Ideas, creencias y dudas

Como sabéis mis lectores asiduos, está siendo un tiempo poco tranquilo para escribir, pero no quiero abandonar del todo a mi pobre blog. Así que hoy suplo mi falta de inspiración con un texto muy bonito de José Ortega y Gasset que estoy utilizando para plantear el TFM. Ya lo cité hace un tiempo para hablar sobre la función de las creencias en nuestra vida, pero hoy reproduzco dos fragmentos más largos para que podáis disfrutar de lo bien que escribía este filósofo español:

«Creencias son todas aquellas cosas con que absolutamente contamos, aunque no pensemos en ellas. De puro estar seguros de que existen y de que son según creemos, no nos hacemos cuestión de ellas, sino que automáticamente nos comportamos teniéndolas en cuenta. Cuando caminamos por la calle no intentamos pasar al través de los edificios: evitamos automáticamente chocar con ellos sin necesidad de que en nuestra mente surja la idea expresa: “los muros son impenetrables”. En todo momento, nuestra vida está montada sobre un repertorio enorme de creencias parejas. Pero hay cosas y situaciones ante las cuales nos encontramos sin creencia firme: nos encontramos en la duda de si son o no y de si son así o de otro modo. Entonces no tenemos más remedio que hacernos una idea, una opinión sobre ellas. Las ideas son, pues, las “cosas” que nosotros de manera consciente construimos, elaboramos, precisamente porque no creemos en ellas. Pienso que es éste el planteamiento mejor, más hiriente, que menos escape deja a la gran cuestión de cuál es el extraño y sutilísimo papel que juegan en nuestra vida las ideas. Nótese que bajo este título van incluidas todas: las ideas vulgares y las ideas científicas, las ideas religiosas y las de cualquier otro linaje. Porque realidad plena y auténtica no nos es sino aquello en que creemos. Mas las ideas nacen de la duda, es decir, en un vacío o hueco de creencia. Por tanto, lo que ideamos no nos es realidad plena y auténtica.» [J. Ortega y Gasset, «Ideas y creencias», en Íd., Obras completas, tomo V (1932-1940), Taurus, 2006, pp. 655-685 (674), cursivas del autor].

Quizá no se entienda del todo bien la última frase, pero creo que puede iluminarse con las palabras del propio autor: «Creer en una idea significa creer que es la realidad, por tanto, dejar de verla como mera idea» (ibíd., 678). Es decir, hay ideas que acaban siendo creencias. En otro lugar del escrito tiene unas líneas muy bonitas sobre la duda que no me resisto a copiaros:

«Pero en esa área básica de nuestras creencias se abren, aquí o allá, como escotillones, enormes agujeros de duda. Éste es el momento de decir que la duda, la verdadera, la que no es simplemente metódica ni intelectual, es un modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que ésta en la arquitectura de la vida. También en la duda se está. Sólo que en este caso el estar tiene un carácter terrible. En la duda se está como se está en un abismo, es decir, cayendo. Es, pues, la negación de la estabilidad. De pronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos parece caer, caer en el vacío, sin poder valernos, sin poder hacer nada para afirmarnos, para vivir. Viene a ser como la muerte dentro de la vida, como asistir a la anulación de nuestra propia existencia. Sin embargo, la duda conserva de la creencia el carácter de ser algo en que se está, es decir, que no lo hacemos o ponemos nosotros. No es una idea que podríamos pensar o no, sostener, criticar, formular, sino que, en absoluto, la somos. No se estime como paradoja, pero considero muy difícil describir lo que es la verdadera duda si no se dice que creemos nuestra duda. Si no fuese así, si dudásemos de nuestra duda, sería ésta innocua. Lo terrible es que actúa en nuestra vida exactamente lo mismo que la creencia y pertenece al mismo estrato que ella. La diferencia entre la fe y la duda no consiste, pues, en el creer. La duda no es un “no creer” frente al creer, ni es un “creer que no” frente a un “creer que sí”. El elemento diferencial está en lo que se cree. La fe cree que Dios existe o que Dios no existe. Nos sitúa, pues, en una realidad, positiva o “negativa”, pero inequívoca, y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algo estable.

Lo que nos impide entender bien el papel de la duda en nuestra vida es presumir que no nos pone delante una realidad. Y este error proviene, a su vez, de haber desconocido lo que la duda tiene de creencia. Sería muy cómodo que bastase dudar de algo para que ante nosotros desapareciese como realidad. Pero no acaece tal cosa, sino que la duda nos arroja ante lo dudoso, ante una realidad tan realidad como la fundada en la creencia, pero que es ella ambigua, bicéfala, inestable, frente a la cual no sabemos a qué atenernos ni qué hacer. La duda, en suma, es estar en lo inestable como tal: es la vida en el instante del terremoto» (ibíd., pp. 669-670; cursivas del autor).

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Menos “lo MÍO” y más “desde el OTRO” y “para TODOS”

Hace unas semanas, repasando para un examen del Máster, releí un texto de Platón en su Carta VII que me pareció de una actualidad enorme:

«Al observar yo cosas como éstas y a los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud … De esta suerte yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas las direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, sí dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente. Y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están, sin excepción, mal gobernados; en efecto, lo referente a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria reforma, acompañada además de suerte para implantarla. Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno público como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra» (Platón, Carta VII, traducción de M. Toranzo, Instituto de Estudios Políticos, 1970; subrayado mío).

El ser humano, por más años que pasen, sigue siendo el mismo. Y es que lo mismo que decía Platón lo decimos hoy muchas veces: que parece que toda política está abocada al fracaso, que es difícil gobernar bien los asuntos de todos, que cuando llega alguien que parece que lo va a hacer bien la cosa acaba mal por lo que sea. ¿Es lo que propone Platón la mejor solución? En parte sí, en parte no. Es verdad que una búsqueda sincera de la verdad, la justicia y el bien (que debería ser el objeto de la Filosofía) sería necesaria para que la política no se orientase por intereses momentáneos o particulares. La cuestión es… ¿podemos conocer a la perfección la justicia? Más aún, ¿puede ser el filósofo, incluso el más bueno de todos, el político perfecto?

Yo creo que no existe nadie perfecto (aparte de Dios) y que las soluciones que aportemos tienen que contar con ello: la fragilidad de nuestra humanidad. Quizá esto a Platón se le escapó un poco. Con todo, esta limitación no es excusa para atentar contra los derechos y la dignidad de los demás, y la Filosofía puede y debe aportar sus reflexiones para llevarnos a plantear la mejor sociedad posible. El otro día leí un artículo sobre John Rawls (en su día debí estudiar algo sobre él, pero debió ser poco, porque casi no recordaba nada) que reivindicaba sus ideas filosóficas como interesantes para nuestra situación presente (http://verne.elpais.com/verne/2017/03/08/articulo/1488988124_863134.html?id_externo_rsoc=TW_CM_Verne). La idea que más me llegó fue que deberíamos pensar cómo querríamos que fuese la sociedad imaginando que podríamos ser cualquier persona de la misma, es decir, trascendiendo nuestra situación concreta y pensando que podríamos estar en cualquier otra situación (especialmente, cómo querríamos que fuese si estuviéramos en una más desfavorecida).

Me pareció una clave muy interesante… ¿y si, en vez de quedarnos sólo en reivindicar NUESTROS derechos o los de NUESTRO colectivo, NUESTRA ciudad, NUESTRA comunidad autónoma, NUESTRO país, etc., pensáramos cómo querríamos que fuese la sociedad si estuviésemos en OTRO grupo social, OTRO lugar, OTRA situación económica, OTRO largo etcétera? Estoy segura de que si todos supiésemos ponernos en el lugar del OTRO y pensar juntos cómo queremos que sea lo de TODOS, entonces no ocurriría tan a menudo eso que Platón lamentaba… y sí, para hacer ese camino, la Filosofía (aunque no sólo ella) tiene mucho que aportar.

 

Un camino que no es sólo nuestro

Como ya me habéis comentado algunos de mis lectores más habituales, llevo mucho tiempo sin escribir. La razón, como casi siempre: la falta de tiempo… lo bueno es que, en esta ocasión, es algo muy especial lo que ha ocupado mis fuerzas, mi tiempo y mi mente: ¡nuestra ya muy cercana boda!

En el imaginario colectivo organizar una boda se equipara con mil millones de cosas que hay que hacer, prever, disponer y reservar con bastante tiempo de antelación. Muchas veces se piensa que, además, es un «paso» que se da en la vida cuando se tienen las seguridades necesarias. Para mí está siendo algo bastante distinto. En primer lugar, porque las cosas se han puesto en su sitio precisamente cuando hemos aprendido a confiar y a no pretender tenerlo todo «atado». El evangelio de los lirios del campo…

En segundo lugar, porque lo esencial no está siendo ese millar de cosas que hay que organizar (que, además, con tanta gente que te ayuda, no es para tanto) sino la alegría de poder compartir este momento con tanta gente que nos quiere. A pesar de la dispersión de estar a tantas cosas distintas (el trabajo, los estudios, compromisos familiares y parroquiales y ahora también la boda), la tónica general de estas semanas está siendo la misma: ilusión, alegría y agradecimiento por toda la gente que nos quiere y que comparte de verdad nuestro gozo.

En medio de todo este maremágnum he pensado bastante sobre lo importante que es la gente que nos quiere y a la que queremos. En estos días, además, les decía a mis alumnos que la propuesta del cristianismo se basa en las relaciones con los demás y con Dios, y que precisamente la palabra «amor» tiene sentido si con ella entendemos las buenas y verdaderas relaciones.

La gente que tenemos cerca y a la que más queremos nos es tan cotidiana que a veces la damos por supuesta. Gracias a momentos como este recuerdas que el verdadero valor de la vida está en compartirla. Y también te das cuenta de que tu camino no es sólo tuyo, como nuestro noviazgo no es sólo nuestro: todos han puesto algo en nosotros y por eso nuestro proyecto no es «para nosotros» sino gracias a otros, por y para otros…

Son días intensos y escasea el tiempo para llegar a todo. Pero tengo el corazón agradecido, porque hay mucha gente buena y tengo la suerte de tener mucha, mucha, de esa gente a mi alrededor. Gracias a todos los que compartís nuestra alegría y gracias por ser parte de este camino… que no es sólo nuestro, también es tuyo.