Enseñar a desaprender prejuicios intelectuales

Esta mañana he tenido una de esas clases de las que sales sin saber realmente qué piensas sobre algo. Ya os he comentado alguna vez que cuando estudias Filosofía y Teología te acostumbras a esto de abandonar ideas, abrirte a otras nuevas, a veces recuperar ideas antiguas de una forma distinta e incluso tener que reconstruir un esquema de pensamiento entero. Estudiar críticamente te lleva a eso. Pero es verdad que, como es difícil mantenerse en ese continuo cuestionamiento de todo (hasta diría que tampoco es sano estar eternamente dudando de todo, solo que habría que matizar esto, porque hay un tipo de duda que es deseable y saludable), a veces te quedas más instalada en ideas que te convencen bastante o incluso a las que te ha costado mucho trabajo llegar. Y cuando eso sucede viene bien que aparezca algo o alguien que te haga cuestionarlas; no necesariamente para abandonarlas, pero al menos sí para volver a apropiártelas, repensarlas y decidir, si las sigues manteniendo, por qué y cómo contestas a esta objeción nueva que ha surgido.

Esto mismo me ha pasado hoy en clase. El profesor nos estaba explicando el pensamiento de un autor que me encanta (Orígenes de Alejandría, siglo III) y ha llegado a un tema que para el autor es muy importante, pero en el que a mí siempre me ha costado trabajo sintonizar con él. De hecho, es una cuestión a la que no acababa de verle todo el sentido. Entendía el papel que cumplía para la teología de Orígenes, pero me parecía obsoleta para hoy. Sin embargo, mi profesor ha conseguido meternos en la piel del autor, actualizarnos su pensamiento y formularlo de manera que entendiésemos, desde nuestros presupuestos y cosmovisión de hoy, lo que este buen hombre pensó tantos siglos atrás. Y no solo ha conseguido que lo entendiésemos, sino también que tomáramos en serio esas ideas que a priori nos parecían, cuanto menos, extrañas y que, estuviéramos o no de acuerdo, dialogáramos con ellas y las pensáramos. Diría que incluso ha hecho que dudáramos de lo que creíamos saber sobre todo este tema.

La clase me ha dejado doblemente pensativa. Primero, porque le estoy dando vueltas a las ideas que hemos debatido en ella. No digo que esté de acuerdo con todo lo que decía el autor, pero al menos estoy redescubriendo la problemática desde un horizonte más hondo que aquel en el que me la había planteado antes. Segundo, porque he apreciado lo importante que es no prejuzgar antes de haber hecho el esfuerzo de entender hasta el fondo lo que alguien ha propuesto. Es verdad que no tenemos tiempo suficiente para detenernos con este nivel de profundidad en todos los pensamientos y teologías habidos y por haber… pero al menos debemos ser suficientemente humildes para reconocer que muchas veces no hemos entendido bien lo que un autor propone o no hemos sabido “traducirlo” a nuestras problemáticas de hoy.

De todo esto me quedo con tres tareas que debería tener presentes en la labor intelectual: no desechar ideas con demasiada rapidez, sino pensar por qué las rechazo; aprender a tener la humildad de abandonar prejuicios cuando me doy cuenta de que están operando acríticamente; traer a nuestro presente la problemática que el autor, sea de cuando sea, está tratando. Cuando son temas de calado, siempre tienen incidencia en nuestra realidad. Una cuarta tarea, cuando toque, será aprender a enseñar esto a otros; ayudarles a situarse en ese universo mental del teólogo (o filósofo) a quien estén estudiando y a realizar un viaje crítico con él. Es una tarea difícil, pero apasionante. Y mientras tanto… seguir dándole vueltas a todo lo que hemos discutido hoy en clase.

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Omnipotencia no es prepotencia, pero tampoco impotencia

Últimamente le doy muchas vueltas a cómo las palabras que utilizamos para hablar sobre Dios revelan, en el fondo, los prejuicios que tenemos. Por ejemplo, el otro día en catequesis estuve comentando con mis catecúmenos el primer artículo del Credo, el que trata sobre Dios Padre. En concreto, hablamos bastante sobre su omnipotencia. Cuando les pregunté por lo que entendían por “poder”, me dijeron que normalmente les hace pensar en la gente que utiliza mal el poder, quien lo hace despóticamente y con perjuicio para los demás; el poderoso es el que “hace lo que quiere” a costa de lo que sea. Por eso para ellos era muy novedoso comprender la omnipotencia ligada al amor y entender que el amor de Dios es lo que vence todo, a pesar de no imponerse sobre nada ni nadie, sino de ofrecerse en libertad. Es decir, que la omnipotencia no es prepotencia. La cuestión es si eso implica que entonces es, en cierto sentido, “impotente”, por aquello de no imponerse. En mi opinión, tampoco es adecuado decirlo así, porque no es que le falte poder al amor de Dios, no es que sea impotente, sino que no lo ejerce como nosotros esperamos o como estamos acostumbrados.

A raíz de esto he estado pensando bastante esta semana sobre los conceptos teológicos que utilizamos y por qué lo hacemos. Por ejemplo, al decir que el Espíritu se “aparta” para dejarnos un “espacio” y que seamos libres, me planteaba ¿realmente se tiene que “apartar” Dios para hacernos libres? ¿No lo pensamos así porque tenemos el prejuicio de que estar plenamente presente implica querer imponerse, querer “mangonear” al otro y salirse con la suya? Pero si Dios es amor y el amor es delicado y humilde por naturaleza, ¿para qué tiene que apartarse para dejarnos espacio? ¿No nos deja libertad precisamente al estar con nosotros?

Estos temas dan mucho de sí y es verdad que cuando empiezas a profundizar entiendes que, más allá del lenguaje que se utilice, se está haciendo para salvaguardar alguna característica importante de Dios, como, en el ejemplo anterior, su respeto de nuestra libertad. Mi pregunta es si, al utilizar conceptos paradójicos como “omnipotencia impotente” o «apartarse para dejarnos sitio, aunque también está presente», no estaremos revelando, precisamente, que necesitamos purificar nuestros conceptos y preconcepciones; en este caso, igual no es que sea una omnipotencia impotente, sino más bien que deberíamos revisar lo que entendemos por impotencia y por omnipotencia. O, en el otro ejemplo, igual no es que se trate de apartarse y/o de estar presente, sino de entender esa presencia de una forma nueva.

Yo creo que lo que digamos del amor de Dios es positivo y si nos parece negativo suele ser porque teníamos otra concepción “ideal” de lo que debían ser las cosas, y recurrimos a negarla para afirmar esa positividad que hemos descubierto en Dios. Por ejemplo: teníamos una idea de poder, y como el de Dios no responde a esa idea, procedemos a decir que es un poder impotente. Pero igual sería un camino más fructífero empezar a entender el poder de otra forma, en la línea del poder amoroso de Dios, más que nada porque el concepto ganaría en positividad y porque nosotros mismos nos veríamos interrogados en nuestra manera de ejercer nuestros propios poderes sobre otros o sobre las cosas.

Esta reflexión que comparto está aún “en camino”, pero me parece interesante el haberme hecho consciente de la importancia de las palabras que utilizamos tanto por lo que revelan de nosotros mismos como por lo que nos ayudan a hacer y lo que nos lanzan a ser.

Para encontrar la felicidad no hay que buscarla

Estoy leyendo un libro titulado Búsqueda de Dios y sentido de la vida en el que se transcribe una interesante conversación entre el psicólogo y psiquiatra Viktor Frankl y el teólogo y estudioso de las religiones Pinchas Lapide, ambos judíos. Frankl y Lapide dialogan sobre el sentido de la vida, el carácter religioso de la existencia, lo que supuso Auschwitz para el pensamiento, la necesidad de purificar nuestra idea de Dios, etc.

Hay un momento en que ambos están hablando sobre la autorrealización o felicidad del ser humano y se muestran de acuerdo en que no puede ser encontrada si se la busca en sí misma, una intuición que yo misma llevo tiempo pensando. Resulta paradójico que no podamos ser felices cuando pretendemos serlo a toda cosa, sino cuando nos entregamos a los demás, a una misión, a algo que nos saque de nosotros mismos. Pero así es. Con estas palabras lo expresa Frankl en el diálogo:

«La autorrealización sólo es posible en la medida en que me pierdo a mí mismo, me olvido de mí, me sobrepaso. He de tener un motivo para realizarme. Y ese motivo consiste en que me entrego a una cosa o una persona, como muy bien acaba usted de decir. Pero cuando ya no miro a la cosa o a la persona que me importa, sino únicamente a mí mismo, entonces dejo de tener una razón para realizarme. Todo el esfuerzo se dirige a la autorrealización en sí misma. Lo mismo ocurre con la lucha por la felicidad o el placer. Cuando no tengo un motivo para la felicidad, me resulta imposible ser feliz; y, por tanto, si sólo aspiro a ser feliz, desaparece de mi vista todo lo que constituiría el fundamento de mi felicidad. Y cuanto más trato de atrapar la felicidad tanto más se me escapa. […] En otras palabras, la felicidad debe surgir como consecuencia, pero en modo alguno debe ser buscada en sí misma.

Lo mismo cabe decir de la autorrealización: quien se propone como fin decisivo la autorrealización desconoce que, en última instancia, el hombre sólo se realiza en la medida de que llena un sentido en el mundo. En otras palabras, la autorrealización fracasa en su propósito en la medida en que, al igual que la felicidad, surge como añadidura de la realización del sentido» (Viktor Frankl, en V. Frankl y P. Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida: Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, Barcelona 2005, pp. 71-72).

Sin fe caeríamos en la locura

«…J.-L. Chrétien ha podido escribir que “la clave de nuestra identidad está en aquello que nos pone en relación con el otro”.

Este descentramiento de sí mismo se llama en términos cristianos fe. Como sucede a menudo, nada hay aquí más esclarecedor que recurrir a la etimología. La palabra latina fides no ha dado solamente origen a “fe”, sino también a palabras como confianza, confidencia, fiarse, fiable, fianza, etc. (…) Todas ellas son palabras que, ya en su mismo uso profano, indican una profunda realidad y una misteriosa verdad de la existencia; además, en algunos casos, se encuentran entre las palabras más bellas para describir las “relaciones humanas, simplemente humanas”.

Ningún hombre puede vivir sin un espacio de fe (de confianza), sin suscitar fe y quizá, sobre todo, sin que exista otro hombre que confíe en él. Nadie, incluso en el ámbito más ordinario de la vida, puede verificar siempre todo por sí mismo, sin fiarse de nadie más que de sí mismo. Quien lo intentara quedaría inmediatamente bloqueado. Por eso debe, en ciertos momentos, separarse de sí mismo para confiar en otros (en aquellos que, sin lugar a dudas, son precisamente dignos de fe).

Existe, por tanto, un descentramiento de sí, una confianza en otro que es indispensable simplemente para que uno sea él mismo. Porque esto es precisamente la fe: fiarse de la palabra de otro (Mauriac) confiarse (por una parte) en otro, y tal cosa no para perderme, sino al contrario, para encontrarme (a la inversa, aquel que quisiera descubrir siempre y en todo instante todo y verificarlo por sí mismo se perdería, caería literal y paradójicamente en la locura, quedando “fuera de sí”).

Este es, sin duda, uno de los sentidos profundos de la palabra evangélica sobre aquel que pretende “ganar su vida” por sus solas fuerzas y que la pierde, mientras que aquel que consiente en perderla (al ponerse en manos de otros por la fe) la gana. La alteridad, presente en el acto de fe, es constitutiva de nosotros mismos y de nuestro camino de maduración en la aventura de la existencia».

(Adolphe Gesché, El sentido, Sígueme, Salamanca, 2004, pp. 75-76).