Más simposios

Ayer estuvimos unos cuantos cenando en mi casa y acabamos hablando de lo divino y lo humano, y nunca mejor dicho, porque conversamos especialmente sobre asuntos eclesiales. Entre los temas estrella estuvo el de la adaptación de la liturgia a los tiempos y a las personas que la celebran, siendo también fieles a la tradición; en concreto hablamos mucho de la música de las celebraciones, un tema al que llevo dando vueltas un tiempo: ¿hay que adaptar la música litúrgica totalmente a lo que a la gente le gusta y/o le ayuda escuchar (estilos más «de moda»), hay que evitarlo a toda costa o hay alguna vía intermedia?

Fue muy interesante contrastar las diversas perspectivas. Unos sabíamos más de teología, otros de música, otros de pastoral… y entre todos intentábamos aportar nuevas perspectivas de la cuestión. Lo complicado era llegar a algo concreto, porque todos teníamos parte de razón y el verdadero reto es saber cómo se pueden conjugar todas las aportaciones.

Del tema en concreto sigo sin tener muy claro qué pienso. Por una parte, creo que debemos ser fieles a la tradición y no olvidar a la ligera todo lo que se ha hecho en la Iglesia hasta ahora, en cuanto a la música litúrgica se refiere y también respecto a todo lo demás. Así que adaptarse a los tiempos no puede significar perder los grandes tesoros que la tradición nos ha transmitido. Por otra parte, la Iglesia, y también su liturgia, tiene que intentar llegar al corazón de las personas de hoy. Y para eso hace falta adaptarse a ellas. Para ser fielmente creativo hay que conocer, además, todas las dimensiones de la cuestión: música y teología; liturgia y pastoral; tradición y actualidad. ¿Cómo? Habría que pensarlo bien, y de lo que me di cuenta ayer es que sólo podremos pensarlo como Iglesia si lo hacemos desde el diálogo, aportando cada uno lo que sabe. Nadie lo sabe todo, y pretender solucionar problemas complejos desde una sola de sus perspectivas es quedarse a medias.

Esto me ha hecho pensar que quizá en la Iglesia nos faltan más «simposios». En torno a una buena mesa, aportando todos e intentando construir algo desde el diálogo. Todo el mundo me dirá que es una verdad de Perogrullo, pero, ¿realmente lo llevamos a cabo en nuestro quehacer eclesial del día a día? ¿No nos pueden muchas veces las prisas y la falta de tiempo, llevándonos a querer solucionar las cosas de una vez, en lugar de generar procesos de discernimiento pausado y conjunto? ¡Hagamos simposios!

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Las doce pruebas del vestido de novia

Buscando el vestido de novia me he sentido como Astérix y Obélix en «Las doce pruebas», cuando tienen que buscar no sé qué formulario: de un lado para otro sin encontrar nunca lo que quieres… Aunque tampoco me puedo quejar demasiado, porque otra gente se ha «mareado» mucho más que yo en la búsqueda. El último capítulo ha sido muy gracioso y no he podido resistirme a compartirlo con vosotros en el blog.

Os pongo en antecedentes: con los vestidos de estilos más clásicos que me probé cuando comencé la «búsqueda y captura» no me acababa de ver yo misma. Algunos me quedaban muy bien, pero… no era «yo». Me imaginaba con algo más desenfadado, y desde luego no pensaba gastarme un pastón en un vestido. Así que buscarlo y elegirlo sabiendo cómo es el negocio que hay alrededor de este tema me daba una pereza inmensa.

A mí me gustan mucho los vestidos ibicencos y pensaba siempre que me gustaría casarme con uno así. El problema es que parecía que todos los vestidos elegantes de tipo ibicenco son demasiado recargados y bastante caros, y los que se salen de ambas categorías, pierden demasiada elegancia (o, como digo yo, parece que vas a bajar a la playa con ellos). Hasta que, un día, mi padre encontró una página web de una tienda de Ibiza que tenía vestidos sencillos pero con un toque elegante, de manera que era una cosa intermedia entre los dos extremos que os digo. Problema: la tienda sólo está en Ibiza. Así que contacté con ellos, me reservaron cita y fui ayer con mi madre de pasadía a Ibiza para probarme los famosos vestidos.

El día fue un cúmulo de despropósitos, pero nos lo tomamos todo con tan buen humor que no hacíamos más que reírnos con una cosa y otra… Con deciros que al llegar nos sentamos en el autobús que conecta el aeropuerto con la ciudad y nos dedicamos a hablar, hablar y más hablar y que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos de nuevo en el aeropuerto… ¡ya os hacéis una idea del caos de día que iba a ser!

Resulta que llegamos a la famosa tienda de los vestidos y ya desde que pusimos un pie en ella nos dio una sensación rara. La web era muy «fashion» y en las fotos los vestidos parecían bastante finos… Pues, al llegar, vimos que todo parecido con la realidad era pura coincidencia: el establecimiento parecía un bazar de vestidos playeros, pequeño, con todo muy «arrejuntado»; las de la tienda nos trataron fatal, súper bordes, no me habían preparado los vestidos que en teoría según su e-mail me iban a preparar, los vestidos eran mucho más bastos de lo que parecía en las fotos y además no tenían ni forro ni nada (y costaban bastante para la pinta que tenían)… ¡¡en fin, un desastre!!

Imaginad la situación: el único sitio con el que habíamos concertado cita, porque en teoría tenían muchísimos vestidos (me habían pedido mis medidas y todo para poder tenérmelos preparados)… va y nos sale rana. Así que eran las once de la mañana y teníamos todo el día por delante en Ibiza para buscar un vestido ibicenco y no sabíamos ni por dónde empezar.

Fuimos a una firma más famosa que tiene vestidos de novia ibicencos… y todos o muy caros o los algo asequibles no acababan de quedarme bien. Uno me gustaba, pero sin el sujetador adecuado no te hacías una idea de cómo quedaba… Fuimos a por el dichoso sujetador para probármelo bien y hacerme una idea, pero en las tres o cuatro lencerías a las que fuimos o no lo tenían o no había justo de mi talla… todo un despropósito. Después buscamos por internet direcciones de vestidos de novia en Ibiza. Encontramos dos, y cuando fuimos a la supuesta dirección ninguna de ellas existía ya. Fuimos a una tienda de moda ibicenca, aunque no expresamente de novia, y nos pasó algo parecido a lo de la primera de la mañana: no me quedaban bien y además eran caros para la calidad de los vestidos. Además, los guardaban hechos una pelota en una especie de cajones o baldas, y claro te los probabas todos arrugados, no tenían forro, se te veía todo… la tienda llena de gente y tú no podías salir a mirarte porque el vestido era demasiado transparente… ¡de sainete!

A estas alturas mis conclusiones fueron: 1) No existía lo que yo andaba buscando, algo «intermedio». 2) Ante esto, tenía tres opciones: a) O pasaba por el aro y llevaba algo no demasiado de mi estilo (alquilado, que sale más barato); b) o me disponía a pagar más de lo que quería por llevar un vestido a mi gusto (hecho a medida); c) o me podía casar de otro color y asunto arreglado (porque parece que los vestidos blancos elegantes sólo son de súper novia o de ir a la playa, porque desde luego qué difícil encontrar algo intermedio). De todas estas opciones, la opción c) no era muy recomendable para que no le diera algo a mi abuela (aunque la pobre no me iba a decir nada, para no disgustarme, pero ya que va a estar en mi boda tampoco quiero pasarme tanto de alternativa que se le salga absolutamente de sus esquemas). La opción b) no era recomendable para mis principios, pero la a) tampoco y, sobre todo, atentaba contra mi amor propio (no quiero estar todo el día sintiéndome rara por no sentirme yo). 3) Conclusión: ante esta situación, decidimos dar un paseo por el puerto y olvidarnos del dichoso vestido, que ya llevábamos todo el día de un lado para otro y allí nada salía bien.

Entonces, paseando por el paseo marítimo, vimos una tienda de esas que tienen cosas varias, como montada especialmente para los turistas. Nos asomamos y vimos que, pese a ser de ese tipo de tiendas, no era tan «bazar» como las anteriores: estaba mejor puesta, todo más ordenado, la ropa estaba bien colgada y no hecha un guiñapo… así que nos asomamos, por mirar. Cogí tres o cuatro vestidos y cuando iba por el penúltimo ya estaba agotada y ninguno acababa de convencernos. El último me lo probé por hacer el paripé, ya que lo habíamos seleccionado… ¡y ese fue mi vestido! Me quedaba que ni pintado. Sencillo, fino, elegante… sí, un poco informal para ser un vestido de novia, pero desde luego la cosa más cómoda que os podéis imaginar. Y cuando vamos a pagarlo resulta que era el más barato de todos los que habíamos visto en todo el día. ¡Una pasada!

Toda esta «aventura» me hizo pensar algo que me ha pasado muchas veces en la vida: justo cuando eres capaz de «dejar ir» las cosas, cuando aprendes a relativizarlas o incluso a renunciar a ellas, de repente, no sabes por qué (¿la providencia?), es cuando te llegan. Me ha pasado con multitud de cosas… y ahora también con el dichoso vestido de novia. Quizá la clave del «éxito» fue nuestro buen humor de todo el día y la sabia decisión de que no nos íbamos a enfadar ni a deprimir por algo tan poco importante como un vestido… pues quizá eso nos permitió pasear tranquilamente y estar abiertas a que las cosas pudieran venir del lugar menos esperado, como de hecho sucedió.

Todo el «periplo ibicenco» me sirvió también para ver que, aunque hacer las cosas a tu manera es a veces más difícil que «cumplir con lo establecido», no siempre es tan imposible. A veces consigues dar con la manera de adaptarte lo más posible a lo que las situaciones requieren (en este caso, vestirme de novia) sin dejar de ser tú mismo (en este caso, viéndome sencilla y viéndome yo con el vestido).

[Dedicado a mi madre, por lo bien que lo pasamos ayer haciendo todo esto juntas… y porque vivirlo fue mil veces más divertido de lo que suena contándolo.]