Trigo y cizaña

Me pareció muy sugerente el evangelio que leímos ayer en misa, en concreto la parábola que utiliza Jesús para ilustrar cómo en nuestra vida lo mejor está siempre mezclado con lo peor: el trigo y la cizaña. No debemos arrancar la cizaña sin cuidado y a destiempo, o quitaremos el trigo con ella. Hay que esperar a la siega.

Lo mismo sucede con nosotros: lo mejor convive con lo peor y a menudo resulta difícil separarlo completamente. Incluso las cosas que hacemos con buenas motivaciones tienen a veces motivos ocultos y menos honrosos.

Últimamente he meditado especialmente sobre este carácter ambivalente del ser humano: cómo somos capaces de lo más grande y bello, y al mismo tiempo somos capaces de lo más vil y horrible. Tenemos una existencia paradójica.

Como dice el dicho popular, tenemos que intentar “no meter cizaña”, o no más de la que ya hay, y como dice otra parábola de Jesús, se nos invita a plantar nuestra semilla en tierra buena para intentar dar fruto. No obstante, también tenemos que ser conscientes de esa cizaña que, incluso sin quererlo, crece junto a nuestro trigo. No para desesperarnos o fustigarnos, sino para ser honestos con nosotros mismos.

En tiempos difíciles, como los que ahora vivimos, es importante ser consciente de los propios límites y debilidades y quererse a uno mismo a pesar de ellos, y con ellos. Es decir, tenemos que seguir cuidando nuestro trigo, pero siendo conscientes de que también tenemos cizaña. Sin hacer este ejercicio, difícilmente vamos a poder construir una sociedad sana. Por desgracia, muchas veces nos quedamos en ver la cizaña ajena y no la propia (como también dice el evangelio, por cierto: vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio…).

Quiérete, con todo. Intenta mejorar, pero sé consciente de tus pobrezas. Espera a la siega para quitar la cizaña, y mientras tanto, sin obsesionarte con ella, al menos sé consciente de que está ahí.

Compartir las alegrías

Hace unos días unos amigos muy queridos nos dieron la noticia de que esperan un bebé. La noticia me pilló totalmente por sorpresa y me dio mucha alegría. De hecho, estaba tan emocionada que me dije “¡si parece que fuera yo la que voy a tener el bebé!”

Llevo varios días rumiando esta idea: que la verdadera amistad supone compartir sinceramente las alegrías (y también las penas, pero en esta ocasión se trata de una alegría y quiero reflexionar sobre eso en particular). Parece una verdad de Perogrullo, pero no siempre lo vivimos así: no es infrecuente que se sienta envidia hacia lo bueno que les sucede a los otros, o que se viva con resignación porque uno lo quiere y no lo puede tener, o que nos alegremos, pero superficialmente, porque estamos más preocupados por lo nuestro, ya sea bueno o malo.

Es una prueba para la amistad saber mantenerse en los momentos difíciles y acompañarse en las penas, pero también lo es ser capaz de alegrarse por los amigos como nos alegramos por lo que nos sucede a nosotros mismos. Esa sinceridad en el interés por nuestros amigos y en la dicha que sentimos cuando están viviendo algo bonito e importante es signo de que en esa amistad tenemos un tesoro. Ojalá sepamos vivir esto en nuestras amistades… parece sencillo, pero cuando estamos demasiado centrados en nosotros mismos, es fácil que dejemos de vivirlo.

 

Consolar

La Biblia habla de Dios como una madre o un padre que consuela a su hijo y lo hace todo por él. Yo entendía la imagen porque he sido hija y porque no solo mis padres me han consolado, sino también mis amigos o mi pareja cuando he estado triste. Sin embargo, empiezo a entender la imagen desde el otro lado: desde la madre que consuela.

Mi hijo está en la fase de empezar a gatear y querer explorar todo lo que pilla. Es una etapa preciosa, pero intensa para los padres, que estamos siempre pendientes de que no toque nada peligroso, de que no se tire nada encima o se caiga y se dé un cabezazo. De todos modos, por más cuidado que tengamos, ya se ha dado varios golpes, como es normal…

Ayer Miguel estaba jugando con el perrito de mi familia (nosotros no tenemos perro) y éste sin querer le dio un empujón y el niño se cayó, dándose un buen cabezazo contra el suelo y saliéndole un chichón en la frente. En el momento del susto, lloró mucho. Enseguida lo cogí y lo acuné dándole besos, tratando de consolarlo. A los escasos 5 minutos el niño estaba tan tranquilo jugando de nuevo, y al rato hasta volvía a tocar al perrito, sin cogerle miedo por haberse caído jugando con él.

Para los que tengáis hijos esta es una escena muy cotidiana, nada fuera de lo normal. Sin embargo, a mí ayer se me quedó grabada y por la noche pensé en ello, relacionándolo con mi vida en general y en concreto mi vida de fe. Para mí como madre fue bonito consolar a mi hijo. No tuve que decirle nada, ni razonar con él, ni hacer nada del otro mundo; simplemente, estar y darle cariño y seguridad. En cuanto él percibió ese consuelo y se sintió seguro, se volvió a lanzar a explorar y jugar de nuevo sin miedo. Me parece precioso que nuestra mera presencia pueda generar ese cambio en una personita, y creo que lo mismo nos puede suceder con los amigos y familiares adultos: cuando están tristes, es frecuente que nos sintamos poco útiles, sin saber qué decir o cómo ayudar… pero muchas veces basta con que estemos con ellos y los consolemos.

Decía que pensé en mi vida de fe porque por primera vez me paré a pensar en el consuelo de Dios no desde mi perspectiva, es decir, cómo me siento cuando Dios me consuela, sino desde Su perspectiva: cómo se “sentirá” Dios cuando nos consuela. Si para mí fue un regalo poder consolar a mi hijo; si a mí se me ensanchaba el corazón al poder darle cariño y seguridad… ¡cuánto más le sucederá a Él, que nos ama infinitamente! ¡Qué mirada de predilección, qué amor tan desinteresado nos tiene, si nos lo explica con la imagen de los padres que queremos a nuestros hijos!

[Dedicado a Marta, que con su carisma y su estudio profundiza en la consolación y nos hace a los que la conocemos querer profundizar en ella.]

Tres enseñanzas de la mudanza

Llevo casi un mes sin escribir. Si ya últimamente me costaba sentarme a hacerlo por el ajetreo que tengo, estas semanas ha sido casi imposible debido a una gran novedad en mi vida: mi familia y yo nos hemos mudado de casa.

Puede parecer que comprarse un piso y mudarse son acciones prosaicas de la vida, que nos alejan de los momentos de “reflexión metafísica”. La lista de tareas incluye las cuentas que tienes que hacer antes de meterte en una hipoteca, el montón de documentación que tienes que enviar, firmar o recibir, hacer cajas, tirar cosas, comprar muebles, hacer limpieza de la casa que dejas y la casa a la que llegas… y un largo etcétera. Los que habéis pasado por ello sabéis bien de qué hablo.

A priori, estas acciones no parecen algo muy elevado. Sin embargo, a mí me han dado qué pensar. Quizá no he tenido mucho tiempo como para sentarme a “devanarme los sesos” o a escribir reflexiones profundas. Sin embargo, a lo largo de todo este proceso he tenido momentos de lucidez y de dejar que lo que estaba viviendo me iluminara de alguna manera. Hoy quiero compartir con vosotros tres cosas que he meditado en este tiempo.

La primera constatación es lo importante que son las personas en nuestra vida. Este proyecto no habría salido adelante sin la ayuda de un sinfín de gente; gente que nos ha asesorado en distintos aspectos, que nos ha ayudado con el niño, con la mudanza, con las gestiones, con la limpieza… Yo pensaba estos días no solo en nuestra familia y amigos, que por supuesto han estado ahí, sino también en los profesionales con los que nos hemos ido cruzando y que se han esforzado por hacer posible que pudiéramos comprar el piso y mudarnos en mitad de esta situación de crisis. Es justo dar las gracias a todos ellos, porque nosotros solos no habríamos podido.

En segundo lugar, pensaba en lo importante que es que nuestra reflexión no esté separada de la vida. En la etapa vital en la que estoy, con un niño pequeño y abriéndome paso en el mundo laboral, lo que más oigo es que tengo que tener paciencia, que es una etapa difícil y que cuando pasen unos años y todo se asiente ya volveré a tener tiempo para “otras cosas”, como pensar. En parte creo que es verdad: las prioridades y posibilidades cambian y te tienes que adaptar a ellas. Ahora no tengo los espacios de silencio, estudio y meditación que tenía antes. Con un pequeño ser que aún es muy dependiente de mí, ¿cómo voy a vivir como antes, como cuando no era madre?

No obstante, creo ese “no vivir como antes” tampoco significa que no puedas seguir cultivando las dimensiones de la vida que para ti son importantes. Mi marido me dijo que no se trataba tanto de intentar volver a hacer lo mismo que antes, cuanto de buscar la manera de reinventar eso que queremos hacer, dentro de las circunstancias que ahora tenemos. Por ejemplo, la oración o la reflexión personal. No se trata de intentar llevar a cabo esas actividades como antes, sino de encontrar la manera, el espacio y el tiempo de hacerlas en esta nueva realidad. Hay que ser creativo para reinventar lo mismo en circunstancias nuevas. Creo que tiene mucha razón.

Retomando lo que señalaba de que la reflexión no esté separada de la vida, creo que es posible cuando logramos creativamente hacerle un hueco dentro de nuestras ocupaciones diarias. Este mes no he podido leer ningún libro de teología, ni me he sentado a hacer una larga meditación, pero no significa que no haya podido reflexionar sobre la vida en absoluto. Muchas veces, en mitad del trajín de hacer cajas y ordenar cosas, pensaba que no podemos hacer una teología totalmente separada de esos quehaceres. Si no, será una teología poco viva. Tenemos que pensar desde lo que vivimos. No significa no elevarnos más allá; por supuesto que hay que intentar elevarse, soñar, trascender la realidad. Lo que quiero decir es que hay que partir de ella. Si tener un hijo y vivir una mudanza significa que no podemos pensar sobre la vida, algo está fallando. No deberíamos esperar al momento en el que “no haya nada” para plantearnos las cosas, porque en la vida siempre va a haber algo que nos ocupe y nos preocupe.

La tercera reflexión que quiero compartir es la importancia de lo material para lo espiritual. Vivimos en un mundo demasiado volcado en lo material, sumido en la vorágine del consumismo. Y ante esa realidad la tentación que se nos puede presentar a quienes queremos vivir de otra manera es demonizar todo lo material, como si estuviera reñido con lo espiritual.

Pero Dios nos ha hecho de carne y hueso, nos ha hecho materiales. Y la materia, aunque a veces nos desvíe del camino, también puede y debe ser una aliada para conducirnos por la senda adecuada. Me he dado cuenta de ello al poner con ilusión mi nueva casa. ¿Por qué nos hace tanta ilusión elegir los muebles, ordenar las cosas e intentar que todo tenga una cierta armonía? He estado pensando bastante sobre ello y creo que necesitamos exteriorizar lo que queremos vivir interiormente. Si queremos construir un hogar cálido, que dé la bienvenida a todo el que pase por allí, en el que haya armonía entre todos los que vivimos bajo el mismo techo, en el que sepamos valorar la belleza… es lógico que queramos que la apariencia de la casa, lo material, invite a ello.

No me había parado a escribirlo hasta ahora, pero al hacerlo veo que este mes me ha dejado más poso de lo que a primera vista pudiera parecer. Creo que es importante que, incluso en los momentos más ajetreados de nuestra vida, saquemos un momento para recoger, como en un destilado, lo que ese tiempo nos está aportando. Quizá tardaremos más en hacerlo que en las etapas más tranquilas, eso está claro. Pero no dejemos que el ajetreo nos lleve por delante y nos haga pensar, erróneamente, que no podemos aprender de lo que estamos viviendo.

[Hoy con especial agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este proyecto. ¡Gracias!]

La belleza del compromiso

Ayer celebramos -virtualmente, claro- el 60º aniversario de matrimonio de mis abuelos y el 23º aniversario de ordenación de mi párroco. Desde distintas vocaciones, ambos eventos me recordaron la belleza del compromiso y la entrega.

Normalmente asociamos el compromiso con esfuerzo, tesón e incluso con cierta dosis de “tengo que” a pesar de que “no siempre me apetece”. Y en parte es verdad. Pero ayer, que fue un día de celebración de todo el fruto que dos compromisos concretos han generado, pensé en que no siempre nos fijamos en la dimensión más estética o contemplativa del compromiso: es una realidad bella, que conmueve, que nos toca profundamente.

Nos conmueve que una o dos personas se entreguen a una vocación porque su entrega toca las fibras de nuestra humanidad: el amor que esas personas reciben y dan, que nos recuerda al que nosotros hemos recibido y queremos dar; la entrega de esas personas que genera fruto y toca la vida de otras, la nuestra incluida; la historia que van escribiendo entre ellas y con los demás… El compromiso nace de nuestra dimensión más íntima: que somos seres relacionales, y es una apuesta decidida por entregarse por entero a los demás (y a Dios, en el caso de quien asume un compromiso desde una perspectiva creyente).

Me conmueve especialmente pensar que ese compromiso se ha sostenido también en los momentos menos aparentemente bellos: cuando faltan las fuerzas, cuando la vida se complica, cuando hay incomprensión por parte de unos u otros… Celebrar los compromisos de quienes se han seguido entregando por amor en los momentos más duros es un aliciente y un motivo de esperanza. Cuando la vida trae retos difíciles, cuando vivimos crisis personales o sociales y cuando sentimos que no podemos, testimonios como estos nos ayudan a ver que se puede luchar por lo que merece la pena en la vida, que tiene sentido seguir comprometiéndose y que se puede mantener la esperanza, tanto individual como comunitariamente. En estos momentos con las circunstancias que estamos viviendo es especialmente importante alentar así nuestra esperanza.

Conmovámonos y alimentémonos de celebraciones como estas para ser capaces de sostener el compromiso que los demás necesitan de nosotros y que nuestra propia vida necesita para ser plena.

Gracias, abuelos, y gracias, Óscar, porque ayer me conmovisteis. Espero que sigáis entregando vida mucho tiempo.

Intentemos no pensar lo peor

En estos días en los que el confinamiento se ha suavizado un poco, al estar permitido salir más a la calle, no dejo de escuchar críticas de todo el mundo hacia los demás: que si salen cuando no les toca, que si no llevan mascarilla, que si van demasiadas personas juntas y un largo etcétera. El otro día incluso vi a un vecino asomado a la ventana gritando todo tipo de improperios a alguien que iba por la calle, porque iba sin mascarilla.

Lo que me ha parecido curioso y me ha hecho reflexionar es que a veces escuchaba a alguien quejarse mucho de la conducta inapropiada de los demás, cuando acto seguido esa misma persona incumplía de alguna manera (aunque sea leve) las normas de distanciamiento social. ¿Y a quién no nos ha pasado esto? Que tire la primera piedra quien nunca ha tenido una vara de medir distinta para los demás que para sí mismo.

Yo no soy “buenista” y claro que me parece que hay que ser crítico con la irresponsabilidad. El problema del virus es un problema global y todos tenemos que poner de nuestra parte para hacerlo lo más llevadero posible, empezando por no colapsar el sistema sanitario. Sin embargo, creo que muchas veces la crítica se nos va de las manos y nos metemos con todo el mundo sin saber realmente qué hay detrás de cada comportamiento. Pondré algunos ejemplos para que se vea lo que quiero decir.

Cuando vemos a alguien por la calle sin mascarilla, es fácil pensar mal hacia esa persona; pero no sabemos cuál es su circunstancia: ¿y si no tiene mascarilla? ¿Y si no ha conseguido suficientes o está precisamente yendo a comprar más? Y al revés, vemos a alguien con mascarilla y pensamos que qué bien que la lleva puesta, pero… ¿y si es la misma que lleva usando dos semanas? “Aparentemente” va más protegido, pero si no es una mascarilla nueva o poco utilizada y habla sin mantener suficiente distancia, está menos protegido de lo que parece… O a lo mejor se la quita cuando se cruza con alguien para hablar, y entonces no sirve para nada… Quizá la primera persona, esa que veíamos sin mascarilla, es más cuidadosa, va a más distancia de la gente y tiene más en cuenta las medidas de higiene. Quizá no. El asunto es que nosotros no lo sabemos, pero juzgamos antes de saberlo.

Otro ejemplo, de mayor importancia que el anterior: cuando vemos a alguien en la calle fuera de su “franja” de horario permitida para salir, o cuando vemos a varias personas bastante próximas entre sí, enseguida nos cabreamos con esa persona o ese grupo. Pero ¿no es normal que unos abuelos, que llevan mes y medio sin ver a sus nietos, se adelanten un poco, y que sus hijos con los nietos remoloneen un poco, para que entre los dos horarios de salida se puedan ver un ratito, aunque sea en la distancia? ¿No es entendible que la gente que está más sola necesite ver a sus seres queridos, aunque sea un poco, aunque sea sin tocarse, aunque sea a un metro de distancia (que no siempre son capaces de mantener a rajatabla)?

Sin ir más lejos, yo el otro día salí con mi hijo por la mañana, antes de la hora permitida para salir con niños. Necesitaba ir urgentemente a hacer una gestión al banco, y no tenía con quién dejarlo porque mi marido estaba trabajando. Pero esto no lo llevaba escrito en la frente, así que cualquiera que se cruzara conmigo podría haber pensado: “hay que ver esa, saliendo con el niño antes de su hora…”.

Con esto no quiero decir que esté bien saltarse las normas ni que nos dé igual que los demás se las salten. Lo que quiero decir es que intentemos no pensar lo peor de todo el mundo, siempre que sea posible. Porque enfrentarnos unos con otros no nos va a ayudar a salir de esta, sino todo lo contrario. Desde mensajes más constructivos y comprensivos es mucho más factible que podamos influir en el comportamiento ajeno. “Entiendo que necesites ver a tu familia… pero ten cuidado con la distancia” o “intenta hacerlo posible respetando las normas” o “aunque intentes ver a los tuyos, no seas negligente con las medidas de seguridad”. Es un mensaje bastante diferente a “eres lo peor porque has salido antes de tu hora”.

También tendríamos que preguntarnos por qué nos molesta tanto la conducta ajena. Además de la preocupación por la gestión social de la crisis, ¿no habla también esa crítica de nuestro propio deseo? ¿No nos molesta porque querríamos hacer lo mismo: salir y ver a nuestra gente más querida? ¿No nos habla también de nuestros propios miedos y nuestras propias necesidades? Quizá explorar esos sentimientos nos ayude a buscar la manera de vivir lo mejor posible la situación, independientemente de lo que hagan los demás.

Esa manía persecutoria de “balconazi” -como lo llama la gente- no nos hace bien a nadie, a nosotros tampoco. Nos llena de pensamientos negativos y destructivos. Que nos moleste que la gente lo haga mal, sí. Que seamos críticos cuando las cosas no se hacen bien, sí. Pero que estemos obsesionados con que todo el mundo está faltando menos nosotros, eso no. Preocupémonos de cumplir las normas nosotros, de tener cuidado y de hacer que los que tenemos cerca también interioricen la importancia de hacerlo bien. Y si nos topamos con una situación claramente grave, entonces quizá sí haya que hablar (y siempre con respeto, evidentemente). Pero si no, intentemos no ir pensando lo peor de todo el mundo. Porque entonces el sentimiento de comunidad que se había ido fraguando durante todo este tiempo, nos lo cargaremos en unas semanas con las rencillas del “tú sales, pero yo no”.

No seamos acríticos… pero intentemos no pensar siempre lo peor.

Maternidad = cultivar otro ser

Os dejo hoy las palabras de un autor antiguo, Gregorio el Taumaturgo, que escribió un discurso de agradecimiento al maestro que le enseñó Filosofía, Teología y Moral, entre otras muchas cosas: Orígenes. Al leer la bella metáfora del labrador no puedo evitar pensar en nuestra vocación de madres, que hoy celebramos, como el cultivo del ser de nuestros hijos, ayudándolos a crecer sanos para dar el mejor fruto que ellos pueden dar: el suyo propio. Un cultivo que no siempre es tarea fácil o agradable, pero que constituye una de las tareas más bonitas que podemos tener entre manos. ¡Feliz día, madres!

“…una vez conseguido lo principal, que era permanecer con él, entonces, como buen labrador, comenzó a trabajar una tierra descuidada, y en verdad totalmente estéril, salobre y quemada, pedregosa y arenosa, o no del todo estéril ni inepta ciertamente, pero no muy apta; más bien tierra descuidada, áspera y difícil de trabajar por espinos y matorrales agrestes; o como el jardinero que cultiva un árbol, que siendo agreste y que no da frutos dulces, pero no es totalmente inservible, si alguien por arte de jardinería le injerta un vástago noble, abriéndolo por medio e injertándolo y atándolo luego, hasta que totalmente unidos, ambos se alimentan como si fueran uno (así verás un árbol fundido, ilegítimo, en verdad, pero de lo infructuoso se vuelve fructuoso, porque, de raíces silvestres, produce hermosas olivas); o ciertamente salvaje, pero no inservible para un jardinero experto; o puede que noble, pero no fructuoso y muy fértil, y que por falta de cultivo se encuentre sin retoños, sin regar y seco, ahogado inútilmente por los muchos y superfluos brotes que le han nacido al azar, y unos a otros se impiden germinar con perfección y dar fruto. Acogiéndonos así, y cercándonos con su técnica de labrador, no sólo consideraba lo que aparece a la vista de todos y se ve por simple ojeada, sino que también ahondaba e investigaba hasta lo más íntimo, preguntando, proponiendo y escuchando las respuestas; tan pronto como descubría en nosotros algo útil, provechoso y eficaz, él excavaba y removía la tierra, regaba y no dejaba nada por mover; nos aplicaba todo su arte y cuidado, y así nos cultivaba. Los cardos y espinas y todo retoño de árboles y plantas agrestes que producía exuberante nuestra alma turbada, desordenada e impetuosa, él lo podaba todo y lo arrancaba con argumentos y prohibiciones. Nos enderezaba de forma socrática y nos incitaba con su manera de razonar; viéndonos desenfrenados, como potros salvajes, saltando fuera del camino y corriendo de un lado para otro, hasta que, con persuasión y doctrina nos enderezaba y domaba con su palabra, como con un freno metido en nuestra boca. Tuvimos un comienzo difícil y no carente de sufrimiento, pues dirigía sus palabras a quienes no estábamos aun acostumbrados ni ejercitados a admitir la razón; pero, a pesar de todo, nos purificaba.

Cuando nos volvió aptos y nos preparó adecuadamente para recibir las palabras de la verdad, entonces, como tierra bien trabajada y mullida, dispuesta para hacer brotar las semillas recibidas, él las echaba a manos llenas, buscaba el momento oportuno para sembrar, de igual manera que ponía cuidado en todo, haciendo cada cosa a su debido tiempo y con las palabras apropiadas” (Gregorio Taumaturgo, Elogio del maestro cristiano. Discurso de agradecimiento a Orígenes, números 93-99; edición de Ciudad Nueva, 1990).

Agradecer las pequeñas cosas

El tiempo de confinamiento se me está pasando rápido. Estoy siempre entretenida entre el tele-trabajo, cuidar a mi hijo, las cosas que hay que hacer en casa, los ratos de ocio… Por ello, entre otras razones, no me ha resultado tan difícil tener que quedarme tanto tiempo en casa. Solo salgo a tirar la basura enfrente del portal y poco más. Es verdad que noto la falta de aire “fresco” y de movimiento, pero al estar mi familia bien y nosotros con tanta actividad, no puedo decir que esté siendo demasiada dura mi situación personal durante esta crisis.

Sin embargo, estos días estoy mirando un poquito hacia atrás, a eso que suelo tener y estos días no tengo. No desde la queja o la desesperación (porque, como digo, he tenido la suerte de que las cosas vayan bien y las pueda vivir con calma), sino desde el agradecimiento. Mi oración de esta Pascua es comprometerme a dar gracias por algo distinto cada día. Es una oración que ensancha el alma, porque te hace más consciente de todo lo bueno que hay en tu vida, y te obliga a ser humilde para agradecerlo y acogerlo.

Al ir dando gracias por personas y cosas/situaciones he ido dándome cuenta de todo lo que, en cierto modo, sí “echo de menos”, por más que lo esté llevando bien: ver a la gente que quiero; debatir con mis alumnos en directo y no solo escribirles emails; dar un paseo sintiendo la brisa en la cara; hacer una escapada al pueblo…

A raíz de esto he estado pensando que quizá la mejor manera de vivir la vida es aprovechando y agradeciendo lo bueno que tienes en cada momento. Por ejemplo, ahora durante el confinamiento el hecho de poder pasar más tiempo tranquilo con mi hijo y mi marido o tener más momentos de descanso. O que hoy he salido a dar un paseo con Miguel (porque por fin es “legal”) y lo he disfrutado mucho, aunque no estuviese desesperada antes por no poder hacerlo. Cuando pueda volver a ver a mi familia y mis amigos supongo que también aprovecharé esos encuentros después de tanto tiempo sin tenerlos. Y así con todo.

Claro que es difícil a veces no vivir las cosas difíciles desde la queja. Yo misma he tenido bastantes durante este período. ¡Y quién no? Es normal que nos cueste vivir ciertas ausencias, las expectativas fallidas, el sufrimiento de afrontar situaciones duras… Sin embargo, creo que a todos nos vendría bien agradecer lo que tenemos, lo que hemos tenido antes y, cuando volvamos a tener lo que teníamos (esto parece un trabalenguas), agradecerlo también. Porque así, aunque echemos de menos, viviremos desde lo positivo, que nos dará energía para afrontar lo negativo. Y porque así reconoceremos que también las ausencias que experimentamos se deben a una presencia que había y que sigue habiendo, solo que de otra manera.

Esperanza renovada

«En esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos: Todo irá bien, decimos constantemente estas semanas, aferrándonos a la belleza de nuestra humanidad y haciendo salir del corazón palabras de ánimo. Pero, con el pasar de los días y el crecer de los temores, hasta la esperanza más intrépida puede evaporarse. La esperanza de Jesús es distinta, infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir de la tumba la vida.

El sepulcro es el lugar donde quien entra no sale. Pero Jesús salió por nosotros, resucitó por nosotros, para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada, tapándola con una piedra. Él, que quitó la roca de la entrada de la tumba, puede remover las piedras que sellan el corazón. Por eso, no cedamos a la resignación, no depositemos la esperanza bajo una piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida. Hermana, hermano, aunque en el corazón hayas sepultado la esperanza, no te rindas: Dios es más grande. La oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. Ánimo, con Dios nada está perdido» (homilía del papa Francisco en la vigilia pascual, 11 de abril de 2020).

Qué palabras más ciertas las del papa. La esperanza cristiana no es simplemente optimismo; no implica que todo va a ir mejor de golpe; no nos ahorra las cruces de la historia… es una certeza en el sentido y en el fin (bueno) de todo. Una certeza muy paradójica, porque no nos exime de luchar por el bien, sino que se logra a través de nuestro compromiso, aunque a la vez trascendiéndolo.

Creo que este año podemos vivir nuestra esperanza cristiana de una manera muy real, porque, aunque ya ha sido la Pascua, seguimos confinados. “Por fuera” parece que nada ha cambiado, sin embargo, si nuestro corazón ha hecho el camino de acompañar a Cristo a lo largo de su misterio pascual, ya no somos los mismos. Habremos resucitado, al menos un poco más, y habremos renovado la esperanza, que falta hace para afrontar el futuro que nos espera.

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡No nos dejemos quitar la esperanza!

 

Terapia de imperfección

Hace unos meses, cuando se me terminaba la baja de maternidad y estaba a punto de empezar a trabajar, me dijo un amigo que no intentara ser perfecta en todas las facetas de mi vida, que sería imposible: ni la madre perfecta, ni la profesora perfecta, ni la hija/amiga/esposa perfecta, etc. Hace poco me dijo que lo llamaba “la terapia de la imperfección”. Desde entonces he tenido ese consejo presente cada día. Los que me conocéis sabéis que tengo bastante afán perfeccionista, y por eso muchas veces me ha resultado difícil pactar con la realidad y sus limitaciones. En estos meses me ha seguido costando, pero algo menos, quizá porque la realidad se impone con más peso y no queda más remedio que encararla lo mejor posible.

Empezar a aceptar mis limitaciones y a no ser tan perfeccionista ha sido bastante liberador, pero no por ello más fácil. Cuando me quería dar cuenta, estaba otra vez quejándome por no llegar mejor a las cosas (incluyendo las relaciones con los demás) y me hacía falta parar y recolocarme en esa “terapia de imperfección” que estaba intentando llevar a cabo.

El confinamiento ha tenido dos efectos en relación con esto: por un lado, algo más de tiempo para hacerlo todo, de manera que he tenido más ratos de descanso o de ocio, necesarios para tomar algo de aire en el quehacer diario, pero que a veces me llevaban a centrarme demasiado en mí misma y a quejarme cuando por cualquier motivo no podía tener esos ratos “a mi manera” o “cuando y como yo quería”; por otro lado, un retorno “malévolo” del afán de perfección y sus secuaces: la sensación de llevarlo todo a medias, de no currarme más cada aspecto de mi vida, de no estar dando lo suficiente de mí misma… es difícil navegar entre Escila y Caribdis sin chocar con ninguno de los dos.

Hoy he decidido afrontar esta Semana Santa como una profundización en esa terapia de imperfección: ponerme ante mi limitación, acogerla y ofrecerla a Dios, y así intentar no dejarme llevar por un perfeccionismo exagerado. Pero también supone (o así lo he intuido para mí) no caer en el otro extremo: que mi limitación se convierta en una excusa para entregarme menos y renegar de todo. Siento que, este año, se me invita a llevar esta particular terapia ante la cruz y la resurrección y dejarme interpelar por ellas. Creo que Cristo me llama a asumir mi pobreza, pero sin que sea excusa para amar menos, sino simplemente consciencia de que es desde donde podemos entregarnos: desde lo que somos.

[Con especial agradecimiento a Fernando por su consejo.]