El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

4 comentarios en “El valor de nuestra palabra

    • Sería… ¡lo suyo! Jajaja. Esperemos que como sociedad crezcamos un poco en este asunto… creo que lo que ocurre en la política en el fondo refleja la sociedad que tenemos, ni más ni menos.

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  1. Le damos el mismo valor a las relaciones que le damos a las cosas que compramos.. vivimos un momento en que todo es relativo y en el que nos han enseñado que tenemos derecho a ser felices y, por lo tanto, nuestra felicidad se encuentra por encima del resto..

    Ya no tenemos ni deudas morales ni remordimientos… y si aplicamos eso a nuestras vidas, a los negocios, a la política.. el resultado es desolador, claro.

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    • Perdona por tardar tanto en contestarte, ha sido una semana de locos! Estoy de acuerdo contigo, pero iría más allá incluso: el problema es que nos hemos creído que ese “derecho a ser felices” se consigue pasando por encima de los demás… cuando sucede precisamente al revés: solo cuando somos capaces de renunciar a la apetencia inmediata para construir un compromiso es cuando las relaciones crecen y cuando, a la larga, nos reportan mayor felicidad. Al menos esta es mi experiencia y creo que como sociedad estamos un poco “despistados” en el tema de la felicidad… no siempre, pero a menudo sí.
      Gracias por el comentario! Un abrazo

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