«This is us»

He empezado a ver una serie titulada (como os habréis imaginado) «This is us» [tranquilos, en la entrada no hay «spoilers»]. Hay muchas series o películas que te entretienen y creo que bastantes te pueden dar que pensar (si no te quedas en lo anecdótico y vas más allá), pero no siempre es fácil dar con una que realmente te conmueva. Y esta lo hace, al menos a mí; y eso que llevo pocos capítulos.

La serie trata sobre la vida de una familia que se nos va contando a través de continuos saltos en el tiempo. Según ves cómo se desarrolla la acción y cómo se van perfilando los personajes, te das cuenta de algo que parece un poco paradójico: no tienes la impresión de estar viendo los típicos «clichés» (ni cinematográficos, ni en general), pero al mismo tiempo lo que ves entronca con muchas cosas que has vivido tú u otra gente cercana.

A raíz de esto me he estado acordando de algo que nos dijo un profesor en clase hace unos años: que un clásico es una obra que nunca pasa porque ha conseguido tocar una de nuestras fibras más humanas, es decir, porque trata sobre algo, en cierto modo, universal. También añadió que para llegar a eso tan universal no hay que seguir el camino de la abstracción, sino todo lo contrario: el de la concreción. Porque cuando mejor vemos una historia en su irrepetibilidad, en su unicidad, más capacidad tiene de llegarnos y de hacernos conectar con nuestras propias experiencias.

Esto es justamente lo que me ha ocurrido a mí con esta serie. No estoy diciendo que sea un clásico (además, es pronto para decirlo), pero sí comparte con ellos esa característica de llevarnos a nuestra propia vida a través de la vida de otros. Cuando esa vida es narrada con autenticidad, con profundidad, en toda su complejidad (sin soluciones facilonas, sin dicotomías radicales entre buenos y malos, etc.), es cuando le damos carta de ciudadanía para interpelarnos. Eso es lo que diferencia una buena película o serie de las típicas «de domingo por la tarde», que nos entretienen, pero que sabemos cómo van a acabar desde la primera secuencia. «This is us» es tan imprevisible como cualquier ser humano… porque es muy humana.

Y con esta reflexión y recomendación (por si no habíais leído entre líneas: os recomiendo que la veáis), me despido hasta después del verano, pues los avatares de los siguientes dos meses y medio no me van a permitir seguir el ritmo semanal de publicaciones. Salvo alguna posible excepción… ¡nos vemos en «la vuelta al cole»!

[Agradecimientos a Ianire por animarme a ver la serie ;)]

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Relativizar… lo justo, pero también lo necesario

El otro día tuve una conversación muy interesante con dos amigas. Quizá el que fuese un día lluvioso nos puso especialmente filosóficas, porque acabamos hablando de todo lo habido y por haber. En un momento de la conversación las tres compartimos una conclusión a la que cada una había llegado por su cuenta: la importancia de aprender a relativizar ciertas cosas en la vida.

No nos referíamos a que no haya que tomar la vida en serio, ni mucho menos. Las tres somos, además, bastante responsables. Trajimos ese tema a colación al pensar en las decisiones que tomamos en el pasado: cómo hubo ciertos momentos en que creímos que nos jugábamos todo en una decisión y lo vivíamos como si fuera la decisión definitiva de nuestra vida. Lo aplicamos sobre todo a nuestros estudios y carrera profesional. En su momento parecía que no podíamos fallar en la elección del grado que estudiaríamos, en el posterior máster, en qué haríamos a continuación o cómo enfocaríamos nuestra búsqueda de trabajo… a veces vivimos ese tipo de decisiones como si no hubiera vuelta atrás.

Las tres nos reíamos al ver que poco a poco la vida se va asentando y que cada una va encontrando su camino. Coincidíamos en que no todo el mundo lo encuentra al mismo tiempo y que a veces tomamos ese tipo de decisiones como buenamente podemos, aunque no tengamos siempre las cosas claras. A veces sabemos adónde queremos ir antes de partir, pero otras veces encontramos el camino según vamos caminando. No hay recetas para nada ni para nadie.

Esta conversación me dejó pensativa los días siguientes. Es cierto que la palabra «relativizar» no puede aplicarse sin más a cualquier situación. Yo pienso que no hay que relativizar las cosas importantes en la vida. No obstante, me parece que sí hay que aprender a relativizar lo que no es tan importante, porque ayuda a diferenciar lo que sí lo es. Creo que a esto nos referíamos mis amigas y yo el otro día: no se trata de que buscar tu propio camino (tanto en lo personal como en lo profesional) no sea importante, al contrario: lo es, y mucho; el problema está en confundir esa búsqueda con un momento puntual de la misma, como si absolutamente todo se jugara en ese momento, más aún, como si, aunque fallaras en ese momento, luego no hubiera posibilidad de reconducir tu camino.

A veces estamos tan imbuidos del deseo de éxito, de la necesidad de la eficiencia y de demostrar lo que valemos que no nos permitimos cometer ningún fallo por el camino. Y, paradójicamente, a veces esta forma de razonar nos lleva a lo contrario de lo que perseguíamos: como no nos permitimos fallar, no nos atrevemos a elegir, por miedo a hacerlo mal. Relativizar es necesario para desatascarnos, continuar caminando de la mejor manera posible y cuando nos encontremos con un bache o un rumbo errado, recomponernos y buscar el rumbo adecuado. En este caso relativizar lo secundario (el fallo o la pérdida de dirección) nos puede ayudar a ver con más claridad lo principal: nuestra capacidad de rehacer nuestra vida y encaminarla hacia la mejor versión de nosotros mismos.

[Dedicado a mis amigas, por su inspiración y sobre todo por poder compartir con ellas todo lo que me importa y preocupa.]

«Líbranos del elitismo»

Cada vez constato más lo mucho que nos atrae a todos el elitismo. Lo paradójico es que, hasta aquellos que se meten con el elitismo de otros, acaban presos de su propio elitismo. Es una tentación que tenemos todos desde que el mundo es mundo.

Quizá os parezca que es un poco exagerado decir que todos somos elitistas a nuestra manera. Igual es porque pensamos en la «élite» como un grupo de personas famosas, exitosas o poderosas, o al menos como un grupo que, de alguna manera, está socialmente «por encima» de los demás. Pero yo pregunto: ¿qué es estar «por encima»? ¿Acaso puede decirse que hay quien está por encima de otro? He aquí el secreto del elitismo: no se trata de un «por encima» determinado, sino de cualquiera de ellos. En cuanto alguien se cree por encima de las demás personas, ya está formando su propia élite.

Quien se siente superior por defender los derechos sociales es tan elitista como quien se siente superior por tener dinero. Entendedme: no estoy haciendo un juicio moral, sino espiritual. Es decir, no se trata de cuál de esas dos cuestiones es más lícita (buscar tener más dinero o buscar el bien social, en este ejemplo), sino de que en ambas subyace el mismo mecanismo espiritual: mirar por encima del hombro a quien no responde a lo que uno ha marcado como requisito para entrar en su élite.

El problema del elitismo, por tanto, no es tanto qué hacemos, sino cómo lo hacemos, pero de manera que en ese «cómo» nos jugamos el «qué». Cuando una persona considera a otra inferior en dignidad, ya ha perdido la razón, por muy valiosa que fuera su causa. Una cosa es hacer un juicio objetivo sobre las acciones o actitudes de las personas y otra muy distinta es considerarlas inferiores en dignidad. Constituirse en élite y juzgar a los que están fuera de ella como inferiores va por la segunda línea. El problema es que muchas veces no somos capaces de distinguir bien entre ambas cosas y olvidamos que juzgar un acto malo no implica juzgar a la persona que lo ha hecho como no válida, porque todos somos válidos y todos somos dignos. En cuanto olvidamos esto, somos capaces de lo más horrible… y debemos tener cuidado, porque se empieza por algo sencillo y se acaba por una atrocidad.

Por eso deberíamos pedir a Dios, además de «líbranos del mal», «líbranos del elitismo»: líbranos de considerarnos superiores a nadie.

[Dedicado a Rober porque es su cumpleaños y por tratarse de un tema que nos preocupa a ambos.]