«Alegraos y regocijaos»: llamada a no «apalancarnos»

Me ha gustado la reciente exhortación del papa Francisco sobre la santidad, que como muchos sabréis se llama «Alegraos y regocijaos» (curioso que sus tres exhortaciones apostólicas lleven la palabra «alegría», ¿verdad?). Lo cierto es que, al leerla, no me parecía descubrir nada totalmente nuevo, pues todo lo que nos recuerda el papa ya está en nuestra tradición. Pero sus palabras me han parecido muy oportunas en el momento en que vivimos, porque nos invitan a ir a lo esencial y porque lo hacen, además, con un gran equilibrio.

A quienes les gustan las «recetas» o los subrayados unilaterales, les habrá parecido un documento inclasificable. Y es que Francisco juega siempre muy bien con los equilibrios: su llamada a la oración constante no va en detrimento del compromiso con el prójimo y la implicación social; su invitación a la audacia no impide la paralela invitación a la humildad; el subrayado de la misericordia no atenta contra el de la justicia; el recordatorio de que necesitamos la gracia de Dios no resta nada a la necesidad de movilizar nuestra libertad para acogerla y obrar desde ese amor recibido…

Podrían añadirse más ejemplos, pero creo que son suficientes para sacar una conclusión: el papa nos está invitando a no «apalancarnos», no estancarnos en el camino de la fe, que es siempre un camino de conversión. Y esa conversión es totalmente personal, aunque haya rasgos comunes que derivan del propio Evangelio. Al hacer vida ese mismo Evangelio, cada uno encontramos unas resistencias distintas en nuestro propio ser y en los que nos rodean, así como algunos de esos rasgos que en nosotros son más espontáneos, o, por así decir, que nos cuestan menos.

Creo que es importante ser conscientes de que para que nuestra vida esté totalmente arraigada en Dios (que es lo que significa la santidad), debemos huir de acomodarnos en esos dones que tenemos o en esos rasgos del Evangelio que nos resultan más asumibles, porque podemos caer en la trampa de no crecer en aquellos que más nos cuestan, que suelen ser los que descubren precisamente nuestra pobreza.

Por poner un ejemplo: una persona puede ser de tendencia más contemplativa y estar muy cómoda en la oración, pero esa oración pierde su sentido si no lleva a una transformación de la vida concreta y a un compromiso con el prójimo. Por el contrario, otra persona puede ser muy activa e implicada con el prójimo, pero tiene el peligro de que el compromiso se desvíe del estilo evangélico si no lo alimenta de la oración, de estar con el Señor. No son realidades excluyentes entre sí, sino todo lo contrario: crecen recíprocamente. Pero es fácil que encubramos nuestra pereza espiritual a crecer en ambas intentando mostrar que la que supuestamente nos cuesta menos es «la que verdaderamente cuenta».

Otro ejemplo que se me ocurre sería el de la humildad y la audacia que comentaba antes: para quien tiene mayor tendencia a la mansedumbre y humildad quizá el peligro es acobardarse cuando debe decir la verdad; quien tiene como fuerte la audacia, es más probable que peque de poco delicado en las formas o de crítico destructivo en vez de constructivo. La humildad y la audacia no llevan de por sí ni a la cobardía ni a la falta de tacto, respectivamente, pero es fácil que caigamos en la tentación de quedarnos en el extremo que nos es más cómodo.

La síntesis de todos los aspectos la hace el Espíritu Santo en nosotros… pero hay que dejarle y ponerse a tiro. Para ello hay que empezar por reconocer que no somos perfectos y que siempre hay algo en lo que tenemos que crecer. O, dicho de otra forma: para poder ser santos debemos no «apalancarnos». El siguiente paso sería reconocer que el don que tiene el otro es tan necesario como el mío, aunque ninguno nos podamos «apalancar» en el nuestro. Pero eso lo dejamos ya para otro día… Os invito a leer la exhortación y ver qué os resuena más a cada uno.

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Amar a nuestros enemigos

Los cristianos tenemos muy claro que Jesús nos dijo que amáramos a nuestros enemigos, pero últimamente me pregunto si realmente somos conscientes de lo que ello implica. Y digo «conscientes» no mentalmente, porque la idea la tenemos clara, sino existencialmente, en el corazón: ¿vivimos nuestra fe desde esta invitación del Maestro?

Por propia experiencia, creo que a veces la pasión por el Evangelio nos lleva no sólo a indignarnos ante la injusticia (que también), sino a dar un paso más allá: albergar sentimientos negativos hacia quienes cometen los actos injustos, incluso a juzgarlos. Es comprensible, porque nos mueve a ello el deseo sincero de un mundo justo para todos. La pregunta que nos tenemos que hacer es si vamos a conseguir esa justicia alimentando esos juicios o si, por el contrario, al juzgar a la persona estamos desencadenando más mal y más incapacidad de amor; por tanto, más incapacidad de justicia. Y digo juzgar a la persona, no sus actos; pues, aunque juzguemos sus actos como malos (incluso, aunque las consecuencias de esos actos deban ser asumidos por ella responsablemente), podemos creer que todo ser humano es capaz de bondad y que la mejor manera de ayudarlo a ello es amándolo.

«Amad a vuestros enemigos» no significa «amad el mal que os desean» ni «amad el mal que hacen». Significa «amadlos a pesar de ese mal, porque toda persona es valiosa y es capaz de bien si su corazón se convierte». No se trata de negar el mal ni de faltar a la verdad, sino de intentar mirar a cada ser humano como Dios lo miraría: como un ser débil, herido, pero capaz de mucha grandeza si sigue el camino adecuado. Es amar humildemente: desde la verdad, pero también con delicadeza, con misericordia.

Es muy difícil amar de verdad a quien nos cae mal, nos parece culpable o es incluso nuestro enemigo. No tenemos que hacerlo solos, sino dejar que Dios convierta nuestro corazón de piedra en corazón de carne para poder ser instrumentos suyos cuando realice esa misma transformación en el corazón de aquellos a los que, con nuestras solas fuerzas, nos cuesta amar.

Es una tarea difícil que solo puede ser emprendida cuando se la recibe como don. Y creo que nos hace falta recordárnoslo de vez en cuando. Dentro de la propia Iglesia no siempre sabemos amarnos así, e incurrimos en críticas dañinas en vez de constructivas o en enfrentamientos que no son fraternos, en vez de intentar transformar la realidad desde el amor. No desde el «buenismo», tampoco desde el juicio; sino desde el amor en la verdad. Ya lo dijo san Pablo: sin amor, no somos nada. Aunque lucháramos por la justicia, deseáramos una Iglesia más santa, intentáramos que las cosas fueran a mejor… sin amor, que es la esencia de Dios y por tanto su manera de hacerlo todo, todos esos proyectos se nos quedan por el camino. A esto apunta ese difícil envío: «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).

Cuando la tentación de (supuestamente) «amar más» nos haga «amar peor», cuando el «celo» por el Evangelio nos lleve al rencor o al odio, recordemos que Jesús no curó a todos los enfermos del mundo, ni liberó a todos los endemoniados, ni fue a todos los países… pero amó a todos los seres humanos y no odió a nadie, incluso cuando lo crucificaron. Ese amor nunca lo llevó a mentir a los demás sobre su verdad (incluyendo la verdad del pecado que cometieron), pero le hizo no juzgarlos (en el sentido de condenarlos), sino intentar siempre su conversión. Con las palabras de san Pablo, Jesús no cayó ni en el peligro de la inmoralidad (para Pablo, el peligro pagano) ni en el del orgullo (el peligro fariseo). A eso estamos llamados.

No es la Verdad si piensas que ya la tienes

Este año durante la Semana Santa he pensado mucho en el hecho de que todos los años «repitamos» la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, siempre intentando vivirla con profundidad e intensidad. ¿Para qué nos invita la Iglesia a hacerlo? Creo que es porque se trata del mayor misterio de nuestra fe, aquel donde todos los otros misterios se dan la mano, y necesitamos siempre contemplarlo de nuevo para que penetre más en nuestra vida y nos vaya transformando.

El peor error sería pensar que ya «sabemos» en qué consiste. Si pretendemos contenerlo nosotros, deja de ser el misterio pascual para convertirse en un esquema de nuestra razón. La mayor tentación es pararnos en nuestro camino de búsqueda de la verdad, porque en el momento en que nos detengamos estaremos haciendo un ídolo de la comprensión a la que hayamos llegado en aquel momento. La verdad es más camino que posesión. Cuando pretendemos poseerla… se nos escapó.

Lo mismo sucede con nuestra vivencia de la Semana Santa: cuanto más pensemos que «ya sabemos de qué va todo», cuanto más nos instalemos en lo que creemos que significa, más nos cerraremos a la infinita novedad que trae Dios siempre que lo dejamos entrar en nuestra vida. A veces la novedad es recuperar algo que cayó en el olvido; otras veces es aprender a pasar algo que «sabíamos» en la mente al corazón, es decir, a vivirlo; puede ser también una experiencia más novedosa o que rompe con lo anterior; a veces es identificarse con Jesús en alguno de los detalles de lo que él vivió, vivirlo en la propia vida… pero en todo caso siempre nos dice algo distinto, si estamos dispuestos.

Casualidades de la vida, después de hacer para mí estas reflexiones, empecé a leer un libro de Henri de Lubac llamado «Paradojas» y su segunda parte, «Nuevas paradojas». De Lubac comparte, según me parece entender, esta comprensión de nuestro acceso a la verdad como un camino constante que tenemos que recorrer poniendo en él con honestidad toda nuestra vida y dejándonos transformar por lo que en el transcurso nos vaya sucediendo. En definitiva, si nos encerramos en nuestros esquemas, dejamos de estar abiertos a la verdad que nos llega de la relación con Dios. Su verdad nos pone en marcha, nuestra absolutización de un esquema propio nos detiene.

Os dejo algunos fragmentos de su texto que no tienen desperdicio (las negritas son mías):

«Toda inteligencia es […] necesariamente abierta. La inteligencia que se encierra sobre sí misma, por mucha riqueza que haya almacenado, no puede mantener su tesoro intacto. Al contrario, se seca, se evapora o se pudre. Es precisamente esto lo que vemos en el caso en el que el pensamiento participa a fondo de lo eterno. El creyente que pretende situarse de una vez por todas en una determinada etapa de la expresión de la fe […] al cesar de creer y de pensar con la Iglesia viva, no sólo se priva de las matizaciones y precisiones nuevas, sino que pierde de vista la realidad y la sustancia misma de la fe» (Henri de Lubac, Paradojas y Nuevas paradojas, PPC, Madrid, p. 69).

«La inteligencia no busca naturalmente lo que es “inteligente” sino lo que es verdadero. El que la desvía de su fin, buscando cosas inteligentes, no es realmente inteligente. Por muy brillante que pueda parecer, el juego de su inteligencia es falso: algo más grave que si su inteligencia fuese simplemente deficiente. En él, la inteligencia se acicala, deja de ser robusta y sana y pierde toda su fecundidad.

¿Es la inteligencia la facultad de la verdad o la facultad de satisfacer, cueste lo que cueste, el deseo de claridad, de orden y de sistematización? ¿Es una fuerza de penetración en el corazón de la realidad o un instrumento para construir edificios mentales? ¿Es un medio para encontrar algo distinto de ella misma o debe simplemente segregar, por así decirlo, las formas que le complazcan?

Hay un culto a la inteligencia que, de hecho, la traiciona y se burla de ella, porque no es el culto de la verdad» (ibid. p. 72).

«No hay peor blasfemia contra la verdad que profesar su culto, negándose a admitir que, habiéndola encontrado, todavía hay que seguir buscándola» (ibid. p. 73).

«Lo que nos libera no es la sinceridad, sino la Verdad. Y ésta sólo nos libera porque nos transforma. Nos arranca de nuestra esclavitud interior» (ibid. p. 79).

«Se suele creer con facilidad y sin reflexionar demasiado sobre ello que la verdad consiste únicamente en la afirmación correcta de ciertas relaciones; que se adquiere toda ella a través de preguntas y respuestas; que su posesión no es más que la posesión de una suma de datos exactos, y que puede ser poseída por entero, dado que la inteligencia está hecha para ella. En definitiva, que no tiene profundidad alguna. Se suele creer que la verdad se opone solamente al error, sin tener en cuenta que también se opone a la “vanidad”. […] la verdad sólo puede ser perfecta en la posesión del ser. Ahora bien, el ser desborda infinitamente la capacidad de nuestros espíritus en su estado terrestre. Es decir, el ser es alcanzado por ellos, pero no realmente poseído. La verdad, vasta y profunda como el ser, debe desbordar también a nuestras inteligencias, para que éstas no cesen de alimentarse de ella. ¡Cuánto le cuesta dar sus frutos a un razonamiento tan sencillo!» (ibid. p. 82).

Invitándote a pensar si tu inteligencia busca realmente la verdad o complacerse a sí misma; a considerar si te quieres parar en el camino o continuar caminando… te deseo Feliz Pascua. Vívela como la novedad que siempre es.