¿Navidad superficial?

En estos días se multiplican los estímulos de todo tipo que nos hablan de la Navidad: la publicidad, las películas que ponen en la televisión, la decoración de los comercios y las calles, la música que suena por doquier… Todo nos dice que ya es Navidad y nos invita a actuar en consecuencia.

Sin embargo, esa invitación no siempre es igual. Muchos de esos estímulos navideños no nos invitan a vivir estas fiestas de verdad. Simplemente nos ofrecen comprar un producto que nos dará algún tipo de identidad o satisfacción (esto es especialmente notorio en los anuncios de colonias) o a «decorar» la superficie de nuestra vida (poner luces en casa o un árbol bonito, sin verle un sentido más allá).

Menos mal que entre estos cientos de mensajes sobre la Navidad hay siempre algunos que nos invitan a celebrar realmente lo que significa esta fiesta. La Mutua ha sacado un anuncio, por ejemplo, en el que dice que para arreglar los problemas entre las personas lo único eficaz son las personas mismas, y que precisamente eso es lo más importante que debe ser arreglado. Evidentemente la Mutua quiere vender, pero al menos lo hace construyendo algo positivo y no limitándose a vender valores superficiales.

Es muy fácil que lo accesorio nos desvíe de lo esencial. Es muy fácil dejarnos llevar por la publicidad y poner la atención en las cosas que queremos comprar o en la comida que vamos a preparar y olvidarnos de para qué hacemos todo ello. Conviene preguntarse para qué celebramos la Navidad, para qué ponemos adornos, para qué compramos cosas… Como creyente, yo celebro el nacimiento de Jesús y lo que significa su amor entregado a todos nosotros, como invitación a amar nosotros por Él y en Él. Pero creo que también quien no cree en Dios puede celebrar estas fiestas con profundidad, si pone el centro en las personas con las que está compartiendo estos días y no en las cosas, que son circunstanciales.

Te invito a que hoy te plantees para qué celebras la Navidad. Da tu propia respuesta… pero te garantizo que será mejor si te lo planteas en serio en vez de dejarte llevar por la rutina de un año más de compras y comilonas.

¡Feliz Navidad!

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«Nestorianismo existencial», el mal de nuestro tiempo

Mi profesor de cristología siempre nos decía que la herejía más común en la actualidad (aunque sin que la gente sea consciente de ello) es el nestorianismo, que consiste en pensar que en Cristo hay dos personas totalmente separadas e independientes entre sí: por un lado, la divinidad y por otro, la humanidad. Es considerado herejía porque para la Iglesia Cristo es una sola persona en la que están unidas perfectamente la divinidad y la humanidad. Evidentemente mi profesor no se refería a que hubiera mucha gente que hiciera de esta herejía su causa y quisiera por ello escindirse de la Iglesia, sino más bien a que es el error más común a la hora de pensar la persona de Jesucristo.

A raíz del nestorianismo he estado pensando bastante últimamente si no será uno de los principales problemas de la crisis antropológica actual una especie de «nestorianismo existencial», es decir: que separamos tanto las dimensiones de nuestra vida que casi es como si fuéramos distintas personas en los distintos ámbitos.

Cuando estamos con la familia, tenemos nuestro código familiar. Cuando estamos en el trabajo, respondemos como empleados. Como ciudadanos, nos quejamos de toda la injusticia y corrupción política y social. Y un largo etcétera. Pero no sé si siempre nos paramos a pensar que somos una persona y que deberíamos mostrar coherencia personal en todos los ámbitos, por mucho que en cada uno haya que comportarse de una manera adecuada al mismo (que eso nadie lo discute).

Por ejemplo: si nos quejamos como ciudadanos de la injusticia social, no deberíamos ser injustos en nuestro trabajo. Si nos quejamos de la corrupción, no deberíamos ser corruptos en nuestro empleo o para favorecer a nuestra familia. Si nos quejamos de quien obra inmoralmente, no tiene sentido que después nos permitamos esas inmoralidades para progresar intelectual o empresarialmente. Es decir: no somos por un lado morales, por otro lado, inteligentes, por otro, trabajadores y por otro, familiares. Y el hecho de ser una persona debería tener sus repercusiones en todos estos ámbitos.

Pero, yendo más allá: no sólo deberíamos plantearnos de forma integral nuestros valores y coherencia moral, sino también nuestra felicidad y el sentido de nuestra vida. A veces nos dedicamos a coleccionar momentos independientes entre sí, momentos de diversión fragmentaria que creemos que van a llenar todas las inquietudes que tiene nuestro corazón; y en parte conseguimos «ir tirando», pero a la larga el vacío acaba asomando cuando nos falta un proyecto, una dirección, un sentido que dé unidad a todo.

En el fondo, no es que no sepamos del todo lo que nos hace felices; el problema es que no nos paramos a definir nuestras prioridades, de manera que algo que en realidad es menos importante puede llegar a quitarle espacio a lo que es o debería ser lo esencial, porque todo queda sumergido en el mismo maremágnum de fragmentos. Para priorizar, debemos preguntarnos quiénes somos y qué queremos realmente en la vida. Vivirnos de forma unitaria no implica que haya que eliminar ámbitos vitales. Significa tener unas prioridades y unos valores con los que ser coherentes para dar sentido a la amalgama de cosas que luego irán apareciendo. Porque, de lo contrario, dando a todas las cosas la misma importancia, limitándonos a coleccionar fragmentos, iremos a merced de los vientos que soplen más fuerte y acabaremos viviendo divididos.

No sé si es justo calificar a esta división (o más bien dispersión) existencial en la que vivimos como «nestorianismo existencial», porque seguro que el pobre Nestorio tampoco estaría de acuerdo con este modo de vida. Lo que él quería era valorar en su justa medida la humanidad de Cristo, sin que se la (con perdón) «merendara» la divinidad. Y quizá ese es nuestro miedo: que nada nos impida tener en nuestra vida un fragmento más. Es decir, que no tengamos que renunciar a nada. La contestación de la Iglesia a Nestorio, aunque hay que salvar mucho las distancias, también nos puede servir a nosotros: que en Cristo haya dos naturalezas (divina y humana) no impide que haya una perfecta unidad. Apliquémonos esto mismo: que tengamos familia, trabajo, inquietudes intelectuales, moralidad, diversión y un largo etcétera no significa que tengamos que vivirlo todo fragmentariamente. Mejor nos iría si lo viviésemos con unidad y coherencia y, sobre todo, con dirección y sentido.

Es malo el mal, no el desierto

Juan Bautista era el protagonista del evangelio de ayer y se nos dice que estaba y predicaba en el desierto. En épocas en las que nos preparamos para un tiempo fuerte, como el Adviento antes de Navidad y la Cuaresma antes de la Pascua, el desierto tiene un papel relevante. Pero… ¿qué es, exactamente?

El fin de semana pasado, en una convivencia de la parroquia, nos dieron un texto sobre el desierto que explicaba, en clave espiritual, que éste es algo positivo que Dios nos da porque nos quiere, para llamarnos a la conversión. Me pareció una perspectiva muy positiva, pero a veces a la hora de expresarlo parecía que también se consideraba positivo el que suframos realidades injustas o malas en nuestra vida. Es decir, que se confundía la frontera entre el desierto y la realidad que lleva a él a la hora de valorarlo positivamente. Esto me hizo pararme a pensar qué significa realmente el desierto para mí y hasta qué punto puede ser bueno, si Dios no quiere el mal.

Entonces leí el texto del profeta Oseas (capítulo 2), donde dice que llevó a su mujer al desierto para convertirla. Me fijé en que eso fue después de que ella hubiera obrado mal, de que hubiera sido infiel. La mujer simboliza al pueblo de Israel, a quien Dios llevaba al desierto para que fuese consciente del mal que había hecho apartándose de la alianza que había hecho con él. Una alianza hecha con Dios, pero que también tenía repercusiones sobre los demás.

Este texto me arrojó mucha luz para entender cómo funcionan los «desiertos» que a veces atravesamos. Con «desierto» me refiero a situaciones difíciles a nivel personal o grupal, debidas a múltiples factores: momentos de dudas de fe; sufrimiento debido al mal que hemos hecho nosotros mismos; sufrimiento debido al mal de otras personas que repercute en nosotros o en alguien a quien queremos; momentos de «caos» en nuestra vida en los que no sabemos muy bien a qué atenernos porque todo cambia muy deprisa… En suma, el desierto es todo aquello que vivimos con dolor, preocupación o incertidumbre y que nos llama a repensar cuáles son los fundamentos de nuestra vida, hacia dónde vamos, por qué estamos allí, etc.

Cuando decimos que Dios quiere el desierto, no nos referimos (al menos yo) a que Dios quiera que nos pasen cosas malas. Menos aún cuando son consecuencia de gente que ha utilizado mal su libertad, para hacer daño. Dios no quiere eso. Nos referimos, más bien, a que una vez que ha sucedido algo fuerte, algo rompedor, algo doloroso, etc., Dios nos da recursos para ser conscientes de que eso está ahí, que ha causado un impacto en nuestra vida y que no podemos hacer como que no ha pasado nada. El desierto es ese estado interior de reconocimiento de que algo falta, de que algo ha fallado o de que algo duele. De que algo necesita encontrar un nuevo lugar o sentido en nuestra vida. En el texto de Oseas, el desierto viene después del mal, para intentar hacer consciente a la mujer de la situación e intentar sanar y recuperar la relación entre los esposos.

Por eso, el desierto no es malo en sí… es la reacción lógica al mal que sucede a nuestro alrededor y en nosotros mismos. El sufrimiento es un resorte de que algo falta o algo duele; de que queremos el bien, pero no siempre conseguimos alcanzarlo, ya sea por nuestro propio mal o por el ajeno. Así, en tiempos «de conversión» como el Adviento, no se trata de justificar las cosas malas que pasan a nuestro alrededor pensando que por algo serán y que Dios las ha querido. Se trata de llevar esas cosas al desierto y preguntarse allí cómo encajarlas en la propia vida y qué respuesta requieren de nosotros.

Dicho de otra forma, el desierto es purificador, porque nos pone ante la vida con toda su crudeza, nos pide una respuesta personal, no nos deja indiferentes ni permite que sigamos haciendo como que no pasa nada… pero esa purificación no es necesariamente «culpa» nuestra. A veces es culpa ajena. En todo caso, sería un error pretender salir del desierto sin haberse enfrentado con uno mismo, porque entonces no le dejamos que cumpla su función.

[Dedicado a quien esté atravesando un desierto en su vida; que tenga la esperanza de que llegará a la tierra prometida…]

Anécdota «relacional»

La semana pasada me sucedió algo curioso que, siendo muy sencillo, aunque a la vez extravagante, me ha dado en qué pensar.

Resulta que estaba yo en Alonso Martínez, en la plaza a la salida del metro, esperando a una amiga. Mientras tanto, estaba corrigiendo un escrito mío, totalmente absorta en ello. De repente llegó un chaval y me dijo: «perdona, soy menor de edad». Lo miré con cara de poema, pensando «¿Este me va a pedir que le compre alcohol? Qué raro que me diga que es menor sin pedirme nada…»

Ante mi estupefacción, él me dijo que esperara un momento, que tenía sentido. Se apartó, mirando el reloj, a su aire. Entonces seguí corrigiendo, aún bastante sorprendida. Y, de repente, llegó de nuevo, diciendo: «¡Soy mayor de edad!» Y yo: «Ahhh, ¿es tu cumpleaños? ¡Felicidades!» Por sacar tema, le pregunté si estaba esperando a alguien. Me dijo que no, que sólo quería compartir ese momento con alguien, porque justo en ese instante (13:55) cumplía los 18 años, y le hacía mucha ilusión. Después de decirme eso, fue hacia la boca del metro.

Mi sorpresa fue bastante grande al ver que no estaba de paso, que no esperaba a nadie… que había venido a ver a quién le contaba eso antes de coger el metro para ir donde quiera que fuese. También me pareció curioso que me lo dijese a mí, que estaba visiblemente ocupada corrigiendo, cuando había otra gente más ociosa por la zona. Casualidades… El caso es que me tocó vivir esta escena tan peculiar.

Puede parecer una simple anécdota, bastante extraña, pero simpática. El caso es que a mí me dejó pensativa. Me di cuenta de lo importante que es compartir nuestros momentos significativos con los demás. Tanto como para contárselo a alguien anónimo, si no tenemos nadie conocido a mano. Y eso es porque necesitamos a los otros para estar completos. Vivimos la vida en relación.