Lágrimas

«Un hombre o una generación que no son capaces de humor y de lágrimas se han cercenado algo esencial» (Olegario González de Cardedal, Sobre la muerte, Sígueme, Salamanca, 2012, p. 34).

«Toda lágrima es una confesión de los pecados y aceptación de los límites a la vez que una implícita oración. Todo hombre que llora está de hecho invocando a quien le pueda ayudar, suplicando consuelo, expresando amor. Por tanto, las lágrimas no son un signo de debilidad sino de grandeza; de aquella humana grandeza que es reconocimiento de la finitud y del pecado. Son cariño a la realidad y caricia a la persona desaparecida, adiós agradecido y voluntad de reencuentro. […] Todo el que ama llora por sí y con el amado. Y mientras haya dolor y muerte, llorarán los hombres y llorará Dios con ellos» (ibíd., p. 35).

«Llorar es derramar el alma ante Dios. Quejarse bajo su mirada es otra forma de amor […]. El ahogo es falta de vida o falta de aire. Por ello el des-ahogo supremo lo encuentra el hombre cuando recobra el aire y la vida en unión con aquel que por ser la vida le otorga el aliento que le hace vivir: Dios» (ibíd., p. 37).

«Las lágrimas son el mejor exponente de que en Jesús Dios es verdaderamente “Enmanuel”, un Dios con los hombres. “Las lágrimas que Jesús lloró sobre Jerusalén, nos revelan el más profundo misterio de su persona. Quien no aparta sus ojos de Jesús que llora, ese y sólo ese ve el corazón de Dios todopoderoso… ¡No nos avergoncemos de las lágrimas de Jesucristo! Ellas nos revelan el más profundo misterio del poder de Dios. Quien llora revela que es vulnerable. El poder de Dios es vulnerable tanto como lo es su amor”» (ibíd., p. 38, cita de E. Jüngel).

«Las lágrimas de penitencia, las lágrimas de agradecimiento, las lágrimas de dolor, las lágrimas de esperanza han sido siempre en la historia de la espiritualidad cristiana reconocidas como un don de Dios. Llorar es lo que el hombre todavía puede hacer, cuando ya ha agotado todos los demás recursos activos. Entonces pone a prueba las entrañas del Dios, que ha prometido que nunca olvidaría al hombre, porque su corazón es más maternal que el de la propia madre para con el hijo que ha engendrado. “Sion decía: ‘Yahvé me ha abandonado y mi Señor se ha olvidado de mí’. ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15). “Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (Is 66,13). “Con un amor eterno te he amado, con pasión y con-pasión, dice Yahvé tu Redentor” (Is 54,8).

Llorar nada tiene que ver con la edad sino con un corazón no endurecido. No está en relación con la cultura, la palabra o la riqueza que se tiene, sino con un alma capaz de expresarse ante el prójimo y ante Dios en la debilidad suprema. Llorar no se opone a la virilidad sino a la cobardía y al endurecimiento. Quien llora dice su amor desde todas las posibilidades expresivas del ser. Posibilidades somáticas, psíquicas y pneumáticas. Por eso, los espirituales han distinguido tres clases de lágrimas: del cuerpo, del alma y del espíritu» (ibíd., pp. 45-46).

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La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

Alegría de Pascua: alegría «gestante»

Cuando me quedé embarazada mis amigas me preguntaron cómo me sentía y si la noticia me había dado «un subidón». Me resultaba un poco difícil explicarles mis sentimientos. Claramente, no era un subidón, pero quería transmitirles que, a pesar de eso, sí era una alegría muy honda, de hecho, más honda que la alegría de los subidones.

El propio proceso de gestación se parece a la alegría que yo he ido sintiendo por tener a mi hijo dentro de mí: primero, sorpresa ante el milagro de la vida, preguntas abiertas, interés por profundizar en lo que me iba a pasar… como ese cogollito de células, aún pequeño, con muchas posibilidades por delante. Después, un crecimiento constante, no solo en tamaño, sino en madurez. La alegría más sorprendida y espontánea del principio (no exenta de algunos miedos) va dando paso a una alegría sosegada, paciente, esperanzada. Ahora, cuanto más avanza la gestación, mi alegría se hace más profunda, más consciente, más querida, porque llevo más tiempo con mi hijo dentro y en ese tiempo lo he ido queriendo cada vez un poco más. Imagino que cuando nazca habrá un salto cualitativo, porque por fin lo podré ver cara a cara.

La semana pasada, que fue la Semana de Pascua, pensé que la alegría pascual se parece a esta alegría «gestante»: no es como la montaña rusa, que crece en expectación y luego cae en picado tras el momento álgido. Es, más bien, como la semilla que va creciendo hasta que da fruto. Es como mi hijo creciendo dentro de mí y como la alegría que yo siento por ello. No es una explosión momentánea, es un proceso en el que cada vez hay más alegría, pero también cada vez es más profunda y consciente de todo lo que aún no se ha visto tocado por ella. Celebramos que Cristo ha resucitado, pero aún queda mucho por hacer en nuestro mundo para construir el Reino. La vivencia de la resurrección, si la vivimos en serio, puede ser cada vez mayor, puede ir creciendo y ahondándose, pero poniéndonos en compromiso con ella, no limitándonos a levantar las manos en el carrusel esperando a que vuelva a caer.

A raíz de estas reflexiones me pregunto si no estaremos haciendo mal al valorar todas nuestras alegrías desde el paradigma de la montaña rusa: buscamos los mayores momentos de subidón, sin darnos cuenta de que duran un instante y enseguida se desvanecen. ¿No sería mejor buscar esta otra alegría, la alegría pascual o «gestante», más tranquila, más progresiva, pero que no deja de crecer ni se desvanece cuando vienen circunstancias adversas? La alegría del amor es así: también se alimenta de momentos, pero no son lo único ni lo principal. Crece porque hay una entrega mantenida, esperanzada y amante. Imagino que así será la alegría de ser madre.