I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

Anuncios

I.E. # 8: La coherencia

Como hace ya tiempo que no contesto a vuestras inquietudes existenciales, he tenido que releerlas todas de nuevo para elegir una para hoy. Al hacerlo, me he dado cuenta de que a muchos os preocupa el tema de la coherencia personal. La manera de formularlo es distinta, pero en resumidas cuentas todos confluís en que os preocupa si realmente vivimos siendo coherentes con nuestros principios y si esto es posible.

Así sin pensarlo demasiado, tirándome un poco a la piscina, diría dos cosas: 1) Sí es posible ser bastante coherente, aunque es difícil serlo del todo. 2) Actualmente creo que la coherencia no es una actitud que abunde. Partiendo de este análisis de la realidad, me planteo qué puede estar pasando para que esto sea así: todos queremos coherencia, en principio sería posible tenerla, pero vemos que como sociedad «sacamos poca nota» en esta actitud.

Mi primera hipótesis es que no somos coherentes porque nos falta asentar un poco el primer fundamento de la coherencia: los principios o los valores. Si la coherencia se define como actuar conforme a los propios principios, ¿cómo vamos a atenernos a unos principios que ni tenemos claros y que cambian constantemente según lo que nos viene mejor? Claro que en la vida vamos madurando y cambiando de parecer y no tenemos los mismos principios siempre. Me refiero, más bien, a que se está implantando en nuestra sociedad un inmediatismo (muchas veces emotivo y visceral) que nos arrastra a opinar de todo, cada día según nos dé. Para tener principios hay que pararse un poco a pensar cuáles son y por qué los tienes. Sin este paso previo, no tienes nada con lo que ser coherente, nada a lo que atenerte con tus actos.

En segundo lugar, estamos tan preocupados de que los demás se atengan o no a sus principios (para poder criticarlos) que no nos queda tiempo, interés ni fuerzas para observar nuestra propia coherencia. Dicho de forma más simple, somos demasiado «juzgones» y demasiado «bocazas». Lo primero nos pone siempre en guardia frente a los demás y nos disuade de ponernos en guardia ante nosotros mismos. Lo segundo añade más dificultad a la coherencia propia, porque cuantas más cosas critiquemos, más cosas nos tenemos que exigir a nosotros mismos para ser coherentes. Como no lo conseguimos, acabamos teniendo una sensación de falsedad generalizada.

Finalmente, está la cuestión de la pereza y la comodidad (sálvese quien pueda). Ser coherente requiere control, sacrificio y discernimiento; no vale cualquier decisión ante determinada situación. Y reconozcamos que muchas veces no estamos dispuestos. Recurrimos a lo anterior, buscamos un chivo expiatorio al que criticar, y nos olvidamos de que nosotros también tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás.

Sé que hoy he sido más dura de lo habitual. Creo que hay cuestiones en las que no conviene que nos sigamos engañando todos. Como siempre, no valen las generalizaciones, y hay gente que no sigue estos patrones o no de manera tan drástica. Pero seamos sinceros: estamos fomentando una sociedad superficial, criticona y acomodada. Con todo, yo sigo permaneciendo optimista y os diré por qué:

1) Creo que sí tenemos principios, pero nos falta darles nombre y asentarlos. No es que seamos gente sin valores, pero no dedicamos el tiempo suficiente a pensarlos y priorizarlos. Ante una situación suele haber varios valores en juego y no podemos dejarnos llevar por la primera impresión que la situación nos produce. Así, creo que seguimos teniendo sensibilidad y capacidad de valoración, pero nos falta desarrollar un juicio más crítico.

2) No estamos tan lejos de la coherencia porque al menos la entendemos como un valor y no nos gusta cuando falta. La parte positiva de nuestra «compulsión al juicio» es que somos capaces de ver como negativo lo que no es bueno. Ahora bien, tendríamos que empezar por dirigir esa mirada crítica hacia nosotros mismos, y no utilizarla para hacernos daño sino para crecer (la actitud criticona dirigida hacia uno mismo también es muy dañina… no se trata de culpar, sino de mejorar como persona). Una vez que hemos hecho este proceso personal, tendremos más capacidad para que la crítica que hagamos, tanto a nosotros mismos como a los demás, sea constructiva y compasiva y no destructiva.

Esta semana me gustaría que todos hiciéramos estos deberes: pensar un poco más con calma y profundidad qué está en juego en cada situación y cómo debemos valorarla; esforzarnos por actuar un poco más fielmente a ese discernimiento que hemos hecho; controlar un poco nuestra lengua y empezar por buscar nuestra propia coherencia antes de exigírsela hipócritamente a los demás.

Sin enfrentarse a crecer uno mismo creo que no se está en situación de hacer ninguna crítica (y ojo que digo «hacer crítica» y no «juzgar» o «criticar»). Podemos ser coherentes, pero nos lo tenemos que currar un poco más.

«Nestorianismo existencial», el mal de nuestro tiempo

Mi profesor de cristología siempre nos decía que la herejía más común en la actualidad (aunque sin que la gente sea consciente de ello) es el nestorianismo, que consiste en pensar que en Cristo hay dos personas totalmente separadas e independientes entre sí: por un lado, la divinidad y por otro, la humanidad. Es considerado herejía porque para la Iglesia Cristo es una sola persona en la que están unidas perfectamente la divinidad y la humanidad. Evidentemente mi profesor no se refería a que hubiera mucha gente que hiciera de esta herejía su causa y quisiera por ello escindirse de la Iglesia, sino más bien a que es el error más común a la hora de pensar la persona de Jesucristo.

A raíz del nestorianismo he estado pensando bastante últimamente si no será uno de los principales problemas de la crisis antropológica actual una especie de «nestorianismo existencial», es decir: que separamos tanto las dimensiones de nuestra vida que casi es como si fuéramos distintas personas en los distintos ámbitos.

Cuando estamos con la familia, tenemos nuestro código familiar. Cuando estamos en el trabajo, respondemos como empleados. Como ciudadanos, nos quejamos de toda la injusticia y corrupción política y social. Y un largo etcétera. Pero no sé si siempre nos paramos a pensar que somos una persona y que deberíamos mostrar coherencia personal en todos los ámbitos, por mucho que en cada uno haya que comportarse de una manera adecuada al mismo (que eso nadie lo discute).

Por ejemplo: si nos quejamos como ciudadanos de la injusticia social, no deberíamos ser injustos en nuestro trabajo. Si nos quejamos de la corrupción, no deberíamos ser corruptos en nuestro empleo o para favorecer a nuestra familia. Si nos quejamos de quien obra inmoralmente, no tiene sentido que después nos permitamos esas inmoralidades para progresar intelectual o empresarialmente. Es decir: no somos por un lado morales, por otro lado, inteligentes, por otro, trabajadores y por otro, familiares. Y el hecho de ser una persona debería tener sus repercusiones en todos estos ámbitos.

Pero, yendo más allá: no sólo deberíamos plantearnos de forma integral nuestros valores y coherencia moral, sino también nuestra felicidad y el sentido de nuestra vida. A veces nos dedicamos a coleccionar momentos independientes entre sí, momentos de diversión fragmentaria que creemos que van a llenar todas las inquietudes que tiene nuestro corazón; y en parte conseguimos «ir tirando», pero a la larga el vacío acaba asomando cuando nos falta un proyecto, una dirección, un sentido que dé unidad a todo.

En el fondo, no es que no sepamos del todo lo que nos hace felices; el problema es que no nos paramos a definir nuestras prioridades, de manera que algo que en realidad es menos importante puede llegar a quitarle espacio a lo que es o debería ser lo esencial, porque todo queda sumergido en el mismo maremágnum de fragmentos. Para priorizar, debemos preguntarnos quiénes somos y qué queremos realmente en la vida. Vivirnos de forma unitaria no implica que haya que eliminar ámbitos vitales. Significa tener unas prioridades y unos valores con los que ser coherentes para dar sentido a la amalgama de cosas que luego irán apareciendo. Porque, de lo contrario, dando a todas las cosas la misma importancia, limitándonos a coleccionar fragmentos, iremos a merced de los vientos que soplen más fuerte y acabaremos viviendo divididos.

No sé si es justo calificar a esta división (o más bien dispersión) existencial en la que vivimos como «nestorianismo existencial», porque seguro que el pobre Nestorio tampoco estaría de acuerdo con este modo de vida. Lo que él quería era valorar en su justa medida la humanidad de Cristo, sin que se la (con perdón) «merendara» la divinidad. Y quizá ese es nuestro miedo: que nada nos impida tener en nuestra vida un fragmento más. Es decir, que no tengamos que renunciar a nada. La contestación de la Iglesia a Nestorio, aunque hay que salvar mucho las distancias, también nos puede servir a nosotros: que en Cristo haya dos naturalezas (divina y humana) no impide que haya una perfecta unidad. Apliquémonos esto mismo: que tengamos familia, trabajo, inquietudes intelectuales, moralidad, diversión y un largo etcétera no significa que tengamos que vivirlo todo fragmentariamente. Mejor nos iría si lo viviésemos con unidad y coherencia y, sobre todo, con dirección y sentido.