Dialogar hacia una verdad libre para todos

«…me parece evidente que la opinión ajena me resulte en principio tan importante como la mía propia, y que incluso mi propia opinión sólo pueda llegar a serme realmente interesante y válida en tanto se mantenga en ósmosis permanente con la opinión de los demás. En otras palabras, mi verdad llega realmente a ser mía cuando la subjetividad vive en intercomunicación con los otros y su verdad, en un mutuo y continuo intercambio de toma y daca. La verdad que sólo quisiera ser mía sería el infierno de la soledad absoluta en la que el sujeto se destruiría solo. Cada verdad propia, que el sujeto se da realmente al liberarla de la mera subjetividad solipsista, sólo existe en un diálogo permanente, que a su vez únicamente puede darse en la confianza última de que no tenemos por qué estar siempre en desacuerdo, sino que más bien buscamos juntos la verdad que poseemos ya conjuntamente en la realización de nuestra existencia, aun cuando no lo sepamos con la reflexión conceptual, la única con que podemos hablarnos. Hasta el más exacerbado contraste de opiniones –que no debe esquivarse por motivos de tranquilidad– presupone asimismo una unidad más profunda y misteriosa. De otro modo no habría por qué empezar el diálogo; no habría una base desde la cual pudiera desarrollarse.

Esto vale en general respecto de la verdad que atañe a los hombres como tales […]. Pero vale sobre todo cuando el hombre quiere decirse su verdad última o quiere recibirla, cuando está en juego la verdad de la religión o la de la fe […]. En este campo amplísimo que todo lo abarca sin que sea ya posible incardinarlo en un orden superior, la verdad no puede ser ya de ningún modo lo simplemente subjetivo que se encuentra en el individualismo solipsista. La […] visión del mundo […] es el pensamiento comunitario que menos puede estar expuesto al peligroso cálculo particular. Pues se refiere al hombre en su totalidad y éste sólo existe en la genuina intercomunicación con los otros. En la realización de su existencia solamente se posee arriesgándose a la apertura y confianza en los demás […].

Si esta verdad sólo puede existir en la intercomunicación abierta con los demás, incluirá también siempre el bien ajeno de los demás como propio, aunque a primera vista la cosa parezca difícil e ininteligible.  En consecuencia conviene no olvidar que esta intercomunicación ha de aceptarse tal como realmente es y que incluye por necesidad el elemento de lo institucional y de lo constituido socialmente. De otro modo esta intercomunicación quedaría en definitiva anclada en la esfera de lo puramente privado y expuesta siempre al antojo de la persona, concebida como individuo aislado. Sin nada institucional, el otro sólo existiría para mí en tanto yo se lo concediese a mi voluntad y talante viéndole sólo como un elemento de mi propia subjetividad.» (K. Rahner, La gracia como libertad, Herder, Barcelona 21972, pp. 165-167).

«… si nos encaminamos a una sociedad altamente socializada que no podrá prescindir de un ethos común –de no degenerar en una tecnocracia materialista–, entonces […] la sociedad del futuro habrá de plantearse el problema de en qué medida exigirá como obligatorio a todos sus miembros este ethos común, sin abolir o amenazar por eso la auténtica libertad del individuo en aras de una ideología y una formación impuestas por la sociedad; deberá afrontar el problema de cómo poseer una verdad que sea libre y permitir serlo sin empujar al hombre a la vacía arbitrariedad en que ni el individuo ni la sociedad pueden vivir.» (Ibid., p. 176).

Creo que no hay mucho que añadir a estas palabras de Rahner. Ojalá nos las creyésemos todos un poco más, porque me parece que la actitud a la que se refiere brilla por su ausencia…

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Mucho sin su voluntad… nada sin su providencia

«Mantenemos con fe firme e inmutable que Dios es incorpóreo, omnipotente e invisible. Pero también que Dios cuida de las cosas humanas, de suerte que nada tiene lugar sin su providencia, lo mismo en los cielos que en la tierra. Pero hemos de hacer notar que hemos dicho “sin su providencia” y no “sin su voluntad”. Porque muchas cosas suceden sin su voluntad, pero ninguna sin su providencia. Por su providencia Dios administra, dispone y vigila lo que acontece, mientras que por su voluntad determina que algo acontezca o no…

[…] Nosotros afirmamos que Dios no hizo los males, ni la misma maldad, ni las acciones que de ella proceden. Si Dios hubiese hecho lo que verdaderamente es malo, ¿cómo se podría tener la audacia de anunciar el mensaje del juicio, que nos enseña que los malvados son castigados por sus malas acciones en proporción a su pecado y que los que han vivido según la virtud y han obrado virtuosamente serán felices y alcanzarán los premios de Dios?» (Orígenes; fragmentos en J. Vives, Los padres de la Iglesia, Barcelona 1971, pp. 244 y 246).

Es curioso cómo a veces confluye lo que estoy dando con mis alumnos en clase con lo que estoy estudiando en la facultad. Últimamente estoy trabajando estos textos de Orígenes, y justo estos fragmentos tratan sobre el problema del mal, nuestra libertad y la providencia de Dios, que es el tema que he estado viendo con los alumnos de 3º de la ESO.

Me gustó mucho la formulación de este teólogo al decir que no es lo mismo «voluntad» que «providencia» de Dios. Pues hay cosas malas que Él no quiere y, sin embargo, está en ellas providentemente, intentando atraernos al bien. ¿Por qué no las evita? Porque nos quiere libres… y la libertad tiene el riesgo de que puede ser mal utilizada. Me ha llamado la atención cómo, en un momento en que hay mucha gente que no quiere aceptar las consecuencias de su libertad (la responsabilidad, entre ellas), la mayoría de mis alumnos señalaba como algo positivo el ser libres, aun sabiendo que nos trae mucho sufrimiento, porque muchas veces caemos en la tentación del mal y Dios no nos lo «evita» forzando nuestra libertad. Eso sí, Dios siempre intenta convertirnos y llevarnos por el camino del bien. Como un GPS que te dice la dirección a seguir, pero que no te obliga a que lleves el coche por ahí, si tú no quieres. Y que recalcula siempre que te has perdido para que vuelvas a encontrar la ruta.

La última parte del texto nos puede «chirriar» un poco. Yo la retocaría un pelín: no es que en el juicio se nos castigue por el mal que hemos hecho, sino que el propio mal es el castigo, porque el camino del mal nunca lleva al bien que nosotros deseamos para ser felices. Les decía a mis alumnos que el mal ya trae suficiente castigo consigo como para que haya que añadir uno nuevo. Y está claro que si Dios quiere nuestra felicidad, no puede ser quien haya creado el mal… si no, no tendría sentido decir que el mal es un castigo para nosotros, pues sería como decir que Dios nos quiere infelices y castigados, cuando no es así.

En fin… seguiré profundizando en este tema, con Orígenes de un lado, y mis alumnos de otro. Sabiendo, ante todo, que aunque muchas cosas sucedan contra la voluntad de Dios puedo tener esperanza, porque nada sucede sin su providencia. Él cuida de todos y hará que acabemos en el fin del camino, el Bien, aunque haya que recalcular la ruta cada dos por tres.