En todo amar y servir

Esta semana se han ordenado diáconos tres muy buenos amigos: Manolo, Germán y Quique. A lo largo de la semana he pensado bastante en la vocación que han recibido: servir a la comunidad cristiana, en especial a los más necesitados. Como decía san Ignacio en esa frase tan sencilla y tan verdadera: «en todo amar y servir». El servicio es una forma privilegiada de amar y en esto consiste la misión que han recibido mis amigos: amar a todos sirviendo como Jesús sirvió. Porque el más grande no es el que más sabe, el que más «poder» tiene, el que más destaca… sino quien ama y sirve a los demás humildemente. Ojalá no lo olvidásemos en la Iglesia y, en concreto, en sus ministerios: su razón de ser es el servicio, no el poder. Porque el verdadero poder es el del amor. Y el amor es humilde y servicial hasta el extremo.

«En todo amar y servir». Llevo toda la semana con esta frase en la cabeza, preguntándome si realmente sirvo y amo «en todo». Porque a veces hay cosas que nadie ve, que no apetecen o que parecen más insignificantes que otras y sin embargo en ellas estamos llamados a amar y servir tanto o más que en las que nos parecen más importantes. También en esos momentos que parecen insignificantes nos vamos construyendo como personas: como personas egoístas o como personas entregadas y serviciales.

Reconozco que algunos de esos momentos insignificantes me cuestan. Me cuesta vivirlos desde la consigna «en todo amar y servir» y desearía crecer más en humildad para situarme ante ellos de otra forma. Gracias a Dios, hay otros que sí consigo ver como actos de amor y servicio, por más banales que me parezcan. Estos días lo estoy experimentando al preparar el campamento de verano para los niños de nuestra parroquia. Los juegos y los momentos con ellos son más especiales, pero no son la única manera de amarlos. El amor servicial hacia ellos también te lleva a hacer cuentas, llamadas o listas de lo que falta por hacer. Cuentas, llamadas y listas que parecen aburridas e insignificantes, pero que son necesarias para que la actividad salga adelante y los niños puedan crecer, aprender y divertirse. Cuentas, llamadas y listas con las que se puede amar a los demás.

A veces los ejemplos más tontos son los más reveladores. Podemos y debemos amar también en las tareas más simples o que nos parezcan menos «nobles», siempre y cuando las hagamos por los demás, con un deseo sincero de servirles. Espero seguir creciendo en este amor servicial en mi día a día y espero que mis amigos recién ordenados lo vivan con profundidad y entrega en el ministerio que acaban de recibir. Como dijo Andrew Murray, «La humildad tal como es la marca de Cristo será el standard de gloria en el cielo: lo más humilde es lo que está más cerca de Dios» (A. Murray, Humildad: Hermosura de la santidad, CLIE, Barcelona 1980, p. 31). Porque –añado yo– sólo quien es verdaderamente humilde puede acoger y contagiar el amor de Dios.

[Dedicado, por supuesto, a mis amigos diáconos: Quique, Germán y Manolo, y también a todos mis amigos ordenados diáconos hace unos meses.]

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A mi «yo» de ayer

Como esta semana he estado liada y hoy tengo poca inspiración para escribir, os dejo la letra de una canción. Es un rap de Rayden, A mi yo de ayer, y tiene frases que cada vez que las escucho me parecen más acertadas. No es que esté de acuerdo con todas, pero en general me parece una buena letra. Os pongo en negrita mis preferidas. Espero que os dé que pensar. (Recomiendo escucharlo, es mejor que leerlo.)

«Hola, tú a mí no me conoces, aunque yo a ti sí, como la palma de mi mano, y sé que tendrás muchas preguntas, y yo pocas certezas, así que…

Me pregunto si me oyes todavía, si queda algo de ti en mi lejanía, yo que soy el fruto de tus fallos y virtudes, tus derrotas y victorias, tus aciertos y manías; la suma de tus noches y reproches de tus días, la resta de tus gestas de tus idas y venidas; por si me contestas a preguntas con preguntas te diré que hay respuestas que no serán respondidas.

Que sepas que la ira caduca, pero contamina; que no hay camino sino estela de los que caminan sin quitamiedos; que te podrás llevar el palo de tu vida o llegar adonde nadie llegó ni en sus sueños. Que no imposibles, sólo improbables, para que cobardes no se atrevan presos por el miedo. No dejes que nadie te diga que no hagas esto, aquello, que no sirves ni que vales, porque vales más que ellos.

No quieras compararte, nunca es demasiado tarde para que alguien rectifique, que la gente ya no busca espejos donde mirarse, sólo malos ejemplos que los justifiquen. Que la línea que más cuides sea la de tu sonrisa, y que sea más curva cuanto más la cuides, y que todo el que te mire vea que la vida se mide en los momentos en los que te sientes vivo, así que vive.

A mi yo de ayer: lo siento si no fui lo que quisiste ser, te juro que lo hice lo mejor que supe hacer, intenté crecer feliz en este mundo cruel. Quise cambiar el planeta y llevarlo al papel, aunque sea con mala letra para hacer el bien, esto sé que no es gran cosa, pero has de saber que el día de mañana podrás ponerte muy bien, a mi yo de ayer.

Trata de decir siempre lo que sientes, y siempre lo que piensas realmente. No digas todo lo que piensas, pero piensa todo lo que dices. Diferencia entre gente normal y la corriente. Que los amigos y amores, vienen y van, pero sólo los verdaderos al final se quedan, que jamás cambies lo que más ames en vida por lo que en el momento deseas, se pasa y la vida es pasajera.

No prometas feliz, no respondas enfadado ni decidas con el día gris. Perdona rápido, agradece lento. Quiere de verdad, contento, y nunca dejes que no te vean reír. Duerme menos y sueña más, sueña despierto; con ojos abiertos, los sueños se hacen realidad. Que las mejores cárceles no tienen vallas, y los peores ángeles no tienen alas, pero saben volar.

No des nada por supuesto, siempre se está a tiempo para esbozar un “perdón, lo siento”. Que perder es otra forma de ganar y en este mundo superficial, lo que importa está cubierto. Que no hay dolor y error que no enriquezca, como la piedra con la que tropiezas y repites. Por eso pide que te quieran cuando menos lo merezcas, posiblemente sea cuando más lo necesites.

A mi yo de ayer…

Que quien te quiere también daña, hay miradas que lo dicen todo y ojos que no dicen nada. Que se coge antes al cojo, ya que un mentiroso también es un hombre de palabra. Que la apariencia engaña y a veces la mayor sonrisa esconde tras de sí una doble cara. Que todo lo bueno y lo malo se acaba, por eso disfruta como si no hubiera mañana.

Y sí, sé que podría decirte el número premiado de la lotería o incluso decirte cuál de las mujeres será la única que te acompañará el resto de tu vida, pero ni yo mismo lo sé, y si te lo dijese no llegarías a ser yo. Así que quiere, déjate querer, supera, disfruta, aprende, que todo llega.»

Soñar tu profesión desde los demás

Ayer me gradué del Bachiller (grado) en Teología. Cerrar esta etapa de estudios me hizo recordarme a mí misma en 2º de Bachillerato, cuando pensaba que la decisión más difícil sería elegir qué estudiar después de hacer la Selectividad, con 18 años y sin tener nada claro todavía. Cuando supe que lo mío era la Filosofía, esa incertidumbre se disipó y me embarqué en los estudios con ilusión y muchas ganas de aprender. Años después, acabé Filosofía y quise hacer Teología, así que me puse a ello, también con entusiasmo. Pero cuando de verdad acaba la carrera te das cuenta de que lo difícil no fue sólo elegirla, sino también decidir ahora qué rumbo tomar en la vida partiendo de lo que esos estudios te han aportado. Porque, en el fondo, lo difícil no es un punto de tu vida, sino todo el camino que vas recorriendo en ella, con sus diversas decisiones que te van llevando por uno u otro sendero.

Esto de graduarme me ha hecho recordar toda mi vida universitaria, desde esos comienzos dudosos que os acabo de contar hasta el día de hoy, pero también me ha hecho pensar en el futuro, en la profesional que quiero ser. En muchas graduaciones se dice lo típico de que tienes que luchar por tus sueños y conseguir el éxito, que si quieres puedes, que hay que ser competente y competitivo para lograr llegar a lo más alto… y un largo etcétera de sueños de éxito futuro a nivel profesional. A mí me encantó que en mi graduación no se hablara principalmente de esas cosas. Por supuesto que es importante perseguir tus sueños y apostar por ellos y que tienes que dar lo mejor de ti a la sociedad y al mundo… pero la cuestión es: ¿es tener éxito equivalente a dar lo mejor de ti? ¿Es la felicidad igual al éxito?

En el acto de graduación, el padrino de la promoción (Sebastián Mora, Secretario General de Cáritas española, antiguo alumno de Comillas) nos dijo que soñemos, pero que no soñemos sobre nosotros mismos y nuestro propio éxito, sino que soñemos desde toda la gente que nos necesita en el mundo y que tratemos de aportar lo mejor de nosotros en nuestra vida profesional para tener una humanidad más justa, más solidaria, más fraterna… Su discurso me emocionó mucho porque me recordó lo más importante para mí a la hora de estudiar y de plantearme mi vida profesional: dar lo mejor de mí misma a los demás. Y eso pasa por ser una persona responsable y competente, eso desde luego, pero también por saber acoger los errores propios y ajenos y aprender de ellos, por renunciar a veces a logros propios para conseguir algo mayor para aquellos que lo necesitan, por soñar no sólo tu propia vida, sino tu vida implicada con la de todos aquellos que conviven contigo en el mundo y que te necesitan… por plantearte ser profesional no sólo técnica sino, sobre todo, humanamente.

En su discurso de clausura, el Rector de la universidad (Julio Martínez) dijo que no hay que buscar el éxito por sí mismo, porque «el éxito os vendrá si os sabéis entregar a una causa que merezca la pena». Creo que aquí está la gran paradoja de la vida, que tenemos que aprender los que hoy nos lanzamos a la sociedad buscando nuestro hueco profesional. En la vida y en nuestra profesión buscamos ser felices, pero esa felicidad no se logra buscándonos a nosotros mismos y nuestro propio éxito, sino aportando lo mejor que tengamos para que el mundo sea mejor para todos. Yo estoy convencida de que, al vivirlo así, acabaremos encontrándonos a nosotros mismos y consiguiendo mucho más de lo que habríamos soñado. Incluso si se tuercen los planes que en un principio teníamos, si vivimos para los otros acabaremos recibiendo «el ciento por uno» y nuestra vida tendrá la hondura y la alegría de quien hace lo que hace por amor a los otros. Ya decía Unamuno que el mejor trabajador no es necesariamente el que hace grandes cosas, sino quien pone el corazón en aquello que hace, aunque sea pequeño.

Al acabar una etapa y comenzar otra, me siento muy agradecida por tanta gente que habéis hecho posible este camino: padres, hermanos, familiares, amigos, profesores, compañeros… A todos, gracias. Espero que nos sigamos ayudando unos a otros a dar lo mejor por un mundo mejor… a soñar nuestra profesión desde los otros.

[Dedicado a mis compañeros de Teología. Gracias por todo lo compartido… ¡os voy a echar de menos!]