La lectura: puerta a otros mundos

Con motivo del día del libro –que celebramos ayer– dedico la entrada de hoy al gran placer que es la lectura. A muchos de nosotros leer nos «engancha» de una manera especial. Nos transporta a otros mundos, nos hace vivir otras experiencias, nos mete en la piel de otras personas… y precisamente por todo ello nos lleva a plantearnos muchas cosas de la vida y a verlas desde un horizonte mayor. Incluso nos lleva a ir descubriendo quiénes somos nosotros mismos. Leer te da alas (¡más que el Redbull!): esa es la experiencia de los lectores empedernidos.

Cuando era pequeña me encantaba leer novelas, historias que estimulaban mi imaginación. De adolescente me seguían gustando las aventuras y el misterio, pero también empezaron a interesarme los dramas humanos, las historias sobre lo que la gente ha vivido, sufrido y amado, que te llevan a profundizar más en lo que es la vida. Ahora mismo no puedo dedicarle mucho tiempo a la novela, pero devoro muchos ensayos y algún que otro libro de tipo más espiritual. Y la experiencia sigue siendo parecida: es como asomarme a otro mundo… al mundo interior de quien escribió ese libro para transmitirlo. De hecho cuanto más se pone el escritor en sus palabras, más me llegan éstas, porque veo que no son teorías que se inventó sino su propia reflexión sobre la vida, que parte de su propia experiencia. Eso alienta mi deseo de vivir más plenamente la mía.

Hace unos días mi madre me enseñó un texto que le publicaron a mi hermana Paula en la revista del colegio sobre su experiencia como lectora (que de hecho me inspiró para esta entrada). Le agradezco mucho que me haya dejado publicar ese mismo texto hoy en el blog y sobre todo que haya puesto palabras a esa experiencia tan especial que todos los lectores vivimos:

«Un aspecto muy importante de mi vida es el que yo llamo el descubrimiento de la lectura. Este es un acontecimiento que cambió mi vida pues, como dice mi frase favorita, “El que no lee solo vive una vida pero el que lee, puede vivir miles de ellas.” No sabría decir muy bien cuando fue que yo descubrí la lectura, pero estoy casi segura de que fue cuando tenía unos seis años. Con esta edad ya había aprendido a leer hacía un tiempo pero aún no había descubierto lo mucho que me gustaba. Un día, me fijé y me di cuenta de que tenía en casa un sinfín de libros entre los que elegir. Reparé en una colección muy llamativa, se llamaba “Harry Potter”. En el momento en que mis manos se posaron sobre el primer tomo de la colección, no tenía ni idea de que ese libro iba a sumergirme en un extraordinario mundo e iba a iniciarme en la increíble experiencia de ser lectora. Desde aquel día he leído innumerables títulos y no pienso dejar de leer jamás. La razón de esto es la sensación que me produce el posar los ojos sobre la primera página de un libro y sentir que puedo ser quien me proponga ser.»

(Paula Medina Balguerías, 12 años)

[A todos los lectores empedernidos. Especialmente a Eva… ¡ojalá consigas tu sueño de ganarte la vida como editora de buenos libros!]

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Gracias por mi parroquia… ¡y gracias a ella!

Si os soy sincera ya tenía a medio escribir la entrada de hoy, pero ha habido un acontecimiento en el día que me ha invitado a cambiar mi plan y dedicarle hoy la entrada: la celebración de los 50 años de mi parroquia. La verdad es que he ido al coro esta mañana como cualquier otro domingo. Contenta de ver a la gente, pensando en las canciones que había que ensayar, sacando los últimos acordes que faltaban de una de ellas… pero sin más. No me había puesto en «modo celebración».

La misa ha sido bonita pero también muy sencilla. Extraordinariamente ordinaria. Quizá precisamente por eso, al vernos a todos allí y darme cuenta de lo que vale la comunidad me he emocionado. Y es que la parroquia es algo con lo que siempre contamos. Algo tan habitual, tan cotidiano para los que formamos parte de ella que a veces no nos paramos a darnos cuenta de lo que significa para nosotros y a agradecerle a Dios la oportunidad de ser, en san Alfonso (para los que no la conozcáis, así se llama), una gran familia.

La parroquia me ha visto crecer. Me ha visto en plena «edad del pavo» con las risas y cotilleos. Ha acompañado y sostenido mis crisis de fe. Ha estado presente en algunos de los momentos más importantes para mí y para mucha de mi gente querida. Me ha ayudado a madurar, a compartir, a rezar… en suma, la parroquia es como mi segunda casa y, sobre todo, mi segunda familia.

Al pensar todo esto me ha invadido un sentimiento de gratitud. Porque lo más cotidiano, lo más cercano, lo que a veces tiene sus errores y problemas, puede ser un lugar maravilloso donde Dios se nos da y nos invita a ser cada día más humanos junto a nuestros compañeros de camino. Y, sobre todo, porque esa normalidad es maravillosa por la gente con la que la compartimos. Por todos y cada uno de los que formamos la parroquia, porque el Espíritu de Dios está con nosotros.

Hoy me he sentido orgullosa de mi comunidad. Aunque muchas veces nos equivocamos y muchas veces no somos capaces de responder a lo que Dios nos pide, creo que podemos decir que somos una comunidad unida, una comunidad que, con nuestros fallos y con nuestras virtudes, intentamos caminar juntos y aprender unos de otros. Una comunidad que intenta compartir en el barrio el amor que recibe de Dios.

Sólo puedo acabar con un GRACIAS a todos los parroquianos, a todos los «alfonsinos»: grandes y chicos, porque si algo tiene nuestra comunidad es que nos relacionamos todos con todos: de unas y otras edades, de unos y otros grupos, de unos y otros carismas. Sólo puedo decir que todos los desvelos, todas las quejas, todo lo que no sale bien y de lo que a veces «despotricamos», se queda muy pequeñito al lado de todo lo que nos queremos. Yo os quiero de una forma especial, porque formáis parte especial de mi vida. Doy gracias a Dios por vosotros… ¡y gracias a vosotros, por llevarme a Dios!

 

¿Existen los números?

Algunos sabréis que hice mi Trabajo Final de Grado en Filosofía (o «TFG», como lo llama todo el mundo) sobre la existencia de las entidades matemáticas. Muchos me ponían cara de «menuda rallada» cuando se enteraban del tema. Sin embargo yo me empeñaba en que no era una cosa tan complicada como a priori podía parecer. La prueba de fuego fue que pude resumírselo a mi tía en lo que tardaba el metro de Londres en recorrer un trayecto de tres estaciones. Y lo mejor de todo fue que ¡lo entendió!

El trabajo arrancaba con esta frase: «¿Existen los números? Depende de lo que entendamos por existencia». Hay muchas cosas que existen, pero no todas existen de la misma manera. Por ejemplo, un árbol existe y una idea también, pero todos estaremos de acuerdo en que no tienen el mismo tipo de existencia. Uno es físico y existe fuera de nuestra mente, la otra es abstracta y existe dentro de ella. Por tanto existir, los números existen, otra cosa es cuál es su tipo de existencia. Ahí es cuando la cosa se vuelve realmente complicada.

Los platónicos piensan que las entidades matemáticas existen en un mundo especial que es diferente del mundo físico. Nos puede parecer una postura ingenua, pero no lo es tanto; Kurt Gödel, uno de los mejores matemáticos de todos los tiempos, se declaraba platónico en matemáticas. La razón: la verdad de las proposiciones matemáticas es verdadera necesariamente, con independencia de nuestro juicio sobre ellas. Por tanto, unas verdades que no dependen de nosotros no pueden venir de nosotros, tienen que pertenecer al ámbito de la Verdad, que no es un ámbito físico. No hay que imaginar este «mundo» de los objetos matemáticos como un lugar. Son abstractos. El problema es: ¿cómo es ese mundo? ¿Cómo accedemos a él? ¿Por qué tenemos «sus» proposiciones matemáticas en nuestra cabeza cuando nacemos? [Otros autores piensan que los números existen fuera de nuestra mente pero no lo explican como los platónicos. No entro en ello porque sería liarnos demasiado.]

Hay otras corrientes que opinan que los números no existen fuera de nuestra mente (son los «anti-realistas», mientras que los anteriores eran «realistas»). A su vez los anti-realistas tienen distintas concepciones de cómo existen los números en nuestra mente. Entre ellos están los convencionalistas (que siguen las ideas del segundo Wittgenstein), quienes dicen que los números existen sólo en nuestra mente y que las verdades matemáticas nos parecen necesarias porque así las hemos definido. Es decir, para ellos las matemáticas son como cualquier juego, donde nosotros definimos a priori las reglas y por eso las «tenemos» que seguir si queremos jugar al juego. Si desde siempre hubiésemos definido que «2+2=5», ahora nos parecería evidente, porque sería parte de las reglas del juego. Por tanto, al hablar de matemáticas no habría que hablar de «verdad», sino más bien de reglas que están definidas (por nosotros) y que son las que se usan.

Después de discutir estas y otras opiniones sobre la existencia de los números, concluí que las distintas teorías deben tener en cuenta las características básicas de las matemáticas, es decir, tienen que partir de cómo han ido construyendo esta ciencia todos los matemáticos a lo largo de la historia. Tras lo que estudié, concluí que la matemática es una actividad a priori (es decir, que su verdad no depende del conocimiento empírico, de los hechos; aunque se puede aplicar a la Física y otras ciencias, no depende de ellas), creativa (puesto que sus teoremas han sido descubiertos o propuestos gracias a la creatividad de personas que han hecho matemáticas) y necesaria (es decir, contiene verdades que se nos imponen como tales y que no «podemos» cambiar).

Teniendo esto en cuenta, de las teorías a las que he podido asomarme (que no han sido todas las que existen), las dos que más respetan estas tres características de la matemática son los platónicos y los wittgensteinianos. Pero cada uno tiene un problema: los primeros postulan un «mundo matemático» que no sabemos muy bien qué estatus tiene ni cómo accedemos a él, mientras que los segundos no explican satisfactoriamente el tipo de «necesidad» de las verdades matemáticas, pues sentimos que no las inventamos como meras reglas del juego, sino que las vamos descubriendo.

Como decía mi profesora de Lógica matemática, las matemáticas son creación y descubrimiento al mismo tiempo. ¡Parece difícil decir más sobre cómo conjugar ambas cosas! O al menos, yo al final del trabajo no supe dar una respuesta más allá de esto, y acabé de escribir el TFG con más preguntas de las que había empezado. Como suele pasar cuando se estudia algo con una mínima profundidad (literalmente mínima, porque yo sólo me asomé ligeramente a este mundo de la filosofía matemática), el estudio te sirve para situar correctamente el problema en las coordenadas adecuadas, pero te das cuenta de que te queda muuuucho por estudiar para llegar a dar alguna respuesta mínimamente convincente y coherente (y novedosa, claro, no vas a descubrir algo que ya está descubierto). Acabé el TFG y con ello aparqué las matemáticas con él, por lo que aún no he resuelto este «problema». Eso sí, ¡me lo pasé de bien estudiándolo!

[Dedicado a mi tía Teresa y al metro de Londres, que nos sumió a ambas en esta apasionante conversación. También a todos los que sois profesores de matemáticas o matemáticos de profesión.]

50 pasos después

Tras año y pico de blog, llegando ya a la quincuagésima entrada, he decidido echar la vista atrás y recapitular lo que he aprendido en esta andadura «50 pasos después». Me puse en marcha en este camino del pensamiento para comprender por qué estoy aquí y hacia dónde quiero caminar («¿Sí o no?»). Para ello me tengo que parar, romper el caparazón de la superficialidad («¿Nos atrevemos a romper la superficie?») y a veces «empanarme» un poco para re-conectar mejor con el mundo («El mundo desde las nubes»).

Pensar me ayuda a ir descubriéndome a mí misma, intentar aceptarme como soy («Una ciencia que admiro») –incluyendo esas cosas que menos me gustan de mí misma («Abrazando mi pobreza»)– e intentar ofrecer a los demás lo mejor que tengo («¿Qué es ser humilde de verdad?»), sin dejar por ello de intentar crecer y mejorar, y sin pretender aparentar ser quien no soy («El “postureo”»).

Pensar me lleva a reconocer todo lo bueno que he recibido de la vida, de los demás y de Dios («Vivir es agradecer»), de manera que todo eso que he recibido me saca de mí misma («No apropiarse de nada para obtener lo infinito»), me permite amarme mejor («No sabemos amarnos») y, sobre todo, amar a los demás y a Dios («Amar a Dios amando al prójimo»), compartiendo con ellos mi vida («Alrededor de una mesa»).

Al pensar me doy cuenta de que vivir desde el agradecimiento es gozoso pero no deja indiferente ante el dolor ajeno («Alegría seria: mi aprendizaje de esta Cuaresma»), de que ante ese dolor y ante el mal hay cosas que puedo hacer, como cuidar la naturaleza y a los demás («Cuidemos la casa común… y a todos los que vivimos en ella»; «El Alzheimer nos hace mejores personas»), tomar opciones de fondo en mi vida («No sólo ayudar… sino cambiar cómo funciona el mundo»), vivir con la mayor sencillez posible («¿Sigue siendo un valor la austeridad?») y empeñarme a fondo en todo lo que sea bueno para los demás («El buen cansancio»)… aunque también me doy cuenta de que ante el mal hay cosas que no puedo cambiar, pero ante las que puedo decidir cómo situarme («Elegir lo que no podemos cambiar») y que pueden despertar mi conciencia («A propósito de París») para sentirme unida a las personas que sufren aun cuando no puedo hacer nada por ellas («En silencio, aprender padeciendo»).

Pensar me ayuda a tomar decisiones, aunque ello implique cerrar otras puertas («¿Cómo entendemos nuestra libertad?»), con cierta audacia para no quedar paralizada por el miedo a equivocarme («El miedo a la felicidad») pero también con prudencia, comprendiendo que la realidad escapa a mis categorías mentales («Cajitas conceptuales») y que no conviene relacionarse con ella creyendo que se tiene todo bajo control («Riesgo e incertidumbre»).

Cuando me paro a pensar me doy mejor cuenta de las virtudes de los demás y de todo lo que me aportan («Quiero sacar de ti tu mejor tú»), y aprendo a quererlos cada vez con menos egoísmo, es decir, tal y como son («El amor en la verdad») para relacionarme con ellos con mayor hondura sin dejar de ser cada uno quien es («¿Amar es fusión o distinción?»; «Unirse y abrazarse distinguiéndose»). Pensar sobre personas a las que admiro («Elogio de san José»; «Genios») me lleva a sorprenderme de lo que es capaz el ser humano («¿Por qué somos una “maravillosa anomalía”?») y me invita a querer ser mejor.

Al reflexionar también me doy cuenta de que todos no pensamos igual, sino que tenemos distintas opiniones y creencias («En las creencias vivimos») y que es muy fructífero dialogar sobre ellas, sean del tema que sean: política («¿Incapaces de dialogar en política?»; «Tras el 20D… dialoguemos»), religión («Audacia y respeto para dialogar sobre creencias»), ciencia o filosofía («Científicos y filósofos ante la “maravillosa anomalía” que somos»), porque sólo con el diálogo podemos ir cambiando el mundo.

Pensar me relaciona con Dios, me hace descubrir su presencia en los momentos en que he vivido algo profundamente («El don de lágrimas»). A través de mi pensamiento Él me ha hecho entender que su presencia no anula mi libertad («Inspiración divina en los actos humanos») y que, de hecho, cuenta con nosotros para llevar su amor al mundo («Una divina provocación»); por eso sentimos vivir desde Él cuando elegimos el bien («Experiencias de gracia»). Al pensar me he dado cuenta de que Dios no quiere el mal para nosotros («¿Qué nos diría Dios sobre el problema del mal?»), sino que nos invita continuamente a evitar dejar que nos corrompa («Resistir al lado oscuro») y que nos da su palabra de que el mal no tendrá la última palabra sino que será vencido por su amor («El amor hace vida la muerte»), es decir, lo que nos aguarda, si queremos, es «El gozo eterno». Pensar me hace descubrir la llamada a ir compartiendo todos estos pensamientos con los demás, por si les ayudan a abrirse a Dios («¿Sirve para algo la teología dogmática?») y porque es una vocación que me hace feliz («Invitación a la salvación»).

En suma, pensar me va ayudando a manejarme en la vida, a decidir cómo situarme en ella («Qué hacer con el tiempo que se nos da»), aprendiendo de los demás («El maestro: verdad viviente») y haciendo poco a poco los equilibrios adecuados. Sobre todo, me ayuda a caminar sabiendo que «se hace camino al pensar» y que tengo toda la vida por delante para seguir caminando, pero que el camino se hace en cada momento, a cada paso, acercándome a un horizonte que aún no puedo alcanzar pero que siempre me mantiene caminando. Aprovecho este «alto en el camino» para agradeceros a todos que me ayudéis a caminar y, sobre todo, que estéis haciendo el camino conmigo.

[Especialmente dedicado a Rober, por tu inspiración (¡siempre se te ocurren buenos títulos!) y sobre todo por tu enseñanza y compañía en el camino.]