Alrededor de una mesa

Todos los años al llegar estas fiestas nos reunimos con nuestra gente más cercana y querida, casi siempre para cenar o comer. La mayor parte de nuestras celebraciones tienen lugar alrededor de una mesa. Así lo he vivido y lo vivo yo en mi familia, gracias al poder de convocatoria de mis abuelos y tíos y a las ingentes cantidades de cosas ricas preparadas con tanto cariño por todos, en especial por mi abuela –tan ingentes, que un año apostó con nosotros que no podríamos acabarlo todo… ¡y, en efecto, no fuimos capaces!–. Pero, más allá de los exquisitos manjares, lo que más valoramos es el hecho de celebrar juntos que Dios nace, poniendo la mesa entre todos, cada uno con lo mejor que tiene.

Desde hace siglos en el mundo mediterráneo compartir la mesa significa compartir la vida. La comida tiene una capacidad de convocatoria especial, nos reúne y nos invita a compartir lo más ordinario y lo más extraordinario con las personas que queremos. Ojalá que esta Navidad vivamos así nuestras comidas y cenas con la familia y los amigos: compartiendo la mesa para compartir la vida; saboreando las sobremesas, con las risas y chascarrillos de quienes comemos juntos; valorando el tiempo y la ilusión de quien ha cocinado o traído algo para compartirlo con nosotros; llevándonos a nosotros mismos a la mesa, con nuestras riquezas y nuestras pobrezas, para estar de verdad con los otros.

En fin, se trata de que comamos y disfrutemos, como tanto nos gusta, pero sabiendo que la comida es el pretexto para estar en comunión con los demás. Y los que somos creyentes, sin olvidar que lo que celebramos en Navidad es que Cristo ha nacido para darnos vida y para que esa vida la compartamos unos con otros. Démosle gracias porque de Él lo recibimos todo: el cariño de nuestra gente, la amistad, el alimento corporal y espiritual… Porque, si olvidamos esto, corremos el riesgo de agobiarnos por lo secundario (con la consiguiente vorágine consumista) y pasar por alto que la comida y la bebida, igual que los regalos, tienen el valor de relacionarnos con los demás, no el precio que marca su etiqueta. Cuando se pierde ese valor, nos perdemos la verdadera riqueza de la Navidad. No creo que los pastores llevaran grandes cosas al Niño, y sin embargo celebraron con Él y sus padres la alegría de su nacimiento.

Hoy me acuerdo especialmente de quienes no tienen lo suficiente para poner la mesa. Tampoco los olvidemos al poner la nuestra. En responsabilidad y delicadeza hacia ellos, seamos prudentes, no desperdiciemos y compartamos generosamente con quien más lo necesita. [Aprovecho para introducir una de mis cuñas publicitarias: recomiendo la iniciativa yonodesperdicio.org, para compartir y no desperdiciar los alimentos que nos sobran].

En suma, comamos con el corazón. En cosas aparentemente tan sencillas como esta nos jugamos la Navidad… y nos jugamos la vida.

[Dedico esta entrada a toda mi familia porque me ha enseñado el valor de compartir la mesa y la vida.]

Tras el 20D… dialoguemos

A una semana de las elecciones para el gobierno de España, lo que más me preocupa no es tanto qué partido saldrá vencedor sino que harán después nuestros políticos, tanto los que pertenezcan al gobierno como los que formen parte de la «oposición». Desearía que esta «oposición» fuera más bien una «cooperación». Es decir, que más allá de los intereses partidistas y más allá de las convicciones de cada ideología, los que elijamos como nuestros representantes políticos sepan dialogar para buscar lo mejor para todos los españoles (y, dicho sea de paso, lo mejor para el mundo que está más allá de nuestras fronteras, pues creo que un país no debe preocuparse únicamente de sí mismo en un mundo tan globalizado como el actual).

Para ello cada opción política tendrá que renunciar a parte de sus aspiraciones, eso está claro. Pero creo que es mucho más valioso dialogar para llegar juntos a propuestas que redunden en beneficio del bien común que impedir los avances porque no estemos de acuerdo con la ideología que los ha propuesto. Me parece que tenemos que aprender a asumir que debemos implicarnos en las cosas aunque no se hagan exactamente a nuestra manera.

Uso el plural deliberadamente, porque pienso que no es sólo una cuestión política, es una cuestión vital. Por tanto, una cuestión que concierne a los políticos, pero también a todos los españoles. Si nos negamos a cooperar y nos encerramos en nuestra propuesta sin querer saber nada de otras, no vamos a conseguir nada. Porque gobernar hay que gobernar, igual que vivir hay que vivir. Puedes aportar tu granito de arena a la propuesta del vecino o dejar que haga él lo suyo y limitarte a hacer tú lo tuyo… pero creo, honestamente, que así no avanzan de verdad las cosas: ni la vida de cada uno, ni la de la sociedad en su conjunto.

Me parece que es más enriquecedor, más eficaz y, en definitiva, más humano asumir el riesgo del diálogo. Aprender a caminar juntos. Aprender que nuestra suerte está ligada a la suerte de los demás. Y aprender que todos tenemos algo que aportar a ese camino; desde la apertura, la escucha, la proposición y el discernimiento. Con honestidad y con humildad. Como decía, una tarea para todos, porque la responsabilidad del país es de todos, no la carguemos sólo sobre nuestros políticos. Si los ciudadanos no somos capaces del diálogo, no podemos exigirles que ellos también lo sean.

Tengo la esperanza de que esto sea posible. Pero querámoslo y hagámoslo.

Una divina provocación

Hace una semana empezó el Adviento, un tiempo de espera. Pero espera… ¿de qué? Lo que solemos esperar en tiempos de crisis es una solución a nuestros problemas y, si soñamos a lo grande, de los problemas del mundo entero. Lo mismo esperaba el pueblo de Israel cuando nació Jesús: alguien que les trajera la salvación, entendiendo como «salvación» la liberación de todo aquello que les restaba alegría, paz y libertad –entre otras cosas, la dominación romana–. ¿Y cómo respondió Dios a esta espera? Con un niño nacido en la pobreza de un pesebre. Algunos supieron ver en Él al Salvador, otros no. Todos creían que la solución definitiva a sus crisis vendría de Dios y no de fuerzas humanas, pero para la inmensa mayoría era muy difícil aceptar que el Señor pudiera traer la salvación por medios tan humildes.

Creo que la Navidad es una «divina provocación». En ella celebramos que Dios ha venido a nosotros en Jesús, el niño del pesebre. Dios mismo se nos entrega y nos salva en este niño (que será después el hombre de la cruz). Y, al hacerlo, nos invita a pensar en la salvación de modo muy distinto al que estamos acostumbrados. No nos va a quitar nuestros problemas con «varita mágica». No va a derribar todo lo malo de golpe y plumazo para nuestra satisfacción. Viene a quedarse con nosotros, si le dejamos sitio, y a llevarnos a la plenitud contando con nuestra pequeñez y nuestros límites. Ser salvado es vivir la vida plena y feliz que Dios nos ofrece, pero sabiendo que no podemos vivirla al margen de nuestras limitaciones y las del mundo. Por eso, una vida salvada no significa una vida exenta de dolor. Significa vivir ese dolor desde el amor.

¿Por qué será que nos cuesta tanto entender así la salvación? A veces me pregunto si los cristianos no nos volvemos un poco judíos en esto. Esperamos a un Dios que actúe  «a lo grande» y acabe de una vez con todos los sufrimientos de este mundo. Pero nuestro Dios no salva así. Salva encarnándose en nuestra realidad y trabajando por el bien desde dentro de ella. Porque no quiere salvarnos sin nosotros sino con nosotros, y sabe que el camino es el del amor entregado, que no siempre es el más fácil ni el más directo.

Ahora, en este tiempo de espera y preparación, preguntémonos: ¿qué espero? ¿Estoy dispuesto a que la salvación que Dios me ofrece trastoque mis planes y mis ideas preconcebidas de lo que significa ser salvado?