Lo bueno se hace esperar

Si habéis seguido el blog durante los últimos meses sabréis que he llevado el embarazo con bastante calma. El fin de curso en el Máster y el curro fue intenso, pero también lo manejé con bastante tranquilidad, sin prisa, pero sin pausa. Sin embargo, cuando el embarazo va llegando a su fin y cada vez tienes menos “cosas” que hacer (menos responsabilidades, menos entregas con plazo, etc.) es difícil no dar rienda suelta al nerviosismo y al deseo de que el bebé nazca ya. En mi caso, ese “nerviosismo” ha durado poco, y la “obsesión” por que nazca el bebé solo me ha invadido durante unos pocos días. Esa vivencia, aunque breve, me ha hecho reflexionar.

Primero os pongo en situación para que entendáis por qué se quebró un poco la “calma chicha” del embarazo. Después de un curso con trabajo, estudio (último año de máster, por tanto, incluyendo la escritura y defensa de la tesina), charlas de pastoral, Ejercicios Espirituales en la vida diaria y alguna que otra cosilla más, haber ido cerrando todos esos proyectos me ha dejado bastante tiempo libre. He estado más de un mes tranquila y activa, entre acabar de cerrar cosas en el trabajo, ponerme al día con mis propios papeleos y burocracias que tenía pendientes, dejar listo lo necesario para la venida del bebé, aprovechar para ordenar papeles y hacer recados varios, ver a gente que hacía tiempo que no veía… pero ya los últimos días iba teniendo cada vez menos cosas que hacer, o al menos las que se me ocurría que podían venir bien no siempre me apetecían por el cansancio físico y los dolores en la pelvis al hacer ciertos movimientos, amén del calorazo que ha estado haciendo desde finales de junio.

Además, se sumaba que todo el mundo está super pendiente de mí y del bebé. Es algo que desde el principio he agradecido mucho, porque es una suerte tener tanta gente buena alrededor preocupada por ti y que se ilusiona con tus propias ilusiones. No obstante, sin querer muchos han ido proyectando en mí sus propias “ansias” y deseos de que Miguel nazca pronto. Yo lo llevaba bien y les decía que nacerá cuando tenga que nacer, sin hacerme mayor problema. Pero claro, llega un punto en el que no eres del todo impermeable a lo que los demás dicen, sumando a ello tu propio cansancio, los dolores y el deseo de conocer ya a tu hijo. Por eso hace unos días empecé a obsesionarme un poco más con el momento en que nacería, me observaba mucho más físicamente (por ejemplo, si notaba contracciones, aunque no fueran dolorosas aún, las contaba y me obsesionaba con si serían ya el preludio de parto).

Hace un par de días me di cuenta de que estaba equivocándome con mi manera de vivir la espera. ¿Qué sentido tenía estar ahora obsesionada con que naciera mi pequeño, después de haber mantenido la paciencia y la calma durante tantos meses? Y sobre todo… ¿qué se escondía detrás de esa obsesión? Por un lado, un deseo positivo, que es conocerlo y que tiene todo el sentido del mundo. Pero eso, antes o después, va a acontecer de todos modos. ¿Por qué las prisas? Pues, en el fondo, por motivaciones que no son las que tenían que ser: por evitarme la pesadez del final del embarazo, por responder a los deseos de los demás, que cada día me mostraban más impaciencia porque naciera ya, por tener qué hacer y no sentirme “inútil” por estar tan parada por el cansancio…

Decidí cambiar de actitud, porque esa no me estaba ayudando. Decidí centrarme en las actividades que podía hacer y disfrutar, y no en aquellas que me resultaban demasiado pesadas. Por ejemplo, he retomado varias lecturas de ocio que tenía pendientes para las que no había tenido tiempo durante el curso; he intentado ir más a caminar, pero a horas algo menos calurosas; he hecho alguna salida más de ocio con mi marido… así no tenía la cabeza permanentemente en el “¿nacerá ya?”, aunque inevitablemente alguna vez te sigue viniendo ese pensamiento a la cabeza.

Mi conclusión de todo esto es que somos demasiado impacientes. Es cierto que es totalmente lógico que queramos que llegue algo bueno. Por eso tiene sentido que todos estemos tan excitados con la llegada del bebé (digo “todos” porque incluyo a familia y amigos). Sin embargo, a veces centrarnos tanto en lo que ha de llegar y en cuándo lo queremos nos impide vivir bien el momento presente. Claro que voy a seguir pensando en mi hijo y en las ganas que tengo de que nazca, pero flaco favor me hago si en vez de aprovechar estos días para disfrutar de las actividades que aún me es posible realizar estoy todo el día “rallándome el coco” porque no viene. Aprender a esperar, además, te enseña a ser más gratuito, a no pretender que todo sea como y cuando tú quieres, sino estar abierto a que hay dones que vienen cuando menos lo esperas. Me alegro de haberlo recordado justo antes del final de este proceso. Espero que me ayude a vivir mejor el tramo final.

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Cersei vs. Daenerys: extremos que se acaban tocando

*Advertencia: esta entrada contiene spoilers del final de la serie Juego de Tronos.

Desde el principio de la serie Juego de Tronos Cersei Lannister es un personaje que cae mal. Para muchos, es un gran personaje, porque está muy bien caracterizado, pero no quita que nos ponga de los nervios lo “tirana” que es. A lo largo de la serie se va viendo cómo cada vez es más maquiavélica y está dispuesta a todo con tal de salirse con la suya. No piensa más que en sí misma, en conservar el poder, y, como mucho, en sus hijos y en su hermano-amante Jaime (más en los primeros que en el segundo). Desde luego, aquellos para quienes se supone que gobierna no son nunca su prioridad.

Daenerys Targaryen, por el contrario, desde el principio cae bastante bien. Nos compadecemos al ver las manipulaciones de su hermano Viserys, que la “vende” a cambio del apoyo de los Dothraki para conseguir el trono de hierro y lo que sufre al principio al verse forzada al matrimonio con Khal Drogo. Nos gusta su evolución, consiguiendo que su esposo deje de tratarla con tosquedad y, es más, consiguiendo que lo que era un matrimonio concertado acabe siendo satisfactorio para ambos. A lo largo de la serie, Daenerys va ganando confianza en sí misma, carisma y fuerza, a base de soportar los golpes de la vida y salir fortalecida de ellos. También atrae el hecho de que quiera gobernar de otra manera, liberando a los esclavos y los oprimidos y rompiendo con la “rueda”, como ella la llama, de quienes gobiernan despóticamente.

Quizá por todo esto decepciona la evolución del personaje al final de la serie: no está dispuesta a compartir el trono de hierro (ni siquiera con Jon, a quien quiere, que la quiere y que sería el legítimo heredero) y acaba calcinando Desembarco del Rey (King’s Landing, en el original) sin ninguna necesidad. Sin embargo, creo que esta evolución no es del todo absurda (en el sentido de que había indicios que apuntaban a que podía acabar así) y muestra el otro extremo al que puede llegarse: querer lo mejor para los demás (al menos en teoría), pero vincular tanto esta causa a uno mismo sin apertura al diálogo ni sopesar lo que es aceptable y lo que no, que se acaba cometiendo atrocidades en nombre de esta causa.

Daenerys habla de misericordia, pero castiga severamente a quienes considera culpables (¿es, entonces, misericordia?), y esto desde el principio de la serie, no solo al final. Habla de romper la “rueda” de los que gobiernan despóticamente, pero en realidad actúa como una déspota cuando desoye las opiniones de sus consejeros y quema toda la ciudad montada en su dragón… cuando la ciudad ya se había rendido y no había necesidad para ello. Justifica la muerte de los inocentes diciendo que Cersei no le había dejado opción, pero en realidad podía haber tomado la ciudad sin tantas muertes y, en todo caso, ¿no es utilizar así la violencia seguir precisamente en esa rueda que quería romper? Finalmente, dice que lo que quiere es cambiar el mundo, pero cuando no está dispuesta a compartir el trono de hierro con el personaje más noble de la serie (Jon Snow), que actúa siempre por el bien de los demás, sino que lo ve como una amenaza, se está retratando: ¿quiere realmente un mundo mejor o lo que quiere es ser ella la que haga esos cambios, es decir, hacer las cosas a su manera y tener ella el poder? ¿Qué está en el centro, entonces, el mundo mejor, o ella misma?

La comparación de estos dos personajes me ha retrotraído a las clases de Historia contemporánea que tuve durante la carrera de Filosofía. Recuerdo que, al explicarnos el nazismo y el comunismo, yo me mostré asombrada de la cantidad de cosas en las que, desde ideologías supuestamente contrarias, coincidían ambos extremismos. Mi profesora me dijo que es que los extremos se acaban tocando. Y tiene razón: el radicalismo consiste en ponerse a uno mismo por encima de los demás, en estar totalmente cerrado a otras ideas y el querer defender las propias con tanto ahínco que se consienten medios ilegítimos. Por eso, ya quieras tu bien propio o el bien de los demás, si caes en esta espiral, acabas haciendo atrocidades: tanto Cersei como Daenerys las cometieron. Los valores de la segunda eran más nobles que los de la primera, de acuerdo, pero… ¿no acabó presa de la misma “rueda” de rabia y destrucción que la otra? Pensemos un poquito no solo en nuestros fines y valores, sino también en nuestros medios y en si estamos dispuestos a ceder en algo al dialogar con los demás o si somos la única referencia que admitimos. Eso en mi pueblo se llama soberbia, y lleva por mal camino.

Juego de Tronos

Aunque el “fenómeno Juego de Tronos” lleva años estando ahí, reconozco que nunca me había interesado por esta serie (ni por los libros que la inspiraron). De hecho, tenía bastantes prejuicios hacia ella, pues me habían dicho que era muy violenta, obscena y explícita en varios sentidos.

Sin embargo, este año me animé a verla por tener algo que ver con mi marido por las noches y desconectar un poco del ajetreo del día. Al principio no me enganchó del tirón, aunque tampoco la repelí. Veía los capítulos haciendo otras cosas, como colorear mandalas (muy relajante, por cierto), y por eso no siempre estaba del todo atenta y tenía que preguntar algunas cosas después. Con el tiempo la serie me fue enganchando, sobre todo las últimas temporadas (quizá porque ya tenía más tiempo para verla y avanzaba más rápido, y también porque cuanto más se acerca el final más expectación tienes por saber qué ocurre).

Como veis, no he vivido el fenómeno fan que ha despertado la serie como los demás. No he esperado ansiosa año tras año a que saliera una nueva temporada ni he tenido tiempo de “rallarme” con teorías sobre lo que pasaría, ya que la he visto más o menos del tirón, en pocos meses, y cuando ya toda la serie estaba rodada (la última temporada es reciente, pero cuando llegué a ella ya había salido). Por eso quizá mi perspectiva es algo diferente. Sin embargo, como al final sí me “vicié” un poco porque quería saber cómo acababa, he podido observar en mí misma qué me atraía de la serie y eso me ha ayudado a pensar por qué habría tenido tanto éxito con otras personas.

Podríamos analizar muchos elementos distintos, y seguramente dedicaré otras entradas a algunos de ellos. Hoy me quedo con la lectura general. La serie te capta porque es una buena historia, con una trama más o menos compleja en la que intervienen muchos personajes y que evoluciona constantemente, a veces con saltos inesperados. Además, los personajes presentan su propia evolución, que es interesante de observar. Juego de Tronos ha sabido volcar estas cualidades de una buena historia en el formato “serie”, que es tan popular hoy, además con buenos medios: buenos efectos, buen vestuario, buenos escenarios, buen reparto, etc.

Sin embargo, no han faltado buenas historias, como esta y mejores, en la historia de la literatura. Por ejemplo, El Señor de los Anillos es también una historia fantástica, con muchos y variados personajes, con una trama general que a su vez englobaba las diversas historias y misiones de los personajes, etc. Y yo personalmente diría que El Señor de los Anillos es mejor que Juego de Tronos. Si esta ha tenido tanto éxito es porque se nos ha dado en un formato y con una calidad que hoy “venden”.

También hay otras razones. Entre ellas, he escuchado a bastante gente señalar que le gustaba la serie por ser menos “idealista” que otras narrativas, por presentar la vida “en su crudeza” y todos los personajes con sus grises y luchas internas, sin caer en el prototipo del héroe perfecto contra el “malo malísimo”. En este sentido, creo que en parte es cierto, pero a mí me parece que la serie, sobre todo al principio, peca de un pesimismo antropológico excesivo. Una cosa es que se presente la vida en su crudeza y en su complejidad, y otra muy distinta mirar la realidad ya con esa presuposición de que todo el mundo es egoísta y de que los buenos salen perdiendo en un mundo gobernado por los malos.

La realidad, evidentemente, tiene cosas buenas y malas. Las personas también. Igual de poco realista es verlo todo en positivo como verlo todo en negativo. Juego de Tronos tampoco pretende mostrar una realidad del todo negativa, pero mi impresión es que el comienzo es bastante pesimista en cuanto a la visión del ser humano y que después la propia serie se va corrigiendo y mostrando el lado bueno de unos y otros.

Hay gente que se ha frustrado con el final de Juego de Tronos porque esperaba un final más épico, feliz o simplemente como lo había imaginado. Pero si desde el principio todo el mundo alababa esa falta de idealización en la serie… ¿no sería coherente estar conforme con un final no tan “ideal” o típico? Esto me ha hecho pensar que, en realidad, todos queremos que las historias acaben bien. Y creo que esto es así por un motivo antropológico: el ser humano necesita razones para la esperanza, necesita creer que el bien es posible y en el fondo lo desea con todo su corazón. Por eso, por más que pongamos la fachada de resignación con un mundo cruel, en realidad deseamos el mundo que querríamos tener, y las historias nos ayudan a creer que es posible. Una buena historia nunca será “facilonamente idealista”, pero nos hará alimentar la esperanza en que es posible vencer el mal y construir un mundo mejor (por ejemplo, El Señor de los Anillos así lo hace).

Cuando una historia no lleva a eso, también podemos aprender de ella, analizando por qué nos choca lo que nos choca y qué esperábamos de ella que no nos ha dado. En algunos puntos, así me ha pasado a mí con Juego de Tronos. Aunque también reconozco que hay otros puntos en los que sí me ha satisfecho. Por otra parte, quitando las cuestiones en las que la serie puede ser juzgada objetivamente (como cualquier obra de arte), queda una parte subjetiva sobre la cual no tenemos el control. Que a mí me guste más o menos no quiere decir que sea mejor o peor. Pero sí me puede hacer reflexionar sobre por qué me ha merecido ese juicio, y me parece que ese análisis nos da mucha información sobre lo que anhelamos y lo que esperamos. Como veis, estoy siendo un poco abstracta, para intentar evitar los spoilers. En otro momento analizaré puntos concretos en los que la discusión puede ser más rica.

Resumiendo: me ha parecido una buena serie con una buena historia, pero tampoco la “panacea”, porque ha habido buenísimas historias antes que esta (de muchas de ellas bebe seguro, por otra parte); es interesante la evolución de los personajes y el hecho de que se nos muestre su lado más claro y el más oscuro, pero en algunos momentos se peca en exceso de lo segundo, como si siempre tuviera más fuerza; independientemente de los derroteros que haya tomado la serie y las emociones que eso nos haya producido, podemos aprender de ella al reflexionar sobre qué nos ha provocado; finalmente, debemos ser conscientes de que desear un “final feliz” no tiene por qué ser infantil por nuestra parte, sino que nos está informando sobre nuestra condición humana, necesitada de bien y de esperanza.

Otro día me meto en cuestiones más concretas. Entre ellas, el tipo de “héroes” que nos propone la serie y cómo es nuestra identificación con ellos.