I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

Felices = amados

Hace unas semanas estábamos Rober y yo de viaje con dos amigos y un día por la noche nos pusimos filosóficos; nos hacíamos preguntas «profundas» y cada uno daba su respuesta. En una de estas, alguien (creo que fui yo) preguntó qué era para los demás ser feliz. Cada uno dio su respuesta. Cuando me tocó mi turno dije: «para mí ser feliz es saberme amada». Lo dije de sopetón, casi sin pensarlo, pero después le he dado bastantes vueltas y estoy muy convencida de esta definición. Porque cuando me sé amada soy feliz, siento mi vida plena de raíz, a pesar de que haya cosas que vayan mal o sucesos que me pongan triste.

Ayer fue la boda de mi hermana Marcela y mi cuñado Matías. El evangelio que eligieron para la celebración fue el de las bienaventuranzas. A primera vista, puede parecer curioso que elijan un evangelio donde se llama bienaventurados o felices a los pobres, los que lloran, los que quieren justicia, los mansos, los perseguidos… sin embargo, teniendo en mente mi definición de felicidad me pareció un evangelio de lo más coherente para un matrimonio: la felicidad está en el amor que se tienen y que ayer se prometieron para siempre ante todos los que estábamos allí. Y ese amor no se ve menguado por los momentos de tristeza, las injusticias o dificultades de la vida.

Como supongo que os pasaría a quienes también estuvierais en la boda y los conocierais bien, para mí esta reflexión tuvo una hondura especial, puesto que la alegría desbordante que compartimos con ellos ayer no era una alegría ingenua ni mucho menos superficial. Realmente han pasado muchas dificultades de todo tipo y estas en vez de separarlos los han unido más. Han luchado por estar juntos de manera incansable. Por eso verlos celebrar su amor ayer no fue un facilón «felices para siempre» de algunas películas, sino la verdadera alegría de ver que el amor triunfa sobre todos los problemas y dificultades; su «felices para siempre» o «bienaventurados para siempre» fue la promesa de mantener la apuesta que ya vienen haciendo mucho tiempo: quererse contra viento y marea y medir su felicidad en la calidad de su amor y no en las comodidades de su vida.

Gracias, Marce y Matías, por el día tan maravilloso que pasamos ayer con vosotros. Y gracias a todos los que aportasteis vuestro granito de arena para que así fuera.

[A mis lectores habituales: sé que tenía que haber retomado ya vuestras inquietudes existenciales, pero como veis están pasando muchas cosas importantes en mi vida que no podía dejar de compartir. Espero retomarlas pronto.]

I.E. #4: ¿Somos seres incompletos? ¿Qué «pieza» nos falta?

Vamos a por la cuarta inquietud existencial. Alguien me preguntó si cada persona necesita a alguien en particular para estar completo, si somos seres incompletos en búsqueda de una pieza (es decir, una persona) determinada que nos falta y que es perfecta para encajar con nosotros. Me pareció una pregunta muy interesante y creo que está a veces muy presente cuando pensamos sobre el amor.

Como punto de partida, diría que Hollywood nos causa demasiados problemas con este tema en particular. El mito de la media naranja (que, por otra parte, es bastante antiguo) se ha infiltrado en nosotros hasta límites insospechados a través de ciertas películas de amor: esas en las que hay una persona que parecía totalmente destinada a otra persona, que por fin consiguen estar juntas y son felices.

Para mostrar que el mito no es verdad, (o no del todo) apelaré a otras historias (también presentes en las películas, series y novelas) que muestran otros casos: la típica persona que quedó viuda y acaba conociendo a alguien con quien tiene una bonita historia de amor. ¿No parece indicar esto que es posible tener una relación con más de una persona?

A veces nos creemos a pies juntillas el mito de la media naranja por esa idea de destino que nos es tan querida (recordad lo que dijimos en la inquietud #2 sobre la libertad y la predestinación). Yo pienso que no existe una persona perfecta para nosotros. ¿Por qué? En primer lugar, porque no hay nadie perfecto. Todos tenemos luces y sombras, virtudes y defectos… se trata de saber relacionarnos, crecer y construir algo juntos desde lo que somos, y lo que somos es imperfectos (por más que sea bueno querer mejorar como persona… pero eso no equivale a pretender que se es perfecto).

En segundo lugar, porque no hay «una» sola persona con la que podamos tener una relación de pareja sana y profunda. En las relaciones hay muchos factores que influyen, y algunos no dependen tanto de nosotros (hay gente con la que no se empasta y no se sabe bien por qué), pero otros sí, porque la relación es algo que se trabaja entre las dos partes, algo que se construye y en lo que se puede crecer.

Mantener el mito de la media naranja es creer que solo pesa lo que no depende de nosotros, esas características que (es cierto, de forma un poco misteriosa), hacen que en principio o de entrada estemos mejor con una persona que con otra. Se han dado casos de gente que empieza mal y termina fenomenal, gente a la que le sucede al contrario, gente que parece poco compatible pero encaja bien…

No podemos obviar que hay aspectos que escapan a nuestra comprensión o a nuestra acción y que a veces impiden una buena relación. Pero, desde luego, creo que hay mucha gente (o, al menos, más de una persona) con la que podemos tener una relación buena, sana e, incluso, para toda la vida. Elegir una persona con la que estar siempre es una cuestión de compromiso, de apuesta, de construcción, no es algo que «cae del cielo» tal cual. La primera aparición de la persona en nuestra vida sí puede tener ese carácter sorpresivo que incluso podemos reconocer como don de Dios, pero eso no significa que el éxito de la relación se deba a solo a este reconocimiento. En este sentido, quizá tenemos una comprensión demasiado estática de lo que es una relación.

Con todo, estoy de acuerdo con esa idea de que somos seres necesitados y nos falta una pieza, pero esa pieza no es (o no solo) una pareja. Somos seres necesitados porque no somos islas, no nos realizamos de manera independiente: estamos hechos para salir de nosotros y dejar entrar a otros en nuestra vida. Esa pieza que nos falta es el amor, y el amor tiene muchos cauces para llegar a nosotros y muchos lugares hacia los que ir desde nosotros. Para muchos, un cauce muy importante es una pareja con la que construye una vida conjunta, pero no es el único, ni todo el mundo lo tiene (sin que, por ello, deje de tener cauces de amor en su vida). Me parece que prueba de ello es que la vida tiene sentido para quien no tiene esa persona y también para quien la ha tenido y la pierde. Otra cosa es que, en algunos casos, buscar de nuevo ese sentido sea una tarea difícil.

Si me permitís ponerme teológica, pienso que esa pieza en realidad es Dios, porque Dios es amor, y ese deseo infinito que tenemos en nosotros, esa sensación de que no nos bastamos a nosotros mismos, de que nos «falta» algo… es signo de que estamos hechos para el infinito y nosotros no podemos fabricarlo. Es él quien viene a nosotros. Y, como decíamos, tiene muchos cauces.

Amar a nuestros enemigos

Los cristianos tenemos muy claro que Jesús nos dijo que amáramos a nuestros enemigos, pero últimamente me pregunto si realmente somos conscientes de lo que ello implica. Y digo «conscientes» no mentalmente, porque la idea la tenemos clara, sino existencialmente, en el corazón: ¿vivimos nuestra fe desde esta invitación del Maestro?

Por propia experiencia, creo que a veces la pasión por el Evangelio nos lleva no sólo a indignarnos ante la injusticia (que también), sino a dar un paso más allá: albergar sentimientos negativos hacia quienes cometen los actos injustos, incluso a juzgarlos. Es comprensible, porque nos mueve a ello el deseo sincero de un mundo justo para todos. La pregunta que nos tenemos que hacer es si vamos a conseguir esa justicia alimentando esos juicios o si, por el contrario, al juzgar a la persona estamos desencadenando más mal y más incapacidad de amor; por tanto, más incapacidad de justicia. Y digo juzgar a la persona, no sus actos; pues, aunque juzguemos sus actos como malos (incluso, aunque las consecuencias de esos actos deban ser asumidos por ella responsablemente), podemos creer que todo ser humano es capaz de bondad y que la mejor manera de ayudarlo a ello es amándolo.

«Amad a vuestros enemigos» no significa «amad el mal que os desean» ni «amad el mal que hacen». Significa «amadlos a pesar de ese mal, porque toda persona es valiosa y es capaz de bien si su corazón se convierte». No se trata de negar el mal ni de faltar a la verdad, sino de intentar mirar a cada ser humano como Dios lo miraría: como un ser débil, herido, pero capaz de mucha grandeza si sigue el camino adecuado. Es amar humildemente: desde la verdad, pero también con delicadeza, con misericordia.

Es muy difícil amar de verdad a quien nos cae mal, nos parece culpable o es incluso nuestro enemigo. No tenemos que hacerlo solos, sino dejar que Dios convierta nuestro corazón de piedra en corazón de carne para poder ser instrumentos suyos cuando realice esa misma transformación en el corazón de aquellos a los que, con nuestras solas fuerzas, nos cuesta amar.

Es una tarea difícil que solo puede ser emprendida cuando se la recibe como don. Y creo que nos hace falta recordárnoslo de vez en cuando. Dentro de la propia Iglesia no siempre sabemos amarnos así, e incurrimos en críticas dañinas en vez de constructivas o en enfrentamientos que no son fraternos, en vez de intentar transformar la realidad desde el amor. No desde el «buenismo», tampoco desde el juicio; sino desde el amor en la verdad. Ya lo dijo san Pablo: sin amor, no somos nada. Aunque lucháramos por la justicia, deseáramos una Iglesia más santa, intentáramos que las cosas fueran a mejor… sin amor, que es la esencia de Dios y por tanto su manera de hacerlo todo, todos esos proyectos se nos quedan por el camino. A esto apunta ese difícil envío: «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).

Cuando la tentación de (supuestamente) «amar más» nos haga «amar peor», cuando el «celo» por el Evangelio nos lleve al rencor o al odio, recordemos que Jesús no curó a todos los enfermos del mundo, ni liberó a todos los endemoniados, ni fue a todos los países… pero amó a todos los seres humanos y no odió a nadie, incluso cuando lo crucificaron. Ese amor nunca lo llevó a mentir a los demás sobre su verdad (incluyendo la verdad del pecado que cometieron), pero le hizo no juzgarlos (en el sentido de condenarlos), sino intentar siempre su conversión. Con las palabras de san Pablo, Jesús no cayó ni en el peligro de la inmoralidad (para Pablo, el peligro pagano) ni en el del orgullo (el peligro fariseo). A eso estamos llamados.

Reto cuaresmal: recuperar la alegría y amarnos a nosotros mismos

Durante este inicio de Cuaresma han confluido en mí dos ideas que no son nuevas, pero que me venía bien recordar. Por un lado, la llamada a recuperar la alegría cristiana, tanto por parte del papa como por parte de nuestros obispos. A veces catalogamos la Cuaresma como el momento de la negatividad, de recordarnos «lo malos que somos» y la necesidad que tenemos de conversión. Y en parte es verdad, pues necesidad de conversión siempre tenemos. Pero si nos quedamos en eso podemos perder el norte de hacia dónde camina esa conversión: la alegría de saber que Dios está presente en nuestra vida y la hace siempre más plena. Por tanto, una Cuaresma bien vivida nos debe llevar a recuperar con hondura la alegría que supone la fe. Esto me recordó lo que escribí en este mismo blog hace dos años sobre la «alegría seria» como aprendizaje cuaresmal: una alegría honda y esperanzada pero no ingenua ni despreocupada de lo que sucede a nuestro alrededor.

La segunda cosa que ha venido a mi mente estos días es la necesidad de amarnos de verdad a nosotros mismos, ya que muchas veces no sabemos. Esto también me recordó a una reflexión que había hecho en el blog, hace más de dos años, a raíz de esta cita de Miguel de Unamuno: «“¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”, se nos dijo, presuponiendo que cada cual se ame a sí mismo; y no se nos dijo: “¡Ámate!” Y, sin embargo, no sabemos amarnos.» (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Alianza, Madrid 72008, p. 64).

Otra cuestión interesante y que no suele vincularse a la Cuaresma. Como actualmente impera tanto el egoísmo y la vanidad, es fácil pensar que necesitamos convertirnos de eso, aprender a «negarnos a nosotros mismos» y abrirnos más a los demás. Nuevamente, es verdad. Pero tenemos el peligro de centrarnos en aquello en lo que tenemos que mejorar y olvidarnos de ser compasivos también con nosotros mismos. Nos quejamos de que los demás nos juzguen, pero somos los peores jueces de nosotros mismos. Estos días me he dado cuenta de cuántas veces se me cuela (y creo que a todos nos pasa) echarme la bronca a mí misma cada dos por tres por no cumplir un estándar de eficiencia que me había prefijado, por no ser perfecta y consiguientemente cometer errores, por no tener fuerza de voluntad para algunas cosas…

En relación con esto, el otro día vi una imagen de estas que se envían por WhatsApp en la que ponía: «Es bien sencillo: limosna, amar al otro; ayuno, amarse uno mismo; oración, amar a Dios. La Cuaresma es solo cuestión de amar». Me pareció el resumen perfecto de todo lo que ha ido confluyendo en mi inicio cuaresmal. Como es cuestión de amar, es cuestión de recordar que el amor es lo que nos da la verdadera alegría. Y como es cuestión de amar, todo lo que hagamos tiene que ayudarnos a hacerlo más y mejor. Por eso, en el tema concreto de amarnos mejor a nosotros mismos, quizá de lo que tenemos que ayunar es de culparnos en exceso por todo, de frustrarnos por no llegar a una supuesta perfección prefijada, de despreciarnos por las cosas que nos salen mal.

Podrá replicarse que esto nos puede volver cómodos y no hacernos crecer, pero nada más lejos, porque para eso están la limosna y la oración: el amor a los demás y a Dios, que nos saca de nuestro egoísmo. Solo digo que a veces ponemos todas las tintas en eso y no nos acordamos de ser un poco más misericordiosos con nosotros mismos. Desde esa compasión nos saldrá una generosidad y un amor mucho más purificados hacia afuera. ¡Tarea nada desdeñable para el mes que tenemos por delante!