I.E. #2 ¿Estamos predestinados?

Sigo hoy con las inquietudes existenciales que me mandasteis (como cada 15 días, os recuerdo que dedicaré dos entradas al mes a ellas). La de hoy no es de una persona en concreto, sino de varias, porque es un tema que, en mi opinión, preocupa en general a mucha gente: ¿estamos predestinados o somos realmente libres?

Antes de deciros mi opinión, os dejo un texto muy sugerente de un autor cristiano del siglo III, Orígenes de Alejandría. Ya veréis lo actual que es, a pesar de estar escrito hace más de 1700 años:

«El punto siguiente también está definido por la predicación eclesiástica: toda alma racional está dotada de libre albedrío y de voluntad; y está en lucha con el diablo y sus ángeles, así como las potencias adversas, que se esfuerzan entonces por cargarla de pecados; pero si vivimos correcta y sabiamente, debemos procurar sacudirnos y quedar libres de una carga de esta clase.

De esto se sigue, por tanto, que entendemos que no estamos sometidos a la necesidad y que no somos forzados de todas maneras ni a pesar nuestro a obrar el mal o el bien. Dotados como lo estamos del libre albedrío, algunas potencias nos pueden empujar al mal y otras ayudarnos a obrar nuestra salvación; sin embargo no estamos constreñidos por la necesidad a obrar bien o mal.

Piensan lo contrario los que nos dicen que el curso y los movimientos de las estrellas son la causa de los actos humanos, no sólo de aquellos que no dependen del libre albedrío, sino también de los que están en nuestro poder» (Orígenes, Sobre los principios, Prefacio §5).

Vamos a «traducir» a nuestra mentalidad lo que dijo este teólogo (del que, por cierto, soy bastante fan; ya sabéis que me gusta meter cuñas publicitarias), para ver si nos arroja alguna luz sobre esta inquietud que tenemos.

En primer lugar, dice que somos libres y subraya que esta es la doctrina de la Iglesia (dice que está definido por la predicación eclesiástica). Somos libres incluso aunque haya elementos externos a nosotros que nos puedan empujar hacia el bien o hacia el mal. Entonces se hablaba de ángeles y demonios, potencias benignas o adversas. Nosotros podemos asociar esta idea a muchas cosas que nos influyen: otras personas, circunstancias de la vida, modas, opiniones sociales y un largo etcétera. Algunas de estas realidades nos ayudan a elegir el bien y otras nos lo dificultan. Lo que dice Orígenes es que sí, efectivamente, existen esas influencias, pero que a pesar de ello seguimos siendo libres.

De todo esto nuestro teólogo concluye que no estamos constreñidos por la necesidad, es decir, no estamos obligados a actuar de ninguna manera. Orígenes tampoco es iluso y no pretende que lo que sucede a nuestro alrededor no nos afecte. Lo que dice es que, por más que nos pueda influir, nunca nos puede obligar totalmente. Siempre queda un reducto de libertad (aunque sea la libertad interior) en nosotros.

Quien en tiempos del autor achacaba todo lo que ocurría a los movimientos de los astros equivale a quien hoy pretende que todo lo que sucede ocurre así debido a causas que escapan a nuestra decisión. Orígenes, nuevamente, es hábil: no dice que podamos elegirlo todo, sino que hay cosas que dependen de esas causas externas (por ejemplo: el día y la noche dependen del movimiento de la tierra y no hay nada que podamos hacer para detenerla) y otras que dependen de nuestra voluntad.

Os dejo tres reflexiones que me surgen de todo esto:

1) ¿Por qué, si está tan claro que somos libres, nos vemos muchas veces inclinados a esa idea de destino? Yo creo que nos da seguridad y cierta tranquilidad. Tener verdaderamente parte en los acontecimientos nos obliga a una implicación mayor que si todo está dado de antemano. Si lo que sucede es malo, es descorazonador pensar que no lo puedes cambiar, pero al menos no tienes esa inseguridad que te lleva a pensar «¿y si pudiera haber hecho algo?» Es decir, creer que de verdad eres libre te hace responsable de tu vida, de llevar las riendas… y eso a veces genera más vértigo que dejarse arrastrar por esa idea de que todo es así, y punto.

2) Me parece que también tenemos atracción a la idea de destino porque nos da una especie de «sentido espiritual»: cuando conseguimos algo positivo o cuando interpretamos que algo ha sido providencial en nuestra vida parece que nos ayuda pensar que eso «tenía que ser así». Y es verdad que la providencia actúa en nuestra vida… pero quizá deberíamos repensar esta realidad, porque Dios nunca anula nuestra libertad, sino que la libera de todo lo que la ata y de lo que la hace menos plena. Así que, cuando tenemos esa sensación de que algo «tenía que ser así», para no atentar contra nuestra libertad, deberíamos decir mejor «Dios quería esto, yo también lo he querido, y qué bien que ha sido posible». Por supuesto, estoy simplificando demasiado. Sobre este tema habría que volver. Solo quiero dejaros la idea de que no es incompatible la providencia con la libertad, y que esa sensación de que algo superior ha actuado en nuestra vida no invalida la verdad de que somos libres. Más que nada, porque Dios es amor, y el amor no es posible sin libertad (¡sobre esto también habría que volver! Y volveremos).

3) Por otras de mis entradas en el blog, sabéis que insisto mucho en que debemos aprender a vivir aquellos momentos de nuestra vida en que no podemos cambiar nada. ¿Supone eso que no somos libres? Yo pienso, como Orígenes, que no. Incluso cuando hay condicionantes enormes en nuestra vida, somos libres ante ellos. Por lo menos, somos libres de vivirlos e interpretarlos de una forma u otra. La libertad no es una cosa que tienes o no tienes. La libertad es hacerte a ti misma, a ti mismo, como persona. Y para hacerte, para construirte como persona, tienes que contar con todo lo que te viene dado y no puedes cambiar, pero también tienes un margen de posicionamiento frente a ello. A veces ese margen es exteriormente mayor, pero incluso si no lo es siempre te queda la capacidad interior de darle un sentido u otro, de integrarlo en tu vida y de posicionarte internamente ante ello.

Veis que soy una acérrima defensora de la libertad… insisto en que si no hay libertad no es posible el amor y no seríamos dueños de nuestra vida. Ahora bien, quizá lo que nos dificulta entender todo esto es que tenemos un concepto de libertad como hacer lo que queremos en todo momento y como si nada externo pudiera influirnos para nada. Quizá la libertad es ese arte de construir con todo lo que viene, tanto bueno como malo, y no tanto el poder elegir todo eso que viene.

Seguramente os habrán quedado más preguntas que respuestas… eso es buena señal. Sigue preguntándote e intentando responderte, es un buen ejercicio para crecer, también para crecer en libertad.

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Cuídate siempre, no solo «in extremis»

Hace unas semanas pedí cita con mi fisioterapeuta. Hacía mucho que no iba a tratarme con ella y durante el verano había tenido épocas en las que me molestaban algunas zonas de la espalda y el cuello. Lo curioso es que en los días anteriores a pedir la cita no me dolía nada, por lo que me planteé si ir o no. Al final, decidí ir para empezar el curso con una buena «puesta a punto». Resulta que cuando la fisio me empezó a masajear la espalda, encontró varios puntos en los que había bastante tensión acumulada y hasta me puso ventosas para aliviarla. Después de la sesión me noté mucho más relajada.

Hace un tiempo mi decisión hubiera sido distinta. Habría pensado: «¡Bah, no me duele nada ahora mismo, no voy y así ahorro, ya iré cuando de verdad me duela!» Claro que, cuando «de verdad te duele», cuando te duele mucho, vas y no basta con una sesión por la cantidad de contracturas que tienes. Cuando ya estás mal, hace falta mucho trabajo para conseguir esa «puesta a punto» que deseas.

La primera vez que fui al fisio (por entonces era uno distinto) lleva muchísimo tiempo teniendo molestias en la espalda, pero me acostumbré a vivir así y no lo notaba demasiado. Se hacía más patente en épocas de estrés y al hacer ejercicio: corría encogida, como con los hombros hacia arriba, porque estaba agarrotada. Después de ir (evidentemente, varias veces) noté un cambio bastante grande: corría más estirada, con una postura más cómoda sin necesidad de forzarla y no sentía tantas molestias en la espalda. Volví a caer en la tentación de pasar del tema y aguantar hasta estar mal otra vez, pero de un tiempo a esta parte decidí que ir al fisio me hacía mucho bien como para no aprovecharlo. Tampoco voy todo el tiempo, porque no tengo ningún problema serio que necesite rehabilitación, pero creo que he ido aprendiendo a cuidar mi espalda más a menudo para estar lo mejor posible y no esperar a tener una tensión flipante para ir a tratarme.

Esto que os acabo de contar no os parecerá raro. Al fin y al cabo, hoy somos bastante sensibles con el tema del cuidado de nuestro cuerpo. Pero yo os pregunto: ¿lo somos también con el cuidado de nuestro espíritu, de nuestra psique, de nuestras emociones, de nuestras relaciones? Me parece que tendemos a esperar a estar «in extremis», destrozados o desesperados por algo, para empezar a pensar en que deberíamos cuidarnos. A veces los malestares se van instalando en nuestro interior sin darnos cuenta de que están ahí y un día estallan y nos encontramos fatal. ¿No nos iría mejor cuidándonos siempre, pidiendo ayuda cuando la necesitemos en pequeñas cosas, para sanarnos poco a poco, en vez de esperar la debacle?

Evidentemente hay situaciones en la vida que no podemos prever, que nos quiebran y necesitan un largo proceso de recuperación. En el ejemplo del fisio, sería como la rehabilitación necesaria tras un accidente. Pero hay otros casos en los que el colapso no se debe a algo puntual y externo, sino a que nos hemos descuidado a nosotros mismos. Estos casos se reducen (o al menos se hacen más llevaderos) cuando tenemos la práctica de cuidarnos: ya sea física, psicológica, espiritual, emocional o socialmente. Todas nuestras dimensiones necesitan cuidado. No esperemos a estar «in extremis» para pensar en ello.

I.E. #1: No ir de puntillas por la vida

Quiero abordar hoy esta primera inquietud existencial (I.E.) que me planteó una persona tras la famosa encuesta que os envié. No la formuló como una pregunta, sino como una preocupación: le agobia la sensación de que muchas veces vamos por la vida como de puntillas, como sin vivirla a fondo, sin ahondar en ciertas cosas y añadía que le preocupa especialmente en las relaciones personales.

¿Por qué empezar por esta inquietud? Porque cuando la leí pensé que es de las primeras y más importantes, al menos como paso previo para poder adentrarse en las otras. Es muy difícil plantearse de verdad una pregunta existencial y querer aproximar una respuesta que (al menos en parte) nos convenza si no estamos dispuestos a vivir profundamente. De lo contrario, la respuesta que demos será superficial y antes o después nos dejará insatisfechos. Solo lo que se gesta en la profundidad va a la raíz de nuestro ser y por eso nos puede ayudar a construir un sentido y encontrar un horizonte de plenitud.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no ir de puntillas por la vida? ¿Cómo bajar a la profundidad? No os voy a dar una respuesta concreta (recordad que cada uno tenemos que buscar la nuestra), sino que voy a compartir con vosotros una imagen que esta semana me ha ayudado a pensar este tema: la clásica imagen del iceberg.

Un iceberg es una gran masa de hielo que se encuentra en el mar y de la cual sobresale solo una parte. Nosotros somos parecidos: lo que se percibe a simple vista de nosotros no es más que una pequeña parte de lo que somos. Vivir superficialmente sería como acercarse al iceberg contando solo con su parte visible e ignorando que hay una gran masa debajo del agua. Quizá no ignorándolo del todo, pero en todo caso no queriendo tomar en serio que es así.

Vivir profundamente consiste, en primer lugar, en creer que existe esa parte oculta (que muchas veces es la mayor parte) y que es tan importante o más que la parte que se ve. En segundo lugar, consiste en atreverse a darse el chapuzón para bajar a la parte escondida. No es algo inmediato: hay que estar dispuesto a nadar, a bajar, a aguantar la respiración y soportar el frío. No siempre es una experiencia placentera ni siempre es fácil, pero es necesario familiarizarse con esa parte para dar el siguiente paso: vivir contando con esas profundidades, pues así vivimos mejor que engañándonos y pensando que solo existe el piquito de fuera. Cuando algo colisiona desde lo más hondo del mar, estaremos totalmente perdidos si creemos que solo existe lo que hay fuera, ya que ahí no se ve lo que ha chocado con nosotros en nuestras profundidades.

Me diréis que la imagen solo nos hace conscientes de todo lo que hay en nosotros que no conocemos, pero que no nos dice cómo hacerlo. ¡Cierto! Porque no hay una receta válida tal cual para todos: cada uno somos un mundo. Algunas pistas que a mí me ayudan: 1) Ser crítica contigo misma y sospechar que detrás de cada reacción y planteamiento que haces hay mucha «trastienda». Acabas encontrando muchas cosas que no esperabas: sentimientos, miedos, ilusiones, cosas que das por supuestas sin darte cuenta… 2) Dedicar tiempo a explorar esa parte sumergida; pararte a pensar; escribir (si te ayuda, a mí me ayuda mucho a sacarlo y objetivarlo). 3) Dialogar con los demás, que muchas veces te hacen de espejo y te ayudan a objetivar ciertas cosas. 4) A mí me ayuda mucho rezar, porque Dios es el mejor maestro en esto de descubrirte cosas de ti misma que ni sospechabas. 5) Vivir todo con densidad, presente en lo que estás haciendo y no pendiente de lo que no ha llegado (aunque en esto también hay que pensar, pero en el momento adecuado) e intentando actuar conforme a tus valores y prioridades en la vida y no dejándote llevar.

Hay muchas más cosas. Estas son algunas que a mí me ayudan. Lo fundamental creo que es el cambio de actitud: no iremos de puntillas por la vida cuando seamos conscientes de que lo estamos haciendo, no queramos seguir haciéndolo y pongamos los medios para ello. Eres un iceberg: grande, hermoso, misterioso. No te contentes con un trocito que sobresale. Aprende a bucear para contemplar el resto. Solo desde ahí puedes profundizar en todo lo demás, como por ejemplo en tus relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, los demás también son icebergs. Si no aprendes a sumergirte en ti, difícilmente lo harás de verdad en ellos.

¿Milhojas o palomitas?

Hace unas semanas estaba hablando con mi tía de determinado estado interior que a menudo tenemos todos cuando a ella se le ocurrió la imagen perfecta para describirlo: una máquina de palomitas. ¿A que sabéis a qué estado me refiero, simplemente con esa imagen? Así vamos muchas veces por la vida, con un montón de ideas en la cabeza: «que no se me olvide recoger las botas que le dejé al zapatero», «hay que comprar tomates», «todavía no le he devuelto la llamada a Fulanita», «a ver dónde vamos este año de vacaciones», «qué le digo a Menganito para que olvide la pelea del otro día», «no recuerdo qué día operan a mi madre», «hay que ver lo que hace la gente…» y un largo etcétera. A menudo esas ideas van saltando en nuestra cabeza como las palomitas, mutando a toda velocidad, sin orden ni concierto.

Hasta aquí, todo normal. Lo problemático es que «la máquina de palomitas» amenace con convertirse en nuestro estado permanente y que todo lo queramos resolver así, según hace «pop» en nuestra cabeza. ¿Qué hacer para evitarlo? Preocupada por esta cuestión, otra imagen me vino a la cabeza: un milhojas de frutas del bosque que hice hace unos meses. Era la primera vez que hacía milhojas y, francamente, no me quedó muy bien. Lo bautizamos como el «milhojas rústico», porque no conseguí aplanar bien los hojaldres y se hincharon un montón, de manera que no quedó como el habitual postre delicado y coqueto, sino como una basta superposición de capas. Eso sí, en mi defensa diré que de sabor estaba muy rico.

Resulta que el milhojas vino a mi mente porque se parece más a cómo creo yo que tenemos que hacer con esas ideas que bullen en nuestra cabeza. En primer lugar, ordenarlas: por un lado va la crema, por otro las frutas del bosque y por otro el hojaldre. Cada parte necesita su propio proceso independiente de cocinado antes de integrarse en el conjunto del milhojas. En segundo lugar, distribuirlas adecuadamente y en la proporción justa. No vas a poner un kilo de frutas encima de un hojaldre enano, ni viceversa (es decir, lo que me pasó a mí con esos hojaldres tan enormes). En tercer lugar, dejarlo enfriar en la nevera antes de comértelo.

Con nuestra vida pasa lo mismo: no debería ser constantemente una sucesión de palomitas que saltan en nuestra cabeza. Deberíamos intentar cocinar todos esos ingredientes, primero cada cosa por separado, porque suelen necesitar tratamientos y momentos distintos, y luego ya integrarlo todo de manera ordenada (o, al menos, de la mejor manera posible), respetando la importancia de cada preocupación que tenemos y su mayor o menor valor respecto al resto de preocupaciones. Finalmente, debemos saber también cuándo las cosas deben reposar y enfriarse, para no actuar siempre en caliente, guiados por nuestros impulsos repentinos.

No nos suele salir bien a la primera, como no queda el milhojas perfecto la primera vez que te pones a hacerlo, pero merece la pena cultivar este arte repostero para ir mejorando y viviendo mejor las cosas que llevamos dentro, en vez de dejar que salten ellas solas como y cuando quieran, adueñándose de nuestra cabeza e incitándonos a responder a ellas a tirones, según hacen «pop». En la vida, como en la cocina, hay que tener orden y paciencia.

[Dedicado a mi tía Cristina, la inventora de la metáfora.]

Las cosas que nos preocupan

Hace unos meses mandé un Whatsapp a bastantes de mis contactos pidiéndoles que me dijeran qué preguntas existenciales se hacían o qué inquietudes existenciales tenían (también valían las cosas que les preocuparan o importaran, la pregunta era bastante abierta). Obtuve 36 respuestas, alguna de ellas de gente a la que no conozco y que contestó porque otra persona le envió mi mensaje. Según me iban contestando, fui anotando todas esas inquietudes en un documento de Word y me pareció muy interesante lo que estas personas compartieron conmigo.

Pasado ya algún tiempo, he vuelto a acudir a ese Word para releer las respuestas que me enviaron. Ha sido una experiencia bonita y muy motivadora ahora que comienza el curso y tengo que intensificar mi ritmo de estudio. A veces me da la sensación de que «no hago nada» cuando muchas horas de lectura, estudio, escritura y reflexión personal no parecen llevar a algo concreto o algo nuevo (o, al menos, no inmediatamente). Nuestro mundo va muy rápido y la Teología va despacio. No obstante, este «espejismo» se disipa cuando veo que todos nos seguimos planteando las mismas preguntas que se lleva haciendo la humanidad desde que existe, que nos va la vida en esas preguntas y que precisamente tanto la Filosofía como la Teología no tienen otra motivación que explorarlas e intentar darles respuesta.

La aceleración de vida que llevamos nos induce a pensar que hay que privilegiar lo urgente, lo eficaz, lo que resuelve problemas concretos aquí y ahora… muchas veces a costa de otras cosas que son incluso más importantes. Sin embargo, gracias a las 36 personas que me han contestado, sigo manteniendo la esperanza de que no siempre nos dejamos llevar por la superficialidad y la prisa, sino que seguimos haciéndonos, aunque sea de vez en cuando, las preguntas importantes: cuál es el sentido de nuestra vida y de todo lo que nos rodea, por qué y para qué estamos aquí, cómo vivir la vida para que no pase ella por nosotros sino que seamos nosotros los que la vivamos plenamente, si existen el bien y el mal, si somos libres o el destino está establecido, qué sucede después de la muerte, qué sentido tiene el sufrimiento, quién soy yo y cómo puedo crecer como persona, cómo vivir con coherencia, por qué existe el mal si Dios es bueno, cómo ser felices, cómo afrontar lo que le suceda a nuestros seres queridos… estas y muchas otras recibí después de aquel Whatsapp. Para mí, demuestran que la vida tiene mucho de misterio y que hay muchas cuestiones que nos preocupan que requieren ir más allá de lo que simplemente damos por hecho, es decir, que piden un camino interior.

Como agradecimiento a estas personas, he decidido explorar alguna de sus preguntas en el blog de forma periódica. Durante este curso, dedicaré una entrada cada quince días a los temas que me plantearon. No prometo responder a sus preguntas, porque en realidad cada uno debe respondérselas a sí mismo; pero sí quiero compartir las luces que la Filosofía y la Teología han arrojado sobre mis inquietudes, por si os sirven como ayuda o incentivo para contestar las vuestras propias, para recorrer vuestro propio camino. Ya sabéis lo que pienso: la vida es un peregrinaje y «se hace camino al pensar».