Celebración in-memorable

Desde hace unos días estoy mala de la garganta. He tenido dolor de cabeza y de garganta, malestar, mocos y, lo peor… me he quedado sin voz. En una época de exámenes de años anteriores me hubiera dado más igual, pero teniendo que dar clase (y también catequesis), perder la voz no es algo muy favorable. Así que ayer, que mi familia celebraba los 90 años de mi abuelo César, la verdad es que no tenía yo muchas ganas de celebración porque andaba estresada con los exámenes y quejumbrosa por mis dolores varios. Me apetecía ver a mi familia, eso sí; nos juntábamos bastantes y a algunos hacía tiempo que no los veía. Pero al principio esto tampoco me acababa de motivar, porque sabía que me sería frustrante tener a la gente ahí y no poder hablar para contarles o preguntarles cosas.

Pero la celebración llegó, tuve que aparcar los apuntes, abrigarme bien el cuello e ir para allá intentando tener la mejor disposición posible dadas las circunstancias. A mi estado psicofísico se sumaba que la última vez que estuve cuidando a mi abuelo «me la lio parda» el pobre, cosa que tampoco ayudaba a emocionarme por el cumpleaños. Pese a todo, fui un poco a dejarme sorprender.

Y el cumpleaños, todo él, me sorprendió con creces. En mi calidad de observadora y no habladora pude fijarme en muchas cosas y tener un espacio interior para valorarlas (el silencio ayuda mucho). Lo primero que me desarmó fue el concierto de cámara del cuarteto de cuerda que contrataron para que tocaran allí, en casa de mi tía (donde celebrábamos el evento). Todos estábamos muy callados y absorbidos por la música. A mí me embelesaba la belleza de las melodías y casi más la pasión de los músicos al interpretarla. Nos fijamos en que a mi abuelo le brillaban los ojos como hacía mucho tiempo que no le pasaba. No sé qué tiene la buena música, que descongestiona las cosas, suaviza el ánimo y desenmaraña los enredos que nos hacemos a nosotros mismos, centrados en nuestros problemas y cansancios. El concierto fue nada más reunirnos y creo que para mí fue clave empezar por ahí: la música me ayudó a desconectar de mis quejas varias y a conectar con las personas que nos habíamos reunido.

Después, comimos mucho, reímos, hablamos (algunos más bien escuchamos…) y le dimos los regalos al abuelo. Otras veces ha sido un poco soso al recibir regalos (aunque siempre muy cortés y agradecido, eso no se lo quita nadie), pero ayer estaba como un niño con juguetes nuevos. Porque cada regalo estaba pensado para él y era algo realmente significativo para él. Estaba radiante, sonriente, encantado. Y todos los demás también. Disfruté mucho viéndolo a él y viendo a mi familia reunirse y compartir este buen rato.

Y, por supuesto, el Alzheimer no da tregua: hoy no se acordaba de nada. Al percatarme de ello me ha entrado una pequeña tristeza, pero después he decidido rescatar mis memorias de ayer y quedarme con el buen sabor de boca. Al fin y al cabo, hay cosas que valen más que la «eficacia» que tengan, incluso que la capacidad de ser recordadas. Para él fue un regalo y para todos nosotros también, aunque fuera un regalo momentáneo… Carpe diem, hay que vivir de verdad el momento. Fue un día especial; aunque para él «in-memorable», a mí me ayudó a salir de mí misma, de mi afonía, resfriado, exámenes, agotamiento… para darme cuenta de dónde está lo esencial.

[Dedicado a mi familia y sobre todo a mi abuelo, porque, aunque a veces puede con mi paciencia, hay que reconocer que estar con él me está enseñando mucho sobre cómo es la vida.]

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Tenemos la juventud que educamos

Últimamente me encanta mirar a mis alumnos jugar al pilla-pilla en el recreo. Aunque ya estén en 1º de la E.S.O., me gusta pensar que aún les queda cierta inocencia, cierta ingenuidad infantil, y que son capaces de disfrutar con un juego tan sencillo. Me gusta, además, porque los veo sonreír correteando de un lado para otro sin necesidad de «maquinitas». Cuando los miro, pienso que todos tienen buena madera… y que sólo hay que saber trabajarla (tanto por parte de sus padres, como de nosotros sus profesores, como de ellos mismos).

El otro día, estudiando para un examen del Máster, me encontré este texto en los apuntes:

«Nuestros adolescentes nacen –y son determinados– por una sociedad: individualista, tutelada, hedónica, con muchas posibilidades, competitiva, consumista, desilusionada, liberada, heterogénea, con problemas de identidad. Tenemos pues la adolescencia que nos corresponde: individualista, tutelada, hedónica, con muchas posibilidades, competitiva, consumista, desilusionada, liberada, heterogénea, con problemas de identidad. Hasta aquí todo es normal. Lo anormal es que esa creación nuestra no nos gusta» (José Antonio Marina, La adolescencia como producto diseñado por el mundo adulto, en Libro de Ponencias del Congreso Ser Adolescente Hoy, Madrid 2005, p. 106).

El texto me dejó pensativa… si los niños tienen buena madera, ¿por qué muchos acaban siendo individualistas, consumistas, etc.? Quizá, porque como sociedad no estamos sabiendo enseñarles a trabajar su madera, porque tal vez somos nosotros los que no sabemos trabajarla. Esto me recordó a algo que decía san Juan de la Cruz: que Dios llena al completo la vasija que cada uno le lleva, pero que el tamaño de la vasija depende de uno. Cuanto más grande es nuestra vasija, nuestro corazón, más capaces somos de acoger el amor de Dios. A lo mejor educar no es otra cosa que enseñar a modelar la vasija para hacerla más grande y que pueda acoger todo lo que Dios quiere darle. Enseñando a nuestros niños y adolescentes a modelar su interior, los haremos más capaces de relaciones buenas, de un crecimiento verdadero y sano y de realización personal.

El problema, según creo, es que a veces caemos en la tentación de pensar que enseñarles a modelar la vasija es darles instrucciones teóricas sobre cómo se hace. Pero es más bien hacerlo con ellos y, sobre todo, que vean en nosotros el ejemplo de que hemos sabido trabajar nuestra vasija y en ello seguimos. Por eso tiene razón José Antonio Marina en que, si nosotros somos superficiales e individualistas, eso verán y eso querrán ser lo más jóvenes; mientras que, si somos modeladores de vasijas, así tenderán a ser también ellos. Es una tarea de padres y educadores, pero también de toda la sociedad. Hay que enseñar con el testimonio personal. Lo bueno es que el buen barro (o buena madera), ya la tenemos. Gracias a Dios, por más que se empeñe en dañarse a sí mismo, el ser humano sigue teniendo la posibilidad de ser maravilloso. Sólo hay que enseñarle a sacar de sí esas posibilidades que aún están dormidas.

 

Regalos «sacramentales»

Antes de empezar las vacaciones de Navidad vi un vídeo en el que se preguntaba a varios jóvenes quién es la persona más importante para ellos y qué le iban a regalar por Navidad. Después, se les preguntaba qué le regalarían si les tocara la lotería. Finalmente, qué sería si fuesen sus últimas navidades. Aquí todos cambiaban su respuesta de cosas materiales a pasar tiempo con esa persona y tener detalles simbólicos con ella.

Se me ocurrió poner este vídeo en clase y comentarlo con mis alumnos, y la verdad es que dio mucho de qué hablar. Algunos entendían bien el mensaje que quería transmitir el vídeo, pero otros se ponían nerviosos: ¿qué pasa, que está mal regalar cosas materiales? ¿Y quién es «el falso» que dice que prefiere que le regalen tiempo o algo casero a algo muy valioso como el iPhone 7? Esas y otras preguntas surgían espontáneamente de ellos.

Esta Navidad le he dado alguna vuelta a este tema. Mis alumnos tienen razón al preguntarse si es que no tiene valor regalar cosas materiales. Yo creo que sí lo tiene. Ahora bien, también creo que el famoso vídeo pone de relieve una realidad más fundamental: lo que importa son las personas. Los que cambiaron la respuesta sobre qué regalarían, lo hicieron porque ante el supuesto de que la persona que más valoran fuese a morir pronto, se daban cuenta de que querrían aprovechar más el tiempo con ella y no dejar de hacer las cosas que, por cotidianas que nos parezca, de verdad harían feliz a la otra persona.

En Teología se entiende que algo tiene capacidad simbólica cuando remite a algo que está más allá de sí mismo. Y los sacramentos son los símbolos que no sólo remiten a ello (en este caso a Dios), sino que además contienen el mismo amor de Dios. En ellos Él se hace presente. Pues algo así pensaba yo sobre los regalos de Navidad… que quizá el consumismo nos está fagocitando y llevándonos a hacer regalos cada vez más numerosos y caros, pero a veces a perder el norte sobre por qué los hacemos: para hacernos presentes en ellos. Lo importante de un regalo es que sea simbólico; que sea, salvando las distancias, «sacramental»: que sea un signo visible de una realidad invisible, porque en ese trocito de materia esté contenido mucho más que la materia en sí: el cariño de quien te lo regala, su preocupación por ti y por tu día a día (si es algo que te hace falta para tu rutina diaria, por ejemplo), la historia que habéis vivido juntos (si es un regalo que os recuerda a algo que pasó, a alguna broma que tenéis…), su conocimiento de ti, de tus gustos, de quién eres, de tus necesidades… en suma, en un regalo pueden «caber» muchas cosas que él transmite pero que van mucho más allá.

Por eso creo que la disyuntiva no es «regalo comprado» versus «regalo hecho a mano» o «regalo de pasar tiempo juntos». Creo que donde nos jugamos la calidad de nuestros regalos es en el grado en que nosotros nos hemos puesto en ellos y nos hemos entregado a la otra persona al hacérselos. Lo que ocurre es que en regalos que conllevan mucho tiempo y esfuerzo es más fácil vivir esta dimensión, pero creo que ni todos los regalos comprados carecen de ella, ni todos los regalos de otro tipo la llevan siempre consigo (o al menos no siempre al cien por cien). El otro día leí esta frase que me mandaron y me pareció que tiene mucho que ver con esto: «el verdadero regalo no es el paquete sino las manos que te lo entregan» (o algo similar). Porque lo que regalas en el paquete es, o debería ser, a ti mismo.

Para no dejarnos arrastrar acríticamente por el consumismo y no perder calidad en nuestras relaciones… ¡¡hagamos regalos «sacramentales»!!