Hambre y sed de vida verdadera

«…el hombre actual quiere vivir, sueña apasionadamente con la vida, pero lo que experimenta es tan solo el impulso del crecimiento biológico, una floración destinada a marchitarse; de ese modo, termina por alimentar una vida entretejida de muerte. […]

[…] el hombre de nuestros días, que vive en medio de la “multitud solitaria”, experimenta una especie de helada espiritual: tiene hambre y sed de comunicación, y solo encuentra la fusión que le proponen las ideologías o las sectas. El hombre de hoy tiende a considerar como represiva cualquier forma de paternidad, aunque al mismo tiempo se siente perdido y busca un padre que lo guíe y lo libere» (Olivier Clément, Los rostros del Espíritu, Salamanca, Sígueme 2015, p. 27).

Cuando leí este texto del teólogo ortodoxo Olivier Clément pensé que, al menos en parte, ha dado en el clavo en estas dos experiencias tan actuales. Por un lado, que deseamos vivir en plenitud; pero nos encontramos ante la paradoja de que ciertas formas de vida, aunque parecen “afirmarnos” más a nosotros mismos, acaban por dejarnos vacíos. Por otro lado, que no queremos estar ni sentirnos solos; pero con la paradoja de que muchas veces vemos lo que viene de fuera como algo que reprime nuestra libertad y, para evitarlo, nos encerramos en la soledad.

Deseamos la vida y la comunicación, dice Clément, pero solemos estar un poco despistados sobre dónde buscarlas. Quizá no están en conseguir por nuestro esfuerzo todo lo que queremos alcanzar en la vida. Quizá tenemos que salir un poco de nuestro “yo”. Quizá nos sentimos solos y perdidos porque hemos pretendido que tenemos que poderlo todo solos y que nadie tiene nada que decirnos sobre nuestra vida. Cerrados como una nuez, no dejamos que entre la verdadera vida que quiere dársenos.

Lo curioso es que, como dice este autor, a veces buscamos respuesta en la fusión (con los otros o con Dios), como si anular nuestra unicidad equivaliera a dejar de estar solos. El mensaje de la Pascua cristiana es que somos plenamente nosotros cuando estamos dispuestos a salir de este encierro, a reconocernos necesitados y estar dispuestos a entregarnos, pero eso no implica dejar de ser libres, sino comenzar a serlo de verdad. En otras palabras: cuando, sin huir de quienes somos, no pretendemos que nos bastamos y sobramos a nosotros mismos y descubrimos que nuestro ser se realiza en el amor.

Resucitar con Cristo es abrirse a una vida que solo nos puede ser regalada cuando estamos dispuestos a renunciar a la idea falsa que nos habíamos hecho de la vida. Si durante la Cuaresma nos hemos dado cuenta de las “falsedades” que proyectamos sobre nuestra vida, ahora que llega la Pascua es el momento de abrirnos del todo para que la vida entre, para escuchar a quien nos dice una palabra eterna.

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Igualdad, pero no de cualquier manera

A raíz del día de la mujer de la semana pasada he estado pensando bastante sobre el tema de la igualdad y he tenido varias conversaciones sobre ello. Las conversaciones con gente que vive de algún modo la desigualdad y las reivindicaciones de otras mujeres me hacen cada vez más consciente de que estamos lejos de haber conseguido una plena igualdad de derechos y deberes. Aún alucino de las dificultades laborales que encuentran muchas mujeres que se quedan embarazadas… cuando es evidente que ninguno estaríamos aquí de no ser porque una mujer, nuestra madre, ha estado embarazada de nosotros nueve meses y nos ha dado a luz. Me parece que roza el cinismo que traer un nuevo ser a la vida, un nuevo miembro de la sociedad, implique para las mujeres perder su trabajo o no ser contratadas en las mismas condiciones de los hombres.

Y como este hay otros tantos temas en los que seguir reivindicando la igualdad. Con todo, también he estado pensando estos días que como mujer no quiero hacer esa reivindicación de cualquier manera. En primer lugar, exigir la igualdad no implica diluir las diferencias. Yo pienso que no se trata de uniformizar a los hombres y las mujeres para luchar por la igualdad entre ambos. Esto es extrapolable a otros rasgos de la persona: cultura, orientación sexual, religión… somos iguales en dignidad y derechos, pero diferentes en muchas cosas, y esa es la gracia. La igualdad debe ser pensada desde la justicia, de forma que permita que todos podamos desarrollarnos en nuestra unicidad, en nuestra diferencia.

En segundo lugar, pensaba sobre la actitud con la que se reivindica la igualdad. Hacerlo con condescendencia o paternalismo por parte de los hombres no tiene sentido, puesto que si se quiere la igualdad nos tenemos que tratar como iguales. Pero creo que, aunque a veces haya motivos para ello, tampoco ayudamos las mujeres si lo hacemos con resentimiento, porque el resentimiento hace más grande la herida, en vez de curarla. Aunque entiendo que en ciertos casos debe ser difícil por lo que la persona vive y sufre, creo que como colectivo las mujeres podemos y debemos mostrar que la igualdad consiste en reconocernos mutuamente como personas válidas y dignas, contando con nuestras diferencias, pero sin que ellas sean una excusa para abrir una brecha de injusticia o infravaloración entre nosotros. Cuanta más elegancia de espíritu tengamos en esta reivindicación, creo que más frutos recogeremos… exigiendo lo que es debido, pero esforzándonos por construir puentes y no muros. Porque una igualdad conquistada a fuerza de muros creo que tiene menos futuro (y menos humano) que si se conquista a fuerza de puentes.

Un tercer aspecto en el que he pensado bastante estos días es en el alarmante número de mujeres maltratadas por hombres. Pensaba, en la línea de lo que vengo comentando, que es una realidad triste e indignante que no debemos permitir, pero que tampoco debemos caer en la tentación de demonizar a todos los hombres. Me acordaba además de los hombres que son injustamente acusados y de los que son maltratados. Aunque haya más casos de mujeres, el esfuerzo por educarnos como sociedad en el respeto mutuo es tarea de todos, de uno y otro sexo. Por eso me parece que debemos incidir en la educación (sin ideologizar el tema, que siempre puede llevar a verlo de forma excesivamente parcial) y en la conversión de cada persona para que nos relacionemos sanamente, unas con otros y viceversa.

Evidentemente, también hay que implementar políticas que ayuden a conseguirlo… pero ya estamos viendo en muchos casos concretos que la ley tiene limitaciones y siempre hay quien intenta aprovecharse de la situación, por lo que, sin un adecuado camino interior hacia el respeto, a la larga las políticas no resuelven todo el problema.

De un tema como este siempre habría mucho más que plantear, como la perplejidad sobre por qué habrá durado tanto esa infravaloración de la mujer (una duda a la que no sé contestar, francamente), pero no quiero alargarme. Solo quería compartir esta inquietud de que las reivindicaciones son importantes, pero también cómo las hagamos. Algunas actitudes fomentan una guerra de unos y otros, cuando lo que necesitamos es la reconciliación. Confío en que crezcamos como sociedad en la valoración de todas las personas con la consiguiente igualdad que ello implica. Un reto que incluye la igualdad de hombres y mujeres, pero también otras tantas situaciones de personas que, por una u otra razón, no pueden ejercer sus derechos. Y un reto en el que no se pueden reivindicar derechos sin tener presentes los deberes que todos tenemos como individuos, como miembros de la sociedad.

Somos un misterio… como Dios

Comparto hoy este texto de Rahner que me parece tan bueno. Me resulta interesante esta idea de que el misterio no es aquello que no sabemos, pero podríamos saber, es decir, no es un mero problema o enigma. Misteriosa es esa realidad que, estando presente, nunca podemos apresar o comprender del todo… por eso para Rahner el misterio por antonomasia es Dios, y nosotros, creados por él a su imagen y semejanza, somos también una realidad misteriosa, pues estamos referidos al misterio de Dios: nuestra vida es una cerrazón o una apertura al misterio divino. Y, digo yo, si somos misterio, siempre habrá algo que se nos escapará de nosotros mismos y eso nos previene contra intentar encasillarnos demasiado deprisa. Os dejo ya sus palabras:

«Lo que es el hombre sólo puede decirse expresando aquello que emprende y lo que le afecta. Y en el hombre como sujeto trascendental esto es Io que carece de orillas y nombre, a la postre el misterio absoluto que llamamos Dios. Por eso el hombre en su esencia, en su naturaleza misma, es el misterio, no porque sea la plenitud infinita del misterio en sí que le afecta, la cual es inagotable, sino porque él en su esencia auténtica, en su fundamento originario, en su naturaleza es la pobre -pero llegada a sí misma- referencia a esa plenitud. […] La aceptación o el rechazo del misterio que somos nosotros como la referencia pobre al misterio de la plenitud, constituye nuestra existencia.

[…] A este respecto debe decirse y comprenderse siempre de nuevo: un misterio no es algo no descubierto todavía, que como un segundo se halle junto a otro primero ya comprendido y penetrado. Así entendido, el misterio se confundiría con lo no sabido, porque no ha sido descubierto todavía. Misterio es más bien aquello que, precisamente como lo impenetrable, se encuentra ahí, está dado, no tiene que ser producido, no es un segundo que sólo de momento sea indominable, sino que es el horizonte indominable y dominador de todo comprender, el cual permite comprender otras cosas en cuanto él mismo calla como el incomprensible que está ahí. Misterio no es, pues, lo transitorio que será eliminado o que de suyo podría estar ahí de otro modo, sino la peculiaridad que distingue a Dios (y desde él a nosotros) siempre y necesariamente

(Karl Rahner, Curso fundamental sobre la fe, Herder, Barcelona 2007, 258; subrayados míos).