Desde la humildad del pesebre

Estos días he escuchado muchas veces –en los medios de comunicación, sobre todo, pero también en otros contextos– que celebramos el día «de Papá Noel», que es emocionante porque va a visitar a los niños y traer regalos y que ojalá la magia de Papá Noel llene nuestras vidas. Como cristiana, mi primera reacción era pensar, «si lo que celebramos hoy es que nació Jesús… ¿cómo puede ser que no se mencione ni de lejos (por muy secularizada que esté la sociedad, ya que en teoría eso es lo que se celebra, se crea en ello o no) y sólo se mencione a Papá Noel por todas partes?»

Después de esta pequeña indignación, me puse a mirar el Belén de mi casa (este año, de Playmobil, muy chulo ha quedado) y a hacer «memoria histórica». Al fin y al cabo, esta fiesta era pagana y los cristianos la cristianizaron. Que ahora se descristianice y se secularice o se le dé otro sentido no sería, visto así, más que el movimiento inverso. Lo que a veces no me queda claro es qué celebra la gente que no es cristiana, pero supongo que muchos le habrán dado otro sentido a la fiesta y aprovechan que es tradición juntarse con los seres queridos de uno y celebrar el cariño y la amistad para hacer ellos lo mismo.

Después de esto, me planteé que, de todas formas, esta secularización creciente de la Navidad no tiene por qué ser mala para el cristianismo. El Niño nos sigue interrogando desde la humildad de su pesebre. Su vocación nunca fue llamar la atención sino atraer desde su pobreza, desde el rincón más remoto, desde la aparente impotencia de un niño. Así que una Navidad llena de ruido, muchas veces de consumismo y de nuevas tradiciones que entran a formar parte de ella (o se rescatan de pasados más o menos remotos), obliga al creyente a centrar su atención en lo esencial para él: el nacimiento de Jesús, que ha traído esperanza a este mundo porque en Él Dios se nos muestra cercano, se hace uno de nosotros y está dispuesto a compartir nuestra suerte hasta el final, triunfando sobre todo el dolor, mal y muerte de este mundo.

Y desde ese rinconcito del Belén nos recuerda que el sentido de todo el jolgorio que montamos en Navidad es el amor. La forma de recordarlo, provocadora: desnudo, sin otro techo que un establo para guarecerse, sin otra compañía que sus padres y los animales. En un rincón del mundo desde donde, sin embargo, cambió la historia. No necesita estar en el puesto número uno de los 40 principales ni en el escaparate de El Corte Inglés. No necesita que lo nombren los medios de comunicación. Le basta el pesebre.

Aunque sea cristiana, muchas veces me dejo arrastrar por la dispersión de estas fechas, por los regalos, la comida, la música, las celebraciones… pero gracias a Dios tengo al Niño en el Belén de Playmobil, que, cuando se me empieza a «ir la pinza», me recuerda dónde está lo esencial… en la humildad del pesebre.

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La vocación laical, llamada a encarnar el amor de Dios

El otro día estuvimos debatiendo unos cuantos amigos sobre qué es lo específico de la vocación de los laicos. Alguno decía que le parece un tema no muy trabajado y que se suelen repetir las mismas cosas, normalmente relacionadas con una «confrontación» de la vocación laical con otras vocaciones.

Tras esta conversación, me quedé pensativa y le he dado alguna vuelta que otra al tema durante estos últimos días. De entrada, me parecía un poco difícil definir una «vocación laical», pues al fin y al cabo cada laico tenemos a su vez nuestra vocación concreta, de manera que cada uno aportamos algo diferente a la Iglesia desde nuestro común «ser laicos» (por decirlo de alguna manera).

Paralelamente, estos días he estado meditando también lo que significa la Encarnación, que celebraremos ahora en Navidad. Con mis alumnos de 4º he estado hablando de que para el cristianismo lo histórico tiene mucha relevancia, porque es donde se realiza el plan de Dios, donde acogemos o rechazamos la salvación que Él nos ofrece. Esto me llevó a pensar que en Navidad celebramos que Dios haya querido venir a nosotros asumiendo la concreción que cada uno vivimos por ser seres históricos: nacer en un lugar determinado, en un tiempo determinado, en el seno de una familia y no otra, de un pueblo con sus costumbres, tradiciones y religión… Y, en esa máxima concreción, Dios vino a traernos lo más universal que existe, que es su amor hacia todas y cada una de las personas.

El otro día tuve un momento de «iluminación» y vi que ambos temas estaban muy relacionados. ¿Y si la vocación laica es, precisamente, ser capaz de encarnar ese amor universal de Dios en esas circunstancias tan concretas que cada uno tenemos? ¿Y si no es más, ni menos, que eso? En realidad, es una llamada para todos los cristianos y no sólo los laicos. Pero me pareció muy gráfico para que nosotros particularmente re-pensemos cuál es nuestra misión apostólica en el mundo. No tenemos por qué «estar cortados por el mismo patrón». Cada uno tiene una historia personal, unos dones y habilidades diferentes, unas circunstancias personales y sociales distintas, un círculo de gente variado… cada uno tiene una cultura, una tradición, unas costumbres, un país… un momento vital, una profesión, unas circunstancias familiares… y mil cosas más que se podrían enumerar. Porque cada uno es diferente y así nos quiere Dios, y no sólo nos quiere así, sino que Él vino a nosotros de esa misma manera: siendo también diferente, siendo uno de nosotros, con todas sus concreciones. Quizá lo que cada uno debe buscar es cómo ofrecer a la Iglesia y al mundo el amor de Dios a través de la persona particular que él es. Es decir, que transparente y entregue ese amor en cada cosa que hace, en cada aspecto de su vida, en cada «concreción». Viviendo así el apostolado laico, evitaremos convertirlo en un «apartado» de nuestra vida y lo comprenderemos más como un horizonte de toda ella.

Pero también decía que lo que ha de encarnarse en esas concreciones vitales es el amor universal de Dios. Me parece que esa llamada a la universalidad nos ayuda a que la realidad concreta que somos cada uno no se cierre sobre sí misma ni se absolutice, sino que seamos conscientes de que, precisamente por ser tan concretos, necesitamos aquello que nos falta y que nos pueden ofrecer los otros. De manera que nuestra vocación no se clausure en buscar dar lo mejor de nosotros mismos, sino que se abra a los demás, porque es a ellos a quienes se lo ofrecemos y de quienes recibimos a su vez el amor de Dios. Por tanto, la vocación laical es muy concreta y muy comunitaria al mismo tiempo. Y por ese motivo no podemos perder de vista el valor de construir comunidad juntos.

Sé que con esta reflexión no agoto ni lo que es la Navidad ni lo que es la vocación laical. Sólo he querido ofrecer una perspectiva que me ha ayudado a repensar mi estar en la Iglesia y en el mundo como mujer laica, y que me ha invitado a dar lo mejor y más concreto que hay en mí a los demás, sabiendo que mil veces más recibiré de ellos el amor de Dios, ese amor que estoy llamada a encarnar en cada aspecto de mi vida.

[Dedicado a mis amigos del “Observatorio”.]

Metafísicos somos todos… (al menos, un poco)

Actualmente se valora mucho lo histórico, lo concreto, lo individual… lo que vivimos; lo que podemos ver y tocar; lo que más directamente nos incumbe y no tanto el mundo abstracto de las ideas. Mi impresión al leer determinados textos que elogian este «cambio de chip» que ha tenido lugar en la humanidad es que con demasiada frecuencia el elogio tiene lugar a costa de menospreciar la tradición metafísica occidental, como si toda metafísica fuese mala o nos llevara a «los mundos de Yupi» directamente y sin pasar por la casilla de salida.

En parte, es verdad que a veces se ha hecho metafísica de forma demasiado abstracta y perdiendo el suelo de la realidad terrenal. Muchas veces la metafísica ha pretendido buscar un mundo ideal olvidándose del mundo real que en principio tenía la misión de explicar. Pero, aunque sea una tentación siempre presente en esta disciplina, creo que no puede extrapolarse a toda ella ni utilizarse como excusa para no cultivarla.

Yo pienso que, en el fondo, todos somos metafísicos, o al menos tomamos opciones metafísicas. Porque la realidad física no nos dice todo lo que debemos saber sobre las cosas, siempre vamos más allá de ella para intentar explicar por qué sucede lo que sucede, qué debemos hacer ante ello, cómo interpretar lo que nos pasa… Por ejemplo, pensar que no hay nada más allá que lo que podemos ver y tocar es una opinión metafísica, puesto que la realidad física no te demuestra eso. La realidad física sólo se te muestra, sin más, pero no te dice «yo soy lo único que hay». Eso lo piensas tú, yendo más allá de eso que ves (meta-más allá; física-de lo físico). Otro ejemplo: creer que las cosas malas pasan porque sí y que no hay que buscar una razón es una opinión metafísica, porque, aunque te bases en la experiencia, esa creencia no te la han «dicho» los puros hechos físicos, sino que eres tú quien partiendo de ellos te has decidido por interpretarlos de esa manera (yendo, así, más allá de lo puramente físico).

En algunas ocasiones se acepta la importancia de la metafísica, pero se reducen los temas de los que clásicamente se ocupaba. El otro día me sorprendió leer en unos apuntes de un profesor de la UNED que la metafísica ya no tiene que preguntarse por la existencia de Dios, sino sólo sobre el sentido de la vida humana y el problema del mal. Me llama la atención que alguien dedicado a la Filosofía niegue uno de los temas que más han dado que hablar en la historia de esta disciplina.

En mi opinión, lo que ocurre en estos casos es que a veces no se sabe distinguir entre lo que se estudia y lo que uno opina sobre ello. Yo creo que no hace falta ser religioso para plantearse la pregunta por la existencia de Dios. La pregunta es constitutiva del ser humano, siempre nos la hemos hecho, desde los inicios de la humanidad. Otra cosa es que cada uno responda de una forma distinta: unos, negando su existencia; otros, afirmándola; otros, señalando que no saben la respuesta. Lo mismo con la metafísica: que algunos no crean que haya nada más allá de lo físico no quiere decir que la pregunta no exista. No pueden identificar su respuesta con la pregunta y, por ello, que su respuesta sea negativa no significa que no exista la pregunta.

Esto puede extrapolarse a muchos temas actualmente y pienso que, de tener más clara esta distinción, los debates serían mucho más abiertos y fructíferos, es decir, menos fundamentalistas. Volviendo a la metafísica, no creo que sea innecesaria. Sencillamente creo que mucha gente le tiene manía porque la asocian con respuestas contrarias a las propias en vez de darse cuenta de que, ante todo, es una pregunta.