Ser místico: vivir a fondo desde la fe

«…amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, y así, ama al alma en sí consigo con el mismo amor que él se ama. Y por eso en cada obra, por cuanto la hace en Dios, merece el alma el amor de Dios; porque, puesta en esta gracia y alteza, en cada obra merece al mismo Dios» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 32,6).

«Cuando el alma llega [al estado de perfección] […] ahora sea su trato cerca de lo temporal, ahora sea su ejercicio cerca de lo espiritual, siempre puede decir esta tal alma: Que ya sólo en amar es mi ejercicio. ¡Dichosa vida, y dichoso estado, y dichosa el alma que a él llega!, donde todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite…» (Ibid., 28,9-10).

Hace unos años, al leer textos como éstos de san Juan de la Cruz habría pensado que la experiencia a la que hacen referencia es muy «encumbrada» y que sólo unos pocos llegan a ella. Se trata, como habréis adivinado, de la experiencia mística.

«Mística» es de estas palabras que se han utilizado mucho y que han acumulado muchas connotaciones a lo largo del tiempo. En ocasiones, hablamos de los místicos como «súper-cristianos» o «súper-creyentes» (pueden ser de otras religiones), a cuyo «nivel» nunca llegaremos. Otras veces utilizamos la palabra en sentido negativo, refiriéndonos a quien no ha «aterrizado» en la realidad y vive en un mundo ideal de «calorcito espiritual», ajeno a todo lo que de verdad importa en el mundo. Y supongo que habrá más matices y connotaciones que desconozco y que también se adhieren a la palabra «mística».

Lo que me propongo hoy es compartir lo que actualmente entiendo yo por «mística». Va muy en la línea de lo que dice Juan de la Cruz en estos textos, pero le daría una dosis extra de «cotidianidad» para que no se piense que hacen referencia a algo tan «excelso» que sólo hay unos pocos mortales capaces de ello (aunque, efectivamente, sea algo excelso, pero ya me entendéis… me refiero a que no es algo inalcanzable).

Ser místico es [para mí] vivirse plenamente en Dios. Saberse pobre y limitado y al mismo tiempo plenamente amado y valioso. Es saberse uno más y al mismo tiempo único. Ser místico no es ser perfecto en el amor, sino querer llegar a serlo. Saberse tan amado por Dios que lo único que se desea es amar como Él a los demás y querer caminar fielmente por este camino del amor, aunque se acabe tropezando cada pocos pasos. Es vivir de forma «que ya sólo en amar es mi ejercicio», aunque se ame pobremente, desde las posibilidades y limitaciones que uno tiene.

Ser místico es ver la grandeza de Dios en nuestra pequeñez, y nuestra pequeñez como lugar de encuentro con su grandeza. Es amar con ternura los límites, porque se confía en que Dios los va a trascender. Es amar con ojos de verdad: sin engaño, pero sin odio. Amar con los ojos abiertos y la mirada limpia, a sí mismo y a los otros. Por eso, ser místico no es vivir fuera de la realidad, sino cada vez más lúcidamente consciente de ella.

Ser místico es amar a Dios por encima de todas las cosas y, precisamente por ello, amarlas más y mejor a ellas mismas, liberado del egoísmo narcisista.

Ser místico es vivir la vida a fondo: amar a fondo, perdonar a fondo, gozar a fondo… pero también sufrir a fondo por el mal cometido y recibido; sufrir para purificarse del propio desamor; sufrir por los seres a los que se ama; sufrir por vivir en constante tensión de inadecuación entre el deseo de amor pleno y la constatación del desamor que nos rodea.

Ser místico es tener fe en Dios, sin necesidad de verlo o sentirlo. Es confiar del todo en Él, confiarle toda la existencia, sabiendo que no se sabe apenas nada sobre Él; que nunca se lo entiende del todo y que aún no se lo ve con absoluta claridad. Y, con todo, sabiéndolo radicalmente dentro de uno mismo.

Ser místico no es vivir primordialmente de momentos extraordinarios, aunque haya muchos de estos momentos. Es vivir toda la vida cotidiana, ordinaria, como algo extraordinario en sí mismo, como cauce de un amor extraordinario –el de Dios–. Habrá místicos que tengan visiones o sentimientos intensos de todo tipo. No lo niego. Pero no creo que sea lo principal en la experiencia mística. Hay místicos con una fe mucho más sobria y que no por ello dejan de serlo. Por eso entiendo que ser místico es, ante todo, saberse en manos de Dios y, atraído por Él en el fondo del corazón, haberle dicho un «sí» sincero con la propia vida, aunque ese «sí» sea sencillo; aunque, incluso, no se «sienta» nada. Es dejar que Dios capte el fondo del ser y lo vaya modelando «desde dentro», para transformar la vida también «por fuera».

Me diréis que todo esto sí que es muy «extraordinario», pero yo creo que no tanto como parece o como a veces creemos. Al fin y al cabo, se resume en haber tenido la experiencia de gratuidad del amor de Dios y desear vivir desde ella toda la vida, contando al mismo tiempo con las propias limitaciones y confiando en que las promesas de Dios se cumplirán. Creo que muchos creyentes viven así su fe… y por ello son, cada uno a su manera, místicos. Para esto sólo hay que desear ser alcanzado por ese amor y ponerse en sus manos; no es necesario «levitar» ni tener visiones maravillosas. Es desear vivir la fe con lucidez; desde el fondo, dejándose conducir por quien, en palabras del papa Francisco, nos «primerea», «… porque entonces el alma muy poco o nada es lo que trabaja de su parte para andar este camino; antes es movida y atraída de esta divina huella de Dios, no sólo a que salga, sino a que corra de muchas maneras al camino» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 25,4; el subrayado es mío).

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¿Qué es ciencia?

La semana pasada un amigo y yo estuvimos discutiendo sobre qué es la ciencia y qué disciplinas pueden considerarse científicas. Él, que es físico y enseña Matemáticas en el colegio, defendía que algunas disciplinas pueden considerarse «saberes», pero no «ciencias», debido a que no pueden formular leyes necesarias y universales. Entre ellas mencionó la Sociología, la Psicología, la Teología… Yo mantenía que sí son ciencias porque estudian su objeto de forma sistemática y racional. Después de mucho discutir, cada uno seguíamos pensando lo mismo que al principio. Nos dimos cuenta de que para nosotros se trataba de una cuestión lingüística: él prefería restringir el uso de la palabra «ciencia» y yo prefería utilizarla en un sentido más amplio. No obstante, los dos respetamos las otras disciplinas, sean o no consideradas científicas.

Por curiosidad, empecé a buscar la definición de «ciencia» en diversas páginas web. La definición solía ir en la línea de mi amigo, pero sin embargo el uso de la palabra incluía el sentido amplio que yo defendía, pues, por ejemplo, se hablaba de las humanidades como ciencias (ciencias humanas). El DRAE no me solucionó la cuestión, pues tiene ambas acepciones.

Además de pasar un rato agradable en la cafetería –me encanta discutir con alguien que defienda bien sus opiniones– el tema me ha dado qué pensar estos días. Porque, además, justo después de nuestro pequeño debate estudié este tema en clase de Epistemología teológica. Mi profesor nos hablaba del diálogo entre las diversas ciencias y cómo cada una tiene su «logos» o razón interna que las demás deben respetar para dialogar con ella (teología incluida). A raíz de esto me pregunté: ¿es necesario que todas sean consideradas científicas para que puedan respetarse en el diálogo?

Después de darle vueltas al asunto he llegado a la conclusión de que sigo prefiriendo una visión más amplia de lo que es la ciencia. Por dos razones. En primer lugar, porque todas las ciencias tienen un origen común (de hecho, surgieron de la Filosofía): el deseo de conocer el universo y saber a qué atenerse a la hora de vivir en él, y esto está presente en todas las disciplinas, de una u otra forma. En segundo lugar, porque me parece que no es indiferente el uso que hagamos de las palabras. Mi amigo tiene una visión más reducida de lo que es la ciencia, pero al menos respeta todos los campos del saber. No obstante, mucha gente no es capaz de valorarlos precisamente por no considerarlos ciencia, porque se piensa que son cuestiones sin ningún tipo de objetividad, pertenecientes exclusivamente al campo de lo subjetivo. Pero eso, en mi opinión, no es justo: en las ciencias humanas también hay una lógica interna, hay objetividad, hay observación y conclusiones que se sacan de ella tras haber estudiado la cuestión, de ellas se pueden extraer consecuencias para la vida humana… No todas consiguen el mismo grado de exactitud y predicción; no todas pueden llegar a leyes necesarias. Porque, cuanto más se centran en el ser humano, más afectadas se ven por lo que hace a éste impredecible: su libertad. De ahí que las ciencias humanas no puedan establecer leyes como, por ejemplo, las matemáticas, aunque sí permiten entender al ser humano con más profundidad y racionalidad. Y, de todas formas, las llamadas ciencias «exactas» tampoco consiguen –por lo general; a excepción quizá de la Matemática– encasillar la realidad en una teoría perfecta, sino que van generando modelos cada vez mejores para explicar por qué las cosas son como son.

En resumen… ¿qué disciplinas son científicas? Depende de lo que entiendas por «ciencia». Yo creo que lo central de la pretensión científica es querer estudiar la realidad con objetividad, precisión, sistematicidad, racionalidad, etc., y que para acercarnos a cada ámbito de la realidad necesitamos una ciencia distinta. Al considerarlo así, no privilegiamos un ámbito de la racionalidad como superior a los otros y comprendemos mejor la complejidad de lo real. De lo contrario, es más fácil caer en un reduccionismo y pretender acercarse a todos los fenómenos de la misma manera con el pretexto de hacerlo «científicamente».

[Dedicado a Gabriel por su inspiración.]

Revelación aeroportuaria

«¿Cómo es posible que seamos más sensibles a una esporádica manifestación de gratuidad, en la cual un desconocido nos ofrece ayuda, que a todas aquellas muestras de amor doméstico que recibimos a diario y que rara vez agradecemos? A esto responde la ley de la pérdida de lucidez en la percepción de la gratuidad. Dice así: la percepción de la gratuidad es inversamente proporcional al grado de unión afectiva entre las personas y se agrava con el tiempo. Cuanto más íntima es una relación y por más tiempo se prolonga, más riesgo hay de que se incremente la dificultad de percibir las manifestaciones de amor en su justa y propia naturaleza de regalo indebido» (P. Castelao, Antropología teológica, en Á. Cordovilla (ed.), La lógica de la fe, Madrid 2013, p. 252; cursivas del autor).

Hace dos años me encontré con esta «ley de la pérdida de lucidez en la percepción de la gratuidad» en mi manual de Teología dogmática, estudiando para un examen. Al leerla pensé que tiene bastante razón, aunque quizá no lo elevaría a categoría de ley (espero que haya muchos casos en que no se cumpla). Desde entonces, he vuelto a pensar en ello más de una vez. ¡Qué poco agradecemos las cosas a las personas con las que convivimos más tiempo! ¡Cuántas cosas damos por supuestas! E, incluso, cuánto nos «entretenemos» en quejarnos de lo que hacen mal, en vez de ver todas esas muestras de cariño y afecto que tienen con nosotros.

Quizá nos pase porque hay gente con la que simplemente contamos; gente que está tan dentro de nuestra vida que es para nosotros algo natural y nos olvidamos que, precisamente por serlo, es también esencial. Esta semana he tenido una ocasión para vivir esto con mucha profundidad: el martes mi hermana Marcela se fue a vivir a Argentina. En casa todos la animamos mucho a que lo hiciera, la ayudamos con algunos preparativos del viaje, presenciamos todo el proceso de hechura de maletas y discernimiento de equipaje y celebramos con ella varias comidas y cenas de despedida con amigos y familiares. Pero me atrevería a decir que ninguno era «consciente» de que se iba. O, más bien, de lo que eso significaba. Incluso cuando nos despedimos de ella en el aeropuerto estábamos todos bastante enteros. Yo llegué a pensar «¿qué pasa? ¿Es que no me afecta que mi hermana se vaya?»

Lógicamente sí afectó. Cuando Marce entró al control policial y pasó al interior de la terminal para buscar su vuelo, es decir, cuando ya no había más ocasión de hablar con ella, fue mi momento de revelación. Y entonces todas esas cosas que estaban adormecidas por la «ley de pérdida de lucidez» salieron al exterior con mucha fuerza: alegría, por hacerme consciente de cuánto me importa y lo bonito que es tener una buena relación con tus hermanos; tristeza, por no saber cuándo iba a volver a verla; algo de culpabilidad, por sentir que tantas veces he perdido el tiempo con enfados y quejas, cuando eso es lo menos importante de la relación; consciencia de que el tiempo ha pasado volando y que, quizá, lo podría haber aprovechado mejor antes de que se fuera… En fin, todos los sentimientos juntos (¡menudo cóctel!), algunos opuestos, pero todos apuntando hacia lo mismo: aunque los avatares del día a día lo nublan muchas veces, quiero a mi hermana y la voy a echar de menos. Parece una verdad de Perogrullo, pero para mí fue una verdadera revelación por la claridad con la que lo vi en ese momento.

Podemos pensar que es una pena que sean necesarios acontecimientos como éste para darnos cuenta de las cosas importantes de la vida. Y en parte es verdad. Pero también podemos pensarlo al revés: gracias a Dios, hay acontecimientos en la vida que nos sacuden un poco y nos resitúan para que no olvidemos lo esencial. O, dicho de otra forma, hay momentos en los que somos lúcidos y en los que la «ley de pérdida de lucidez» no puede con nosotros. ¡Menos mal!

[A Marce.]

Valemos sin mérito

«… absolutamente en el mismo sentido en que el lirio, sin trabajar y sin hilar, es más hermoso que la gloria de Salomón, absolutamente en el mismo sentido es también el hombre, sin trabajar, sin hilar, sin ningún mérito propio, por el solo hecho de ser hombre, más glorioso que la gloria de Salomón» (S. Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo, Trotta, Madrid 2007, p. 36; el subrayado es mío).

Cuanto más trabajo con niños y jóvenes (hasta ahora, en la parroquia; ahora también en el colegio) más me hago esta pregunta: ¿por qué será que acabas queriendo a todos los niños, incluso cuando se portan mal?

Esta frase de Kierkegaard me ha hecho recordar por qué: hay en las personas algo especial, algo fascinante, simplemente por ser personas. Tenemos una dignidad especial por el mero hecho de existir. Hay quien no está de acuerdo… pero, en el fondo, todos vivimos teniéndolo en cuenta, ya que sentimos una obligación moral hacia nuestros semejantes que no nos permite tratarlos como meros objetos. Yo creo que esa obligación moral nos habla precisamente de que reconocemos en el otro un valor intrínseco, por mucho que el otro se haya dañado a sí mismo o haya dañado a los demás.

Justo esta semana he estado trabajando con mis alumnos de 1º de la ESO el texto al que se refiere Kierkegaard en esta reflexión: el evangelio sobre los lirios del campo y las aves del cielo. Poco a poco, los chicos se iban dando cuenta de la suerte que tienen por todo lo que han recibido… y yo me preguntaba, «¿nos daremos cuenta los adultos de la suerte que tenemos por haber sido creados tan maravillosos?» A veces me parece que no. Al menos a mí me pasa que acabo intentando «valer» por lo que hago bien; ganarme la aprobación de los demás por ser buena o hacer bien las cosas. ¡Pero si mi valor como persona no depende de eso! Tendría que ser al revés: hacer lo mejor posible las cosas en agradecimiento por valer de antemano, por tener un valor que no ha dependido de mi mérito. Qué bello, pero qué difícil…

Igual que «mis niños» han aprendido a dar gracias por todo lo que tienen, especialmente porque en todo momento son cuidados por los demás «aunque no lo merezcan», espero vivirlo yo también: sabiendo que mi valor se me ha regalado y que mi vida está llamada a ser una acción de gracias permanente por ello. En definitiva, sabiendo que, si yo quiero a todos mis niños, aunque sean «cafres», mucho más me quiere Dios, aunque a veces sienta no merecerlo. Y es que lo que merece la pena en la vida no suele depender de nuestro mérito… el amor es gratuito, aunque siempre nos implica y nos compromete.

«Como los lirios del campo»… ¿apreciamos nuestra propia belleza, esa que se nos ha regalado, o intentamos fabricarnos otra artificial?