Aprender a pedir

Las primeras semanas de embarazo, que es cuando peor estás, pero cuando menos se nota físicamente, me daba un poco de corte pedir el sitio en el metro. Un día de hecho aguanté de pie con el metro a rebosar de gente y un mareo que no podía con él (fue una semana con muchas náuseas y las mañanas eran horribles).

Poco después me planteé que es una tontería tener vergüenza de pedir: al fin y al cabo, la gente no va a saber lo que necesitas si no lo dices (sobre todo si no se te nota), y si realmente te encuentras mal ¿por qué no decirlo y aprovechar la generosidad ajena para hacer mejor el viaje? Con todo, no siempre me animaba a hacerlo. Solo cuando me encontraba más floja.

Vino una racha en la que tuve bastante suerte y casi siempre encontraba sitio, o a veces eran trayectos cortos y ya me encontraba mejor, así que no lo necesitaba en exceso.

Últimamente he vuelto a tener náuseas y estar más floja alguna de las mañanas, y ya se me va notando la barriguita. Alguna vez alguien se ha dado cuenta y me ha dejado el sitio directamente, pero la mayoría de las veces lo digo yo directamente. Todas las veces que lo he pedido ha habido alguien (y muchas veces más de una persona) que se ha levantado como un resorte en cuanto se lo he pedido, y normalmente la gente se excusa diciendo que no se nota mucho o que no se había fijado. Yo les pongo buena cara y les digo que es normal, que todavía no se nota mucho, y que por eso lo digo. El otro día dos chicas encantadoras me dijeron que ellas también habían pasado por eso, que les daba corte pedirlo, y que yo hacía muy bien en decirlo directamente porque la gente no tiene por qué saberlo.

Puede parecer una anécdota muy tonta, pero a mí me ha dado bastante que pensar. Decimos muchas veces que estamos en una sociedad egoísta y que nos cuesta mucho dar. Pero creo que nos cuesta mucho, acaso más, pedir, quizá porque tenemos instalado el chip de que tenemos que poder con todo y ser autosuficientes.

Por supuesto que lo suyo sería que la gente se levantara sin que nadie tuviera que pedirlo; que todos estuviésemos más pendientes del prójimo y de sus necesidades. Pero siendo realistas, no siempre se notan esas necesidades. Por eso ayudamos al prójimo a ayudarnos si en vez de empezar a poner caras y resoplar decimos directamente con educación lo que necesitamos. Yo últimamente lo digo todos los días, y la verdad es que siempre me he encontrado gente amable y dispuesta a ayudar.

Tendríamos que aprender a pedir sin tanta vergüenza (¡claro está, sin echarle morro tampoco!), cuando de verdad lo necesitamos. También es una forma de dar visibilidad a las necesidades y crear conciencia en la gente, que muchas veces está dispuesta pero no siempre sabe que esas necesidades existen.

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