Quien busca encuentra

Estos días estoy haciendo el ejercicio de leer mis diarios filosóficos y espirituales y algunos otros escritos míos que conservo de hace algunos años. Hoy he terminado de leer el primer diario que escribí al empezar la carrera de Filosofía; un cuaderno que me duró desde primero hasta la mitad de tercero. Al principio anotaba todo en el mismo diario: pensamientos, intuiciones filosóficas, sentimientos, argumentos filosóficos y teológicos inacabados, situaciones que me habían pasado y quería aprender a vivir, frustraciones de todo tipo, especialmente de fe… en fin, “de todo”, literalmente. Lo mismo te encontrabas un párrafo donde decía “si el universo es finito y en continua expansión… si saco un brazo por el borde del universo, ¡estaría creando universo!” y a renglón seguido una confesión íntima de lo frustrante que resultaba no conseguir “sentir” a Dios. No es raro que el cuaderno se llamara “Miscelánea de pensamientos”.

En la entrada de hoy quería compartir con vosotros un aprendizaje que estoy sacando de esta lectura: que “quien busca, encuentra”. Cuando no se re-visita la historia, es fácil quedarse con el estadio final y olvidar lo que ha sido el proceso. Es fácil ver que ahora tengo una vida espiritual activa o que tengo mis creencias (al menos las fundamentales) bastante asentadas, pero… ¿fue siempre así? Evidentemente, no. El diario que os comentaba no refleja nada de eso. Sí, se ven ciertas líneas que conectan con el presente, porque al fin y al cabo sigo siendo la misma persona. Se ven intereses, modos de pensar, de ser, de plantearse las cosas… que no han cambiado. Pero otras, en especial la fe y cómo me entendía a mí misma, han cambiado bastante. Y no fue porque un día me viniera la iluminación. Ha sido un camino en el que he tenido que seguir buscando y “ponerme a tiro” para dejarme encontrar. Cuando leo página tras página esa sensación de que mi fe era toda racional, de que no acababa de dar el salto a entender cómo es la relación con Dios y a vivirla plenamente; cuando leo sobre mis propias frustraciones… me doy cuenta de que ha sido un proceso de búsqueda, gracias al cual poco a poco fui encontrando respuestas y encontrándome a mí misma.

Con esta reflexión no quiero decir que todo el mundo lo tenga que vivir como yo, ni mucho menos. Pero leer sobre esos largos períodos de crisis y sequía espiritual, en los cuales se fue gestando lo que luego sería un crecimiento a varios niveles, me ha ayudado a ver la importancia de mantenernos buscando y perseverando en la búsqueda y a entender que para ciertas cosas necesitamos procesos. Hay gente que me dice que querría tener fe, pero no puede. La pregunta es: ¿quiere de verdad? ¿Lo busca de verdad, manteniéndose en esa búsqueda? Por supuesto, puede haber quien de verdad lo haga, y por lo que sea no haya encontrado… aún. Lo que planteo es que, en un mundo en el que conseguimos todo tocando un botón, quizá nos hemos malacostumbrado y creemos que querer tener fe y encontrarla es lo mismo: pulsar un botón y que llegue. Y no solo nos pasa con la fe, nos pasa con todo en la vida. A las cosas del espíritu no se accede por un botón.

La lección que saco hoy de mi propia vida, de mis propios escritos, es que las cosas importantes se van cocinando a fuego lento, y no hay que dejar de avanzar. Los tiempos son mucho más lentos cuando se refiere a nuestro ser, a nuestro espíritu, a lo que nos importa, a lo que deseamos verdaderamente… Creo que escribir ayuda a fijar cada etapa del proceso y releer ayuda a no olvidar que eso es lo que fue y es: un proceso. Sea como sea, estoy convencida de que quien de verdad quiere encontrar a Dios y lo busca (con honestidad), lo acaba encontrando. Lo dice el propio evangelio: “buscad, y hallaréis”. No dice que sea inmediatamente; pero estoy convencida que Dios quiere ser encontrado. Por tanto, la búsqueda no puede caer eternamente en saco roto, o eso creo…

Te animo a que, si buscas a Dios, no te rindas. No siempre es fácil, pero merece la pena. Al menos a mí me la ha merecido.

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El combate espiritual

Ayer, en una serie de abogados que estoy viendo, un personaje le decía a otro que para cambiar el mundo lo que tenía que hacer es cambiarse a sí mismo y que, cuando lo consiguiera, ya había aportado su parte para cambiar el mundo. El otro no acababa de creérselo y seguía empeñado en que tenía que hacer un montón de cosas. No se daba cuenta de que la raíz de todas ellas se juega en nuestro ser. Si no se transforma nuestro ser, lo que hagamos tiene siempre la amenaza de corromperse.

Para el cristianismo, no somos nosotros los que nos cambiamos a nosotros mismos, sino que nos transforma Dios. Sin embargo, esto no es pasivo, porque requiere que nos pongamos en su presencia, sepamos reconocer que nos ama independientemente de nuestros méritos y nos dejemos transformar poco a poco por él. Parece todo muy pasivo, ¿verdad? Y sin embargo es lo que cuesta más trabajo.

De hecho, cuesta tanto, que nuestra tradición siempre ha hablado de ello como un verdadero combate espiritual. Combatimos contra todo aquello que nos hace dudar de que valemos la pena; contra todo lo que nos sumerge en la inseguridad; contra todo lo que nos mete en la espiral del merecimiento y del frenesí de hacer mil cosas para poder merecer el amor; contra lo que nos hace dudar de que podamos ofrecer algo valioso al mundo, de que tengamos una verdadera vocación; pero también contra aquello que nos vuelve conformistas, perezosos y pesimistas; contra lo que nos cierra en nuestras cosas y nos impide abrirnos a los demás y a Dios…

Bajo la apariencia de realidades muy diversas, lo que se juega siempre es lo mismo: dónde ponemos nuestro valor. ¿En lo que hacemos? ¿En lo que merecemos? ¿En lo que los demás piensan que hacemos o merecemos? ¿En lo que creemos que se espera de nosotros? Todo esto no hace más que llamar a nuestra puerta día sí y día también. Ser capaz de vivir espiritualmente a pesar de todo ello no es fácil y por eso es un verdadero combate.

Vivir espiritualmente es vivir habiendo reconocido que valemos porque somos seres humanos y no dejamos de valer incluso cuando hemos hecho grandes atrocidades (no porque dé igual lo que hayamos hecho, sino porque siempre podemos sanar y restaurar nuestro ser); es vivir siempre conscientes de nuestra verdad, es decir, humildemente: sin infravaloraciones, pero sin orgullo, conociendo nuestra pobreza y nuestros dones; es vivir siempre abiertos: abiertos a los demás, a Dios, a nuestro interior, al mundo que nos rodea… abiertos no como queriendo dar respuesta a todo el aluvión de estímulos que nos llega día a día, sino queriendo buscar honestamente nuestro lugar y misión en el mundo.

Todo esto no es tan fácil… de hecho, es lo más difícil. Es más fácil sentirte héroe por haber hecho algo bien que reconocer humildemente que no eres el salvador del mundo. Es más fácil querer cambiar muchas cosas en lo exterior y lo que te rodea que estar dispuesto a asomarte de verdad a ti mismo, encontrarte lo que hay, lo que eres, y estar dispuesto a dejarte transformar. También es más fácil estar “semi-abierto” que abierto del todo: escuchar a los otros, pero no dejarte realmente transformar por lo que te viene de ellos; dejarte cuestionar de verdad no es fácil.

Por eso decía que es un combate espiritual. Y por eso para los cristianos es un combate que no puedes librar solo. Como cristiana, librar mi combate consiste, en primer lugar, en ponerme ante Dios y no dejar de hacerlo. En segundo lugar, ponerme no de cualquier manera, sino con apertura, honestidad y deseo de ser transformada. En tercer lugar, con la entrega confiada de que, sea cual sea la transformación, será para mi bien, si es Dios quien la hace en mí. Debemos creernos el “ciento por uno”, porque su paradoja no quita su verdad. Cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar, lo que surge de la transformación es mucho mayor que lo que podíamos perseguir con nuestras propias fuerzas.

Muchas veces mis fuerzas flaquean y no combato como debería. Ese simple “ponerse a tiro” cuesta… pero creo que es el combate más bonito que podemos librar en nuestras vidas, y os animo a que, aunque a veces tiremos la toalla, estemos siempre dispuestos a luchar en el siguiente asalto. Os aseguro que, con perseverancia y la ayuda de Dios, obtendremos la victoria, que no es otra que nuestro ser renovado y todo lo que de él surge para nuestro bien y el de los demás.

¿Luchamos?

¿Accidente o milagro?

Hace un poco más de una semana tuve un accidente de coche. Íbamos de camino al pueblo y, en un tramo de autovía muy sencillo (pues era recto, sin otros coches cerca y sin nada que se nos cruzara por el camino) una de las ruedas se debió pinchar, la llanta empezó a golpear en el suelo y las ruedas no respondían al volante. Nos salimos de la carretera, el coche avanzó subiendo por un terraplén, la tierra lo fue frenando y cayó dando una vuelta sobre sí mismo. Cuando todo terminó, el coche estaba destrozado, pero todos nosotros estábamos perfectamente: ni un arañazo, ni un corte, ni una lesión… como mucho algo de dolor muscular al día siguiente, pero muy leve. Pudimos salir del coche perfectamente; además se habían parado otros dos coches y la gente vino enseguida a ayudarnos.

Cuando llegó la Guardia civil, nos dijo que habíamos tenido mucha suerte, porque todo había sucedido del modo exacto para que no nos pasara nada. En el recorrido del coche al salirse, habíamos pasado por debajo de un puente, y gracias a que el coche no subió demasiado, no nos dimos un gran golpe, sino que al salir a la parte de campo la tierra nos fue frenando y la vuelta que dimos no fue tan fuerte.

Curiosamente, hacía unos días yo había estado releyendo un capítulo de un libro de cristología sobre los milagros. Como comprenderéis, cuando te sucede algo así y has estado pensando sobre ese tema, no puedes dejar de preguntarte si lo que te ha sucedido ha sido verdaderamente eso: un milagro…

La propia noche del accidente yo viví lo que me pasó como un milagro, en el sentido de que tenía la confianza de que Dios estaba conmigo. Cuando el coche se salió, no sé por qué, no me puse nerviosa ni grité, sino que me abandoné: al fin y al cabo, no había nada que pudiera hacer y ponerme de los nervios no iba a ayudar. Aunque suene muy lógica, esa reacción me sorprendió a mí misma; lo normal no hubiera sido reaccionar con lógica, sino haberme puesto nerviosa. Estaba descolocada, sin saber qué pasaba, y cuando entendí lo que estaba pasando como que corté todo razonamiento y me dejé llevar. Justo cuando el coche se golpeó en el techo y apareció en mí la sombra de lo que podía pasar, el coche se quedó quieto, de pie, y todos los que íbamos dentro intactos.

Durante el trajín de las personas que vinieron a ayudarnos recuerdo que yo observaba el cielo con bastante tranquilidad y me preguntaba cuál sería el significado de lo que me acababa de ocurrir. Cuando pasan estas cosas, a otra gente le da por pensar en lo frágil que es la vida, en lo importante que es valorarla y vivirla con profundidad porque puede acabar en cualquier momento, en lo poco importantes que son las cosas materiales (como el coche, en este caso) al lado de haber conservado la vida, etc. Sin embargo, y aunque también reparé en ello, para mí no fue el tema principal, quizá porque la fragilidad, la muerte, la importancia de vivir la vida a fondo y de saber cuáles son tus prioridades son temas con los que convivo a diario, en parte por mis lecturas teológicas y espirituales, en parte por mi propia oración y en parte por lo que hablo con otras personas. En todo caso, después del accidente no se me quedó esa sensación negativa de lo que podía haber pasado y lo que eso me había enseñado… sino que, curiosamente, se fijó en mí esa sensación que yo había tenido desde que el coche se salió hasta que nos fuimos a casa en el taxi: que Dios estaba conmigo, que estaba en buenas manos.

Durante los días siguientes, cuando mencionaba el tema con algunos amigos, me resultó interesante ver las distintas lecturas que cada uno hacía sobre el mismo hecho. Por más vueltas que le di a lo sucedido durante esos días y por más interpretaciones que otros hicieron de ello, yo sigo con la misma lectura que hice aquella noche. No puedo interpretar demasiado deprisa que aquello tuviera un «propósito», porque cuando pasan cosas malas no creo que necesariamente tuvieran que pasar y menos aún que Dios las quiera, así que esto me hace difícil interpretar que cuando pasan cosas buenas es porque había una especie de destino sobre ellas; pero tampoco puedo negarlo muy deprisa, porque no estoy en la mente de Dios y no puedo negar que su presencia en las cosas que pasan es misteriosa y en casos como estos es fácil preguntarse de qué manera él ha estado presente. Mi conclusión es que lo que el accidente significó para mí como «milagro», es decir, como yo lo viví, no iba por esa línea del destino o el propósito divino, por más que sea una pregunta que surge de lo que pasó.

Lo viví como milagro porque, desde el mismo momento en que no sabía lo que iba a pasar, me confié y tenía la certeza de que no estaba dejada de la mano de Dios. Y percibí esa reacción como un don, como algo que surgió inesperadamente, ante mi sorpresa. Que todo acabara bien me ayudó a experimentar ese cuidado con más fuerza, pero aquella misma noche tuve la impresión de que esa sensación, que empezó antes de que acabara todo, habría permanecido aunque el desenlace hubiera sido distinto. Evidentemente no lo puedo saber, porque las cosas pasaron como pasaron. Pero me quedo con eso: Dios siempre está con nosotros, de maneras que no nos podemos explicar, y nada de lo que nos pase nos podrá separar nunca de él. Quizá eso es lo que significa «milagro»: que un acontecimiento de nuestra vida tenga la capacidad de hacernos creer en esa presencia, en esa promesa, y confiarnos a aquel que no dejará que nuestra vida caiga en el abismo de la nada.