«Líbranos del elitismo»

Cada vez constato más lo mucho que nos atrae a todos el elitismo. Lo paradójico es que, hasta aquellos que se meten con el elitismo de otros, acaban presos de su propio elitismo. Es una tentación que tenemos todos desde que el mundo es mundo.

Quizá os parezca que es un poco exagerado decir que todos somos elitistas a nuestra manera. Igual es porque pensamos en la «élite» como un grupo de personas famosas, exitosas o poderosas, o al menos como un grupo que, de alguna manera, está socialmente «por encima» de los demás. Pero yo pregunto: ¿qué es estar «por encima»? ¿Acaso puede decirse que hay quien está por encima de otro? He aquí el secreto del elitismo: no se trata de un «por encima» determinado, sino de cualquiera de ellos. En cuanto alguien se cree por encima de las demás personas, ya está formando su propia élite.

Quien se siente superior por defender los derechos sociales es tan elitista como quien se siente superior por tener dinero. Entendedme: no estoy haciendo un juicio moral, sino espiritual. Es decir, no se trata de cuál de esas dos cuestiones es más lícita (buscar tener más dinero o buscar el bien social, en este ejemplo), sino de que en ambas subyace el mismo mecanismo espiritual: mirar por encima del hombro a quien no responde a lo que uno ha marcado como requisito para entrar en su élite.

El problema del elitismo, por tanto, no es tanto qué hacemos, sino cómo lo hacemos, pero de manera que en ese «cómo» nos jugamos el «qué». Cuando una persona considera a otra inferior en dignidad, ya ha perdido la razón, por muy valiosa que fuera su causa. Una cosa es hacer un juicio objetivo sobre las acciones o actitudes de las personas y otra muy distinta es considerarlas inferiores en dignidad. Constituirse en élite y juzgar a los que están fuera de ella como inferiores va por la segunda línea. El problema es que muchas veces no somos capaces de distinguir bien entre ambas cosas y olvidamos que juzgar un acto malo no implica juzgar a la persona que lo ha hecho como no válida, porque todos somos válidos y todos somos dignos. En cuanto olvidamos esto, somos capaces de lo más horrible… y debemos tener cuidado, porque se empieza por algo sencillo y se acaba por una atrocidad.

Por eso deberíamos pedir a Dios, además de «líbranos del mal», «líbranos del elitismo»: líbranos de considerarnos superiores a nadie.

[Dedicado a Rober porque es su cumpleaños y por tratarse de un tema que nos preocupa a ambos.]

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El combate espiritual

Ayer, en una serie de abogados que estoy viendo, un personaje le decía a otro que para cambiar el mundo lo que tenía que hacer es cambiarse a sí mismo y que, cuando lo consiguiera, ya había aportado su parte para cambiar el mundo. El otro no acababa de creérselo y seguía empeñado en que tenía que hacer un montón de cosas. No se daba cuenta de que la raíz de todas ellas se juega en nuestro ser. Si no se transforma nuestro ser, lo que hagamos tiene siempre la amenaza de corromperse.

Para el cristianismo, no somos nosotros los que nos cambiamos a nosotros mismos, sino que nos transforma Dios. Sin embargo, esto no es pasivo, porque requiere que nos pongamos en su presencia, sepamos reconocer que nos ama independientemente de nuestros méritos y nos dejemos transformar poco a poco por él. Parece todo muy pasivo, ¿verdad? Y sin embargo es lo que cuesta más trabajo.

De hecho, cuesta tanto, que nuestra tradición siempre ha hablado de ello como un verdadero combate espiritual. Combatimos contra todo aquello que nos hace dudar de que valemos la pena; contra todo lo que nos sumerge en la inseguridad; contra todo lo que nos mete en la espiral del merecimiento y del frenesí de hacer mil cosas para poder merecer el amor; contra lo que nos hace dudar de que podamos ofrecer algo valioso al mundo, de que tengamos una verdadera vocación; pero también contra aquello que nos vuelve conformistas, perezosos y pesimistas; contra lo que nos cierra en nuestras cosas y nos impide abrirnos a los demás y a Dios…

Bajo la apariencia de realidades muy diversas, lo que se juega siempre es lo mismo: dónde ponemos nuestro valor. ¿En lo que hacemos? ¿En lo que merecemos? ¿En lo que los demás piensan que hacemos o merecemos? ¿En lo que creemos que se espera de nosotros? Todo esto no hace más que llamar a nuestra puerta día sí y día también. Ser capaz de vivir espiritualmente a pesar de todo ello no es fácil y por eso es un verdadero combate.

Vivir espiritualmente es vivir habiendo reconocido que valemos porque somos seres humanos y no dejamos de valer incluso cuando hemos hecho grandes atrocidades (no porque dé igual lo que hayamos hecho, sino porque siempre podemos sanar y restaurar nuestro ser); es vivir siempre conscientes de nuestra verdad, es decir, humildemente: sin infravaloraciones, pero sin orgullo, conociendo nuestra pobreza y nuestros dones; es vivir siempre abiertos: abiertos a los demás, a Dios, a nuestro interior, al mundo que nos rodea… abiertos no como queriendo dar respuesta a todo el aluvión de estímulos que nos llega día a día, sino queriendo buscar honestamente nuestro lugar y misión en el mundo.

Todo esto no es tan fácil… de hecho, es lo más difícil. Es más fácil sentirte héroe por haber hecho algo bien que reconocer humildemente que no eres el salvador del mundo. Es más fácil querer cambiar muchas cosas en lo exterior y lo que te rodea que estar dispuesto a asomarte de verdad a ti mismo, encontrarte lo que hay, lo que eres, y estar dispuesto a dejarte transformar. También es más fácil estar “semi-abierto” que abierto del todo: escuchar a los otros, pero no dejarte realmente transformar por lo que te viene de ellos; dejarte cuestionar de verdad no es fácil.

Por eso decía que es un combate espiritual. Y por eso para los cristianos es un combate que no puedes librar solo. Como cristiana, librar mi combate consiste, en primer lugar, en ponerme ante Dios y no dejar de hacerlo. En segundo lugar, ponerme no de cualquier manera, sino con apertura, honestidad y deseo de ser transformada. En tercer lugar, con la entrega confiada de que, sea cual sea la transformación, será para mi bien, si es Dios quien la hace en mí. Debemos creernos el “ciento por uno”, porque su paradoja no quita su verdad. Cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar, lo que surge de la transformación es mucho mayor que lo que podíamos perseguir con nuestras propias fuerzas.

Muchas veces mis fuerzas flaquean y no combato como debería. Ese simple “ponerse a tiro” cuesta… pero creo que es el combate más bonito que podemos librar en nuestras vidas, y os animo a que, aunque a veces tiremos la toalla, estemos siempre dispuestos a luchar en el siguiente asalto. Os aseguro que, con perseverancia y la ayuda de Dios, obtendremos la victoria, que no es otra que nuestro ser renovado y todo lo que de él surge para nuestro bien y el de los demás.

¿Luchamos?

«Alegraos y regocijaos»: llamada a no «apalancarnos»

Me ha gustado la reciente exhortación del papa Francisco sobre la santidad, que como muchos sabréis se llama «Alegraos y regocijaos» (curioso que sus tres exhortaciones apostólicas lleven la palabra «alegría», ¿verdad?). Lo cierto es que, al leerla, no me parecía descubrir nada totalmente nuevo, pues todo lo que nos recuerda el papa ya está en nuestra tradición. Pero sus palabras me han parecido muy oportunas en el momento en que vivimos, porque nos invitan a ir a lo esencial y porque lo hacen, además, con un gran equilibrio.

A quienes les gustan las «recetas» o los subrayados unilaterales, les habrá parecido un documento inclasificable. Y es que Francisco juega siempre muy bien con los equilibrios: su llamada a la oración constante no va en detrimento del compromiso con el prójimo y la implicación social; su invitación a la audacia no impide la paralela invitación a la humildad; el subrayado de la misericordia no atenta contra el de la justicia; el recordatorio de que necesitamos la gracia de Dios no resta nada a la necesidad de movilizar nuestra libertad para acogerla y obrar desde ese amor recibido…

Podrían añadirse más ejemplos, pero creo que son suficientes para sacar una conclusión: el papa nos está invitando a no «apalancarnos», no estancarnos en el camino de la fe, que es siempre un camino de conversión. Y esa conversión es totalmente personal, aunque haya rasgos comunes que derivan del propio Evangelio. Al hacer vida ese mismo Evangelio, cada uno encontramos unas resistencias distintas en nuestro propio ser y en los que nos rodean, así como algunos de esos rasgos que en nosotros son más espontáneos, o, por así decir, que nos cuestan menos.

Creo que es importante ser conscientes de que para que nuestra vida esté totalmente arraigada en Dios (que es lo que significa la santidad), debemos huir de acomodarnos en esos dones que tenemos o en esos rasgos del Evangelio que nos resultan más asumibles, porque podemos caer en la trampa de no crecer en aquellos que más nos cuestan, que suelen ser los que descubren precisamente nuestra pobreza.

Por poner un ejemplo: una persona puede ser de tendencia más contemplativa y estar muy cómoda en la oración, pero esa oración pierde su sentido si no lleva a una transformación de la vida concreta y a un compromiso con el prójimo. Por el contrario, otra persona puede ser muy activa e implicada con el prójimo, pero tiene el peligro de que el compromiso se desvíe del estilo evangélico si no lo alimenta de la oración, de estar con el Señor. No son realidades excluyentes entre sí, sino todo lo contrario: crecen recíprocamente. Pero es fácil que encubramos nuestra pereza espiritual a crecer en ambas intentando mostrar que la que supuestamente nos cuesta menos es «la que verdaderamente cuenta».

Otro ejemplo que se me ocurre sería el de la humildad y la audacia que comentaba antes: para quien tiene mayor tendencia a la mansedumbre y humildad quizá el peligro es acobardarse cuando debe decir la verdad; quien tiene como fuerte la audacia, es más probable que peque de poco delicado en las formas o de crítico destructivo en vez de constructivo. La humildad y la audacia no llevan de por sí ni a la cobardía ni a la falta de tacto, respectivamente, pero es fácil que caigamos en la tentación de quedarnos en el extremo que nos es más cómodo.

La síntesis de todos los aspectos la hace el Espíritu Santo en nosotros… pero hay que dejarle y ponerse a tiro. Para ello hay que empezar por reconocer que no somos perfectos y que siempre hay algo en lo que tenemos que crecer. O, dicho de otra forma: para poder ser santos debemos no «apalancarnos». El siguiente paso sería reconocer que el don que tiene el otro es tan necesario como el mío, aunque ninguno nos podamos «apalancar» en el nuestro. Pero eso lo dejamos ya para otro día… Os invito a leer la exhortación y ver qué os resuena más a cada uno.

Amar a nuestros enemigos

Los cristianos tenemos muy claro que Jesús nos dijo que amáramos a nuestros enemigos, pero últimamente me pregunto si realmente somos conscientes de lo que ello implica. Y digo «conscientes» no mentalmente, porque la idea la tenemos clara, sino existencialmente, en el corazón: ¿vivimos nuestra fe desde esta invitación del Maestro?

Por propia experiencia, creo que a veces la pasión por el Evangelio nos lleva no sólo a indignarnos ante la injusticia (que también), sino a dar un paso más allá: albergar sentimientos negativos hacia quienes cometen los actos injustos, incluso a juzgarlos. Es comprensible, porque nos mueve a ello el deseo sincero de un mundo justo para todos. La pregunta que nos tenemos que hacer es si vamos a conseguir esa justicia alimentando esos juicios o si, por el contrario, al juzgar a la persona estamos desencadenando más mal y más incapacidad de amor; por tanto, más incapacidad de justicia. Y digo juzgar a la persona, no sus actos; pues, aunque juzguemos sus actos como malos (incluso, aunque las consecuencias de esos actos deban ser asumidos por ella responsablemente), podemos creer que todo ser humano es capaz de bondad y que la mejor manera de ayudarlo a ello es amándolo.

«Amad a vuestros enemigos» no significa «amad el mal que os desean» ni «amad el mal que hacen». Significa «amadlos a pesar de ese mal, porque toda persona es valiosa y es capaz de bien si su corazón se convierte». No se trata de negar el mal ni de faltar a la verdad, sino de intentar mirar a cada ser humano como Dios lo miraría: como un ser débil, herido, pero capaz de mucha grandeza si sigue el camino adecuado. Es amar humildemente: desde la verdad, pero también con delicadeza, con misericordia.

Es muy difícil amar de verdad a quien nos cae mal, nos parece culpable o es incluso nuestro enemigo. No tenemos que hacerlo solos, sino dejar que Dios convierta nuestro corazón de piedra en corazón de carne para poder ser instrumentos suyos cuando realice esa misma transformación en el corazón de aquellos a los que, con nuestras solas fuerzas, nos cuesta amar.

Es una tarea difícil que solo puede ser emprendida cuando se la recibe como don. Y creo que nos hace falta recordárnoslo de vez en cuando. Dentro de la propia Iglesia no siempre sabemos amarnos así, e incurrimos en críticas dañinas en vez de constructivas o en enfrentamientos que no son fraternos, en vez de intentar transformar la realidad desde el amor. No desde el «buenismo», tampoco desde el juicio; sino desde el amor en la verdad. Ya lo dijo san Pablo: sin amor, no somos nada. Aunque lucháramos por la justicia, deseáramos una Iglesia más santa, intentáramos que las cosas fueran a mejor… sin amor, que es la esencia de Dios y por tanto su manera de hacerlo todo, todos esos proyectos se nos quedan por el camino. A esto apunta ese difícil envío: «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).

Cuando la tentación de (supuestamente) «amar más» nos haga «amar peor», cuando el «celo» por el Evangelio nos lleve al rencor o al odio, recordemos que Jesús no curó a todos los enfermos del mundo, ni liberó a todos los endemoniados, ni fue a todos los países… pero amó a todos los seres humanos y no odió a nadie, incluso cuando lo crucificaron. Ese amor nunca lo llevó a mentir a los demás sobre su verdad (incluyendo la verdad del pecado que cometieron), pero le hizo no juzgarlos (en el sentido de condenarlos), sino intentar siempre su conversión. Con las palabras de san Pablo, Jesús no cayó ni en el peligro de la inmoralidad (para Pablo, el peligro pagano) ni en el del orgullo (el peligro fariseo). A eso estamos llamados.

Reto cuaresmal: recuperar la alegría y amarnos a nosotros mismos

Durante este inicio de Cuaresma han confluido en mí dos ideas que no son nuevas, pero que me venía bien recordar. Por un lado, la llamada a recuperar la alegría cristiana, tanto por parte del papa como por parte de nuestros obispos. A veces catalogamos la Cuaresma como el momento de la negatividad, de recordarnos «lo malos que somos» y la necesidad que tenemos de conversión. Y en parte es verdad, pues necesidad de conversión siempre tenemos. Pero si nos quedamos en eso podemos perder el norte de hacia dónde camina esa conversión: la alegría de saber que Dios está presente en nuestra vida y la hace siempre más plena. Por tanto, una Cuaresma bien vivida nos debe llevar a recuperar con hondura la alegría que supone la fe. Esto me recordó lo que escribí en este mismo blog hace dos años sobre la «alegría seria» como aprendizaje cuaresmal: una alegría honda y esperanzada pero no ingenua ni despreocupada de lo que sucede a nuestro alrededor.

La segunda cosa que ha venido a mi mente estos días es la necesidad de amarnos de verdad a nosotros mismos, ya que muchas veces no sabemos. Esto también me recordó a una reflexión que había hecho en el blog, hace más de dos años, a raíz de esta cita de Miguel de Unamuno: «“¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”, se nos dijo, presuponiendo que cada cual se ame a sí mismo; y no se nos dijo: “¡Ámate!” Y, sin embargo, no sabemos amarnos.» (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Alianza, Madrid 72008, p. 64).

Otra cuestión interesante y que no suele vincularse a la Cuaresma. Como actualmente impera tanto el egoísmo y la vanidad, es fácil pensar que necesitamos convertirnos de eso, aprender a «negarnos a nosotros mismos» y abrirnos más a los demás. Nuevamente, es verdad. Pero tenemos el peligro de centrarnos en aquello en lo que tenemos que mejorar y olvidarnos de ser compasivos también con nosotros mismos. Nos quejamos de que los demás nos juzguen, pero somos los peores jueces de nosotros mismos. Estos días me he dado cuenta de cuántas veces se me cuela (y creo que a todos nos pasa) echarme la bronca a mí misma cada dos por tres por no cumplir un estándar de eficiencia que me había prefijado, por no ser perfecta y consiguientemente cometer errores, por no tener fuerza de voluntad para algunas cosas…

En relación con esto, el otro día vi una imagen de estas que se envían por WhatsApp en la que ponía: «Es bien sencillo: limosna, amar al otro; ayuno, amarse uno mismo; oración, amar a Dios. La Cuaresma es solo cuestión de amar». Me pareció el resumen perfecto de todo lo que ha ido confluyendo en mi inicio cuaresmal. Como es cuestión de amar, es cuestión de recordar que el amor es lo que nos da la verdadera alegría. Y como es cuestión de amar, todo lo que hagamos tiene que ayudarnos a hacerlo más y mejor. Por eso, en el tema concreto de amarnos mejor a nosotros mismos, quizá de lo que tenemos que ayunar es de culparnos en exceso por todo, de frustrarnos por no llegar a una supuesta perfección prefijada, de despreciarnos por las cosas que nos salen mal.

Podrá replicarse que esto nos puede volver cómodos y no hacernos crecer, pero nada más lejos, porque para eso están la limosna y la oración: el amor a los demás y a Dios, que nos saca de nuestro egoísmo. Solo digo que a veces ponemos todas las tintas en eso y no nos acordamos de ser un poco más misericordiosos con nosotros mismos. Desde esa compasión nos saldrá una generosidad y un amor mucho más purificados hacia afuera. ¡Tarea nada desdeñable para el mes que tenemos por delante!

Convertir para formar

«…la formación moral del hombre tiene que comenzar no por el mejoramiento de las costumbres, sino por la conversión del modo de pensar y por la fundación de un carácter; aunque de ordinario se procede de otro modo, y se lucha contra vicios en particular, pero se deja intacta la raíz universal de ellos».

El otro día me encontré este parrafito en una de las lecturas que tenía que hacer para la asignatura «Fe y razón», y pensé que cuánta razón tiene quien lo dijo. Con frecuencia nos quedamos en esa capa superficial de lo que la gente hace o deja de hacer sin bajar a los motivos reales por los que actúa de esa manera. Como este autor, estoy convencida de que, aunque también es importante «luchar contra los vicios» y examinar las acciones, mucho más importante resulta convertir el modo de pensar y sentir de las personas y para ello comenzar por conocerlo.

¿Por qué creo que tiene tanta razón? En primer lugar, porque es más importante la verdadera intención que la apariencia, ya que esta no siempre muestra lo que está en juego en una acción. Uno puede hacer las cosas bien porque quiere mostrar determinada imagen, pero que le dé igual el prójimo, o puede incluso hacer algo que parece malo porque ha discernido desinteresadamente que era lo mejor que podía hacer en determinada situación. La apariencia no lo es todo.

En segundo lugar, es más fácil hacer el bien cuando uno está persuadido de ello y transformado interiormente hacia ese bien; cuando no solo se le «impone» como lo que debe hacer, sino que además está persuadido de ello y lo desea, aunque a veces le cueste. Aunque no podemos prescindir de las normas para que la sociedad funcione, educativamente no solo hay que enseñar a obedecerlas sino sobre todo acompañar a las personas para que su corazón se convierta al verdadero bien y quieran libremente elegirlo.

La experiencia me dice que es más fácil que actúe bien quien ha experimentado ese cambio o conversión personal que quien se obliga a ello pero no ha hecho ese camino interior. De lo que hay que convertirse para transitar este camino es, precisamente, de lo que el autor denomina como «la raíz universal» de los vicios, que es el egoísmo.

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