Cómo me estoy cuidando: Ejercicios Espirituales en la vida diaria

Después de la entrada de hace dos semanas sobre lo importante que es cuidarnos siempre y en todas las dimensiones de nuestra vida, un amigo me dijo que le gustaría que escribiese un poco más sobre ello. En concreto, me preguntó cómo podemos cuidar más la dimensión espiritual en el día a día, sin esperar a «urgencias». Estos días lo he estado pensando y la verdad es que me resultaba difícil contestar a esa pregunta. Entonces me planteé: ¿por qué? ¿Por qué sé que es importante cuidarse e intento hacerlo, pero luego no sé explicar bien cómo?

Hace poco me vino la inspiración y se me ocurrió una primera respuesta: porque cada uno necesitamos cuidarnos de una manera distinta. No lo digo para salirme por la tangente (¡de verdad!), sino que realmente creo que es así. Hay personas más inclinadas a la pereza, a la pasividad, que quizá necesitan crecer en el compromiso activo y responsabilizarse de ciertos ámbitos de su vida que tienen más descuidados. Hay otras personas (entre las que me incluyo) que tendemos a la aceleración y el agobio, y necesitamos aprender a frenar y tomarnos la vida con más calma. Hay personas a las que les preocupa demasiado todo y necesitan aprender una cierta y sana indiferencia, y personas tan indiferentes que lo que necesitan es que los demás les importen un poco más. ¿Cómo dar una receta válida para todos, si cada uno necesitamos algo distinto?

Después de pensar esto, se me ocurrió que todos, independientemente de nuestras diversas necesidades, debemos empezar por lo mismo: ser conscientes de que necesitamos cuidarnos, abrir espacios y tiempos en nuestra vida para ello y elegir medios que nos ayuden a hacerlo. Para contestar a mi amigo con algo más que una generalidad, he decidido compartir cómo me estoy cuidando yo este año en el ámbito espiritual (me ciño a este, pero lo mismo habría que plantearse en el psicológico, el físico, etc.). Así le doy una respuesta más concreta, más encarnada, pero sin pretender que es una respuesta válida sin más para todos.

Como algunos sabéis, para cuidarme espiritualmente siempre me ha ayudado mucho rezar. Cuando estoy rezando con calma, en silencio y centrada solo en eso, Dios me ayuda a sosegarme, ver las cosas con perspectiva e ir transformando mi forma de entender la vida y relacionarme con todo lo que me rodea. No suelo recibir «recetas» para solucionar cada situación, sino más bien un crecimiento interior y una experiencia de estar en las manos de Dios que me ayudan a vivir de otra manera.

Pues bien, este año decidí dar un espacio mayor y más constante a la oración a través de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Él pensó estos Ejercicios para un mes entero en el que la persona se dedicaba solo a ellos, pero los jesuitas han diseñado una nueva forma de llevarlos a cabo en la vida diaria que facilita la experiencia a la gente que no puede dedicar todo un mes seguido. Durante aproximadamente un año, cada día te comprometes a rezar una hora, revisar después la oración, revisar el día antes de acostarte e ir a misa (esto último solo si puedes y quieres).

Los Ejercicios son una mediación muy bonita y completa porque aúnan a su vez otras mediaciones. En primer lugar, el acompañamiento interpersonal. Hay una persona que me acompaña los ejercicios. Nos vemos una vez a la semana: yo le cuento cómo me ha ido la semana y él me propone el tema para la semana siguiente, dándome algunas pautas que me pueden guiar en la oración.

En segundo lugar, la experiencia de otros que han vivido antes de nosotros. San Ignacio, basado en su experiencia y lo que conocía de otros, propone temas para rezar, modos de oración y reglas de discernimiento, que son orientaciones para entender tu mundo interno, aprender a detectar de dónde te viene cada sentimiento y cada idea, cómo integrarlo en tu vida, a qué te sientes llamada, etc.

En tercer lugar, la Biblia: todos los ejercicios incluyen lecturas bíblicas que te ayudan a meditar, a dejarte provocar y abrir a lo novedoso, a detectar qué partes de tu vida necesitan más luz, etc.

En cuarto lugar, la vida de la Iglesia, en concreto la eucaristía. No es obligatorio ir a misa para hacer los Ejercicios, pero a mí me está ayudando intentar acudir todos los días a ella, porque inicio el día centrada en mi dimensión espiritual y poniéndolo todo en manos de Dios.

Los Ejercicios te ayudan también a iluminar el resto de dimensiones de tu vida: lo psicológico aflora, porque estás en contacto permanente con tu mundo interior; lo social también, porque traes a la oración todas las personas que te importan y los problemas que tienes con ellas y quieres resolver o aprender a vivir; lo emocional siempre, porque san Ignacio insiste mucho en que te fijes en qué sentimientos experimentas en cada oración; incluso lo físico, porque los Ejercicios requieren un orden vital que te permita mantener el compromiso (con el consiguiente descanso, entre otras cosas) y una observación de cómo estás en cada momento que hace que te sea más fácil detectar cómo te encuentras, también físicamente.

Además, me siento unida a la gente que me importa porque cada día, además de tener presente a toda mi gente, rezo especialmente por una persona. El nombre de esa persona me acompaña desde el principio del día, en la misa, en la oración, a lo largo del día y finalmente en la revisión del día antes de acostarme. Es una forma de que los demás también estén presentes en mi relación con Dios.

Me diréis, «¿por qué hacer todo esto equivale a cuidarte?» Con la siguiente anécdota creo que se verá con claridad. Cuando empecé el curso, tuve la tentación de agobiarme con todos los frentes distintos a los que tenía que atender: nuevas tareas en el trabajo; llevar al día los estudios; nuevas iniciativas que me surgían en el ámbito eclesial; ponerme al día con mis amigos y familia después del verano; las tareas de la casa, etc.

Además, se me empezaron a estropear las cosas: el ordenador de casa no me iba bien, tardaron un montón en recogérmelo y traérmelo, y cuando vino seguía sin funcionar del todo bien; con los ordenadores de la oficina pasó algo parecido y hubo que ponerlos a punto; el móvil empezó a fallarme para leer el correo, por lo que hubo unos días en los que no sabía bien dónde contestar los e-mails ya que todas las máquinas a mi alrededor se estropeaban; el metro y el tren se averiaron varios días seguidos, causando la consiguiente carrera matutina para no llegar tarde; y para colmo otro día se me rompió una sandalia cuando estaba yendo a la Universidad y tuve que volver a casa a cambiarme.

No eran cosas graves, ni mucho menos, pero sumadas a las preocupaciones habituales, al inicio de una nueva rutina en la que te tienes que situar y los problemas que cada uno tenemos y siempre llevamos con nosotros (me refiero a las cosas que sí son más graves o importantes, tanto nuestras como de gente que nos importa), hubo un momento en el que empecé a agobiarme.

¿Sabéis lo que funcionó? Los Ejercicios. Paradójicamente, lo que mejor me cuidó (y me sigue cuidando) fue ese aparente «no hacer nada». Cuando me acelero, la oración me frena. Cuando me empiezo a hacer daño a mí misma y culparme demasiado por tonterías, Dios me hace ver que eso no me hace bien y me devuelve la confianza en mí misma. Cuando las cosas no salen bien con los demás, me enseña a esperar, tener paciencia y encauzar las situaciones de la mejor manera posible, paso a paso. Cuando he pasado algo importante por alto o no he tratado bien a alguien, me ayuda a verlo. Y un largo etcétera.

¿Qué necesitas para cuidarte y cómo hacerlo? Yo no lo sé, cada uno somos un mundo… solo sé que yo sí necesito ese espacio y ese tiempo de parar, ponerme en manos de Dios y estar dispuesta a profundizar en toda mi persona. Hasta el punto de que todos mis agobios y frustraciones se ponen en un segundo lugar cuando simplemente estoy ante el amor de Dios y confiada a él.

Pienso que los Ejercicios pueden ayudar a mucha más gente, igual que a mí, porque están pensados de tal manera que a cada uno lo ayudan desde donde está y hacia donde más necesita. Pero si no es el momento de hacerlos, seguro que hay otros medios por los que te puedes cuidar espiritualmente. Como digo siempre: lo primero es querer hacerlo. Después, poner los medios. Si de verdad quieres cuidarte, busca el modo. Si necesitas ayuda para ello, pídela. Y, sobre todo, ¡no pongas excusas para no hacerlo!

[Dedicado a Luis… por preguntar, je, je.]

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