Discernimiento y “samaritanismo”

Cuando leemos la parábola del buen samaritano (Lc 10,30-37), solemos ponernos en la perspectiva del samaritano, aprendiendo de él que tenemos que tener compasión de nuestro prójimo, parando a ayudarlo cuando lo necesite, y no ir siempre tan deprisa a hacer lo que supuestamente tenemos que hacer. Y es verdad. Pero creo que, como todo texto bíblico, se le puede exprimir más jugo reparando en los matices y cambiando de perspectiva.

Esta semana me he fijado en la misma historia desde la perspectiva de los dos personajes que no se pararon a ayudar al herido, el sacerdote y el levita. Pensaba que a lo mejor iban a donde iban porque habían discernido previamente que debían hacerlo, igual iban también a “ayudar” a los demás, e incluso puede que porque sintieron que Dios se lo había pedido. Es decir, quizá sí sintieron compasión por la persona que se encontraron al borde del camino, pero dieron un rodeo porque pensaron que tenían una misión y que no podían fallar a ella.

Obviamente, no quiero decir con esto que hicieron bien en no pararse. Pero sí me ha hecho plantearme que en esta vida las cosas no son siempre tan fáciles y que no suele haber recetas para saber cómo salir al paso de ellas. Por un lado, no podemos pararnos siempre, porque entonces nunca llegaríamos a nuestro destino, pero, por otra parte, tampoco podemos ir tan obcecados con el destino que tenemos que seamos incapaces de ver a nuestro prójimo en necesidad.

Dicho de otra forma, si por ayudar a todo el mundo no cumplimos con la misión que tenemos en esta vida (que, por decirlo así, es nuestra forma de “ayudar” más plenamente al mundo, al entregar lo más propio de nosotros mismos), entonces perderíamos un poco el norte. Pero si por querer centrarnos únicamente en esa misión nuestra somos incapaces de conmovernos ante nuestro prójimo (y más en momentos en que solo nos tiene a nosotros, como es el caso de la parábola), también andamos un poco desorientados, por muy bien discernida que esté nuestra misión.

¿Cómo saber equilibrar ambas cosas? Como decía, creo que no hay recetas. Una amiga me dijo ayer que debemos ir con un ojo fijo en el camino que tenemos que recorrer, y con el otro mirando un poco de reojo, para poder ser capaces de ver las necesidades de quienes nos crucemos en el camino. Ni vagando sin destino, ni tan centrados en él que no veamos nada más.

En realidad, el samaritano es buen guía para ello: él iba a un sitio, se paró, y cuando dejó al herido atendido retomó su camino, dejándolo en manos de otra persona. Igual de eso se trata… de seguir nuestro camino, sabiendo parar cuando haya que hacerlo. Y para distinguir cuándo, yo no podría decir una ley general. Creo que no la hay. Depende de muchas cosas. Pero en todo caso recordando que la vida y la dignidad de los demás son un bien prioritario a cuidar a lo largo del camino, como hizo el samaritano, y que debe sacarnos de nuestro yo, nuestras rutinas, incluso nuestro deber… aunque siempre con discernimiento.

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Se hace camino al aMaR

Llevo unos dos meses y medio sin escribir, creo que es la vez que más he descuidado el blog. Cuando hay muchos cambios juntos en tu vida es fácil sumergirse en el maremágnum y difícil sentarse a pensar y a escribir. Piensas, más bien, “en movimiento”, pero falta parar a plasmarlo. Hoy hace justo un mes de la boda, así que es buena excusa para retomar esa sana costumbre.

La semana previa al “gran día” fue personalmente intensa y difícil debido a la muerte del abuelo César y de la tía María Jesús. La primera, asumida con más paz, pero con más repercusión en mi día a día, puesto que ya no pasaría todas las horas que pasaba con él a la semana. La segunda, mucho más trágica, debido a lo joven que era mi tía y lo triste que nos dejó a toda la familia. Me encontraba recibiendo muchas muestras de cariño y afecto por ambas cosas: por la tristeza de las pérdidas y por la alegría de la boda y la nueva etapa de mi vida que con ella se abría.

Durante todo ese tiempo, y sobre todo el tiempo de después, estuve pensando sobre la vida y la muerte, sobre los momentos de alegría y los de sufrimiento. Creo que en ambos aflora lo más esencial de nosotros mismos: nuestras inquietudes, nuestras opciones, nuestros miedos y esperanzas… sobre todo, el sentido que damos a las cosas, a la vida misma. Y yo en ambas situaciones, la sonrisa y la lágrima, encontré un denominador común, o, mejor dicho, un sentido común: el cariño, el amor y la entrega de la gente que me rodea, que siempre me habla del Amor con mayúscula, venido de más allá -aunque en el más acá- de nosotros mismos.

En momentos así, en los que se juntan circunstancias tan importantes y tan emocionalmente diversas, ese cariño de la gente te llega por oleadas; te desborda completamente. Sientes que no es algo que merezcas, sino algo gratuito, algo regalado ante lo que te sientes pequeño y agradecido. Y te das cuenta de que eso es lo que merece la pena en la vida y lo que da sentido a todo lo demás: compartir tu vida con la gente, con todo lo que ello implica, desde y hacia el amor de Dios, fuente y fin de todo el cariño que recibes y das. Tanto el sufrimiento como la alegría pueden ser vías para compartir más con los otros, para darnos más y recibirnos más. Al menos así lo he experimentado.

Doy gracias porque, aunque muchas veces seamos torpes, limitados o inseguros, podemos caminar con la confianza y la esperanza de que hay un sentido, el amor, que podemos hacer vida en cada pequeño paso que damos, pues “se hace camino al aMaR”.