El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

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Felices = amados

Hace unas semanas estábamos Rober y yo de viaje con dos amigos y un día por la noche nos pusimos filosóficos; nos hacíamos preguntas «profundas» y cada uno daba su respuesta. En una de estas, alguien (creo que fui yo) preguntó qué era para los demás ser feliz. Cada uno dio su respuesta. Cuando me tocó mi turno dije: «para mí ser feliz es saberme amada». Lo dije de sopetón, casi sin pensarlo, pero después le he dado bastantes vueltas y estoy muy convencida de esta definición. Porque cuando me sé amada soy feliz, siento mi vida plena de raíz, a pesar de que haya cosas que vayan mal o sucesos que me pongan triste.

Ayer fue la boda de mi hermana Marcela y mi cuñado Matías. El evangelio que eligieron para la celebración fue el de las bienaventuranzas. A primera vista, puede parecer curioso que elijan un evangelio donde se llama bienaventurados o felices a los pobres, los que lloran, los que quieren justicia, los mansos, los perseguidos… sin embargo, teniendo en mente mi definición de felicidad me pareció un evangelio de lo más coherente para un matrimonio: la felicidad está en el amor que se tienen y que ayer se prometieron para siempre ante todos los que estábamos allí. Y ese amor no se ve menguado por los momentos de tristeza, las injusticias o dificultades de la vida.

Como supongo que os pasaría a quienes también estuvierais en la boda y los conocierais bien, para mí esta reflexión tuvo una hondura especial, puesto que la alegría desbordante que compartimos con ellos ayer no era una alegría ingenua ni mucho menos superficial. Realmente han pasado muchas dificultades de todo tipo y estas en vez de separarlos los han unido más. Han luchado por estar juntos de manera incansable. Por eso verlos celebrar su amor ayer no fue un facilón «felices para siempre» de algunas películas, sino la verdadera alegría de ver que el amor triunfa sobre todos los problemas y dificultades; su «felices para siempre» o «bienaventurados para siempre» fue la promesa de mantener la apuesta que ya vienen haciendo mucho tiempo: quererse contra viento y marea y medir su felicidad en la calidad de su amor y no en las comodidades de su vida.

Gracias, Marce y Matías, por el día tan maravilloso que pasamos ayer con vosotros. Y gracias a todos los que aportasteis vuestro granito de arena para que así fuera.

[A mis lectores habituales: sé que tenía que haber retomado ya vuestras inquietudes existenciales, pero como veis están pasando muchas cosas importantes en mi vida que no podía dejar de compartir. Espero retomarlas pronto.]

Dos gestaciones, dos alumbramientos

Esta Navidad ha sido un momento especial. Cuando escribí la reflexión sobre el «escándalo» navideño no os lo conté todo… parte de darme cuenta del escándalo que la Encarnación de Dios suponía se debió a que lo estoy viviendo en mis propias carnes, porque estoy embarazada. Ser consciente de que una vida depende de mí (ahora mismo, para todo) me hizo darme cuenta de que Dios mismo se hizo dependiente de una madre.

Al volver de las vacaciones me esperaba una semana muy intensa, sin yo saberlo. Este miércoles fue la primera ecografía, la de los tres meses; un momento muy emocionante porque por primera vez ves a tu bebé. Ves cómo se mueve y escuchas su corazón y te entra una sensación de paz y de alegría al mismo tiempo. Al día siguiente recibí la noticia de la publicación de mi primer libro, que ya llevaba tiempo escrito y estaba pasando por los diversos trámites editoriales para su publicación. Enseguida me llegaron algunos ejemplares a casa y lo vi anunciado en las novedades de la web de PPC.

Que estos dos sucesos tuvieran lugar durante la misma semana me hizo relacionarlos espontáneamente, porque tienen bastante en común. Son fruto de dos procesos, de dos «gestaciones», que al final ven la luz: el libro, ahora, con su publicación; el bebé, cuando nazca en julio. Durante la gestación de cada uno ha habido etapas de todo tipo. Con el libro tuve un atasco de inspiración importante que en su momento me frustró mucho, pero del que salí gracias a la ayuda de diversas personas. Con la niña o el niño no lo he vivido con frustración, pero sí he pasado la etapa inicial del embarazo, que tiene sus dificultades (estar más cansada, estar con el cuerpo revuelto y cambiado, los cambios de humor…). Lo bueno es que esta vez he aprendido más rápido a «pactar con mi finitud» y a vivir con agradecimiento la etapa, a pesar de que a veces es difícil adaptarte a vivir más despacio, a otra velocidad, siendo consciente de tus límites más que antes.

La gestación es una maduración… tanto del pensamiento como de una nueva vida. Es un proceso que nace de procesos anteriores (los estudios y la reflexión, en el primer caso, mi matrimonio en el segundo) y que se proyecta en procesos futuros. Lo que vivimos tiene conexión con toda nuestra vida. En estos dos casos lo he visto con mucha claridad.

En cuanto entregas un libro para publicar te empiezas a comer el tarro y a ver que hay cosas que podrías haber mejorado y otras que quizá hoy las dirías de forma distinta… pero tienes que lanzarte en algún momento, porque si no, nunca publicarías nada, vivirías reescribiéndolo todo. Supongo que con la maternidad me pasará algo parecido: es tirarse a la piscina, intentando dar lo mejor de ti, pero habrá momentos en los que pudieras haberlo hecho mejor. Espero que cuando lleguen sea capaz de aprender de ellos.

En ambas «gestaciones» he tenido gente cerca que me ha ayudado y acompañado. No concibo ni el escribir ni el ser madre como algo que me atañe solo a mí. Son realidades que, aunque en primer término me conciernan a mí (bueno, la maternidad también a mi marido y su respectiva paternidad), las vivo como algo social, abierto a los demás, porque recibe de ellos y proyecta hacia ellos.

Seguro que hay más detalles en los que se parece escribir un libro y tener un hijo. De todos modos, hay una diferencia importante: el libro son palabras, en cierto sentido, sin encarnar. Están encarnadas en mi vida, si he sido capaz de escribir realmente lo que creo y de lo que vivo, pero en el libro están inertes. Necesitan un lector que les dé vida, que las encarne en su propia existencia una vez que las lea. Siento que con mi hijo o mi hija no sucede lo mismo: ya es encarnación, ya es amor concretado, llevado a la vida, en este caso, a una nueva vida. Por eso para mí tiene una significación mucho mayor el bebé que el libro. Lo que sea capaz de transmitirle a la niña o al niño será una verdad no solo «dicha», sino «hecha» en la existencia de una persona. ¿No es precioso dar algo así al mundo, escribir en una vida y no solo en un papel?

Os dejo testimonio gráfico del bebé y un link al anuncio del libro (Atraídos por lo humilde) en la web:

Atraídos por lo humildeprimera eco bebé

Escándalo navideño

Dime la verdad: cuando has leído «escándalo» te pensabas que la entrada iba a ir sobre el escándalo del consumismo o alguna cosa por el estilo, ¿a que sí? ¡Pues no! El mayor escándalo que, al menos en determinado momento, supuso la Navidad, fue lo que en ella se celebra: que Dios se hizo hombre. Para los filósofos griegos, amantes de lo abstracto y lo incorpóreo, resultaba impensable que Dios se hiciera concreto y material. ¿Cómo entender que el Creador del Universo se hizo ser humano, sometido a los límites del espacio y el tiempo?

Este es uno de los mayores «escándalos» que los cristianos mantenemos. Escándalo, sobre todo, para la razón… Porque si te paras a pensarlo, Dios no se hizo hombre adulto, ya educado y maduro, sino que se hizo niño y tuvo que crecer, como todos nosotros. Estos días en los Ejercicios en la vida diaria me ha tocado contemplar los misterios de la Navidad. Y al imaginar a María con el niño Jesús en brazos, pensaba en lo fuerte que es caer en la cuenta de que ese niño dependiente era Dios. Se hizo uno de nosotros hasta el extremo de no ahorrarse depender de una madre para nacer, alimentarse y crecer… Luego imaginaba a José, el padre adoptivo de Jesús, y me llevaba a caer en la cuenta de que Dios mismo fue adoptado. Asumió estar bajo la potestad de padres humanos mientras era pequeño y crecía.

Además, el «estilo» que caracterizó a este niño fue, desde el principio, la humildad, la pobreza y la sencillez. Tanto por dejarse en nuestras manos, como por haber venido al mundo de una forma tan humilde, sin riqueza ni boato.

Pues bien, esto meditaba estos días a raíz de mis Ejercicios, y también porque en una de mis clases el profesor dijo que la Encarnación era un gran escándalo intelectual para muchos filósofos.

Quiero fijarme en esta Navidad en este escándalo, pero bien entendido: no como algo que es malo, sino como algo que nos descoloca y nos hace repensar la imagen que tenemos de Dios y de la propia vida. Y quizá fijarme en él me lleve a darme cuenta de que también soy dependiente de los demás, también soy pobre y también estoy llamada a una entrega total, como Jesús.

Como digo muchas veces, el centro de la Navidad está en el pesebre. Las luces, los regalos, los encuentros… en suma, todo lo que hacemos, lo celebra, pero no lo sustituye. Al menos para quienes creemos en él. Os deseo una Navidad cristianamente «escandalosa».

[Me tomo tres semanitas de vacaciones blogueras para disfrutar de la familia… ¡y del escándalo, claro! Nos vemos a la vuelta. Felices fiestas a todos.]

I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

Bohemian Rhapsody

«Is this the real life? Is this just fantasy?
Caught in a landslide, no escape from reality
Open your eyes, look up to the skies and see
I’m just a poor boy, I need no sympathy
Because I’m easy come, easy go, little high, little low
Any way the wind blows doesn’t really matter to me, to me».

Queen, Bohemian Rhapsody

Comienzo la entrada como la semana pasada, con una confesión: cuando me propusieron ir a ver al cine la película Bohemian Rhapsody, sobre la historia del grupo de rock Queen, me dio un poco de pereza al principio. No había visto el tráiler ni había leído nada sobre la película, pero di por hecho que sería tipo documental y con una historia más plana de lo que luego encontré. Pero tuve una sensación de que debía verla, y fui. ¡Y menos mal! La película no tiene desperdicio. Intentaré deciros por qué sin incurrir en excesivos «spoilers» (o, como se diría en castellano, «destripes»… ¡aunque hay que reconocer que el sustantivo queda un poco extraño!). De todas formas, si conocéis la historia de Freddy Mercury y de Queen, tampoco os voy a decir nada que no sepáis. Es verdad que la película, por lo que dicen algunos, no es del todo exacta respecto a lo que realmente ocurrió. Aquí no me detengo en estudiar si lo que aparece fue así o no, sino en destacar un par de aspectos de la historia tal y como la película la cuenta. Es esa historia la que me ha gustado, sea más o menos verídica (en bastantes puntos creo que sí lo es, pero reconozco no ser una experta en el tema).

La película me gustó, en primer lugar, porque me pareció que está bien narrada. No se limitan a mostrarte las batallitas del grupo en su ascenso a la fama, sino que se nota que te quieren contar una historia humana. Y con «humana» me refiero a que lo principal en la historia no es tanto si Queen vende tantos discos o se hace tan famoso (aunque en parte también), sino lo que les ocurre a los personajes, sobre todo al protagonista: qué aprenden de la vida, qué priorizan en ella, cómo valoran a los demás, cómo se descubren a sí mismos…

Hay bastantes temas que aparecen con mayor o menor intensidad y que serían dignos de profundización (por ejemplo, la relación de Mary y Freddy y el descubrimiento de éste de su orientación sexual, un tema muy bien trabajado en la película, para mi gusto; o la relación de Freddy con sus padres), pero si tengo que elegir me quedo con estos dos:

1)      El aprendizaje de que el todo es mayor que la suma de las partes, y que se ve favorecido cuando esas partes son diferentes entre sí. Hacia el final de la película, Freddy se da cuenta de que lo que hacía grande a Queen no era simplemente que él era un genio, sino que formaban un equipo y se potenciaban unos a otros para formar algo mejor. Cuando estaba con gente que no le cuestionaba nada, creció mucho menos como artista.

2)      La importancia de quererse a uno mismo para descubrir la propia identidad y abrirse a una relación sana con los demás. Cuando Freddy hace este proceso personal, recobra la relación con sus amigos de una manera mucho más profunda.

Y no os cuento más, ¡para que veáis la película! Además, con buena banda sonora, eso está garantizado.

I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

Mirar al pasado perdonando o agradeciendo

La semana pasada escribí sobre la procedencia y el sentido del mal y subrayé que, en mi opinión, no podemos “justificar” el mal por el hecho de que nos puede llevar a cambiar de vida y elegir mejor el bien. No obstante, también dije que eso no significa que, cuando de hecho el mal o la adversidad nos lleguen en cualquiera de sus formas, no podamos aprovechar esa ocasión para crecer. Intenté mostrar que ambos argumentos no están reñidos, porque una cosa es el por qué del mal y otra cosa distinta cómo elegimos vivirlo de la mejor manera posible.

Hoy quiero dedicar la entrada a una persona que ha vivido situaciones extremas en su vida desde esta consigna: aprender a crecer en la adversidad y encontrar un sentido a la vida a pesar de que las circunstancias a veces lo pusieran difícil. Se trata de Irene Villa. Si tenéis tiempo, os recomiendo ver el reportaje entero (42 minutos):

https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/puede-el-perdon-curar-el-dolor-irene-villa/

Si has visto el vídeo, te puedes saltar lo que sigue 😉. Simplemente aprovecho para subrayar varios elementos que me parecen muy potables de la narración que ella hace y de las respuestas que da a las preguntas que le van formulando:

  • Lo primero en lo que insiste es que antes o después nos vamos a encontrar con adversidades (mayores o menores, pero alguna habrá), y no se trata de vivir con la obsesión de evitarlas (porque no se puede), sino aprender a afrontarlas para crecer.
  • Para ella la constancia es una virtud esencial para que todo lo demás fructifique. No sirve eso de decir “es que soy así, y punto”, sino que para determinados cambios personales y vitales es necesario el entrenamiento: creer que puedes cambiar, pero también ser constante en ese proceso que te lleva al cambio.
  • Tener la autoestima bien te abre puertas; no tenerla, te las cierra. Es difícil mantener una sana autoestima durante toda nuestra vida, y por eso es una tarea tan importante cuidarla…
  • El perdón libera. Irene Villa dice que perdonar no es (yo puntualizo, “no solo es”) por la otra persona, sino por ti mismo: a ella perdonar le sirve para sentirse liberada del mal que alguien ha cometido contra ella. Dice que es como cortar el hilo que te unía a esa persona por el rencor y sentirte libre respecto a ella. Me parece una visión interesante, porque, aunque pienso que lo ideal es la reconciliación (es decir, que el perdón se viva con profundidad por ambas partes, el que perdona y el que es perdonado, de manera que se pueda restaurar la relación), hay ocasiones en que no es posible, porque la otra persona no pone de su parte. En estos casos, como ella señala, el perdón sigue siendo valioso porque te libera de la rabia y el rencor, a pesar de que a la otra persona no le llegue ese perdón porque esté cerrada a ello. No perdonar te puede envenenar por dentro, te daña el corazón.
  • El miedo no lleva a buen puerto, el amor, sí.
  • Menciona estas tres “R” como pilares de la vida: Respeto, Responsabilidad y Resiliencia. Me parecen tres palabras muy dignas de tener en cuenta y no sé si siempre las valoramos lo suficiente.
  • Es central tener en cuenta que somos seres sociales, que no estamos solos… tampoco ante la adversidad. Ella valora mucho todo el apoyo de quienes la han ayudado en los momentos difíciles de la vida.

Dice muchas cosas más y, sobre todo, desarrolla más estas ideas, al hilo de su propia experiencia. No os cuento más para invitaros a que veáis el reportaje.

Me quedo especialmente con una frase que dice y que he utilizado para el título de la entrada: que, cuando miremos al pasado, lo hagamos “con perdón o agradecimiento”. Creo que son sabias palabras y que ayudan a vivir mejor: agradecimiento, porque te ayuda a coger fuerzas de lo bueno; perdón, porque te ayuda a liberarte de lo malo. Si interiorizamos esta conducta, seremos más capaces de crecer en la adversidad.

I.E. #5: ¿Existe el mal para hacernos conscientes de cuál es el bien?

Alguien me envió esta inquietud: «¿Dios nos pone en nuestro camino a gente que parece que la enfermedad y la adversidad se ceba con ella para que veamos qué es importante y qué no lo es en la vida?» Dura, ¿eh? Pero totalmente lógico planteársela… todos conocemos personas en las que parece que la adversidad se concentra en determinados momentos de su existencia. Y no puede sino surgirnos la pregunta de por qué eso es así, y si el sentido de ello es que aprendamos a valorar la vida y lo que es más importante en ella.

A esta pregunta yo respondería en primer lugar que no, pero luego matizaría que sí, en otro sentido. Os explico: pienso que Dios no es quien nos envía los males, las enfermedades, las adversidades, las desgracias… todo esto es propio de una existencia limitada como la nuestra y se agrava con el mal que cometemos las personas y repercute en los demás. Es decir, todo esto viene sin más, no es que Dios quiera enviarnos los males para darnos una lección.

Dios no actúa en nuestro mundo como un titiritero moviendo los hilos. Nos ha hecho libres en un mundo autónomo. Ahora bien, esto no significa que Dios permanezca de brazos cruzados frente a lo que ocurre en el mundo. A través de lo que sucede él siempre se hace presente para encaminarlo todo desde dentro al bien. No debemos identificarlo con las causas concretas de lo que ocurre, sino que su providencia se sitúa en un nivel superior, trascendente, y actúa a través de esas otras causas (por eso decimos siempre que Dios actúa a través de nosotros en beneficio de los demás).

Y aquí viene la segunda parte de mi respuesta: aunque Dios no “envía” esos males a la persona para que nosotros distingamos el bien del mal, sí intenta que aprendamos de su situación a hacer esa distinción. No es lo mismo decir que Dios quiere el mal para llevarnos al bien, que decir que Dios aprovecha el mal (que ya hay y que no es causa suya) para intentar encaminarnos desde ahí hacia el bien. Su providencia es su cuidado de nosotros a través de todo lo que pasa. Por eso incluso cuando lo que ocurre es malo Dios sabe encontrar modos de ayudarnos a superarlo, aprender de ello y encaminarnos más al bien. ¡Pero ojalá pudiera hacer esto mismo desde una situación buena, sin necesidad de que el mal se meta por medio!

Este texto que leí hace unos días lo refleja muy bien:

“…en realidad Dios no nos manda desgracias, sino que está tan cerca del que las sufre que las asume como proyecto suyo para aquel que ha de vivirla. De lo que siempre podemos estar seguros es de que en todo cuanto nos sobreviene, Dios se complica, se ocupa, lo convierte en su interés… e interviene. En ese sentido sí podemos afirmar que es ‘su voluntad’, porque todo su querer está implicado. Pero no en el sentido de que él es la causa directa de lo que está aconteciendo” (Nurya Martínez-Gayol ACI, El sentido apostólico de la adoración, Sal Terrae, Madrid 2018, pp. 102-103).

“…adorar significa reconocer esa posibilidad de Dios de rehacer nuestros caminos, nuestros planes, nuestros proyectos, y dotarlos de sentido, pase lo que pase. Cuando los planes se vienen abajo, por debilidad, por fragilidad, a causa de las libertades de otros, de desgracias naturales o de acontecimientos que nos sobrepasan, adorar nos da la posibilidad de creer que Dios se reinventa para nosotros y nos ofrece una y otra vez un nuevo camino, como propio y personal. Adorar nos invita a creer que aquello que tenemos que abrazar porque la vida nos lo impone y no nos queda más remedio, él está dispuesto a transformarlo en camino de salvación. […] el dolor de no haber podido recorrer el camino que deseábamos no se quedará sin sentido” (ibíd., p. 104).

La autora habla de “adorar” porque el libro trata sobre la adoración. En todo caso, su reflexión nos viene muy bien para el tema de hoy. Donde pone “adorar” podemos poner también “orar” o “relacionarnos con Dios”… la idea es que Dios no nos envía el mal, pero ante las frustraciones de la vida nos ayuda a buscar un sentido y reconstruir nuestro camino. Creo que, al menos casi siempre, el sentido no es algo que venga de las cosas mismas, sino que nosotros lo buscamos. El mal que sufrimos o vemos a otros sufrir no tiene sentido por sí mismo… se lo podemos dar si decidimos partir de esa situación hacia un horizonte de amor y de crecimiento personal.

Por eso, no justifiquemos las cosas malas como si fueran necesarias para aprender a distinguir, valorar y elegir el bien. Es cierto que a veces no nos damos cuenta de lo que es importante en la vida hasta que no nos suceden desgracias (por cierto, sería interesante plantearnos por qué…) y en ese sentido ese puede ser un momento importante de revelación y de aprendizaje. Pero no significa que esas cosas suceden por una especie de designio superior. Eso sí, cuando vengan, aprovechémoslas para crecer. Nunca está todo perdido y nunca perdemos la capacidad de rehacernos. Dios siempre tiene esperanza en nosotros… tengámosla también.

Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.