Un entierro nos puede hacer mejores personas

Este fin de semana enterramos a mi abuelo en su querido campo, en Jaén, en la ermita que construyó años atrás para enterrar a mi abuela. La celebración fue sencilla, pero bastante personal y participativa. A través de las peticiones de perdón, la elección de las lecturas y cantos, la homilía, las peticiones y la acción de gracias hicimos de aquella eucaristía una memoria agradecida de la vida del abuelo y, en parte, también de la abuela.

El sacerdote que celebró la misa, muy amigo nuestro, nos habló sobre la importancia de ver las huellas que el abuelo nos ha dejado y cómo ellas nos llevan más a Dios. También nos dijo que su vida, edificada en Dios y en las personas importantes para él, nos ayuda a vivir la nuestra con esperanza y que nos debe llevar a preguntarnos por las rocas sobre las que nosotros construimos nuestra propia vida.

En la acción de gracias yo mencioné la fe del abuelo. En la última etapa de su enfermedad la veíamos muy de cerca, ya que ante la falta de seguridades (cada vez recordaba menos cosas y eso debe dar mucho vértigo) lo que siempre hacía es encomendarse al Señor y a la Virgen. Por eso me hizo ilusión quedarme con el crucifijo con el que rezaba todos los días: un signo muy elocuente de una de las “rocas” de su vida, que espero que sea siempre también roca de la mía. Como agradecimiento, yo dejé en su tumba la vieira que conservo de mi primer camino de Santiago… pues mi camino de fe ha sido posible en parte también gracias a él.

A la salida del entierro se nos acercaron unos vecinos del campo y nos dijeron que les había encantado la misa, que parecía un inicio de Ejercicios Espirituales y que salían de allí con el deseo de ser mejores personas y de retomar con más continuidad la vida de fe.

A raíz de aquello he pensado bastante en nuestra liturgia y en que al celebrarla no debemos buscar grandes artificios, sino desde la sencillez y la hondura de la fe vivida ser capaces de mostrar Quién da sentido a nuestra vida, de manera que sea pregunta e invitación para otros. Quién nos lo iba a decir, que ir a un entierro puede ser ocasión para querer ser mejores personas… pero así es. Ojalá lo hagamos posible en cada una de nuestras eucaristías, en cada una de nuestras celebraciones.

[Dedicado a mis abuelos y a toda la familia con agradecimiento. El sábado fue en parte una despedida, pero fue sobre todo una celebración de la vida compartida.]

 

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Dostoievsky, entre el instinto y la idea

En el seminario sobre Teología rusa que tengo este cuatrimestre hemos estado hablando largo y tendido sobre Dostoievsky. El otro día, el profesor nos estuvo planteando el camino de realización humano que propone este autor ruso y me pareció interesante el análisis que hizo.

Por un lado, tenemos a las personas que viven «del instinto», de lo concreto, que tienen un gran apego a la vida, pero no la analizan, sino que se dejan llevar de cosa en cosa. Entregados a «lo que venga», no tienen normas ni ideas rectoras de su vida. Van satisfaciendo sus deseos (como el don Juan de Zorrilla), creyendo que esa yuxtaposición de placeres conseguidos les dará el infinito que busca su corazón. Es imposible que lo finito satisfaga un deseo infinito, y por eso estas personas acaban cansadas, rotas, insatisfechas.

Por otro lado, están aquellos que viven de las ideas universales, de la ideología. Actúan guiados por la responsabilidad, que se apoya en esas ideas, normas o directrices universales a las que se han aferrado intelectualmente. Pero eso tampoco los satisface, porque al tener que conformarse permanentemente con un ideal inalcanzable, se frustran por no conseguirlo, ni ellos ni los demás.

Ambos tipos de personas acaban haciéndose daño a sí mismas y a las demás, ya sea porque las utilizan para conseguir lo que quieren (las primeras) o porque las juzgan severamente desde su ideología (las segundas). En realidad, estas dos tendencias no suelen darse en estado puro y viven mezcladas en cada uno de nosotros: el instinto egoísta y la idea universal de lo que «deberían ser» las cosas (normalmente disfrazada de altruismo). Yo diría, con un lenguaje más bíblico, la tentación del paganismo y del fariseísmo. ¿Cómo salir de la disyuntiva?

El camino que propone Dostoievsky no se basa ni en el instinto ni en la idea, aunque, de alguna manera, responde a las inquietudes de ambos: el ideal de cada uno no es un ser abstracto, sino él mismo, sólo que desde los ojos de Dios. Para este autor, es el encuentro con Cristo lo que hace al ser humano vivir conforme a esa imagen de Dios en él, que lo hace ser pleno sin dejar de ser él mismo.

Creo que esta idea puede arrojar mucha luz: no hay un universal al que tengamos que conformarnos, porque cada uno de nosotros es único. Pero tampoco se trata de dejarnos llevar por nuestros impulsos egoístas, porque acabamos encerrados en nosotros mismos. ¿Entonces? Ser nosotros mismos, pero a través del encuentro con el o/Otro. En clave de relación… de amor. El amor nos saca del egoísmo, pero sin dejar de mirar al otro con misericordia porque hemos experimentado sobre nosotros mismos esa mirada de acogida y perdón.

En conclusión: ni egoísmo ni ideología, sino crecimiento desde el encuentro personal.

El tiempo… posibilidad e irreversibilidad

Hoy en clase hemos estado hablando sobre el infinito en Aristóteles. La verdad es que ha sido super interesante, pero había momentos en los que la especulación te dejaba medio atontada: «¿es el tiempo infinito?» «¿Pero infinito potencial o actualmente?» «¿Puede existir un infinito actual?» «Según Aristóteles, los números son potencialmente infinitos por adición, pero no por división, mientras que las magnitudes todo lo contrario…» En fin, de estas ralladas interesantes que te dejan después dándole vueltas al asunto.

El caso es que de tanto mencionar la palabra «tiempo» he salido de clase pensando: «sí, el tiempo… precisamente la gran cuestión del siglo XXI». No sé cómo contestaría a la pregunta por su infinitud, pero sí he reparado en dos cosas: el tiempo es posibilidad, porque con el tiempo podemos hacer un sinfín de cosas, pero también irreversibilidad, porque una vez que ha pasado ya no podemos cambiar lo que hicimos. En el fondo ¿no es igual que la vida? Podemos (hacer, ser, planificar…) muchas cosas, pero una vez que va transcurriendo el tiempo lo que queda es lo que hayamos hecho/sido.

A raíz de estos pensamientos me planteaba cuál sería nuestro problema actual, pues estamos siempre diciendo que «no tenemos tiempo para nada». Pero el tiempo que tenemos es el mismo (o más, porque la esperanza de vida ha aumentado en muchos lugares respecto a la que había antes). Los días siguen teniendo 24 horas, pero vivimos estresados porque nos parecen pocas.

Aunque el tiempo fuera (si es que lo es) infinito, el que tenemos cada uno es limitado, y eso nos lleva a tener que elegir lo que hacemos con él. ¿Será nuestro problema la elección? ¿Hay tantas cosas de las que no queremos prescindir que nos aturde ver que no damos abasto? La mayoría de las veces esas cosas a las que no queremos renunciar son buenas, y eso hace más difícil la elección. Es cierto que cuando tienes muchas cosas que hacer, organizas mejor tu tiempo, te cunde más. El problema es cuando ese «que nos cunda más» se convierte en «tenemos que hacerlo todo», sobre todo si eso nos lleva a un estado de ansiedad y estrés.

No tengo la solución, la verdad. Yo misma tengo muchas «cosas» (en sentido amplio: personas, compromisos, intereses, obligaciones…) entre las que no quiero/puedo elegir, pero a veces me pregunto si no nos estaremos «acelerando» mucho como sociedad, ya que parece que no tenemos el tiempo que deseamos tener y, sobre todo, que nos quejamos a menudo de ello. Y la pregunta sería… ¿nos seguiría pasando lo mismo aunque tuviéramos más tiempo? ¿No será que lo que tiene que cambiar es nuestra relación con él? Puesto que es irreversible, conviene pensar bien cómo queremos vivirlo…

Ante la posverdad… actitud filosófica

El otro día estuvimos charlando unos amigos sobre la «posverdad» e intentando analizar las distintas «aristas» de este problema. Por lo visto la RAE va a incorporar el término para referirse a aquella información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público. Y lo hará porque la palabra está tomando mucha fuerza y es cada vez más empleada.

Esto nos llevó a plantearnos: ¿significa esto que ya no nos importa la verdad, que la mentira ha adquirido carta de ciudadanía por aquello de estar socialmente aceptada como realidad en la que vivimos? También decíamos que la posverdad no tiene por qué estar basada solamente en mentiras puras y duras, que también se vale de un uso interesado de los hechos, a veces tergiversados, a veces disfrazados, es decir, no tratados con objetividad, para convencer a la gente de lo que al comunicador le interesa. Alguno decía que, en el fondo, esto también es en parte mentira, aunque más sutil.

De todas estas reflexiones nos surgían diversas inquietudes: entonces, ¿estamos siendo permanentemente manipulados? ¿No podemos creernos nada de lo que nos cuenten? ¿Quién maneja los hilos de lo que debe y cómo debe ser comunicado y, sobre todo, con qué fin? ¿Estamos abandonando social y personalmente la búsqueda de la verdad, o solo la queremos interesadamente? ¿Se construye una posverdad siempre a sabiendas y para engañar, o a veces quien la comunica también se la cree?

Es imposible relatar en una breve entrada de blog todo el debate que mantuvimos. Dejo nuestras inquietudes como preguntas abiertas, por si ayudan a reflexionar. Yo por mi parte ofrezco mi pequeña aportación como filósofa: ante la posverdad, creo que es muy sano recuperar la actitud filosófica. En primer lugar, revalorizando la racionalidad. Las emociones son necesarias para la vida humana, pero no pueden ser siempre lo que «mande». Aunque queramos creer algo… si no es cierto, debemos ser capaces de pensar y someterlo a crítica. La posverdad se vale, precisamente, de nuestras emociones y deseos, de aquello que anhelamos creer o a lo que queremos pertenecer, para convencernos de que dejemos a un lado el análisis crítico.

Por otra parte, la actitud filosófica lleva consigo un escepticismo metodológico. No es un escepticismo radical, porque si siempre dudáramos de todo no podríamos vivir. La vida requiere fiarse un poco (o un mucho) del prójimo. Más bien se trata de tener una actitud crítica ante la información que recibimos (e, incluso, ante nuestras propias ideas, creencias y opiniones), sobre todo cuando viene de fuentes de las que podemos sospechar que no son fiables. Pero es que también las que consideramos fiables pueden, a veces, fallarnos. Por tanto, no dar crédito a todo sin más y ser capaz de recular en lo que creíamos que era verdadero cuando encontramos una prueba de que es falso. Así viví yo mis estudios de Filosofía, y es una actitud que ya te queda para toda la vida: a veces tienes más capacidad y/o tiempo para contrastar las cosas, a veces tienes que contar con que son ciertas sobre la marcha porque no lo puedes contrastar todo, pero siempre has de saber que lo que creías que era verdad puede no serlo y tienes que estar preparado en caso de que descubras que, efectivamente, no lo era.

Que como estudiante de Filosofía proponga esta actitud no significa que invite al relativismo. Todo lo contrario. Yo creo que existe una verdad y que no todo vale. Pero también pienso que no la descubrimos de sopetón, sino que nos vamos acercando cada vez más a ella… y en ese camino, nos equivocamos muchas veces. Cuánto más nos equivocaremos si nos están bombardeando todo el día con información que en el mejor de los casos es parcialmente cierta. Lo que me parece central recuperar es la honestidad y el desinterés en esa búsqueda, porque de lo contrario es mucho más fácil que pervirtamos la verdad y que caigamos en el error. Y esa búsqueda, por otra parte, es algo que nos compete a todos como sociedad, no es algo solamente individual.

Así que recomiendo ante la posverdad, entre otras cosas, actitud filosófica: escepticismo metodológico, búsqueda sincera de la verdad, capacidad de cambiar las propias ideas ante los nuevos descubrimientos… y conciencia crítica, como individuos y como sociedad. Por supuesto, hacen falta más cosas; espero que desde vuestras perspectivas y disciplinas os animéis a proponerlas.

[Hoy agradecimientos especiales a mi grupo del “Observatorio de la realidad”, tan inspirador para pensar las cosas.]