La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

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El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

Alegría de Pascua: alegría «gestante»

Cuando me quedé embarazada mis amigas me preguntaron cómo me sentía y si la noticia me había dado «un subidón». Me resultaba un poco difícil explicarles mis sentimientos. Claramente, no era un subidón, pero quería transmitirles que, a pesar de eso, sí era una alegría muy honda, de hecho, más honda que la alegría de los subidones.

El propio proceso de gestación se parece a la alegría que yo he ido sintiendo por tener a mi hijo dentro de mí: primero, sorpresa ante el milagro de la vida, preguntas abiertas, interés por profundizar en lo que me iba a pasar… como ese cogollito de células, aún pequeño, con muchas posibilidades por delante. Después, un crecimiento constante, no solo en tamaño, sino en madurez. La alegría más sorprendida y espontánea del principio (no exenta de algunos miedos) va dando paso a una alegría sosegada, paciente, esperanzada. Ahora, cuanto más avanza la gestación, mi alegría se hace más profunda, más consciente, más querida, porque llevo más tiempo con mi hijo dentro y en ese tiempo lo he ido queriendo cada vez un poco más. Imagino que cuando nazca habrá un salto cualitativo, porque por fin lo podré ver cara a cara.

La semana pasada, que fue la Semana de Pascua, pensé que la alegría pascual se parece a esta alegría «gestante»: no es como la montaña rusa, que crece en expectación y luego cae en picado tras el momento álgido. Es, más bien, como la semilla que va creciendo hasta que da fruto. Es como mi hijo creciendo dentro de mí y como la alegría que yo siento por ello. No es una explosión momentánea, es un proceso en el que cada vez hay más alegría, pero también cada vez es más profunda y consciente de todo lo que aún no se ha visto tocado por ella. Celebramos que Cristo ha resucitado, pero aún queda mucho por hacer en nuestro mundo para construir el Reino. La vivencia de la resurrección, si la vivimos en serio, puede ser cada vez mayor, puede ir creciendo y ahondándose, pero poniéndonos en compromiso con ella, no limitándonos a levantar las manos en el carrusel esperando a que vuelva a caer.

A raíz de estas reflexiones me pregunto si no estaremos haciendo mal al valorar todas nuestras alegrías desde el paradigma de la montaña rusa: buscamos los mayores momentos de subidón, sin darnos cuenta de que duran un instante y enseguida se desvanecen. ¿No sería mejor buscar esta otra alegría, la alegría pascual o «gestante», más tranquila, más progresiva, pero que no deja de crecer ni se desvanece cuando vienen circunstancias adversas? La alegría del amor es así: también se alimenta de momentos, pero no son lo único ni lo principal. Crece porque hay una entrega mantenida, esperanzada y amante. Imagino que así será la alegría de ser madre.

I.E. #11: ¿Hay una crisis económica y educativa o una crisis de la persona?

Disculpad que haya descuidado un poco el blog últimamente, he estado algo liada. Retomo hoy vuestras preguntas existenciales con esta inquietud sobre la crisis actual. La persona que me la mandó la ponía en relación con la Universidad, preguntándose si su finalidad es diseñar buenos formadores o bien generar máquinas de producir libros y artículos académicos. En el fondo, esa pregunta nos sirve para todo hoy: ¿estamos en una crisis concreta o en una crisis más general, una crisis de la persona?

Me inclino más bien por la segunda opción: se trata de una crisis de la persona, una crisis general que lo impregna todo y por eso la vemos ejemplarizada cada uno en nuestro entorno más inmediato. “Crisis” no tiene por qué significar directamente “hecatombe” (aunque en algunos casos sí lo sea), sino, más en general, “cambio”. Cuando entramos en crisis suele ser porque algo ha cambiado y no nos hemos adaptado a ello. Necesitamos, entonces, resituar nuestra vida, y ese proceso suele costar bastante trabajo.

Quizá lo que ocurre hoy es precisamente eso: más allá de las situaciones difíciles y malas que está viviendo la humanidad, que las hay, lo que desde luego nos está ocurriendo es que todo ha cambiado con mucha rapidez y no hemos hecho todo el proceso necesario para adaptarnos críticamente a ello. Nos hemos dejado llevar por el avance técnico, por los cambios sociales, por las nuevas posibilidades abiertas para la humanidad, y hemos adaptado nuestros valores a todo ello, sin haber profundizado en cómo vivirlo adecuadamente para no perder el norte.

Así, me parece que lo que nos falta es ese horizonte, ese “norte” que nos guíe. Tenemos muchos valores positivos, pero a veces falta algo que les dé unidad y coherencia y que nos permita jerarquizarlos.

En el ejemplo que decía esta persona de la Universidad, sucede también esto: como ahora nuestra investigación puede tener un impacto mayor que antes y llegar más rápido a todos los lugares, y como valoramos la eficiencia en otros ámbitos, asumimos a veces acríticamente esa necesidad de impacto y de eficacia y acabamos generando un sistema que nos sumerge en una vorágine de publicaciones y de criterios un poco “tiquismiquis”, que ponen más el foco en cuestiones burocráticas que en la calidad de la investigación. En teoría todo esto surgió para asegurar dicha calidad, pero en la práctica a veces desvía de ello.

Lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida: valoramos la tecnología, pero en vez de utilizarla sabiamente acabamos siendo esclavos de ella. Valoramos hacer bien nuestro trabajo, pero a veces nos lleva al extremo de descuidar la relación con la gente que queremos. Valoramos nuestros ideales y luchamos por ellos, pero a veces no nos detenemos a pensar que hay más ideales y que hay que ponerlos en diálogo, o que hay que saber priorizar qué cosas son más importantes. Valoramos el cariño a nuestros hijos, pero se nos olvida que también hay que educarlos y eso pasa por poner límites…

Quizá hay una crisis de la persona porque nos hemos ido sumando a muchas cosas sin habernos hecho cada uno como personas. Nos falta solidez, nos falta criterio, nos falta horizonte. No siempre, claro está, pero muchas veces sí. Y desde luego eso es a lo que se nos aboca, porque la sociedad funciona de tal manera que nos empuja en esta dirección: a ser “líquidos”, en vez de sólidos.

Está fenomenal afrontar los cambios y hacerlos nuestros, pero con criterio. Hoy dejo más preguntas que respuestas, pero quizá ese criterio pasa por preguntarnos con más seriedad adónde vamos con todo esto… adónde vamos con las publicaciones, en el caso universitario, si realmente a mejorar a las personas y contribuir a su crecimiento o a sumar títulos a nuestro CV; adónde vamos con nuestro trabajo, si a generar solo dinero o a contribuir a mejorar la sociedad; adónde vamos con todo lo que tenemos y lo que queremos tener… si es para contribuir al enriquecimiento de nuestra vida o si a veces nos distrae de lo que es esencial.

Hoy, que es día de elecciones, espero que tanto nosotros como nuestros políticos nos hayamos preguntado adónde estamos yendo y adónde queremos ir en realidad. La crisis empieza por no tenerlo claro… o, mucho peor, poner tener claro un supuesto “adónde” que no es el idóneo, y así nos acaba yendo.

Plantar un árbol para celebrar el cumpleaños

Me gusta cumplir años. No solo porque es una buena «excusa» para juntarte con tu familia y amigos a celebrarlo y de paso ponerte al día con ellos, sino también porque celebrar un año más en el que ha habido tanto por lo que dar gracias es motivo de alegría.

A veces la gente se deprime un poco con las nuevas cifras que va alcanzando. Como si fuera mala señal ser mayor, como si nos restara algo… Yo reconozco que a mí siempre me han gustado los años que he cumplido, porque van significando nuevos hitos en el camino y muchas cosas buenas que van llegando y están por llegar. Claro que también acumulamos errores y problemas con el paso del tiempo… pero quiero pensar que tienen menos peso que todo lo bueno, y siempre podemos vivirlos de manera que nos enseñen a crecer. Cuantos más años tienes sabes más sobre la vida y es más probable que hayas aprendido a bandearte mejor en ella. Por tanto, es más fácil que estés más a gusto contigo mismo.

El otro día unos amigos me regalaron un olivito por el cumpleaños para que cumpla la promesa de plantar un árbol este año (así ya completo el proverbio ese de que a lo largo de la vida hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol). Me hizo mucha ilusión porque fue un puntazo, pero también por lo que simbolizaba: el árbol comienza siendo pequeñito y va creciendo, como nosotros, haciéndose más recio y dando más fruto con el paso de los años. Quiero pensar que así nos sucede a nosotros, y que si vivimos la vida a fondo cada año hemos crecido un poco más, estamos más a gusto con nosotros mismos y estaremos agradecidos de poder celebrarlo.

Cuando plante mi olivo lo podré ir observando crecer y dar fruto y será una buena manera de ver por fuera lo que espero que me suceda a mí por dentro: no dejar de crecer, no dejar de agradecer y no dejar de dar fruto.

[A Isa, Miguel y Alberto por el regalo tan inspirador].

I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.

I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

Mujeres, hombres «y viceversa»

No me matéis, sé que este título no me pega mucho, pero seguro que gracias a él alguien ha entrado por pura curiosidad, je, je. Además, me va que ni pintado para la entrada de hoy. Quedaos con la literalidad del título y no con su posible referencia a ese programa del que algunos nos preguntamos por qué ha existido.

Siendo esta semana el día de la mujer, no podía dejar de reflexionar sobre algo relacionado con ello en el post de hoy. Me voy a centrar sobre todo en la cuestión «mujeres, hombres y viceversa» en la Iglesia, pero creo que algunas cosas son extrapolables a la sociedad en general.

Resulta que este 8M leí una entrevista que le hicieron a una profesora mía de Teología en la que afirmaba que antes que un sínodo sobre la mujer cree que en la Iglesia haría falta un sínodo sobre los varones. La afirmación me dejó perpleja, porque nunca se me había ocurrido, pero lo cierto es que tenía todo el sentido del mundo. Ella se preguntaba hasta qué punto era deseable un sínodo principalmente masculino en el que se tratara sobre el papel de las mujeres en la Iglesia sin que los hombres de dicho sínodo hubieran reflexionado antes sobre su propio papel como varones en ella, sobre cómo ejercen su liderazgo cuando lo tienen, de qué manera se relacionan, cómo trabajan y desde qué sensibilidad han ido asignando determinadas tareas que les parecían mejores para las mujeres. Concluía que «sería más necesario un Sínodo sobre el papel del varón en la Iglesia que hiciera posible un cuestionamiento sobre lo que nunca se cuestiona, un discernimiento sobre estructuras indiscutibles, sobre modos de relación, sobre espacios y tareas asignados o prohibidos para nosotras, etc.» (Nurya Martínez-Gayol aci, entrevista en Ecclesia, no sé el número de la revista, perdonad).

Creo que esta reflexión da en la línea de flotación del problema. Porque no parece tener mucho sentido tratar la «cuestión de la mujer en la Iglesia» como si fuera un caso particular dentro de ella, cuando más bien somos la mitad (o más) de los miembros de la Iglesia. Ni parece tener mucho sentido que la cuestión de los roles que unos y otras tenemos se determinen sin un diálogo mutuo en el que cada uno analice primero cómo vive su propio rol, su propia identidad de género, su propia sensibilidad… y desde dónde se está relacionando con quien es diferente. Y este es un camino bidireccional, de ahí el «viceversa» que os ponía al principio: no se trata sólo de qué piensa la Iglesia sobre la mujer, sino de ser capaces de revisarse cada uno (y cada una, evidentemente) y avanzar hacia una mayor igualdad desde el diálogo mutuo.

Os contaré una anécdota en la que he sentido que ese diálogo sí se daba. No es un ejemplo eclesial, sino de la vida cotidiana. Tengo la suerte de estar rodeada de bastantes varones (tanto familiares como amigos) con sensibilidad hacia la igualdad, que siempre me han tratado con respeto y de los que nunca he oído un comentario machista. Con algunos de ellos he comentado últimamente algunos de los malestares del embarazo y alguna vez, medio en broma medio en serio, les decía que no lo entendían porque ellos nunca iban a pasar por lo que todo ello implicaba. La respuesta ha sido en todos los casos que les daba envidia no poder vivir esa experiencia. No me lo decían para nada con la intención de quitar hierro a mi cansancio o malestar de ese día (de hecho, los hombres que me dijeron esto en concreto son bastante comprensivos con lo que estoy viviendo), sino de poner en valor la experiencia que tengo la suerte de poder vivir. Me lo decían con cariño, pero en serio: saben que la maternidad comporta sacrificios a nivel personal (y nunca los infravaloran), pero al mismo tiempo perciben que es una experiencia preciosa que sienten no poder vivir (aunque lo asumen bien, no desde la rabia). Este comentario me ha ayudado a darme cuenta de que, igual que no me gusta que algunos (o bastantes) hombres saquen conclusiones precipitadas sobre lo que vivimos las mujeres, tampoco nosotras debemos pensar que todos ellos sienten y viven lo mismo.

¿No se trataría de eso, precisamente, también en la Iglesia? Saber cuáles son las diferencias entre nosotros, acogerlas con respeto, saber valorarlas como algo positivo que el otro (o la otra) me ofrece a mí que no vivo eso exactamente y tener la capacidad de dialogar para llegar al entendimiento mutuo. Si no lo hacemos así, corremos el peligro de dar por hecho que nuestra manera de interpretar las cosas (y en concreto el papel de otras personas) es el único válido. Se trata de un trabajo de todas y todos, de cada una y cada uno, como sociedad y también como Iglesia. Sin profundizar en nuestra identidad, nuestros valores, nuestra sensibilidad… en suma, sin pararnos a analizar cómo y desde dónde miramos a los demás y sin ser conscientes de que ellos tienen su propia mirada, difícilmente vamos a ser capaces de entrar en un diálogo profundo. Espero y confío que sigamos dando pasos socialmente y que en la Iglesia los demos también.

[Agradecimiento especial a Nurya por la inspiración y a mis familiares y amigos que me han dado que pensar con el tema del embarazo.]

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?