No sabemos amarnos

«“¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”, se nos dijo, presuponiendo que cada cual se ame a sí mismo; y no se nos dijo: “¡Ámate!” Y, sin embargo, no sabemos amarnos.»

(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Alianza, Madrid 72008, p. 64).

Siempre me ha llamado mucho la atención esta frase de Unamuno, que transmite con tanta fuerza. Pienso que tiene razón. Lo paradójico es que afirmemos que no sabemos amarnos en una cultura que, según oímos decir por todas partes, es cada vez más individualista. El otro día oí en el metro una conversación muy ilustrativa al respecto: una chica le dijo a su amigo que nunca había estado enamorada de nadie, que a lo sumo le habían gustado varios chicos, a lo que él le contestó: «Tú de quien estás enamorada es de ti misma». Ella, lejos de enfadarse, le dio la razón. Cosas como esta, ¿no parecen indicar que precisamente lo que más amamos es a nosotros mismos, a veces a costa de los demás? Creo, con Unamuno, que la respuesta es negativa.

La razón es que confundimos interés con amor. Yo puedo estar interesada en mí misma, en lograr mis objetivos a toda costa, en que los demás hagan lo que yo quiera y un largo etcétera, y al mismo tiempo no amarme verdaderamente. Porque amarme no significa ser la número uno en la escala de prioridades, sino aceptarme con las cosas buenas y las malas. Y esto no ocurre con tanta facilidad. De hecho, como decía el otro día al escribir sobre la humildad, a menudo nos sucede que fanfarroneamos sobre todo lo que hacemos muy bien porque en el fondo subyace una gran inseguridad que hace que necesitemos ese tipo de cosas para autoafirmarnos. Amarse a uno mismo de una forma sana, sin desórdenes egoístas pero sin pesimismos dañinos, es un verdadero arte. Así que Unamuno tiene bastante razón al decir que muchas veces no sabemos amarnos…

Otra cosa que he experimentado es que cuando no te amas a ti mismo, siendo capaz de perdonar tus errores, tiendes a criticar mucho más fácilmente los errores de los demás. Por eso el amor al prójimo se construye sobre el amor a uno mismo. Si de verdad te asomas a las miserias que a veces tienes y eres capaz de asumirlas con paz (que no quiere decir con conformismo, sino sin obsesión), serás mucho más capaz de entender las miserias de los demás desde una actitud misericordiosa. Además nos ocurre algo muy curioso: que muchas veces lo que más criticamos de los demás es lo que más nos duele de nosotros mismos.

Conclusión: empecemos por amarnos, pero amarnos en serio, y eso implica asomarnos a quienes somos de verdad. ¿Y cómo amarnos en serio? Sabiéndonos amados… Parece un círculo, pero no es vicioso. Cuando te sabes amado gratuitamente, te amas a ti mismo y entonces puedes amar a los demás. Si pretendes que los demás te amen por tus méritos es más fácil que no te ames a ti mismo –porque verás cómo muchas veces fallas a tus propias expectativas– y que, por ende, acabes por no amar a los demás. Amarnos es un arte, pero un arte que debe empezar por la apertura y la acogida del don. Como decía el otro día, vivir es agradecer. Agradecer es saberse amado. Y saberse amado lleva a amar.

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Vivir es agradecer

«La felicidad tiene que ver con su capacidad de adoración. El ser humano tiene en sí mismo una capacidad divina de maravillarse, de alabar y de dar gracias. A menudo esta capacidad es tergiversada, desviada, pervertida hacia uno mismo. No obstante, cuando se convierte al otro y a Dios, el ser humano encuentra su felicidad plena, perfecta y completa. Esta felicidad plena siempre va acompañada de una misión personal.»

(Bert Daelemans, Encuentros en el camino: Una propuesta de discernimiento espiritual, PPC, Madrid 2015, p. 25. Cuña publicitaria: es un libro precioso para rezar, «información objetiva sin motivo aparente», como diríamos en mi casa).

Se nota que estamos en una sociedad de derechos, porque tenemos bastante claro todas las cosas que nos son debidas o que podemos exigir: «Con todo lo que yo he hecho…»; «merezco…»; «¡usted debe atenderme…!», etc. Y menos mal que tenemos derechos para proteger la dignidad de todos; el problema es que a veces nos quedamos atrapados en el derecho que creemos que tenemos a las cosas y nos olvidamos de todo lo que hacen por nosotros inmerecidamente, sin que «tengamos derecho a ello» (para empezar, ¡existir es gratis! Ninguno lo hemos merecido).

Al quedarnos atrapados en esa lógica o, como dice Daelemans en el texto, al pervertir nuestra capacidad de asombro y centrarnos en nosotros mismos, no llegamos muy lejos. Y no lo hacemos porque no respondemos a nuestra más genuina vocación: agradecer y entregar. Lo que hacemos es, por el contrario, exigir y acaparar.

Las experiencias de gracia, de las que hablaba el otro día, nos van cambiando el «chip» si nos dejamos. Nos damos cuenta de que la queja y la obsesión por el merecimiento nos achican el corazón y no nos traen más que tristeza. Empezamos a hacernos conscientes de lo mucho que hemos recibido gratis y de que vivir desde el agradecimiento es lo que verdaderamente nos llena. En suma, esas experiencias de gratuidad –recibida y entregada– nos van enseñando que el ser humano es entregándose, porque primeramente es recibiéndose. Esta es la lógica del don: un regalo te lleva al agradecimiento y a querer regalar tú también. Es la lógica contraria del merecimiento, que pretende recibir porque ha dado.

Caer en la cuenta de esto trae una gran liberación interior. Porque dejas de estresarte por lo que tienes que hacer para conseguir las cosas y no te obsesionas tanto con lo que en teoría los demás te deben. Simplemente aprendes a vivir todas las cosas, también las pequeñas, desde el agradecimiento, y éste se convierte en el motor impulsor de tu entrega a los demás. El texto que he citado lo dice muy bien: al entrar en esta lógica, encontramos nuestra verdadera misión en la vida. Esa misión que no se nos encomienda porque merezcamos nada, sino porque se nos invita a acogerla como regalo y tarea al mismo tiempo.

Aprovecho el tema de hoy para dar las gracias a todas las personas que me habéis hecho sentir la gratuidad, pues gracias a vosotros sé que ese amor gratuito viene de Dios y que responder a ese don es mi misión en la vida.

Experiencias de gracia

El otro día citaba a Ortega y Gasset para señalar que todos tenemos creencias, o más bien que todos «estamos» en ellas. Al hablar de fe, diría que va un poco más allá de lo que es la creencia. No se trata sólo de «contar con que algo es verdadero» (creencia) sino de «contar con alguien», confiar en esa persona (fe). La confianza nace del amor, así que la fe en alguien es inseparable del amor que nos une a él o ella. Por eso creo que las experiencias de amor y plenitud, las experiencias de sentido que los creyentes muchas veces llamamos «gracia», son indispensables para entender en qué se sustenta la fe religiosa. Hoy quiero compartir un texto de Rahner sobre estas experiencias de la gratuidad absoluta del amor, que a veces descorren un velo ante nosotros y nos hacen descubrir que en ellas está el amor infinito de Dios habitándonos misteriosamente. Quizá las hayamos tenido muchas veces y no hayamos identificado a Dios con ellas. Pero el hecho es que están ahí en la cotidianidad esperando ser miradas con ojos nuevos:

«¿Nos hemos callado alguna vez, a pesar de las ganas de defendernos, aunque se nos haya tratado injustamente? ¿Hemos perdonado alguna vez, a pesar de no tener por ello ninguna recompensa, y cuando el silencioso perdón era aceptado como evidente? ¿Hemos obedecido alguna vez no por necesidad o porque de no obedecer hubiéramos tenido disgustos, sino sólo por esa realidad misteriosa, callada, inefable que llamamos Dios y su voluntad? ¿Hemos hecho algún sacrificio sin agradecimiento ni reconocimiento, hasta sin sentir ninguna satisfacción interior? ¿Hemos estado alguna vez totalmente solos? ¿Nos hemos decidido alguna vez sólo por el dictado más íntimo de nuestra conciencia, cuando no se lo podemos decir ni aclarar a nadie, cuando se está totalmente solo y se sabe que se toma una decisión que nadie le quitará a uno, de la que habrá que responder para siempre y eternamente? ¿Hemos intentado alguna vez amar a Dios cuando no nos empujaba una ola de entusiasmo sentimental […]? ¿Hemos cumplido un deber alguna vez, cuando aparentemente sólo se podía cumplir con el sentimiento abrasador de negarse y aniquilarse a sí mismo, cuando aparentemente sólo se podía cumplir haciendo una tontería que nadie le agradece a uno? ¿Hemos sido alguna vez buenos para con un hombre cuando no respondía ningún eco de agradecimiento ni de comprensión, y sin que fuéramos recompensados tampoco con el sentimiento de haber sido «desinteresados», decentes, etc.?

Busquemos nosotros mismos en esas experiencias de nuestra vida, indaguemos las propias experiencias en que nos ha ocurrido algo así. Si las encontramos, es que hemos tenido la experiencia del espíritu a que nos referimos. La experiencia de la eternidad, la experiencia de que el espíritu es más que una parte de este mundo temporal, la experiencia de que el sentido del hombre no se agota en el sentido y dicha de este mundo, la experiencia del riesgo y de la atrevida confianza que no tiene ya ningún fundamento visible, deducido del éxito de este mundo. […]

Y bien: cuando hemos hecho esta experiencia del espíritu (al menos cuando la hemos hecho como cristianos que viven en la fe), hemos tenido de hecho la experiencia de lo sobrenatural. Muy anónima y tácita, quizás. Probablemente ni podemos ni nos es lícito volvernos para mirar directamente a lo sobrenatural mismo. Pero cuando nos abandonamos a esta experiencia del espíritu, cuando se hunde todo lo concreto y posible de gozar, cuando todo suena a silencio mortal, cuando todo sabe a muerte y a destrucción, o cuando todo desaparece como en una bienaventuranza inefable casi blanca y sin color, inasible, sabemos que no sólo el espíritu, sino el mismo Espíritu Santo está obrando de hecho en nosotros. Esa es la hora de su gracia. Y entonces la falta de suelo que experimentamos en nuestra existencia es la insondabilidad del Dios que se nos comunica, el comienzo de la llegada de su infinidad, que ya no tiene caminos, que gusta a nada, porque es la infinidad. Cuando nos hemos abandonado y no nos pertenecemos más a nosotros mismos, cuando nos hemos negado y no disponemos ya de nosotros, cuando todo, y nosotros también, nos es llevado hasta una infinita lejanía, empezamos a vivir en el mundo de Dios mismo, del Dios de la gracia y de la vida eterna. Al principio tal vez nos parezca insólito, y continuamente estaremos tentados de huir como aterrorizados a lo familiar y próximo; a veces tendremos incluso que hacerlo, deberemos hacerlo. Pero debemos intentar acostumbrarnos, poco a poco, al gusto del vino puro del espíritu, cuya plenitud es el Espíritu Santo.»

(Karl Rahner, Escritos de Teología, tomo III, Ediciones Cristiandad, Madrid 42002, 98-100).

En las creencias vivimos

«Creencias son todas aquellas cosas con que absolutamente contamos aunque no pensemos en ellas. De puro estar seguros de que existen y de que son según creemos, no nos hacemos cuestión de ellas, sino que automáticamente nos comportamos teniéndolas en cuenta».

(J. Ortega y Gasset, Ideas y creencias, Revista de Occidente, Madrid 111977, pp. 38s)

Ortega tiene razón: todos tenemos creencias, o más bien, como dice él mismo en otro lugar, más que tenerlas en ellas estamos. En las creencias nacemos, nos movemos y existimos. Son todas las cosas con las que contamos para vivir, de manera que la vida sería insoportable o extremadamente difícil –por no decir imposible– si las pusiéramos en duda a cada momento.

Pensemos en ejemplos prosaicos del día a día: al coger el tren para ir a trabajar o a clase creemos que el conductor va a seguir la ruta establecida haciendo las paradas, no que va a acelerar para probar la máxima velocidad de la máquina olvidándose de los pasajeros y las reglas de tráfico. Cuando vamos a tomar algo a un bar creemos que el camarero no echará veneno en la cerveza. Al salir de casa creemos que la calle va a seguir ahí donde está (este ejemplo es del propio Ortega). También creemos que es bueno hacer regalos a nuestros amigos y tratarles bien, que actuar moralmente bien es mejor que no hacerlo, que la gente valora nuestro trabajo bien hecho… Y así con tantos otros casos. En fin, que todos damos cosas por asumidas como ciertas: todos creemos cosas, y esas creencias nos sustentan.

A veces vamos cambiando nuestras creencias por otras nuevas cuando vemos que se han quedado obsoletas o que la realidad nos da nueva información que nos hace abandonar las primeras. En algunas ocasiones las cambiamos por reflexión y convicción racional, mientras que otras lo hacemos porque la vida nos pone cosas por delante que nos van haciendo cambiar de perspectiva. De hecho, es bueno que de vez en cuando sometamos nuestras creencias a crítica para ver si se siguen sustentando sobre una base más o menos sólida. Pero lo que está claro es que, sin tenerlo todo cien por cien seguro y empíricamente demostrable y anticipado, conducimos nuestra vida contando con cosas en las que creemos y que no nos paramos a demostrar diariamente. (Por otra parte… ¡sería imposible!)

Las creencias son de muchos tipos y conciernen a muchos ámbitos de la vida. Y así como tenemos creencias en nuestra vida diaria, las ciencias también las tienen, igual que la filosofía y la religión. Son las cosas con las que cada disciplina cuenta, que conforman su suelo, que se dan por supuestas para seguir con su construcción. En todos los casos es conveniente someter esas creencias a crítica para purificarlas y que no se queden enquistadas.

Por lo tanto, la creencia está más extendida de lo que a primera vista nos parece, y desde luego mucho más allá del ámbito religioso. La creencia conforma nuestro cotidiano vivir porque tenemos que vivir sin tenerlo todo absolutamente demostrado y controlado. Creo que si tuviéramos esto más claro, el diálogo sería mucho más fácil entre los que creemos distintas cosas, ¿no crees?