La vida como camino hacia Santiago

Todo lo que hemos dicho estos días nos lleva a pensar de determinada manera el más allá, pero también el más acá. ¿Cómo conectarlos? Se me ha ocurrido otra imagen, una especialmente querida por mí: el camino de Santiago. Espero que nos ayude a retomar temas anteriores y añadir algún matiz nuevo, para cerrar con ella este «ciclo» de entradas sobre el más allá (habría mucho más que decir, pero lo dejamos para otra ocasión).

La vida es como el camino de Santiago, por eso los peregrinos lo llamamos «el camino de la vida». En el camino hay de todo, como en la vida. Hay días que estás fundido, que te salen ampollas o lesiones o simplemente te cansas porque te falta el aliento y llegas rendido. Esos días a veces tienes clara la meta y el sentido del camino, pero a veces puedes llegar a perderlo a causa del dolor. En esos momentos lo que más ayuda es tener gente a tu lado que tira de ti. Porque no caminamos solos, y la gracia de hacer el Camino con otros es llegar juntos a Santiago. Hay días que estás mejor, que sientes que puedes con ello, que tus fuerzas no te fallan. Esos días tienes más facilidad para ayudar a otro cuando va mal. Los que hemos hecho el Camino (una de mis cuñas publicitarias: ¡os lo recomiendo a todos!) hemos vivido esos dos tipos de momentos: los momentos en que, aunque vayas cansado, vas tirando de alguien que va peor que tú, y aquellos en los que eres tú el que necesitas una mano amiga que te ayude a subir las cuestas o un brazo que te sirva de apoyo. Vayas mejor o peor, sigues caminando porque sabes el sentido del Camino: la meta es llegar a Santiago, y sobre todo vivir a fondo el camino que vas haciendo hacia él.

Durante el camino vivimos de forma anticipada la alegría del fin, de entrar en Santiago, cada vez que experimentamos la alegría de acompañar y ser acompañados en las alegrías y en el sufrimiento (a nivel físico y espiritual, pues el Camino hace que lo más importante de nuestra vida vaya saliendo a flor de piel gracias al silencio, la reflexión, la oración, el diálogo con otros peregrinos…); cada vez que conectamos con nosotros mismos, con otros, con la naturaleza, con Dios; cada vez que nos asomamos a cuál es el sentido de nuestra vida; cada vez que sentimos haber descubierto algo o ir creciendo en algo. El camino no es el fin, pero durante el camino el fin está presente poniéndonos en marcha hacia él y descubriéndonos lo que podemos vivir de él durante el propio camino. Lo mismo pasa con la vida respecto al más allá, como hemos ido diciendo estos días.

Vivir la vida en atracción a ese fin, intentando hacerlo presente pero sabiendo que aún no lo está del todo, es vivir «escatológicamente», es decir, vivir como el cristianismo entiende el sentido de la vida (que ya podemos vivir, pero todavía no en plenitud). La esperanza en la llegada nos mantiene caminando y nos ayuda a llevar los sinsabores, pero no significa que no demos importancia a cada paso, vivido con profundidad. Porque precisamente cada paso es lo que nos acerca hacia el fin y porque cada paso puede participar del amor que viviremos plenamente en ese fin.

En el Camino no siempre eres capaz de caminar. Hay días que estás muy lesionado y vas en coche, taxi o bus. Pero cuando llegas a Santiago eso no importa, porque has deseado ir y has puesto los medios, aunque a veces esos medios te hayan fallado y hayas necesitado ayuda externa. Lo mismo en la vida: las veces que no has conseguido «dar la talla» en el amor no te impiden entrar en la vida eterna, siempre y cuando hayas querido de verdad esa vida y te hayas puesto en camino hacia ella.

Si el camino es la vida, la entrada a Santiago es la entrada en el más allá, en el fin de los tiempos. Al llegar se desvela el sentido de todo el Camino. Además, si es la primera vez que vas, te sorprende mucho ver la catedral en la plaza del Obradoiro: tan grande, tan majestuosa… y además no la ves hasta que no doblas la última esquina. Lo mismo será cuando entremos en la gloria de Dios: lo habremos intuido, nos ha estado atrayendo, pero al final del camino de la vida lo veremos en todo su esplendor.

No creo que entrar en el cielo sea algo pasivo, como no lo es entrar en Santiago. No sólo ves la catedral, sino que entras en ella, rezas allí y das gracias por lo compartido con tanta otra gente. También te alegras de haber llegado con todo tu grupo de peregrinos y lo celebras por todo lo alto (por ejemplo, yendo a comer bien… al menos nosotros solemos comer muy austeramente durante el camino y al llegar nos damos un buen festín). Cuando llegas a Santiago, queda atrás el dolor del camino, de las lesiones, de las pequeñas rencillas que surgen entre unos y otros… al llegar queda lo bueno, que es lo que agradeces y celebras. Igual imagino el cielo: será una fiesta, una alegría, una celebración… «dinámica». No llegaremos al cielo para estar como pasmarotes, igual que no te quedas quieto cuando llegas a Santiago.

No todo el que hace el Camino de Santiago es explícitamente creyente. Pero todos se ponen en marcha hacia el mismo sitio, muchas veces con los mismos deseos y parecidas búsquedas. Igual en la vida: hay gente que no cree en Dios pero, aun sin saberlo, se ha estado dejando guiar por Él hacia el fin. Cuando llegue al cielo, pondrá rostro a ese soplo divino que lo ha estado conduciendo por el camino de la vida hacia el horizonte del amor.

Si la vida es recorrer el camino y llegar a Santiago es entrar en el cielo… la muerte es sólo el tránsito de uno a otro. La muerte sólo significa el fin para quien no quiere ir a Santiago, para quien no ha querido recorrer el camino de la vida. Para quien sí lo ha escogido, es sólo el momento en que acaba su esfuerzo, sus pasos, sus decisiones libres de seguir por el camino; el momento en que ya nada depende de él y todo le es regalado. Es una experiencia de gozo después de todo el esfuerzo.

Dios no sólo está al final del camino, está durante todo él. El Padre es como Santiago, la meta que nos atrae y nos acoge al final de nuestro recorrido. Cristo, el Hijo, es como el camino (o, si queréis, las flechas amarillas): quien nos muestra por dónde se llega al amor de Dios. El Espíritu Santo es esa fuerza que nos hace seguir a pesar del cansancio, la fuerza que nos lleva también a preocuparnos por quienes están caminando con nosotros. Es un único Dios, pero los cristianos creemos que es un Dios-Trinidad: un Dios que nos mueve, que nos indica y que nos atrae hacia nuestra verdadera plenitud como personas. Ese Dios es el que nos acogerá plenamente en el más allá y es ese mismo Dios el que ya conocemos en el más acá, aunque aún no lo vemos tal cual es, sino como en un espejo, como diría san Pablo.

Merece la pena caminar hacia Santiago con la invitación de Dios: «se hace camino al amar». En esto consiste nuestra felicidad, nuestra salvación… el destino para el que estamos hechos.

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Cielo, infierno y purgatorio… en una fiesta Erasmus

Estos días hemos estado acercándonos al más allá con alguna que otra imagen pero sobre todo con reflexiones sobre la vida. Nuestra conclusión: Dios nos ofrece una vida feliz, para ser vivida ya en el más acá, pero que llegará a su plenitud en el más allá. Nos la ofrece gratis, pero para que se haga realidad en nuestra vida tenemos que desearla (y desearla es hacerla real, elegirla, actuarla… aunque no siempre nos salga bien). Esa vida tiene que ver con el amor a Dios y a los demás.

Pues bien, hoy y el próximo día vamos a sumergirnos en dos imágenes más globales. Con ellas intento mostrar una síntesis de cómo imagino el más allá desde dos perspectivas complementarias. La de hoy tiene que ver con el juicio. Siempre hemos escuchado que después de la muerte seremos juzgados, pero nos suena fatal. Quizá le tendríamos menos manía al «juicio» si pudiésemos entender mejor a qué realidad nos referimos con esa palabra (creo que lo que nos lía es la palabra en sí… porque a lo que quiere hacer referencia no es exactamente un juicio como nosotros lo entendemos).

Imaginad que tenéis un buen amigo (el mejor amigo, un buenazo que siempre se preocupa por todos) que se va de Erasmus. En su estancia allí, no está del todo ausente, porque se comunica con todo el grupo de amigos por distintas vías. Lo que ocurre es que, por envidia, hay un grupito que no quiere seguir entablando relación con él y se dedica a hacerle el vacío, poner a los demás en su contra, escribirle cosas de mal gusto, etc. El amigo escribe para decir que vuelve y que va a celebrar una fiesta de reencuentro. Entonces la mayoría del grupito subversivo decide que no merece la pena estar enemistados con él y empiezan a colaborar un poco con los otros en la preparación de la fiesta. Pero de entre los del grupo, hay uno que no quiere saber nada del amigo.

¿Qué pasa cuando llega y celebra la fiesta? Que el que estaba enemistado con él no va. Se queda solo, no porque el amigo que estaba de Erasmus lo echara de la fiesta (¡al revés, estaba deseando que viniera!), sino porque él no quiso entrar. Pudo más su orgullo que el deseo de reconciliación. Los que estaban a buenas con él, entran y se alegran un montón con el reencuentro. En realidad nunca se había ido del todo, porque seguían en contacto, pero por fin estaban juntos «en carne y hueso». Los que se enfadaron al principio pero luego se arrepintieron también lo reciben felices, pero antes de poder festejar con él necesitan reconciliarse (como nos pasa a todos cuando queremos celebrar algo con alguien con quien ha habido malos entendidos… nos sentimos raros si no lo arreglamos). Cuando el amigo los mira a los ojos, ellos son conscientes del mal que le han hecho y se sienten mal por ello. A pesar de todo, el perdón sana esas heridas y después festejan con todos los demás. Como cualquier fiesta (al menos cualquier fiesta donde nadie «la lía»), es un momento donde todo el mundo disfruta, come, bebe, no falta de nada y están «de buen rollo». Donde el grupo de amigos se sienten unidos como tales.

Pues más o menos así me imagino yo el juicio del más allá. El juicio no es más que el momento en que todos entramos a la plenitud de la vida de Dios con todos los demás. En ese momento no sólo se sana todo lo que estaba herido de nuestra vida, sino que además nos hacemos conscientes de la verdad de cada uno respecto a los demás. Quien ha elegido amar, como los buenos amigos, entra feliz al reencuentro (lo que conocemos como «cielo» o vida eterna). Quien ha decidido odiar y se ha encerrado totalmente en sí mismo, como el que estaba enfadado con el que volvía, no entra, no porque nadie lo eche, sino porque él no ha querido entrar (esto es lo que llamaríamos «infierno» o muerte eterna). Se tiene sólo a sí mismo, es decir, la total soledad, porque eso es lo que ha escogido con su vida, lo que ha deseado (no obstante, no podemos saber si alguien en realidad ha escogido de verdad esta opción… sólo lo mantenemos como posibilidad). Quien no ha sido capaz de amar del todo pero ha deseado hacerlo (prácticamente toda la humanidad, en mi opinión), como los amigos que se arrepintieron, también entra a la fiesta, al cielo, pero al desvelarse la verdad de su vida le duele el mal que ha hecho y su propia incapacidad para amar (eso es lo que conocemos como «purgatorio», un momento de purificación en el que el dolor de nuestras incapacidades de amar es sanado por Dios con su perdón reparador).

Cristo es como el amigo que se ha ido de Erasmus: es a través de Él que entramos al cielo. Nunca ha dejado de estar presente, siempre está de alguna manera y se comunica con nosotros. Pero en el más allá, cuando la historia termine y nos invite a la fiesta del cielo, lo veremos en toda su gloria, tal cual es, y será Él quien nos lleve al corazón del Padre: el lugar donde todos estamos celebrando que por fin podemos amarnos de verdad, gracias a Él. Y es que la salvación, la plenitud que lograremos en el más allá (aunque se adelante en el más acá, como hemos dicho tantas veces), no es de uno solo, sino de todos juntos.

Sé que no es una imagen muy «romántica», pero a mí me ha ayudado a representarme de una forma un poco más actual cómo puede ser esto del juicio en el más allá. Un juicio que es plenificador, no acusador. Porque quien nos acoge es Dios, todo amor, pero acoge lo que hemos deseado verdaderamente en nuestra vida. Si lo hemos deseado a Él (su amor, tanto si lo hemos relacionado explícitamente con Dios como si no), Él completa ese deseo mucho más de lo que nosotros esperábamos. Si no lo hemos deseado, es decir, si lo rechazamos… no se nos puede imponer. Es como el verdadero amigo que vuelve del Erasmus: está dispuesto a celebrar la fiesta contigo, pero si no quieres, no te va a obligar a que entres.

Hay un monólogo de Goyo Jiménez en el que dice: «me da vergüenza del más allá español». Como es frecuente en sus monólogos, nos compara con los americanos (así los llama él, aunque se refiere sólo a los estadounidenses), en este caso con su más allá. Aunque el monólogo va por otros derroteros, esta frase me ha hecho reflexionar mucho. ¿No será que no nos atrae mucho pensar en el más allá porque tenemos imágenes cutres, anticuadas o poco motivadoras del mismo? Prefiero imaginármelo como una fiesta donde entra quien ha querido verdaderamente participar y una fiesta en la que lo mejor no es sólo el pasarlo bien sino la alegría del reencuentro y la reconciliación. El próximo día compartiré otra imagen sobre el más allá desde otra perspectiva. Con todo, seguro que hay muchas imágenes sugerentes, sólo hay que dar con ellas. ¿Cuál se te ocurre a ti? Si tienes una idea o una imagen… ¡pon un comentario!

Lo que en la vida terrena escogemos… es lo que tras la muerte tendremos

Ya podemos ir acercándonos más al «más allá». Lo que ocurre tras la muerte, desde la perspectiva cristiana, es que tenemos lo que hemos deseado en la vida. No es que Dios haga un juicio y diga: buenos, a la derecha, malos, a la izquierda (o viceversa, ¡que no va con intención política!). Sino que Dios respetará lo que nosotros libremente hayamos querido: si estar con Él y con los demás, o si estar solos. Si hemos querido lo primero, aunque no hayamos vivido tan fielmente a ello como querríamos, Dios «completará» todo lo que nosotros no hemos podido completar para que podamos entrar verdaderamente a esa comunidad con todos. Si hemos querido lo segundo, eso tendremos, pese a que a Dios le encantaría que hubiésemos querido lo primero. Porque siempre respeta la opción que hayamos tomado. Retomando lo de los días pasados: la salvación es el proyecto de vida que nos realiza plenamente, en el que somos de verdad felices, en relación con los otros. Dios nos ofrece ese proyecto dándonos su amor desinteresadamente. Pero para que se haga real en nosotros, tenemos que desear de verdad ese proyecto. Si lo deseamos, es lo que tendremos al final de los tiempos.

La pregunta del millón (sí, ya llevamos dos, en esto del más allá hay muchas) es cómo decidimos una cosa o la otra. Yo creo que aquí es donde está la mayor dificultad. Hay que partir de algo que nos cuesta aceptar pero que es importante que «introyectemos»: el juicio de lo que cada uno ha querido o no ha querido, de lo que ha hecho o no ha hecho, no nos compete a los demás. Eso es cosa de Dios, pues sólo Él conoce verdaderamente lo que hay en el corazón de cada uno y lo que ha habido en la vida de cada uno que haya facilitado o dificultado esa elección. Sí, esto es un poco misterioso, pero me parece liberador tenerlo claro, porque así no nos obsesionamos con juzgar a los demás y nos preocupamos más por encaminar bien nuestro deseo y por intentar que otros deseen también lo que los va a hacer más felices.

Pero dicho todo esto, la Biblia tiene un criterio para mostrar si uno ha elegido este camino o no: el amor a los demás. Como decíamos, no es un amor meramente sentimiento, sino un «amor-acción»: la entrega de la propia vida. El tema de la entrega no está especialmente de moda porque nos parece que nos «quita» algo a nosotros; no es muy atrayente la perspectiva de estar renunciando a cosas por los demás. Sin embargo, me remito a la propia vida: cuando hemos sabido renunciar para algo mayor la satisfacción es enorme. Cuando haces algo por alguien porque lo quieres y te quiere, no te pesa como algo negativo el haber tenido que esforzarte, el haber tenido que renunciar o el haber tenido que currártelo. El fin de todo ello son las relaciones que dan la felicidad, por eso nos sitúan en el camino de amor que Dios nos ofrece.

Dice mi abuelo que «no puede ser que cada uno vayamos a nuestra bola pensando que al final Dios nos va a querer a todos igual, porque eso sería un cachondeo completo». Tiene parte de razón. El «cachondeo» sería que Dios no tuviese en cuenta qué queremos, qué hemos elegido en nuestra vida; pero sí que lo tiene en cuenta porque no hace nada contra nuestra libertad: la respeta totalmente. Por otra parte, también sería un «cachondeo» que no diésemos ninguna importancia a nuestras elecciones libres. Porque sólo tenemos una vida (terrena, que tras la muerte continúa en la eterna gracias a Dios), y las elecciones las tenemos que tomar en ella. Elegir el camino del amor supone elegirlo de verdad, querer comprometerse con él. Aunque a veces el compromiso sea más flojo de lo que querríamos. El deseo se materializa en lo que vamos escogiendo, en los actos de amor, de renuncia, de compartir, posibilitadores de buenas y verdaderas relaciones. Si creemos que podemos decir «sí» a este proyecto únicamente de forma intelectual, nos equivocamos. Hay que decir sí con el deseo sincero de la vida.

Hoy quisiera compartir una última reflexión relacionada con todo esto. Todo lo que os he estado contando puede parecer un poco ingenuo. Me diréis que por más que uno se esfuerce en querer a los demás, en tener buenas relaciones con ellos, e incluso por más que uno se sacrifique por ellos, no siempre nos corresponden, no siempre nos va bien, no siempre somos felices ni siempre se nos trata justamente. Es verdad. Pero al decir esto estamos operando con una definición de felicidad como ausencia de problemas y como que todo vaya bien. El cristianismo habla de una felicidad como plenitud humana. Lo que dijimos al principio: esos momentos en que sabes que quieres y eres querido y eso te llena, aunque estés pasándolo mal, aunque estés en una situación difícil.

Con todo, es verdad que ese saberte querido, por los otros y sobre todo por Dios, no te quita los sinsabores de la vida ni el dolor que hay en ella. Precisamente esa es la fuerza de la promesa en el más allá: que Dios quiere que nuestra vida sea mejor ya, aquí, en la Tierra; pero que sabe que dada la limitación del mundo y el mal que a veces hacemos las personas, aquí no es posible que esa felicidad sea plena. Por eso nos anima y nos ayuda a seguir transformando nuestro mundo en un lugar mejor, pero también nos promete que en el fin de los tiempos, es decir en el más allá, alcanzaremos la felicidad deseada, sin dolor, sin división entre nosotros, sin muerte… y, sobre todo, que recibiremos mucho más de lo que hoy esperamos y podemos imaginar. Mientras tanto, nos ofrece la posibilidad de dar sentido al dolor y a la muerte desde el amor, la fe y la esperanza. Palabras mayores… pero, en mi opinión, palabras liberadoras. Al menos para mí.

«Gratis» no es «barato» ni «express»

Ya llevamos un buen trecho recorrido en esto del «más allá». Parece que no, pero si tenemos claro lo anterior, no es poca cosa: 1) lo que esperamos del más allá lo esperamos porque ya podemos participar de esa experiencia de plenitud en el más acá; 2) eso que esperamos y que en parte ya vivimos –o podemos vivir– es el sentido total de nuestra vida y de la historia, que también podemos llamar salvación; 3) la salvación es un horizonte de plenitud donde entramos en relación con los otros, el mundo y Dios, de manera que esas relaciones edificadas en el amor nos hacen felices.

Me diréis que hemos hablado más del más acá que del más allá. ¡Ya os dije que tenemos que partir del primero para pensar el segundo! Las experiencias de mayor felicidad que hemos tenido por lo general tienen relación con personas a las que queremos y que nos quieren. Y por eso no tiene sentido que pensemos en nuestra plenitud del más allá si no es en esa lógica del amor interpersonal. Hoy me gustaría profundizar un poco en la gratuidad del amor que ofrecemos y recibimos en esas relaciones y en concreto en la gratuidad del amor de Dios.

Muchas veces nos han querido sin que lo merezcamos, ¿o no? Y en esos casos, ¿implicaba esa gratuidad del amor que «no teníamos que hacer nada» al respecto? Pues lógicamente no. A veces pensamos que lo gratuito no vale nada porque no nos ha costado esfuerzo conseguirlo, pero es mentira. Es lo más valioso, precisamente porque nos lo dan como puro regalo, por puro amor (cuando no es interesado, claro). Lo que ocurre es que, como veíamos con Peter y Mary, el fin, que es entrar en relación con el otro, no es posible si no se acoge y se responde a ese amor gratuito.

Lo mismo pasa con los regalos y con los dones. ¿De qué te sirve que te regalen el Halcón milenario de Lego (soy más de Playmobil pero todos sabemos que Playmobil no tiene nada de Star wars, algún defecto tenía que tener) si lo dejas en una caja sin montarlo? Pues de bien poco. ¿De qué le sirve a Luke Skywalker tener la fuerza en su interior si no la «usa», si no la pone en práctica? No tiene que entrenarse para tenerla, puesto que ha nacido con ella como un don, como algo gratuito, recibido. Pero si no se entrena, no puede usar esos poderes para el bien. Así de sencillo.

Y es que, además, cuando el regalo que se nos ofrece es descubrir a los demás, quererlos y que nos quieran, por más amor gratuito que haya ese amor no puede transformarse en una relación si uno no quiere. Cuando se trata de personas, entran varias libertades en juego. Eso mismo pasa con Dios: nos ofrece su amor «gratis» todo el tiempo, pero si nosotros no lo escogemos, no nos abrimos a él, de nada sirve, porque no estará transformando nuestra vida hacia ese horizonte de sentido que nos promete la salvación.

Esto nos lleva a una conclusión: que la salvación (felicidad, plenitud, sentido, o como cada uno quiera llamarlo) sea gratis, además de no significar que sea «barata» (en el sentido de poco valiosa), tampoco significa que sea «express». Nos estamos acostumbrando a que lo tenemos todo ya mismo, cuando lo queremos. Pero las relaciones llevan su tiempo, comportan sacrificios (es decir, renunciar a determinadas cosas por los demás), hay que cuidarlas con paciencia y van madurando con el tiempo. Y si nuestro horizonte de plenitud son relaciones de amor (con Dios y con los otros, repito), inevitablemente ese horizonte nos pondrá en marcha por un camino en el que «hay que currárselo». No porque si no nos lo curramos no nos querrán (que, al menos Dios, nos querrá siempre), sino porque si no nos lo curramos el amor que nos tengan no nos llevará a ser más felices y más plenos como personas. Todo lo que merece la pena en la vida suele ser así: al mismo tiempo un don (algo que no depende de nosotros, como los regalos) y una tarea (que sí requiere de nuestro esfuerzo, como montar, usar y compartir esos regalos).

Por hoy lo dejamos, que hemos metido «mucha caña». Pero os dejo deberes: ¿cómo te imaginabas tú la salvación? ¿Te cuadra esta manera de entenderla?

La salvación es comunión

Los días pasados hemos estado hablando de plenitud, salvación, etc. Pero, ¿qué es, exactamente? Decía que ese horizonte que marca nuestro sentido como seres humanos tiene que ver con nuestras relaciones con los demás: es amar y ser amados. Lo malo es que tenemos la palabra «amor» tan manida que a veces ya ni sabemos qué significa. Fácilmente nos suena «ñoña» porque nos recuerda a las comedias románticas en las que todos acaban felices y comiendo perdices, y claro, nos parece que no concuerda mucho con la vida real. O porque nos suena a que el amor es una cuestión de «buenismo» donde todo vale. Pero nada más lejos. El amor es lo más serio que hay.

Para hablar de amor hay que hablar de las historias de amor concretas. Porque el amor, por más universal que sea, nunca es algo etéreo. Es algo concreto, que se encarna en cosas muy diarias y cotidianas. Creo que nos es más fácil entenderlo si hablamos de relaciones. El amor se da en las relaciones con los otros cuando las vivimos bien, es decir, de forma que nos humanicen a todos (simplificando mucho). Para entender la lógica del amor hay que entender la lógica de las relaciones, y esto porque precisamente la lógica de la salvación es la misma (ya lo decíamos el otro día al hablar de nuestro deseo más hondo).

Imaginemos, entonces, (disculpas anticipadas por lo simplonas que son las historietas, tengo más futuro como ensayista que como novelista) a dos jóvenes llamados Peter y Mary (son los nombres que siempre ponía mi profesora de inglés para enseñarnos los tiempos verbales). Pues bien, Peter está súper enamorado de Mary. Le regala flores, le manda cartas, hace lo posible por hablar con ella… hasta se le ha declarado. Pero Mary no quiere saber nada de él, porque prefiere ir con otro tipo de gente que hace cosas más divertidas. Conclusión que sacamos los espectadores: imposible que dos salgan si uno no quiere. Total, que Peter y Mary no tienen futuro. Si preferís un ejemplo de amistad y no de noviazgo, pongamos éste: John y James son amigos de toda la vida (no me preguntéis por qué hoy todos los nombres son en inglés, me ha dado por ahí). Pero James empieza a llevarse con otro grupo de amigos y acaba dejando de lado a John, quien siempre ha estado ahí para apoyarlo y ayudarle y quien quiere seguir manteniendo la amistad, sin éxito. Pues igual, si James no quiere, imposible que sigan teniendo una relación profunda de amistad.

En los dos casos puede suceder lo contrario: si Mary acepta el cariño de Peter y corresponde a él, entonces pueden tener un noviazgo, una relación en la que vayan creciendo en el amor que se tienen uno a otro. Si James no deja de lado a John sino que acoge su interés y corresponde, pueden mantener la buena amistad que tenían. La pregunta del millón es, ¿Peter quería a Mary porque ella lo quería? No, la quería antes de que ella correspondiese, pero si ella no quiere, de nada sirve, porque no van a estar juntos. Igual en el otro caso: si James no pone de su parte, la amistad no es posible, por más que John quiera mantenerse fiel como amigo.

Todo esto… ¿qué tiene que ver con la salvación y con el más allá? Pues, sencillamente, que la salvación es comunión: es relación con Dios y con los otros en la que todos somos felices. Y para ello ese amor que nos une nos tiene que ser ofrecido (por parte de Dios, esa oferta es permanente y desinteresada), pero nosotros tenemos que aceptar, que corresponder, porque si no, es imposible entrar en relación. ¿Que cómo aceptamos la oferta de Dios? ¡Dejemos algo para la próxima!

 

Salvados… ¿«de qué» o «hacia dónde»?

El otro día nos proponíamos hablar sobre el más allá desde las experiencias de nuestro «más acá». Hablábamos del deseo que tenemos de que nuestra vida tenga sentido y del anhelo de ser felices. Pues bien, a esto mismo se refiere el cristianismo cuando habla de «salvación». ¿A qué os suena la palabra? A mí antes de profundizar en todo esto me sonaba a una especie de premio o clasificación tras la muerte: si podías ir al cielo, estabas salvado; si no, no. Básicamente, pensaba que la salvación se juega en el más allá, pero con el tiempo me fui preguntando si no tendría también alguna relación con el presente.

Utilicemos otra palabra que nos líe menos: felicidad. Todo el mundo quiere ser feliz. Y queremos serlo ya, no esperar a lo que venga después de la muerte. La cuestión es qué es ser feliz. Muchas veces decimos que se trata de algo subjetivo porque a cada uno nos hacen felices unas cosas distintas. Sin embargo, a mí me parece que a menudo lo que subyace a nuestros deseos de felicidad es lo mismo, aunque se revista de diferentes formas. Cuando alguien desea fama… ¿qué desea en realidad? Desea que los demás reconozcan lo mucho que vale. ¿Por qué? Porque, inconscientemente quizá, piensa que así lo querrán y que no estará solo. A veces los deseos van por otros derroteros, como tener lo necesario para vivir cómodamente, para pasarlo bien, etc. Yo creo que incluso en ellos subyace también un deseo de vivir bien con los demás. Porque quien tiene de todo pero está más solo que la una no es feliz realmente. Somos comodones, vale, y muchos deseos nuestros van por esa línea de vivir plácidamente, sin carestía y sin problemas… pero, en mi humilde opinión, nuestro deseo más profundo de felicidad, más allá de los placeres del momento, del éxito que queramos, de las comodidades, tiene relación con los demás. Nos aterra estar solos, lo que queremos es vivir acompañados y que esa compañía sea grata y nos haga vivir mejor la vida. De hecho muchas veces buscamos satisfacer deseos con los que creemos que tendremos esa compañía que queremos (creemos que si somos atractivos, si somos poderosos, si tenemos mucho dinero, estilo, fama, etc., los demás querrán estar con nosotros). Pero lo esencial no es el medio, sino el fin: no estar solos.

Como decía, en ocasiones pensamos que ser feliz es estar contento, pasarlo bien, que nos vayan bien las cosas. Pero creo que todos tenemos alguna experiencia en que nos hemos dado cuenta de que las cosas no son tan sencillas. ¿No hay circunstancias en las que todo parece ir bien, y con todo no somos felices? ¿Y no hay situaciones en las que no está yendo todo lo bien que quisiéramos, y sin embargo nos sentimos felices, o al menos plenos, llenos, como viviendo la vida a fondo? Esto se debe a que lo determinante es el factor relacional, no lo que parece que hay en la superficie.

Piensa en una experiencia especialmente feliz para ti. No una experiencia en la que simplemente te sintieras bien o contento, sino en la que te sintieras realizado, como «lleno» por dentro. A mí las que se me ocurren son las que he compartido con gente a la que quiero de verdad, y curiosamente tanto en momentos alegres como tristes, porque lo importante en esas experiencias es que me sabía querida y yo quería a la gente. Yo creo que eso es lo más parecido a la salvación, a la verdadera felicidad, que nos podamos imaginar. Lo que pasa es que es un deseo muy profundo que a veces queda enterrado bajo otros «deseíllos» menos importantes a los que, sin embargo, les otorgamos la mayor importancia. Claro, lo que pasa es que antes o después el sistema quiebra.

Cambiando de tercio, la salvación no sólo tiene la connotación positiva de la que acabo de hablar (felicidad), sino que muchas veces hablamos de ella como una liberación de cosas negativas, cosas que nos pesan o nos hacen mal. Y en parte es verdad. Pero, ¿de qué te sirve que te liberen si no tienes adónde ir? Imagina que has estado encadenado varios días y te liberan en medio de un desierto. Genial, ya eres libre, pero ¿y ahora qué? ¿Hacia dónde narices vas? Es como cuando estamos agobiados porque tenemos muchas cosas que hacer y cuando ya no las tenemos no se nos ocurre nada que nos motive (a los estudiantes nos ha pasado a menudo al acabar exámenes, ¿no?). La experiencia de salvación es la experiencia de sentido: hay un por qué, pero sobre todo hay un para qué. La vida merece la pena por algo y para algo. Y para ello a veces necesitamos que nos liberen de aquello que nos impide verlo o vivirlo, pero mucho más necesitamos poder intuir ese horizonte y creer en él.

Dicho todo esto, la salvación cristiana es, sobre todo, un horizonte de plenitud, felicidad, sentido o como queráis llamarlo. Ese sentido es el amor recibido de Dios y de los demás y también entregado por nosotros a los demás y a Dios. Porque sólo amando cumplimos ese deseo tan hondo de no estar solos. Ese deseo nos habla de que estamos hechos para ser con los otros. Y para hacer posible ese horizonte en nuestra vida necesitamos ser liberados de lo que nos hace daño: el mal que hacemos, el que sufrimos, los enveses de la vida que a veces no sabemos cómo afrontar, el miedo que tenemos a tantas cosas y que a veces nos hace ser quien no somos (impidiéndonos, así, amar de verdad)…

Ya tenemos dos conclusiones de estos dos días. Del más allá sólo podemos pensar desde nuestra experiencia de plenitud o felicidad del más acá (1) y esa experiencia, que es la salvación como el cristianismo la entiende, es una promesa u horizonte que da sentido y dirección a nuestra vida y no sólo una liberación de las cosas que no nos dejan ser felices, aunque en parte también; un horizonte que tiene que ver sobre todo con nuestro anhelo de no estar solos (2). Vamos progresando… el próximo día, más y mejor, «jóvenes padawans».

El más allá ya está en el más acá

Lo sé, el título de la entrada de hoy parece un trabalenguas. Os preguntaréis, «¿por qué le ha dado a Marta con escribir sobre el más allá?» Porque es un tema que todos nos planteamos en uno u otro momento y que con algunos de vosotros ya me ha surgido alguna vez. Y especialmente porque los jóvenes del «Consejo Jedi» de mi parroquia (sí, para los que no lo sepáis, ¡en mi parroquia tenemos un Consejo Jedi!) me han pedido varias veces que tratemos este tema. A vosotros os lo dedico, jóvenes padawans.

Hablar del más allá no es cosa fácil ni es posible hacerlo en una entrada de blog tan corta. Por eso me propongo escribir varias entradas encadenadas en las que podamos ir asomándonos a distintas dimensiones de lo que llamamos «más allá». Lo haré desde la perspectiva cristiana –que es la que he estudiado en Teología y la que he profundizado a nivel personal– pero de forma que esta propuesta pueda ser entendida e incluso compartida por quien no sea explícitamente cristiano. En mi opinión, se compartan o no las creencias cristianas sobre el más allá, al menos es conveniente saber cuáles son esas creencias, porque a veces creemos que nos negamos a concepciones cristianas que en realidad no lo son. O todo lo contrario, nos pensamos que nuestras creencias son cristianas, sin serlo. Sí os pido y os invito a compartir vuestro parecer si no estáis de acuerdo, si os imagináis las cosas de otra manera o a preguntarme si en algo no me he explicado bien. Es un tema interesante y el debate puede ayudarnos a todos a clarificarnos y enriquecernos. (Si a alguien le apasiona el tema y quiere que hablemos más sobre él, que me lo diga; aquí sólo voy a poder dar algunas pinceladas… ¡para charlas frikis siempre estoy dispuesta!)

Lo primero sobre lo que querría llamar la atención es que, al hablar sobre el más allá, inevitablemente partimos de nuestro «más acá», es decir, de la vida presente. Si creemos y pensamos que tras la muerte nos espera algo bueno, para poder pensarlo y hablar sobre ello necesitamos acudir a lo mejor que nos pasa en la vida. Y si creemos que nos espera algo malo, lo imaginamos como lo peor que nos ha pasado. ¿O no? Bueno, también cabe la posibilidad de imaginarnos cosas fantásticas (como hacen las películas futuristas o apocalípticas), pero yo creo que incluso en esos casos partimos de nuestras experiencias, vivencias y opiniones presentes. ¡Si es que no podemos pensar de otra manera que con lo que nuestra mente tiene «a mano»!

Pero, además, hay otra razón. La muerte marca el fin de nuestra existencia, y al preguntarnos sobre el «más allá» nos estamos preguntando sobre el sentido de toda nuestra vida. La esperanza en que la muerte no es el fin nos habla del anhelo que hay en nosotros: que todo no se diluya en la nada, que la vida tenga un sentido. Pero pregunto: ¿dónde –o cuándo– está el sentido de la vida? ¿En el más allá? ¿En el más acá? ¿En lo previo a nuestra venida al mundo, es decir, su porqué?

Para el cristianismo, el sentido tiene relación con esos tres momentos: el antes, el ahora y el después. Si nuestra vida tiene sentido es porque ha sido concebida con un motivo, porque se puede vivir honda y felizmente en la existencia terrena y porque la muerte no significará su total extinción, sino el momento en que nuestro deseo de felicidad se vea completamente satisfecho… y sobrepasado. Por eso para preguntarnos por el más allá tendremos que partir de las experiencias de sentido que vivimos en nuestra vida terrena –y eso haremos durante los próximos post–. La felicidad, la plenitud, el sentido, no son sólo para la que solemos llamar «otra vida» (que en realidad es la misma, como veremos), sino algo a lo que estamos llamados ya hoy. Porque, en cristiano, «el más allá ya está en el más acá», aunque sólo anticipado. Lo que podemos pre-gustar de él en nuestra vida es el anticipo del «derroche» de felicidad que nos espera en el fin de los tiempos (una felicidad que sobrepasará de tal manera nuestra expectativa que, como dice mi abuelo, «no nos lo podemos ni imaginar»). Antes de contaros mis reflexiones sobre el más allá y cómo me lo imagino… ¿me contáis como os lo imagináis vosotros? Si te animas, ¡pon un comentario!

[Gracias especialmente a Nurya por sus consejos para pulir el texto.

Aviso a navegantes: este mes publicaré también los miércoles, además del domingo, para darle más continuidad al tema, ya que todas las entradas irán encadenadas y basándose en las anteriores.]

Mola ser un poco friki

Como estoy en plena época de exámenes, me noto un poco «espesa» para escribir. Menos mal que hace un rato ha pasado algo que me ha motivado y me ha dado la idea perfecta para la entrada de hoy. Por el título os habréis imaginado que tiene relación con ser «friki».

Recuerdo que hubo una época en que usaba la palabra «friki» bastante a menudo y mi madre me preguntó qué significaba exactamente. Entonces me di cuenta de que es la típica palabra comodín que usamos muy a menudo y no siempre con las mismas connotaciones. Según la RAE, «friki» es una «persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición» o que es «extravagante, raro o excéntrico». No estoy del todo de acuerdo o al menos no uso el término para referirme a alguien tan obsesivo o tan excéntrico.

Para mí, «friki» es una persona muy apasionada de algo. Hay frikis que sí lo son desmesuradamente y eso puede afectar negativamente a su relación con los demás, si el objeto de su «frikismo» empieza a estar por encima de todo, incluidas las personas. Pero muchos frikis lo son –o lo somos, que todos tenemos nuestra «vena friki» para algo– de manera que comparten eso que les apasiona con los demás y enriquecen la relación. A mí me encanta tener amigos frikis: ya sea de la ingeniería, de la literatura, de la cocina, de las matemáticas, de historias, series o películas diversas, de juegos, de personajes… de lo que sea, porque me encanta cuando la gente vibra con algo y porque de todos aprendo cosas distintas.

Esta reflexión me ha surgido a raíz de una reunión que acabamos de tener unos cuantos amigos de la parroquia en casa. Éramos seis personas para algo que quizá podrían haber hecho menos (pero, reconozcámoslo, a todos nos encanta hacerlo y no nos habríamos perdido semejante tertulia por nada del mundo). El objetivo: pensar la historia para ambientar el campamento de este año (que, obviamente, no puedo desvelar, porque todos sabemos que es el secreto mejor guardado del Estado). Por supuesto, hemos estado un buen rato y no hemos acabado, así que nos quedan futuras reuniones pendientes para rematar la faena. Sí, así es, somos frikis de las historias de campamento… ¡y eso que los hay mucho más frikis que nosotros!

Quizá alguno piense: «menuda chorrada, echarle tanto tiempo y esfuerzo para una historieta, si total, los niños se lo pasan bien con cualquier cosa». Pues en parte puede ser verdad. Pones juegos de agua y los niños ya están encantados, con o sin historia. Pero no es lo mismo. Cuando te motivas por hacer algo chulo porque te gusta y sobre todo por los niños, se nota. Se nota que has puesto tu ilusión y tu «frikismo» a su servicio. Por eso pienso que merece la pena tener pasiones, ser frikis de algo… siempre y cuando intentemos cultivarlo no sólo para nuestro bien, sino también para el de los demás. Lo que te mueve, te motiva, te encanta a ti, es de lo mejor que puedes ofrecer a otros. La trampa es cuando ser friki no te abre sino que te cierra, porque te pierdes el tesoro que es compartirlo. Que, en el fondo, es la parte más bonita de ser friki.

[Como no podía ser de otra manera… ¡¡dedicado a todos los frikis!!]