad de imponerse ni alardear, es decir, con delicadeza (la delicadeza propia del amor). Me parece que quien es humilde de verdad es precisamente quien tiene tanta seguridad en sí mismo que no necesita adquirirla a la fuerza. Las personas humildes no son las que tienen la autoestima baja ni las que muestran una falsa modestia. Son las que, cuando han aprendido su propia verdad –con sus límites, pero también con sus dones– la ofrecen a los demás sin necesidad de publicar sus hazañas en el periódico ni de pelear por tener razón. A veces hemos hecho demasiado hincapié en la humildad como conciencia de nuestros errores, límites o incapacidades, y hemos olvidado que también supone reconocer nuestras cualidades y dones, sólo que no de forma orgullosa, sino agradecida, en disposición de entregar esos dones por los demás.

Por el contrario, el de «corazón desquiciado» –como dice el monje sirio– es quien quiere imponer su forma de pensar porque, quizá, en el fondo no está tan seguro ni de sí mismo ni de la verdad por la que pelea, por lo que necesita la seguridad que da el tener razón. Al ser orgulloso, no tiene conciencia de sus límites, pero podríamos decir que tampoco de sus virtudes. Si tuviese tan claros sus méritos, no necesitaría verlos proclamados por doquier. Algo anda mal en esta persona… no es humilde, porque en el fondo no está segura de sí misma.

Es más «espiritualmente productivo» dedicarnos a aprender nuestra propia verdad que pretender fabricarla… a la larga, esto no funciona, y lo que logra es que alimentemos una insatisfacción interior con nosotros mismos mientras proyectamos exteriormente una «super-satisfacción» falsa. No nos debería dar miedo profundizar en nuestra verdad, en quiénes somos de verdad. Pues aunque afloran las cosas malas, también lo hacen las buenas, que son más y mejores. Y las malas nos ayudan a entender a los demás cuando también afloran las suyas: ¡estamos hechos de la misma pasta!

El Alzheimer nos hace mejores personas

Agradezco a mi madre, Marcela Balguerías Calvo, que haya accedido a escribir el post de hoy. Con motivo del día mundial del Alzheimer, comparte con nosotros esta reflexión sobre lo que el Alzheimer puede hacer en nuestras vidas si aprendemos a experimentarlo como un don.

Hoy, 21 de septiembre, comienzo del otoño, como un presagio de la caducidad de todos los seres, se celebra a nivel mundial el día del Alzheimer. Para acercarnos un poco más a esta enfermedad, se publicarán en los medios todo tipo de estudios, estadísticas, análisis… detrás de los cuales hay mucho más que datos y cifras.

Hay personas con rostros e historias concretas. Historias de lucha y entrega, de olvido y recuerdos, de risas y llantos, de soledad y de equipo, de diálogo y de silencios… Cada historia es diferente. La tuya, la suya, la nuestra… ¡Pero todas tienen tantos elementos en común…!

En nuestra familia también tenemos nuestra historia. Y es esta una historia de crecimiento y de don. Cómo hemos crecido desde los primeros momentos de incertidumbre y enfados, de no entender nada y rebelarnos, de no querer renunciar a lo que considerábamos “nuestro”…

Hoy, gracias a la generosidad de mi hija, sólo quiero compartir de forma sencilla de qué manera la enfermedad del Alzheimer está suponiendo para nosotros una escuela de vida y sabiduría, una parada en el camino, una escuela de diálogo, un trabajo de equipo, un entrenamiento constante para una carrera de fondo: un Regalo.

Dicen algunos que muchos niños con discapacidad tienen la suerte de “caer” en familias especiales. Sin embargo en una ocasión leí de un padre de un niño diferente que ocurre justo lo contrario: son los niños con discapacidad los que convierten a sus familias en especiales. Parafraseando a este padre, creo que en casa podemos decir que un padre y abuelo con Alzheimer nos está haciendo un poco más y mejores personas.

Ya San Pablo nos recordaba cómo Dios elige lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y es que, sin posibilidad de recurrir más que a la esencia de su persona, sólo porque es persona, “porque es mi padre/abuelo y lo quiero”, te invita a ponerte al servicio y a lavar los pies de aquel que ya no te va a poder retribuir. A lo sumo con un “gracias, gracias, gracias… hija, ¿te he dicho una cosa? Gracias”. Y tú, encima, pones cara de paciencia y le dices “si papá, ya me lo has dicho muchas veces”.

“Hija, ¿para qué me tendrá Dios todavía aquí? Si yo no doy más que guerra…”. Pues para eso, papá, para que nosotros tengamos la oportunidad de ser más personas y amar más.

Genios

Hay personas que nos conmueven por su bondad y su entrega. Algunas cosas que vivieron y nos narran conectan con experiencias personales muy íntimas. Su vida es una inspiración para querer ser mejores. Lo mismo puede sucedernos con la creatividad. Hay gente de tal genio artístico que su obra nos sobrecoge y nos conecta con nosotros mismos y con la realidad de una manera muy especial. Este verano me ha sucedido con dos grandes artistas: Antoni Gaudí y J.R.R. Tolkien. Como todo buen artista, ambos tenían un gran dominio de su técnica: el primero, de las estructuras; el segundo, de las palabras. Pero no es sólo su gran capacidad técnica; en la obra de cada uno hay algo de magia. Algo que transporta más allá, a otro mundo.

La obra de Gaudí que me ha maravillado ha sido la catedral de la Sagrada Familia en Barcelona, que hasta este verano no había visitado. Al entrar, me sobrecogió ver toda la piedra blanca y la luz de colores entrando por las vidrieras. También era impresionante la forma de las columnas, que parecían árboles que se elevaban hasta el techo. La luz entraba en su justa medida: ni demasiada, ni poca. Además del espectáculo visual, era precioso saber que cada elemento estaba allí por una causa, y que tras toda la concepción arquitectónica y escultórica hay un mensaje religioso que Gaudí quería transmitir con cada detalle. Podría escribir mucho más sobre todo lo que llamó mi atención. Pero lo que quiero transmitir es la sensación de conjunto: parecía increíble que todo eso hubiera salido de la cabeza de una persona. Que fuera capaz de crear un espacio tan evocador, tan bello y tan lleno de significado. Si no hubiese estado llena de turistas ruidosos, me habría encantado estar allí horas y horas en silencio.

Si Gaudí creó una catedral, Tolkien creó un universo con palabras. Este verano he releído El Señor de los Anillos, pero esta vez incluyendo los apéndices y el Silmarillion (aunque con éste no he acabado, ¡menudo lío con tantas genealogías!). Si hace diez años lo leí por lo apasionante de la historia, esta vez lo he hecho con ojos teológicos. Y la verdad es que hay tanta sabiduría encarnada en sus páginas y sus personajes… Me parecía inconcebible que este hombre hubiera inventado idiomas, alfabetos, razas de seres, un lugar fantástico y, lo más sorprendente, toda la historia de ese lugar, con pelos y señales, incluso la parte de la historia que no se propuso narrar. De esta maravillosa obra también podría decir muchas cosas: la creación por la música, la narración de las disputas y traiciones, de los amores y desamores, de las guerras y la paz, de la envidia del mal, de las grandes misiones encomendadas a los más humildes… Pero hoy quiero resaltar la sensación general: de nuevo, sobrecogimiento porque alguien haya sido capaz de crear algo tan grande, introducirte en ello y hacerte vivir tantas cosas porque al fin y al cabo lo que narra es lo que a ti te pasa en la vida misma.

De ambas obras me llama la atención cómo se independizan de su autor. Aunque hay mucho de él en ellas, en el fondo es como si cobraran vida propia. Porque parte de lo que narran o a lo que refieren es algo que nunca muere, algo que remite a otro mundo. Un mundo que a veces está como dormido en nosotros y que los grandes genios saben despertar.

Invitación a la salvación

En agosto he desconectado tanto y ha sido tal mi relax mental que hasta me he olvidado de la existencia de este blog. Septiembre siempre trae consigo la vuelta a la normalidad de la rutina, con el consiguiente desempolvado de libros «sesudos» (que ni he rozado este verano), la renovación del abono transportes, las listas de lo que tienes pendiente hacer, el ajetreo del ir y venir… Sin embargo mi reencuentro con la rutina ha sido muy bueno. El tutor que me ha tocado este año –probablemente sin saberlo– ha contribuido bastante a ello, ya que en su primera clase con nosotros nos dio unos textos preciosos que me recordaron por qué cada año me sumo en esta rutina estudiantil y por qué un día decidí adentrarme en la Teología.

Los textos eran de Adolphe Gesché (quien, por cierto, además de pensar bien, tiene la buena costumbre de escribir bien). En su opinión, la Teología es una forma de pensar la vida –igual que la Filosofía, añado yo– y tiene como objetivo ser una invitación a la salvación. Para él, «Salvar es llevar a una persona hasta el fondo de sí misma, permitir que se realice, hacer que encuentre su destino. […] La salvación es conducir nuestra vida como cumplimiento de nosotros mismos y de todas las cosas dentro de las finalidades que nos definen» (Adolphe Gesché, El destino, Sígueme, Salamanca 2001, pp. 32s).

Si estudio Teología es para llegar al fondo de mí misma, donde está Dios, e invitar a los demás a hacer lo mismo. Para indagar el sentido de las cosas desde su mirada benevolente e intentar una comunión más plena con ellas y con Él. Para que la invitación a la salvación esté a la altura de los tiempos actuales, y que Dios me utilice como instrumento de difusión, si así lo quiere. Es cierto que para ello hay que desempolvar los libros, sumirse en la rutina, leer, pensar y escribir mucho, pero el fin no es ser la más versada sobre los conceptos más difíciles ni nada por el estilo. El fin es la salvación, el encuentro de mi destino. Gracias a Gesché y a mi profesor por recordármelo.