Con qué poco…

Los que me más conocéis sabéis que soy una amante de los detalles: esas «cosas» tan pequeñas que, sin embargo, pueden contener tanta grandeza. Por eso suelo fijarme mucho en ellos. Desde que empecé a trabajar a principios de septiembre, hay un detalle que se ha incorporado a mi rutina: todas las mañanas, cuando voy de casa al colegio, hay un violinista tocando en el metro Alonso Martínez. A menudo paso cuando está tocando la banda sonora de La Bella y la Bestia (como ya sabéis, mi película favorita de pequeña), otro día era la de Star wars (como igualmente sabéis, ¡por aquí también me gana!) y el resto suelen ser melodías conocidas, más o menos clásicas. Probablemente él no lo sabe, pero consigue que empiece el día con buen pie. Cuando lo escucho, siento que puedo con todo: con los estudios, las clases a estos niños que no se callan ni debajo del agua, los demás compromisos y reuniones varias… Eso me ha llevado a pensar qué poco hace falta para alegrarle el día a una persona; no porque sea «poco» tocar bien el violín (que su trabajo le habrá costado), sino porque el hecho de hacer lo que a uno se le da bien para los demás, también cuando es algo rutinario que se hace por sacar un dinerito, puede convertirse en algo mucho mayor para quien lo recibe.

Justo estos días he estado leyendo el libro de José Saramago Las intermitencias de la muerte. En esta historia hay sólo una persona a la que la muerte no consigue matar, y se trata precisamente de un violonchelista. De hecho, la muerte se enamora de él y a raíz de eso deja de matar (bueno, es más complejo, pero difícil de explicar dada la creatividad de la trama). El hecho de que tocara el violonchelo me ha recordado al violinista de las mañanas… y me ha llevado a pensar que su música es una manera de «sobrevivir a la muerte» o apuntar a lo que hay más allá de ella… es un detalle de eternidad en mitad del ajetreo del tiempo.

Cuando he ido a leerme el artículo de esta semana para clase de Teología he visto que este es, precisamente, el cometido de mi propia disciplina: construir un discurso que otorgue esperanza y nos lleve a soñar que es posible la felicidad que anhelamos, a pesar del dolor y la muerte; un discurso que nos haga seres de deseo infinito:

«…es una teología que moviliza el ser, que expresa el ser no sólo en términos de lo que es, sino de lo que todavía no es, pero debe o puede advenir. […] La fe me dice […] lo que la realidad debería y podría ser, diciéndomela tal cual es, según Dios y, por consiguiente, tal como podría y debería ser para nosotros y por nosotros, y tal como será por la fidelidad de Dios a sus promesas y por la fidelidad (fides) de nuestra respuesta. La fe constituye así la abertura de una brecha en lo finito, la promesa de un in-finito, que nos deja en adelante insatisfechos de lo finito para hacernos seres de deseo, […] de deseo in-finito.» (Adolphe Gesché, El hombre. Dios para pensar II, Salamanca 2002, p. 46).

Lo que hace mi amigo (desconocido) con el violín, debería hacerlo yo con mis estudios: desafiar a la muerte con la vida; animar a creer que podemos ser mucho más de lo que somos. Parece una empresa enorme, pero en realidad cada uno la vamos haciendo poco a poco, en cada cosa que hacemos a lo largo del día. Con poco… como tocar el violín, para que otra persona sienta que puede con un día que se presenta intenso. Con poco, como decir la palabra justa en el momento adecuado, para animar a un compañero. Con poco, como hacer bien tu trabajo y ver que en la cara de un niño se ha hecho la luz. Con poco; con qué poco nos vamos acercando al Todo.

[Como no puede ser de otra manera, dedicado a mi desconocido amigo del violín.]

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Como una hoja de papel

Al empezar las clases en el colegio se me ocurrió hacer una especie de «encuesta» para hacerme una idea sobre qué esperaban los alumnos de las clases de Religión y qué inquietudes tenían que esperaban ver contestadas o iluminadas en ella. Cuando la rellenaron todos mis alumnos me encontré con una pila de más de 180 folios con opiniones variadas, entre las que eran populares esperar «que la clase sea amena», «que veamos películas» y «que no haya exámenes», pero también preguntas sobre la fe, sobre cómo ser un buen cristiano, qué hay después de la muerte o cómo conocerse mejor a uno mismo.

Las famosas encuestas me han dado bastante que pensar, y no sólo por lo que estaba escrito en ellas. Para no desperdiciar tanto papel, se me ocurrió utilizarlas por el otro lado para tomar apuntes en el máster de Teología. El martes pasado, en la universidad, me resultó simpático estar escribiendo sobre los primeros mártires y la epistemología teológica por detrás de frases como «que veamos películas» y «yo creo que en la religión se cree, no se estudia». Y en ese momento me di cuenta de que ese papel me estaba hablando sobre mi propia misión: yo soy como esa hoja. Por un lado escriben mis alumnos, con sus ilusiones, inquietudes y limitaciones. Por el otro escriben quienes me enseñan a estar más cerca de la sabiduría divina. Mi misión como «papel» es, simplemente, poner ambas caras en conexión; situar la hoja a la luz para que un lado se transparente en el otro; hacer de mera mediadora o transmisora.

La misión de ser «como una hoja de papel» exige un continuo «cambio de chip» o, más bien, estar permanentemente «interconectando chips». A veces me toca leer sobre las relaciones intratrinitarias y corregir cuadernos en la misma mañana o pasar de trabajar un texto de un padre de la Iglesia a buscar vídeos de Big Bang Theory sobre los amigos en Youtube… y la gracia del asunto es que ambas cosas están llamadas a retroalimentarse. Lo que aprendo me sirve para enseñar más y mejor a mis alumnos, y mis alumnos me enseñan a aterrizar más lo que aprendo.

«Como una hoja de papel»… tengo una misma misión con dos caras.

Leer para pensar

«“¿Cómo puedes leer esto, Bella? No tiene dibujos” “Algunas personas utilizan su imaginación”. “Bella, es hora de que dejes tu imaginación y prestes atención a cosas más importantes… como yo. Todo el mundo lo comenta: no es bueno que una mujer lea. Enseguida empieza a tener ideas y a pensar…” “Gastón, eres un hombre muy primitivo”. “Gracias, Bella. ¿Qué te parece si vamos a la taberna y damos un repaso a mis trofeos?”» (La Bella y la Bestia, diálogo entre Bella y Gastón; cito un poco de memoria, quizá falle en alguna palabra).

El otro día en una reunión del claustro de profesores una compañera nos puso este diálogo de la película La Bella y la Bestia (¡mi favorita de pequeña!). Era para animarnos a que incentivemos la lectura en nuestros alumnos; que intentemos que lean para que tengan ideas y piensen (entre otras cosas). El vídeo me dejó pensativa, porque tuvo la virtud de recordarme para qué quiero ser profesora: no para apabullar a mis alumnos con un montón de ideas y conocimientos, sino para transmitirles el gusto por aprender y que, en el camino, se vayan encontrando a sí mismos, de manera que tengan ideas propias y sean capaces de pensar.

En un mundo que a veces nos invita más a «repasar nuestros trofeos» que a leer para profundizar en la vida, la tarea del profesor es fundamental: encender esa chispa en los alumnos, ese deseo de transportarse a otros mundos para volver transformados al suyo propio. De entender cómo piensan otros, cómo imaginan otros, cómo sueñan y desean otros… para aprender cómo piensan, cómo imaginan, sueñan y desean ellos mismos. Ojalá seamos capaces de transmitir esa inquietud con nuestra enseñanza.

Gastón es reticente a este cultivo de las letras porque da mucha libertad, y la libertad genera personas con criterio propio. No quiere una mujer que piense y vaya por libre, que tenga sus propias ideas y su propia forma de conducirse en la vida. Quiere una compañera que le diga «amén» a todo, que no cese de admirar sus trofeos… y sus «musculitos». Quisiera que mis alumnos y alumnas, todos por igual y sin discriminación de ninguna clase, no tengan miedo a la libertad. Una libertad que, si es verdadera, no daña a los demás, pero que tampoco se deja acríticamente en sus manos. Quisiera ciudadanos libres: críticos, respetuosos y constructivos. Capaces de imaginar, soñar y hacer un mundo mejor. Capaces de leer, viajar a otros mundos, y traerse lo mejor de esos mundos a este. Capaces de ser ellos mismos, aunque la publicidad les diga que no lo sean. Espero que mi labor docente, que voy a estrenar esta semana, contribuya un poquito a que así sea.

[Dedicado a mis nuevos compañeros de Nuestra Señora del Pilar. En especial a Almudena, por ser la inspiradora de este post.]