Escándalo navideño

Dime la verdad: cuando has leído «escándalo» te pensabas que la entrada iba a ir sobre el escándalo del consumismo o alguna cosa por el estilo, ¿a que sí? ¡Pues no! El mayor escándalo que, al menos en determinado momento, supuso la Navidad, fue lo que en ella se celebra: que Dios se hizo hombre. Para los filósofos griegos, amantes de lo abstracto y lo incorpóreo, resultaba impensable que Dios se hiciera concreto y material. ¿Cómo entender que el Creador del Universo se hizo ser humano, sometido a los límites del espacio y el tiempo?

Este es uno de los mayores «escándalos» que los cristianos mantenemos. Escándalo, sobre todo, para la razón… Porque si te paras a pensarlo, Dios no se hizo hombre adulto, ya educado y maduro, sino que se hizo niño y tuvo que crecer, como todos nosotros. Estos días en los Ejercicios en la vida diaria me ha tocado contemplar los misterios de la Navidad. Y al imaginar a María con el niño Jesús en brazos, pensaba en lo fuerte que es caer en la cuenta de que ese niño dependiente era Dios. Se hizo uno de nosotros hasta el extremo de no ahorrarse depender de una madre para nacer, alimentarse y crecer… Luego imaginaba a José, el padre adoptivo de Jesús, y me llevaba a caer en la cuenta de que Dios mismo fue adoptado. Asumió estar bajo la potestad de padres humanos mientras era pequeño y crecía.

Además, el «estilo» que caracterizó a este niño fue, desde el principio, la humildad, la pobreza y la sencillez. Tanto por dejarse en nuestras manos, como por haber venido al mundo de una forma tan humilde, sin riqueza ni boato.

Pues bien, esto meditaba estos días a raíz de mis Ejercicios, y también porque en una de mis clases el profesor dijo que la Encarnación era un gran escándalo intelectual para muchos filósofos.

Quiero fijarme en esta Navidad en este escándalo, pero bien entendido: no como algo que es malo, sino como algo que nos descoloca y nos hace repensar la imagen que tenemos de Dios y de la propia vida. Y quizá fijarme en él me lleve a darme cuenta de que también soy dependiente de los demás, también soy pobre y también estoy llamada a una entrega total, como Jesús.

Como digo muchas veces, el centro de la Navidad está en el pesebre. Las luces, los regalos, los encuentros… en suma, todo lo que hacemos, lo celebra, pero no lo sustituye. Al menos para quienes creemos en él. Os deseo una Navidad cristianamente «escandalosa».

[Me tomo tres semanitas de vacaciones blogueras para disfrutar de la familia… ¡y del escándalo, claro! Nos vemos a la vuelta. Felices fiestas a todos.]

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I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

Bohemian Rhapsody

«Is this the real life? Is this just fantasy?
Caught in a landslide, no escape from reality
Open your eyes, look up to the skies and see
I’m just a poor boy, I need no sympathy
Because I’m easy come, easy go, little high, little low
Any way the wind blows doesn’t really matter to me, to me».

Queen, Bohemian Rhapsody

Comienzo la entrada como la semana pasada, con una confesión: cuando me propusieron ir a ver al cine la película Bohemian Rhapsody, sobre la historia del grupo de rock Queen, me dio un poco de pereza al principio. No había visto el tráiler ni había leído nada sobre la película, pero di por hecho que sería tipo documental y con una historia más plana de lo que luego encontré. Pero tuve una sensación de que debía verla, y fui. ¡Y menos mal! La película no tiene desperdicio. Intentaré deciros por qué sin incurrir en excesivos «spoilers» (o, como se diría en castellano, «destripes»… ¡aunque hay que reconocer que el sustantivo queda un poco extraño!). De todas formas, si conocéis la historia de Freddy Mercury y de Queen, tampoco os voy a decir nada que no sepáis. Es verdad que la película, por lo que dicen algunos, no es del todo exacta respecto a lo que realmente ocurrió. Aquí no me detengo en estudiar si lo que aparece fue así o no, sino en destacar un par de aspectos de la historia tal y como la película la cuenta. Es esa historia la que me ha gustado, sea más o menos verídica (en bastantes puntos creo que sí lo es, pero reconozco no ser una experta en el tema).

La película me gustó, en primer lugar, porque me pareció que está bien narrada. No se limitan a mostrarte las batallitas del grupo en su ascenso a la fama, sino que se nota que te quieren contar una historia humana. Y con «humana» me refiero a que lo principal en la historia no es tanto si Queen vende tantos discos o se hace tan famoso (aunque en parte también), sino lo que les ocurre a los personajes, sobre todo al protagonista: qué aprenden de la vida, qué priorizan en ella, cómo valoran a los demás, cómo se descubren a sí mismos…

Hay bastantes temas que aparecen con mayor o menor intensidad y que serían dignos de profundización (por ejemplo, la relación de Mary y Freddy y el descubrimiento de éste de su orientación sexual, un tema muy bien trabajado en la película, para mi gusto; o la relación de Freddy con sus padres), pero si tengo que elegir me quedo con estos dos:

1)      El aprendizaje de que el todo es mayor que la suma de las partes, y que se ve favorecido cuando esas partes son diferentes entre sí. Hacia el final de la película, Freddy se da cuenta de que lo que hacía grande a Queen no era simplemente que él era un genio, sino que formaban un equipo y se potenciaban unos a otros para formar algo mejor. Cuando estaba con gente que no le cuestionaba nada, creció mucho menos como artista.

2)      La importancia de quererse a uno mismo para descubrir la propia identidad y abrirse a una relación sana con los demás. Cuando Freddy hace este proceso personal, recobra la relación con sus amigos de una manera mucho más profunda.

Y no os cuento más, ¡para que veáis la película! Además, con buena banda sonora, eso está garantizado.