No apropiarse de nada para obtener lo infinito

«A quien reconoce que Dios lo hace todo, Dios le concede haber hecho todo, y ésa es la verdad. No apropiarse de nada es el único método para obtener lo infinito. El hombre está presente en todas partes precisamente cuando no se pertenece ya más a sí mismo.» (M. Blondel, La acción, Madrid 1996, pp. 434-435).

Con el post de hoy cierro «el mes de Blondel» (aunque seguro que más adelante os seguiré dando la lata con ideas e intuiciones suyas). En los dos textos que comparto (el que encabeza la entrada y el que la cierra) se retoma la cuestión sobre la que escribí hace dos semanas –la unidad de la acción divina y la acción humana–, pero yendo un paso más allá.

Como decía en aquel post, cuanto más presente está Dios en nosotros, más autónomos y verdaderamente libres somos. Por eso puede haber una unidad entre la acción divina y la acción humana: en nuestros actos puede estar Dios presente moviendo nuestra libertad pero sin que dejemos de ser libres (algo que cuesta mucho entender hasta que no se ha vivido). Pues bien, para que esto sea posible, es necesario que dejemos «sitio» a Dios en nuestro ser, en nuestra vida, porque de lo contrario estaremos llenos de otras cosas que tenderán a mover nuestra libertad hacia sitios que no la hacen plena. ¿Significa esto que dejamos de ser libres por tener que renunciar a esas otras cosas? No. Precisamente al renunciar nos hacemos más libres.

La experiencia creyente a la que me refiero es la experiencia de descentramiento. Se trata de no ponerse a sí mismo en el centro, como punto de referencia de todo, porque esto nos hace egoístas. Al poner en el centro a Dios, Él nos devuelve una sana relación con todas las cosas, incluidos nosotros mismos. El descentramiento no tiene como objetivo negar a la persona, sino más bien negar los proyectos que falsean su verdad más honda. Estos falsos proyectos son los que se dejan contaminar por el deseo de seguridad y éxito de uno mismo a costa de todo lo demás (en suma, proyectos egoístas), haciendo imposible la vida compartida con los otros y con Dios, que es nuestra más alta vocación. Así, esta renuncia es en realidad una afirmación mayor de nosotros mismos, porque deja a Dios que libere verdaderamente nuestra libertad de las cosas que la atan y la encierran en sí misma, y nos abra a la comunión con los demás y con Él. Esto que he intentado explicar es más o menos lo que dice aquí Blondel:

«Al parecer, queríamos hacerlo todo desde nosotros mismos; pero he aquí que, a través de este propósito, nos vemos obligados a reconocer que no hacemos nada, y que sólo Dios, al actuar en nosotros, nos permite ser y hacer lo que queremos. Por tanto, cuando queremos plenamente, es a él, es su voluntad lo que queremos realmente. Le pedimos que sea, que sostenga, que complete, que retome desde la base todas nuestras operaciones. Sólo nos pertenecemos para requerirle y entregarnos a él. Nuestra verdadera voluntad es no tener otra que la suya; y el triunfo de nuestra independencia está en nuestra sumisión. […] lo que debemos conseguir es que nuestra voluntad se regule en función de la suya, y no a la inversa. Y cuando reconocemos, por medio de esta libre sustitución, que él lo hace todo en nosotros, pero por nosotros y con nosotros, entonces nos concede haberlo hecho todo» (Ibid., p. 475; subrayado mío).

La sumisión de la que habla es libre, porque se trata de acoger libremente el plan que Dios nos propone para ser verdaderamente humanos, verdaderamente libres –pues Él lo sabe mejor que nosotros–. Para obtener esta plenitud, este infinito, como dice el autor en la primera cita, es necesario desapropiarse de las cosas, es decir: no pretender ser el centro de todo, no pretender poseer ni dominarlo todo. Paradójicamente, cuando conseguimos esta desapropiación, entonces todo nos es devuelto de una forma nueva y más libre que antes no imaginábamos. ¡Incluidos nosotros mismos!

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A propósito de París

«Gracias al carácter universal que reviste, la acción tiende a interpelar y a penetrar otras conciencias» (M. Blondel, La acción, Madrid 1996, p. 274).

Ya ha pasado una semana desde los atentados de París. Quizá estemos todos un poco más tranquilos al respecto, tras todo el maremágnum de reacciones que suscitaron en nosotros. Lo primero que pensé cuando vi todas estas reacciones fue que no las solemos tener –o no de tanta envergadura– ante otras desgracias que suceden un poco más lejos de nosotros. Entonces empecé a fijarme en algunas de las opiniones que circulaban por las redes sociales. Algunos llamaban la atención sobre el hecho de que pasamos por alto otros muchos horrores cometidos contra seres humanos por no afectarnos tan de cerca y no veían muy bien que reaccionáramos tan desproporcionadamente en uno y otro caso. A otros les molestaba esta opinión, porque pensaban que iba contra la compasión que ellos sentían por las víctimas de París. Otros pedían que rezáramos por estas víctimas y tenían gestos diversos en memoria suya, pero sin meterse en el debate anterior. Las opiniones –y los matices dentro de cada una– eran muchas más, pero yo me fijé particularmente en estas. Tras pensarlo, concluí que estas reacciones pueden darse luz una a otra y hacernos reflexionar.

Lo primero y fuera de duda –creo que en esto estaban de acuerdo todas las opiniones que leí– es que, como con todas las víctimas, hacemos bien en rezar por ellas y sus familias y guardar silencio reverente en memoria suya. Una vez claro esto, quisiera mostrar cómo creo que una reacción ilumina a la otra. Me parece que es hasta cierto punto legítimo que reaccionemos más con unas cosas que con otras. En primer lugar, por el hecho de que podíamos conocer a alguna/s de las víctimas (yo misma tenía a una de mis mejores amigas en París y lo pasé mal hasta que no supe que estaba bien). En segundo lugar, porque el contexto que nos rodea influye en el impacto que nos producen las noticias, según la importancia que ese contexto les dé, y en este caso el bombardeo que hubo en los medios propiciaba que nos impactara mucho. Pero, además, creo que hay una razón más de fondo. Como dice Blondel en la cita que comparto hoy, toda acción humana puede interpelarnos, entrar en nuestra conciencia; sólo que –añado– a veces estamos como adormilados, metidos en nuestra vida, y hay muchas de ellas que pasamos por alto, tanto si dañan a los demás como si no. También puede deberse a que hay tal cantidad de malas noticias que acabamos «anestesiándonos» contra ellas. En todo caso, es frecuente que, hasta que no ocurren cosas muy cerca de nosotros y que realmente nos afecten –porque, por ejemplo, conciernan a nuestros seres queridos–, no «despertemos» a la realidad que hay más allá de nuestra habitual comodidad. Como ahora señalaré, creo que podemos vivir este hecho de forma que nos haga crecer, sin que eso impida que expresemos nuestro dolor y preocupación acerca de los acontecimientos que nos tocan más de cerca.

Aunque lo anterior es verdad, creo que también lo es que no podemos permanecer toda la vida ciegos y sordos ante el clamor de los que sufren, por mucho que estén lejos de nosotros. Momentos como el que vivimos la semana pasada con los atentados de París son ocasión para que, sin negar nuestro propio dolor ni dejar de expresarlo, nos abramos al dolor ajeno, dejando que la situación realmente nos interpele y nos haga tener el coraje de mirar más allá. Si la acción de otros nos interpela, como dice Blondel, mucho más nos interpela la pasión, el sufrimiento, tanto nuestro como ajeno. Cuando uno ha sufrido entiende mucho mejor a quien sufre también, aunque no sea en las mismas circunstancias ni en el mismo lugar. El dolor puede ser ocasión para que nos encerremos en nosotros mismos o para que, por el contrario, nos abramos a los demás. Creo que esta segunda opción, aunque a veces más difícil y más dolorosa, es mucho más edificadora de verdadera humanidad.

En resumen: recemos por las víctimas de París y expresemos el dolor que los atentados nos han producido. Recemos también por quienes tienen el corazón tan endurecido como para cometer tales atrocidades a otras personas. Pero no olvidemos a todas las demás víctimas que hay en el mundo y aprendamos a abrirnos a ellas y sus situaciones desde nuestro propio sufrimiento. Muchas de ellas son víctimas de este mismo conflicto en otros lugares, y muchas más son víctimas de un status quo mundial que las ha sumido en la pobreza, la persecución, la exclusión… Un status quo en el que a veces participamos sin darnos cuenta, con nuestro estilo de vida.

Ante este tipo de cosas que llevan mi mirada más allá, no puedo dejar de preguntarme: ¿cuál es mi lugar en esta crisis? (Y no me refiero sólo a la crisis terrorista, sino más generalmente a que haya tanta gente en el mundo sin vivir bien por culpa de otra gente). Y, sobre todo: ¿qué clase de persona quiero ser para construir una humanidad distinta?

[En memoria de todas las víctimas; conocidas y desconocidas.]

Inspiración divina en los actos humanos

«Das sentido a mi existencia, […] tu sola presencia merece mi reverencia. […] me exiges crear, me haces temblar, soñar, me curas, me eliges para hablar si las calles están mudas. […] Eres tú, mi suerte, eres tú, tan fuerte, eres tú, tú, tan diferente, surges y de repente la vida olvida a la muerte. […] sólo tú haces eficaces todas las frases que diga; mi balanza, mi paz, mi druida, en la fatiga, sólo tú haces realidad los sueños que yo persiga. Y es que sin ti no hay destino, solo piedra y mil caminos, sin ti, soy un mimo temblando en el camerino. […] Eres la métrica enigmática que envuelve mi ser y lo salva» (Nach Scratch, El idioma de los dioses, fragmentos).

En El idioma de los dioses Nach habla a la Música reconociéndole que ella da sentido a su existencia, es fuente de vida y es la que lo inspira haciendo posible su genio artístico. Algo parecido pensamos los creyentes que sucede con la presencia de Dios en nosotros: nos inspira, nos conduce, potencia nuestras posibilidades, pero al mismo tiempo los que actuamos seguimos siendo nosotros (igual que el que hace las rimas sigue siendo Nach y no la Música sola).

El texto de Blondel que comparto hoy trata sobre esta experiencia. Nos cuesta un poco entenderla hasta que no la hemos vivido, porque tenemos una lógica excluyente: “si yo canto, quien está cantando soy yo, no otra persona en mí; mi voz es mía”. Sin embargo hay artistas que sienten que, aunque ellos están creando el arte, algo los lleva más allá de sí mismos, algo los inspira. En la experiencia religiosa nos damos cuenta de que la lógica excluyente no nos sirve para hablar sobre la presencia de Dios en nosotros; más bien la entendemos como la inspiración de los artistas. Paradójicamente, cuanto más nos abrimos a Él, más verdaderamente encontramos nuestro propio ser, más se potencia nuestra libertad. Para que Dios actúe en nosotros no se trata de que nosotros no actuemos, sino de que dejemos que su inspiración fluya por nuestros actos. Así lo expresa Blondel:

«En un sentido, la acción debe ser totalmente del hombre, pero sobre todo es necesario que sea querida como totalmente de Dios. En esta perfecta síntesis del uno con el otro, no se puede decir que la primera parte del acto viene de uno y la segunda del otro. No, cada uno debe obrar por el todo. Sólo existe comunión de dos voluntades con esta condición: una de ellas no puede nada sin la otra. Y la acción, que es obra común, procede, por tanto, enteramente de cada una.» (La acción, Madrid 1996, p. 433).

A algo parecido se refiere Rahner cuando dice que hay una verdad sobre toda relación entre Dios y nosotros: «que la cercanía y la lejanía, la dependencia [de Dios] y el poder propio de la criatura no crecen en medida inversa, sino en la misma medida» (Curso fundamental sobre la fe, Barcelona 2007, p. 268). Es decir: cuanto más Dios, más plenamente nosotros, nunca al revés.

Unirse y abrazarse distinguiéndose

No añado nada, bastan las palabras de Blondel. En este caso sobre la belleza del amor interpersonal (más concretamente, de pareja), pero también sobre su seriedad:

«Amarse a sí mismo amando sinceramente a otro; darse y duplicarse por medio de este don; verse distinto en sí mismo y verse a sí mismo en otro; no ser en absoluto solitario y estar solo; unirse y abrazarse distinguiéndose; tener todo en común sin confundir nada y seguir siendo dos como fundiéndose sin cesar en un todo único y en un único ser más perfecto y más fecundo; condensar mil rayos de gloria en la estima amorosa de un alma; preferir una que ame del todo a un millón que amen mucho: ése es el grito natural del amor. […]

Queremos, entonces, ingenuamente ser amados y nos gusta amar. Porque en el amor entregado hay una actividad generosa que por sí sola prepara el corazón para gozar de un don recíproco. Hay en el amor obtenido y recibido una admiración, una confianza, una abundancia que devuelve, y con creces, todo lo que el amante parecía haber sacrificado al amado. […] Cada uno tiene así el mérito de una renuncia suave y total. Cada uno disfruta al mismo tiempo del favor de una ternura vigilante cuya noble solicitud no llegaría a igualar el más odioso egoísmo. Cada uno tiene la alegría generosa de admirar y de gozar de la dedicación con que se encuentra. ¿No consiste acaso la maravilla del amor en gozar tanto del propio desinterés como del desinterés del amante, a la vez que se cosecha algo que ni los refinamientos del interés más cauteloso y sutil sabrían procurar?

Pero para alcanzar esta intimidad perfecta, ¡qué arte, se podría decir qué ciencia de la vida común hay que adquirir y ejercer! […] ¡qué ingenio de ternura y qué diplomacia en el mutuo afecto se hace necesario para entrar en un corazón, para mantenerse en él, para concertar verdaderamente la unanimidad duradera de dos conciencias fundidas en una! A fin de sellar esta unión que se parece a la meta codiciada, y que, sin embargo, no es más que una parada provisional, nada parece costar, y cada uno parece estar dispuesto a sacrificar a esta vida de pareja todo lo que tiene de vida individual.

[…] porque tiene precisamente una inmensa necesidad de amor, la voluntad aspira a la unidad, a la totalidad, a la eternidad del nudo que ella forma del uno al otro […]. Pues lo que ama del ser amado no es sólo lo que puede tocar, ver, conocer y comprender. Es eso, pero también la oscura, inconsciente e impenetrable realidad, el infinito fecundo que se oculta y manifiesta en todo su ser. Es un amor malsano el de ese fetichismo extraño que se fija en un detalle para convertirlo en objeto abstracto de culto. El amor verdadero abarca la totalidad de la persona, considerándola como una viviente unidad de partes que reciben la belleza de su relación íntima con el todo. Este amor es, si así puede decirse, monoteísta. Pues no le basta con decir: un corazón en dos cuerpos. No sólo une las voluntades amantes, las inteligencias que se comprenden y penetran, sino que funde las partes tenebrosas e ignoradas, aquellas de las que nacen los actos, aquellas en donde la voluntad se ha encarnado y enriquecido. Respetando la distinción de las conciencias, que continúan gozando de su propiedad y de su unión querida y sentida, une las substancias, asocia íntimamente las acciones, identifica las fuentes del ser y de la vida, sella para siempre, hasta en sus cimientos primitivos, las piedras del edificio común» (Maurice Blondel, La acción, Madrid 1996, pp. 297-301, selecciones).

El maestro: verdad viviente

«…la verdad no es viviente, amante y amada más que en un espíritu vivo. Sólo llega a ser personal si proviene de una persona. Sería empequeñecer la función del maestro ver en él un estéril partero de las inteligencias. El maestro aporta la vida y el amor; y la comunicación de pensamientos es una imagen de la unión que fecunda los cuerpos, ἔρως.»

(Maurice Blondel, La acción, BAC, Madrid 1996 [or. 1893], p. 286).

Casi todos tenemos muy buenos recuerdos de maestras y maestros que tuvimos en la infancia y de otros que hemos tenido después. Como dice Blondel, no sólo nos transmitían conocimientos, sino también vida y amor. Aprendíamos a ver la vida como ellos la veían, a apreciar lo que apreciaban e incluso queríamos parecernos a ellos en algunas cosas. Los maestros que más nos han marcado son los que ponían pasión en lo que enseñaban, porque en ello les iba la vida, no sólo el oficio. Es cierto: amamos más la verdad cuando está encarnada en la vida de una persona, cuando lo que se nos transmite no es sólo teoría sino convicción vivida. Creo que por esta razón nos impactan más los testimonios concretos que los titulares abstractos.

Hay maestros que son «de carne y hueso», pero hay otros que sólo conocemos a través de sus obras. Y sin embargo algunos son capaces de transmitir esa vida, ese espíritu, a través de sus palabras escritas. En lo que comunican se ve que les va el ser, que se apasionan verdaderamente por ello, que lo quieren transmitir porque lo han vivido. Por eso siento que he tenido muchos maestros con los que sólo me han unido las palabras, pero que me han transmitido verdades encarnadas. Es el caso de Blondel, de quien sólo he leído un libro y, dicho sea de paso, un libro que a veces se hace un poco arduo, pero en el que he encontrado intuiciones que han conectado profundamente conmigo. Por eso quiero dedicar las entradas del mes de noviembre a compartir con vosotros algunas perlas de este libro, de este maestro.

Muchas veces sin saberlo, nosotros también somos maestros para otros. Y lo somos cuando mostramos las verdades que creemos y que nos sustentan encarnadas con coherencia en nuestra propia vida. Cuando nuestro hacer revela nuestro ser y es inspirador para los demás. Cuando con sencillez compartimos el camino vivido y las luces y sombras que en él hemos encontrado.

Agradezcamos a nuestros maestros –en mi caso, muchos y muy buenos– la vida que nos han transmitido y vivamos de verdad, pues otros pueden aprender de nosotros.