I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

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