El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

Anuncios

Felices = amados

Hace unas semanas estábamos Rober y yo de viaje con dos amigos y un día por la noche nos pusimos filosóficos; nos hacíamos preguntas «profundas» y cada uno daba su respuesta. En una de estas, alguien (creo que fui yo) preguntó qué era para los demás ser feliz. Cada uno dio su respuesta. Cuando me tocó mi turno dije: «para mí ser feliz es saberme amada». Lo dije de sopetón, casi sin pensarlo, pero después le he dado bastantes vueltas y estoy muy convencida de esta definición. Porque cuando me sé amada soy feliz, siento mi vida plena de raíz, a pesar de que haya cosas que vayan mal o sucesos que me pongan triste.

Ayer fue la boda de mi hermana Marcela y mi cuñado Matías. El evangelio que eligieron para la celebración fue el de las bienaventuranzas. A primera vista, puede parecer curioso que elijan un evangelio donde se llama bienaventurados o felices a los pobres, los que lloran, los que quieren justicia, los mansos, los perseguidos… sin embargo, teniendo en mente mi definición de felicidad me pareció un evangelio de lo más coherente para un matrimonio: la felicidad está en el amor que se tienen y que ayer se prometieron para siempre ante todos los que estábamos allí. Y ese amor no se ve menguado por los momentos de tristeza, las injusticias o dificultades de la vida.

Como supongo que os pasaría a quienes también estuvierais en la boda y los conocierais bien, para mí esta reflexión tuvo una hondura especial, puesto que la alegría desbordante que compartimos con ellos ayer no era una alegría ingenua ni mucho menos superficial. Realmente han pasado muchas dificultades de todo tipo y estas en vez de separarlos los han unido más. Han luchado por estar juntos de manera incansable. Por eso verlos celebrar su amor ayer no fue un facilón «felices para siempre» de algunas películas, sino la verdadera alegría de ver que el amor triunfa sobre todos los problemas y dificultades; su «felices para siempre» o «bienaventurados para siempre» fue la promesa de mantener la apuesta que ya vienen haciendo mucho tiempo: quererse contra viento y marea y medir su felicidad en la calidad de su amor y no en las comodidades de su vida.

Gracias, Marce y Matías, por el día tan maravilloso que pasamos ayer con vosotros. Y gracias a todos los que aportasteis vuestro granito de arena para que así fuera.

[A mis lectores habituales: sé que tenía que haber retomado ya vuestras inquietudes existenciales, pero como veis están pasando muchas cosas importantes en mi vida que no podía dejar de compartir. Espero retomarlas pronto.]

Dos gestaciones, dos alumbramientos

Esta Navidad ha sido un momento especial. Cuando escribí la reflexión sobre el «escándalo» navideño no os lo conté todo… parte de darme cuenta del escándalo que la Encarnación de Dios suponía se debió a que lo estoy viviendo en mis propias carnes, porque estoy embarazada. Ser consciente de que una vida depende de mí (ahora mismo, para todo) me hizo darme cuenta de que Dios mismo se hizo dependiente de una madre.

Al volver de las vacaciones me esperaba una semana muy intensa, sin yo saberlo. Este miércoles fue la primera ecografía, la de los tres meses; un momento muy emocionante porque por primera vez ves a tu bebé. Ves cómo se mueve y escuchas su corazón y te entra una sensación de paz y de alegría al mismo tiempo. Al día siguiente recibí la noticia de la publicación de mi primer libro, que ya llevaba tiempo escrito y estaba pasando por los diversos trámites editoriales para su publicación. Enseguida me llegaron algunos ejemplares a casa y lo vi anunciado en las novedades de la web de PPC.

Que estos dos sucesos tuvieran lugar durante la misma semana me hizo relacionarlos espontáneamente, porque tienen bastante en común. Son fruto de dos procesos, de dos «gestaciones», que al final ven la luz: el libro, ahora, con su publicación; el bebé, cuando nazca en julio. Durante la gestación de cada uno ha habido etapas de todo tipo. Con el libro tuve un atasco de inspiración importante que en su momento me frustró mucho, pero del que salí gracias a la ayuda de diversas personas. Con la niña o el niño no lo he vivido con frustración, pero sí he pasado la etapa inicial del embarazo, que tiene sus dificultades (estar más cansada, estar con el cuerpo revuelto y cambiado, los cambios de humor…). Lo bueno es que esta vez he aprendido más rápido a «pactar con mi finitud» y a vivir con agradecimiento la etapa, a pesar de que a veces es difícil adaptarte a vivir más despacio, a otra velocidad, siendo consciente de tus límites más que antes.

La gestación es una maduración… tanto del pensamiento como de una nueva vida. Es un proceso que nace de procesos anteriores (los estudios y la reflexión, en el primer caso, mi matrimonio en el segundo) y que se proyecta en procesos futuros. Lo que vivimos tiene conexión con toda nuestra vida. En estos dos casos lo he visto con mucha claridad.

En cuanto entregas un libro para publicar te empiezas a comer el tarro y a ver que hay cosas que podrías haber mejorado y otras que quizá hoy las dirías de forma distinta… pero tienes que lanzarte en algún momento, porque si no, nunca publicarías nada, vivirías reescribiéndolo todo. Supongo que con la maternidad me pasará algo parecido: es tirarse a la piscina, intentando dar lo mejor de ti, pero habrá momentos en los que pudieras haberlo hecho mejor. Espero que cuando lleguen sea capaz de aprender de ellos.

En ambas «gestaciones» he tenido gente cerca que me ha ayudado y acompañado. No concibo ni el escribir ni el ser madre como algo que me atañe solo a mí. Son realidades que, aunque en primer término me conciernan a mí (bueno, la maternidad también a mi marido y su respectiva paternidad), las vivo como algo social, abierto a los demás, porque recibe de ellos y proyecta hacia ellos.

Seguro que hay más detalles en los que se parece escribir un libro y tener un hijo. De todos modos, hay una diferencia importante: el libro son palabras, en cierto sentido, sin encarnar. Están encarnadas en mi vida, si he sido capaz de escribir realmente lo que creo y de lo que vivo, pero en el libro están inertes. Necesitan un lector que les dé vida, que las encarne en su propia existencia una vez que las lea. Siento que con mi hijo o mi hija no sucede lo mismo: ya es encarnación, ya es amor concretado, llevado a la vida, en este caso, a una nueva vida. Por eso para mí tiene una significación mucho mayor el bebé que el libro. Lo que sea capaz de transmitirle a la niña o al niño será una verdad no solo «dicha», sino «hecha» en la existencia de una persona. ¿No es precioso dar algo así al mundo, escribir en una vida y no solo en un papel?

Os dejo testimonio gráfico del bebé y un link al anuncio del libro (Atraídos por lo humilde) en la web:

Atraídos por lo humildeprimera eco bebé