I.E. #11: ¿Hay una crisis económica y educativa o una crisis de la persona?

Disculpad que haya descuidado un poco el blog últimamente, he estado algo liada. Retomo hoy vuestras preguntas existenciales con esta inquietud sobre la crisis actual. La persona que me la mandó la ponía en relación con la Universidad, preguntándose si su finalidad es diseñar buenos formadores o bien generar máquinas de producir libros y artículos académicos. En el fondo, esa pregunta nos sirve para todo hoy: ¿estamos en una crisis concreta o en una crisis más general, una crisis de la persona?

Me inclino más bien por la segunda opción: se trata de una crisis de la persona, una crisis general que lo impregna todo y por eso la vemos ejemplarizada cada uno en nuestro entorno más inmediato. “Crisis” no tiene por qué significar directamente “hecatombe” (aunque en algunos casos sí lo sea), sino, más en general, “cambio”. Cuando entramos en crisis suele ser porque algo ha cambiado y no nos hemos adaptado a ello. Necesitamos, entonces, resituar nuestra vida, y ese proceso suele costar bastante trabajo.

Quizá lo que ocurre hoy es precisamente eso: más allá de las situaciones difíciles y malas que está viviendo la humanidad, que las hay, lo que desde luego nos está ocurriendo es que todo ha cambiado con mucha rapidez y no hemos hecho todo el proceso necesario para adaptarnos críticamente a ello. Nos hemos dejado llevar por el avance técnico, por los cambios sociales, por las nuevas posibilidades abiertas para la humanidad, y hemos adaptado nuestros valores a todo ello, sin haber profundizado en cómo vivirlo adecuadamente para no perder el norte.

Así, me parece que lo que nos falta es ese horizonte, ese “norte” que nos guíe. Tenemos muchos valores positivos, pero a veces falta algo que les dé unidad y coherencia y que nos permita jerarquizarlos.

En el ejemplo que decía esta persona de la Universidad, sucede también esto: como ahora nuestra investigación puede tener un impacto mayor que antes y llegar más rápido a todos los lugares, y como valoramos la eficiencia en otros ámbitos, asumimos a veces acríticamente esa necesidad de impacto y de eficacia y acabamos generando un sistema que nos sumerge en una vorágine de publicaciones y de criterios un poco “tiquismiquis”, que ponen más el foco en cuestiones burocráticas que en la calidad de la investigación. En teoría todo esto surgió para asegurar dicha calidad, pero en la práctica a veces desvía de ello.

Lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida: valoramos la tecnología, pero en vez de utilizarla sabiamente acabamos siendo esclavos de ella. Valoramos hacer bien nuestro trabajo, pero a veces nos lleva al extremo de descuidar la relación con la gente que queremos. Valoramos nuestros ideales y luchamos por ellos, pero a veces no nos detenemos a pensar que hay más ideales y que hay que ponerlos en diálogo, o que hay que saber priorizar qué cosas son más importantes. Valoramos el cariño a nuestros hijos, pero se nos olvida que también hay que educarlos y eso pasa por poner límites…

Quizá hay una crisis de la persona porque nos hemos ido sumando a muchas cosas sin habernos hecho cada uno como personas. Nos falta solidez, nos falta criterio, nos falta horizonte. No siempre, claro está, pero muchas veces sí. Y desde luego eso es a lo que se nos aboca, porque la sociedad funciona de tal manera que nos empuja en esta dirección: a ser “líquidos”, en vez de sólidos.

Está fenomenal afrontar los cambios y hacerlos nuestros, pero con criterio. Hoy dejo más preguntas que respuestas, pero quizá ese criterio pasa por preguntarnos con más seriedad adónde vamos con todo esto… adónde vamos con las publicaciones, en el caso universitario, si realmente a mejorar a las personas y contribuir a su crecimiento o a sumar títulos a nuestro CV; adónde vamos con nuestro trabajo, si a generar solo dinero o a contribuir a mejorar la sociedad; adónde vamos con todo lo que tenemos y lo que queremos tener… si es para contribuir al enriquecimiento de nuestra vida o si a veces nos distrae de lo que es esencial.

Hoy, que es día de elecciones, espero que tanto nosotros como nuestros políticos nos hayamos preguntado adónde estamos yendo y adónde queremos ir en realidad. La crisis empieza por no tenerlo claro… o, mucho peor, poner tener claro un supuesto “adónde” que no es el idóneo, y así nos acaba yendo.

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Plantar un árbol para celebrar el cumpleaños

Me gusta cumplir años. No solo porque es una buena «excusa» para juntarte con tu familia y amigos a celebrarlo y de paso ponerte al día con ellos, sino también porque celebrar un año más en el que ha habido tanto por lo que dar gracias es motivo de alegría.

A veces la gente se deprime un poco con las nuevas cifras que va alcanzando. Como si fuera mala señal ser mayor, como si nos restara algo… Yo reconozco que a mí siempre me han gustado los años que he cumplido, porque van significando nuevos hitos en el camino y muchas cosas buenas que van llegando y están por llegar. Claro que también acumulamos errores y problemas con el paso del tiempo… pero quiero pensar que tienen menos peso que todo lo bueno, y siempre podemos vivirlos de manera que nos enseñen a crecer. Cuantos más años tienes sabes más sobre la vida y es más probable que hayas aprendido a bandearte mejor en ella. Por tanto, es más fácil que estés más a gusto contigo mismo.

El otro día unos amigos me regalaron un olivito por el cumpleaños para que cumpla la promesa de plantar un árbol este año (así ya completo el proverbio ese de que a lo largo de la vida hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol). Me hizo mucha ilusión porque fue un puntazo, pero también por lo que simbolizaba: el árbol comienza siendo pequeñito y va creciendo, como nosotros, haciéndose más recio y dando más fruto con el paso de los años. Quiero pensar que así nos sucede a nosotros, y que si vivimos la vida a fondo cada año hemos crecido un poco más, estamos más a gusto con nosotros mismos y estaremos agradecidos de poder celebrarlo.

Cuando plante mi olivo lo podré ir observando crecer y dar fruto y será una buena manera de ver por fuera lo que espero que me suceda a mí por dentro: no dejar de crecer, no dejar de agradecer y no dejar de dar fruto.

[A Isa, Miguel y Alberto por el regalo tan inspirador].