I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.

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I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

Mujeres, hombres «y viceversa»

No me matéis, sé que este título no me pega mucho, pero seguro que gracias a él alguien ha entrado por pura curiosidad, je, je. Además, me va que ni pintado para la entrada de hoy. Quedaos con la literalidad del título y no con su posible referencia a ese programa del que algunos nos preguntamos por qué ha existido.

Siendo esta semana el día de la mujer, no podía dejar de reflexionar sobre algo relacionado con ello en el post de hoy. Me voy a centrar sobre todo en la cuestión «mujeres, hombres y viceversa» en la Iglesia, pero creo que algunas cosas son extrapolables a la sociedad en general.

Resulta que este 8M leí una entrevista que le hicieron a una profesora mía de Teología en la que afirmaba que antes que un sínodo sobre la mujer cree que en la Iglesia haría falta un sínodo sobre los varones. La afirmación me dejó perpleja, porque nunca se me había ocurrido, pero lo cierto es que tenía todo el sentido del mundo. Ella se preguntaba hasta qué punto era deseable un sínodo principalmente masculino en el que se tratara sobre el papel de las mujeres en la Iglesia sin que los hombres de dicho sínodo hubieran reflexionado antes sobre su propio papel como varones en ella, sobre cómo ejercen su liderazgo cuando lo tienen, de qué manera se relacionan, cómo trabajan y desde qué sensibilidad han ido asignando determinadas tareas que les parecían mejores para las mujeres. Concluía que «sería más necesario un Sínodo sobre el papel del varón en la Iglesia que hiciera posible un cuestionamiento sobre lo que nunca se cuestiona, un discernimiento sobre estructuras indiscutibles, sobre modos de relación, sobre espacios y tareas asignados o prohibidos para nosotras, etc.» (Nurya Martínez-Gayol aci, entrevista en Ecclesia, no sé el número de la revista, perdonad).

Creo que esta reflexión da en la línea de flotación del problema. Porque no parece tener mucho sentido tratar la «cuestión de la mujer en la Iglesia» como si fuera un caso particular dentro de ella, cuando más bien somos la mitad (o más) de los miembros de la Iglesia. Ni parece tener mucho sentido que la cuestión de los roles que unos y otras tenemos se determinen sin un diálogo mutuo en el que cada uno analice primero cómo vive su propio rol, su propia identidad de género, su propia sensibilidad… y desde dónde se está relacionando con quien es diferente. Y este es un camino bidireccional, de ahí el «viceversa» que os ponía al principio: no se trata sólo de qué piensa la Iglesia sobre la mujer, sino de ser capaces de revisarse cada uno (y cada una, evidentemente) y avanzar hacia una mayor igualdad desde el diálogo mutuo.

Os contaré una anécdota en la que he sentido que ese diálogo sí se daba. No es un ejemplo eclesial, sino de la vida cotidiana. Tengo la suerte de estar rodeada de bastantes varones (tanto familiares como amigos) con sensibilidad hacia la igualdad, que siempre me han tratado con respeto y de los que nunca he oído un comentario machista. Con algunos de ellos he comentado últimamente algunos de los malestares del embarazo y alguna vez, medio en broma medio en serio, les decía que no lo entendían porque ellos nunca iban a pasar por lo que todo ello implicaba. La respuesta ha sido en todos los casos que les daba envidia no poder vivir esa experiencia. No me lo decían para nada con la intención de quitar hierro a mi cansancio o malestar de ese día (de hecho, los hombres que me dijeron esto en concreto son bastante comprensivos con lo que estoy viviendo), sino de poner en valor la experiencia que tengo la suerte de poder vivir. Me lo decían con cariño, pero en serio: saben que la maternidad comporta sacrificios a nivel personal (y nunca los infravaloran), pero al mismo tiempo perciben que es una experiencia preciosa que sienten no poder vivir (aunque lo asumen bien, no desde la rabia). Este comentario me ha ayudado a darme cuenta de que, igual que no me gusta que algunos (o bastantes) hombres saquen conclusiones precipitadas sobre lo que vivimos las mujeres, tampoco nosotras debemos pensar que todos ellos sienten y viven lo mismo.

¿No se trataría de eso, precisamente, también en la Iglesia? Saber cuáles son las diferencias entre nosotros, acogerlas con respeto, saber valorarlas como algo positivo que el otro (o la otra) me ofrece a mí que no vivo eso exactamente y tener la capacidad de dialogar para llegar al entendimiento mutuo. Si no lo hacemos así, corremos el peligro de dar por hecho que nuestra manera de interpretar las cosas (y en concreto el papel de otras personas) es el único válido. Se trata de un trabajo de todas y todos, de cada una y cada uno, como sociedad y también como Iglesia. Sin profundizar en nuestra identidad, nuestros valores, nuestra sensibilidad… en suma, sin pararnos a analizar cómo y desde dónde miramos a los demás y sin ser conscientes de que ellos tienen su propia mirada, difícilmente vamos a ser capaces de entrar en un diálogo profundo. Espero y confío que sigamos dando pasos socialmente y que en la Iglesia los demos también.

[Agradecimiento especial a Nurya por la inspiración y a mis familiares y amigos que me han dado que pensar con el tema del embarazo.]

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?