Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.

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