Intentemos no pensar lo peor

En estos días en los que el confinamiento se ha suavizado un poco, al estar permitido salir más a la calle, no dejo de escuchar críticas de todo el mundo hacia los demás: que si salen cuando no les toca, que si no llevan mascarilla, que si van demasiadas personas juntas y un largo etcétera. El otro día incluso vi a un vecino asomado a la ventana gritando todo tipo de improperios a alguien que iba por la calle, porque iba sin mascarilla.

Lo que me ha parecido curioso y me ha hecho reflexionar es que a veces escuchaba a alguien quejarse mucho de la conducta inapropiada de los demás, cuando acto seguido esa misma persona incumplía de alguna manera (aunque sea leve) las normas de distanciamiento social. ¿Y a quién no nos ha pasado esto? Que tire la primera piedra quien nunca ha tenido una vara de medir distinta para los demás que para sí mismo.

Yo no soy “buenista” y claro que me parece que hay que ser crítico con la irresponsabilidad. El problema del virus es un problema global y todos tenemos que poner de nuestra parte para hacerlo lo más llevadero posible, empezando por no colapsar el sistema sanitario. Sin embargo, creo que muchas veces la crítica se nos va de las manos y nos metemos con todo el mundo sin saber realmente qué hay detrás de cada comportamiento. Pondré algunos ejemplos para que se vea lo que quiero decir.

Cuando vemos a alguien por la calle sin mascarilla, es fácil pensar mal hacia esa persona; pero no sabemos cuál es su circunstancia: ¿y si no tiene mascarilla? ¿Y si no ha conseguido suficientes o está precisamente yendo a comprar más? Y al revés, vemos a alguien con mascarilla y pensamos que qué bien que la lleva puesta, pero… ¿y si es la misma que lleva usando dos semanas? “Aparentemente” va más protegido, pero si no es una mascarilla nueva o poco utilizada y habla sin mantener suficiente distancia, está menos protegido de lo que parece… O a lo mejor se la quita cuando se cruza con alguien para hablar, y entonces no sirve para nada… Quizá la primera persona, esa que veíamos sin mascarilla, es más cuidadosa, va a más distancia de la gente y tiene más en cuenta las medidas de higiene. Quizá no. El asunto es que nosotros no lo sabemos, pero juzgamos antes de saberlo.

Otro ejemplo, de mayor importancia que el anterior: cuando vemos a alguien en la calle fuera de su “franja” de horario permitida para salir, o cuando vemos a varias personas bastante próximas entre sí, enseguida nos cabreamos con esa persona o ese grupo. Pero ¿no es normal que unos abuelos, que llevan mes y medio sin ver a sus nietos, se adelanten un poco, y que sus hijos con los nietos remoloneen un poco, para que entre los dos horarios de salida se puedan ver un ratito, aunque sea en la distancia? ¿No es entendible que la gente que está más sola necesite ver a sus seres queridos, aunque sea un poco, aunque sea sin tocarse, aunque sea a un metro de distancia (que no siempre son capaces de mantener a rajatabla)?

Sin ir más lejos, yo el otro día salí con mi hijo por la mañana, antes de la hora permitida para salir con niños. Necesitaba ir urgentemente a hacer una gestión al banco, y no tenía con quién dejarlo porque mi marido estaba trabajando. Pero esto no lo llevaba escrito en la frente, así que cualquiera que se cruzara conmigo podría haber pensado: “hay que ver esa, saliendo con el niño antes de su hora…”.

Con esto no quiero decir que esté bien saltarse las normas ni que nos dé igual que los demás se las salten. Lo que quiero decir es que intentemos no pensar lo peor de todo el mundo, siempre que sea posible. Porque enfrentarnos unos con otros no nos va a ayudar a salir de esta, sino todo lo contrario. Desde mensajes más constructivos y comprensivos es mucho más factible que podamos influir en el comportamiento ajeno. “Entiendo que necesites ver a tu familia… pero ten cuidado con la distancia” o “intenta hacerlo posible respetando las normas” o “aunque intentes ver a los tuyos, no seas negligente con las medidas de seguridad”. Es un mensaje bastante diferente a “eres lo peor porque has salido antes de tu hora”.

También tendríamos que preguntarnos por qué nos molesta tanto la conducta ajena. Además de la preocupación por la gestión social de la crisis, ¿no habla también esa crítica de nuestro propio deseo? ¿No nos molesta porque querríamos hacer lo mismo: salir y ver a nuestra gente más querida? ¿No nos habla también de nuestros propios miedos y nuestras propias necesidades? Quizá explorar esos sentimientos nos ayude a buscar la manera de vivir lo mejor posible la situación, independientemente de lo que hagan los demás.

Esa manía persecutoria de “balconazi” -como lo llama la gente- no nos hace bien a nadie, a nosotros tampoco. Nos llena de pensamientos negativos y destructivos. Que nos moleste que la gente lo haga mal, sí. Que seamos críticos cuando las cosas no se hacen bien, sí. Pero que estemos obsesionados con que todo el mundo está faltando menos nosotros, eso no. Preocupémonos de cumplir las normas nosotros, de tener cuidado y de hacer que los que tenemos cerca también interioricen la importancia de hacerlo bien. Y si nos topamos con una situación claramente grave, entonces quizá sí haya que hablar (y siempre con respeto, evidentemente). Pero si no, intentemos no ir pensando lo peor de todo el mundo. Porque entonces el sentimiento de comunidad que se había ido fraguando durante todo este tiempo, nos lo cargaremos en unas semanas con las rencillas del “tú sales, pero yo no”.

No seamos acríticos… pero intentemos no pensar siempre lo peor.

Co-vivos

Os reconozco que me daba un poco de pereza escribir el blog de hoy porque he acabado un poco saturada del tema “COVID-19” (y sí, podría escribir sobre otra cosa, pero seamos honestos, no podía hacer como si esto no estuviese ahí). Entiendo que es una realidad importante que estamos viviendo y que es normal que suscite reflexiones, escritos, bromas, humor gráfico, vídeos y memes de todo tipo. No obstante, soy de las que, cuanto más se habla de algo, más pereza me da, porque parece que no hay otra cosa. Dejando a un lado esta perecilla personal, he decidido pensar y escribir sobre el tema, aunque se ha dicho ya tanto que es un reto intentar decir algo nuevo.

Me parece que el virus nos ha obligado a ser más humildes y salir de nuestro mundo “ombligocéntrico”.

Humildad, en primer lugar, porque nos hemos dado cuenta de que opinamos demasiado sin tener ni idea (yo la primera: era de las que no entendían el revuelo antes de que se multiplicaran los casos en España… y ahora estoy encerrada en casa a rajatabla, porque la realidad me ha callado la boca). Y, aunque creo que es bueno no ponerse histérico de primeras ni comprar papel higiénico como si fuésemos a estar un año con gastroenteritis, tampoco hay que pasarse de cínico y creer que se sabe todo lo del mundo, cuando, en realidad, no es ni puede ser así. Reconocer que no hemos juzgado adecuadamente y que no tenemos potestad para juzgar en ámbitos que escapan a nuestra competencia es un primer aprendizaje de humildad.

Humildad, en segundo lugar, para reconocer nuestra vulnerabilidad y fragilidad. Hemos montado un sistema que nos hace sentir seguros, y hemos confundido esa sensación con una omnipotencia que no es real. No lo podemos todo, no lo controlamos todo y no somos indestructibles. Un bichito enano nos puede poner en jaque a todos. Ya lo dice la Biblia: estamos hechos con barro. Así empezamos la Cuaresma: recordando que somos polvo y al polvo volveremos.

No obstante, ese reconocimiento no nos debe llevar a la infravaloración, sino a una aceptación realista de nosotros mismos. Somos barro, sí, y no lo olvidemos… pero un barro con aliento divino. También lo dice la Escritura: Dios nos insufló aliento de vida. Somos barro, pero también más que barro. La conversión de la Cuaresma va dirigida a cuidar ese espíritu que nos hace algo más que materia. Y ese cuidado espiritual nos llama a salir de nosotros, de nuestro “ombliguismo” (porque el espíritu es relacional, no una sustancia encapsulada en sí misma). En realidad, debemos hacerlo siempre, porque la felicidad está con los otros, pero necesitamos tiempos fuertes de conversión para no olvidarlo y tomar más conciencia de ello.

Esta Cuaresma ha venido fuerte, en clave de “cuarentena”. Pero en el fondo lo que nos pide es lo de todos los años: ser humildes, reconocer nuestra fragilidad, pero también nuestra fortaleza; nuestra capacidad de hacer grandes cosas porque no solo nos importamos nosotros mismos ni nos basamos en nuestras únicas fuerzas, sino que nos entendemos en el marco de la comunidad, con todos los demás. Por eso el Co-vid nos está invitando a la co-vida, es decir, una vida compartida, vivida con los demás. Una vida de com-pañerismo, de co-munidad, de co-munión, de co-legialidad…

Hemos sabido sacar esa capacidad estos días, estamos sabiendo ser comunidad. Sin embargo, aprovecho la coyuntura para hacer un poco de denuncia profética: ¿por qué tenemos que esperar a que haya circunstancias catastróficas para sacar esa solidaridad de nosotros? ¿Por qué no nos damos cuenta, en el día a día, del valor tan precioso que tiene ir todos a una? Y, sobre todo, ¿sabremos profundizar en nuestra vida y hacer que lo que estamos viviendo estos días eche raíces? Porque, si nos quedamos en la superficie (en mandar algunos memes bonitos y poner música por la ventana, que, ojo, está muy bien, pero no se puede quedar ahí)… no nos habrá servido realmente. Seguiremos, en ese caso, presos del consumismo voraz, y estos días se habrán limitado a ser un objeto más de consumo: de consumo de redes sociales, de películas, de iniciativas entre todos, pero no en una escuela de vida. Para que sea esa escuela de humanidad, de generosidad, de solidaridad y de humildad, nos tenemos que dejar hacer profundamente por lo que estamos viviendo y compartiendo. Tenemos que sacar ratos de silencio, de reflexión, de oración, para saber agradecer que somos comunidad y que no nos entendemos aisladamente. Y tenemos que convertir esto, anecdótico, en hábito, hacerlo costumbre, integrarlo en nuestra vida.

Los profetas no solo denunciaban, también anunciaban esperanza. Ver cómo todos nos unimos me da esperanza: es signo de que podemos hacerlo. Pero no nos durmamos; apostemos por ello, no solo ahora, sino siempre. Vendrán otros males, sin nombre de virus, pero con el mismo reto… que no seamos “ombliguistas”, sino CO-VIVOS.

#YoMeQuedoEnCasa… ParaQueTodosSeamosCo-Vivos

#CapitalismoAExamen: 7. Ampliar el horizonte de la lógica empresarial

Ya que el día anterior hablamos de los medios y los fines, me gustaría reflexionar hoy sobre los fines de las empresas. Creo que la lógica empresarial necesita ampliar sus horizontes.

Hace algún tiempo tuve una conversación muy interesante con una amiga sobre este tema. Ella veía bien que una persona que contribuye a generar más dinero en una empresa gane más dinero que quien tiene una tarea que no “aporta” tanto beneficio económico a la empresa (se refería sobre todo a gente que consigue financiación o que logra que otros contraten los proyectos por los que la empresa va a cobrar). Yo no lo veo así. Tampoco digo que todos tengamos que ganar lo mismo: es verdad que hay que tener en cuenta la responsabilidad que cada uno asume con su puesto de trabajo, la formación que requiere (para la cual ha tenido que invertir tiempo, esfuerzo, dinero…), el esfuerzo que supone y otra serie de cuestiones, que varían en función del puesto. Pero yo pienso que si alguien gana más debería ser por esta serie de motivos y no porque su puesto genere automáticamente más dinero.

¿Por qué? Porque me parece que el fin de la empresa no es solo crear dinero, y creo que aquí es donde más divergíamos mi amiga y yo. A ella le parecía normal que el fin de un empresario fuera exclusivamente conseguir beneficios económicos y entendía que las políticas de la empresa fueran dirigidas a ello. Yo creo que en parte tiene razón, porque lógicamente quien ha invertido tiempo, esfuerzo y dinero en crear algo, quiere sacar algún beneficio de ello. Sin embargo, también creo que no nos podemos quedar ahí. Dijimos el otro día que nuestra libertad no es solo para nosotros, sino que somos seres sociales, interrelacionados unos con otros. También nuestros emprendimientos deberían tener esta lógica social: la empresa debe ser sostenible y rentable económicamente, pero ¿es eso todo lo que puede aportar a la sociedad? ¿No está también entre sus fines contribuir a la edificación de esa sociedad?

Si entendemos que los fines de la empresa van más allá del dinero, aunque no lo nieguen, no valoraremos todo en función del beneficio. Hay puestos de trabajo que no “generan” dinero, pero que contribuyen al bien de la empresa y de la sociedad. Por ejemplo, quien limpia en una empresa no está generando ingresos para la empresa. No obstante, ¿sería posible trabajar en lugar que estuviera siempre sucio? ¿Se podría recibir clientes en un lugar impresentable? Si el nivel de suciedad llegara a límites insospechados, ¿no sería incluso perjudicial para la salud por falta de higiene? En realidad, muchos puestos de trabajo no producen dinero directamente, sino que generan un servicio a los demás, incluso cuando ese servicio globalmente considerado genera dinero. Por ejemplo, un conductor de autobús o un profesor (no generan dinero ellos solos, sino todo el servicio). Así, de la misma manera que no deberíamos valorar los trabajos por el dinero que producen, no deberíamos poner solamente el foco en el beneficio económico de las empresas, sino en lo que aportan a la sociedad.

En uno de los libros que leí sobre la reflexión cristiana acerca de la economía se decía que no es inmoral ganar mucho dinero siempre y cuando: a) no se haya ganado de manera injusta (teniendo en cuenta que, además, lo injusto puede ser legal. Uno puede respetar los mínimos establecidos por la ley y estar siendo injusto en la manera de gestionar la empresa; porque, además, las leyes pueden no ser del todo justas). Y b) siendo conscientes de que, a mayor dinero, mayor responsabilidad con la sociedad. El problema, entonces, no es tener, sino cómo consigo lo que tengo y qué hago con ello. Si uno gana muchos beneficios con su empresa, no está mal que tenga más que otros que no poseen una empresa; ahora bien, siendo honrado en su manera de gestionarla, justo en el trato a los trabajadores y comprometido con la sociedad en la que su empresa se inserta.

Ojalá dejemos de valorarlo todo por su rentabilidad económica y persigamos fines más altos que dicha rentabilidad (fines que no tienen por qué ir contra ella, pero desde luego sí rebasarla). Y lo más difícil: seamos conscientes de que también somos responsables de lo que nos ha costado esfuerzo conseguir.

#CapitalismoAExamen: 6. Medios y fines

Después de lo dicho hasta ahora puede quedar la sensación de que, para ir contra la lógica consumista, debemos considerar que todo lo material es malo. Pero nada más lejos. Lo material es bueno. Tampoco es malo tener éxito ni tener beneficios económicos en una empresa. ¿Qué es lo malo? Así dice Fabrice Hadjadj en su libro La fe de los demonios (o el ateísmo superado) [cuña publicitaria, está chulísimo, lo recomiendo vivamente]:

“Nada es diabólico en sí mismo. Satán es el príncipe de este mundo, pero sería falso deducir de ello que las cosas de este mundo sean malas. A él mismo le gustaría hacérnoslo creer: confundiendo el mal y el ser podríamos acabar odiando el universo salido de las manos del Creador y refugiándonos en nuestros privativos mundos interiores. Puesto que el mal es una privación, lo irreal, lo virtual, lo ficticio, lo que no es y lo que no actúa constituyen precisamente el dominio privado del Maligno. Ninguna realidad pertenece de por sí a la maldad. Si se hiciera el inventario de las cosas que se le atribuyen, todas y cada una podrían ser devueltas a un orden benéfico” (F. Hadjadj, La fe de los demonios, Nuevo Inicio, Granada 2010, pp. 125-126; negritas mías).

De lo anterior el autor saca esta consecuencia: “El teorema ‘ninguna cosa pertenece de por sí a la maldad’ implica también este corolario: ‘cualquier cosa, salvo Dios y sus santos, puede ser corrompida’ […] todo lo que se ha corrompido, tiene que restaurarlo el justo. […] el mal moral no es una cosa […] sino cierto uso desordenado de las cosas. […] Lo que el magisterio llama ‘cultura de la muerte’ no es un conjunto de objetos malignos. Es un uso perverso de los mismos objetos que la ‘cultura de la vida’ usa bien” (ibíd., pp. 128-129; negritas mías).

Lo malo no son las cosas en sí, sino el uso que hacemos de ellas. Ese uso desordenado del que habla Hadjadj pasa muchas veces por considerar fines cosas que son medios. Lo decíamos el día anterior: nuestro fin es amar y ser amados, construir fraternidad con los demás. Los objetos materiales deberían ser medios para ello, pero no fines en sí mismos. Cuando descuidamos nuestro verdadero fin por perseguir como fin cosas que son medios, acabamos mal, porque las cosas no nos pueden dar lo que vamos buscando. ¿De qué me sirve tener de todo, si no tengo con quién compartir mi vida? ¿De qué me sirve tener éxito, si no tengo tiempo para estar con las personas a las que quiero? ¿De qué me sirven los beneficios económicos si no tengo calidad de vida porque mantener y acrecentar el dinero me mantiene estresado todo el tiempo?

Lo que tengo me debe ayudar a vivir mi vida de la mejor manera posible. Es un medio para entregarme más y mejor y para construir relaciones con los demás. Si vivo las cosas desde esta perspectiva, no me esclavizan, sino que me posibilitan. Pero si, con la excusa de que me “ayuden”, acabo dando más importancia a las cosas que a las relaciones, es que por el camino me he extraviado y en vez de ayudarme, me “des-ayudan”.

Pero tampoco debemos caer en el error contrario, como advierte la cita de Hadjadj. Las cosas no son malas tampoco. Querer vivir un estilo de vida austero no debe significar demonizar todo lo material, que por sí mismo no es malo. Además, cuando vives la austeridad como una imposición y como una negación, acaba causando efecto rebote (o en ti, o en otros) y en el fondo significa seguir preso de las cosas: no de su afirmación, pero sí de su negación.

Una austeridad bien entendida es aquella en la que valoramos todo como bueno (siempre que se haga un buen uso de ello), pero concediéndole el puesto que debe tener en nuestra vida: si es fin, fin. Si es medio, medio. Y, en este último caso, sabiendo que, si no lo tenemos, no se acaba el mundo, porque no es lo esencial (a no ser que se trate de algo básico para nuestro sustento, pero ese es otro tema sobre el que volveremos más adelante).

Ya lo decía san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales [#23]: los seres humanos estamos hechos para amar y servir a Dios [añado, a través de amar y servir a nuestro prójimo], y debemos usar y considerar todo lo demás en tanto en cuanto nos ayude a ello, manteniendo una sana independencia de las cosas (la famosa indiferencia ignaciana). Creo que en las fiestas que se avecinan nos convendría revisar cómo vivimos todas las tradiciones: si absolutizando los medios o puesto el foco en los fines. Qué perspectiva elijamos cambia mucho nuestra vivencia de la Navidad.

#CapitalismoAExamen: 5. Libertad mal entendida

Antes de continuar con el análisis más concreto de algunas cuestiones (de moral empresarial y personal, fundamentalmente, aunque también alguna de carácter más sistémico) quisiera detenerme hoy en una cuestión de base: cómo el capitalismo ha pervertido nuestra concepción de la libertad.

El comunismo pecó del error contrario: enfatizar tanto la igualdad, que esta engulló la libertad personal. Por eso la Doctrina Social de la Iglesia ha subrayado siempre que un sistema que no respete la libertad humana no es un sistema adecuado. Sin embargo, aunque el capitalismo sí subrayaba su importancia, pervirtió su comprensión. Contra esto también ha reaccionado en múltiples ocasiones la Iglesia, criticando la noción individualista de libertad.

Nosotros estamos tan imbuidos del sistema que muchas veces no nos damos cuenta de hasta qué punto nos creemos a pies juntillas algo que no tiene por qué ser así: que yo hago con mi vida lo que quiero y nadie tiene que decirme nada; que, mientras respete los mínimos sociales, me deben dejar poder para hacer y deshacer, y que lo lógico es que yo busque mi propio beneficio. Y así nos va, con esta lógica… acabamos más solos que la una, pervirtiendo muchas de nuestras relaciones, utilizando a los demás, y llegando (en el mejor de los casos, porque no siempre se llega) a una posición de comodidad, éxito, riqueza y poder que, no obstante, nos deja sumamente vacíos. En ese momento, ¿qué? ¿Vamos a poder “comprar” el amor que no tenemos? Siento ser un poco dura en la forma de expresarlo, pero creo que tenemos que despertar ya. Nos estamos equivocando sobre cómo vivir la vida, y pasa factura…

¿Qué tiene de malo, entonces, la noción de “libertad” del capitalismo más liberal? La concepción individualista del ser humano y de su libertad. Somos seres sociales por naturaleza. Necesitamos a los demás, como dije hace unas semanas en la entrada sobre la dependencia. Y no solo los necesitamos a nivel práctico, sino que no podemos ser felices sin ellos. Si somos felices al amar, necesitamos un prójimo a quien amar y que nos ame. Si lo que da profundidad y dicha a nuestras vidas son las relaciones sanas y buenas, necesitamos construirlas con alguien. Los objetos no pueden suplir esas relaciones, y por eso la lógica consumista no lleva a ninguna parte.

Hasta aquí, quizá haya bastante gente de acuerdo conmigo, pero nos hace falta sacar todas las consecuencias que esto conlleva: si somos seres sociales, no podemos entendernos al margen de los demás. Nuestra libertad no es solo para nosotros, es para construir algo con quienes nos rodean. Nuestra responsabilidad no es solo para vivir nuestra vida de una manera correcta, sino también para edificar una sociedad mejor con los demás. Nuestras ilusiones no son solo nuestras, sino que estamos llamados a compartirlas con los demás. Nuestro dinero no es solo nuestro, además de ser nuestro sustento debemos usarlo teniendo en cuenta a los demás. Nuestros hijos no son solo nuestros, sino que estamos llamados a hacer de ellos buenos amigos, buenos ciudadanos, personas entregadas y abiertas a su prójimo. Y un largo etcétera. Por lo tanto, nuestro objetivo no debe ser intentar tener más (de lo que sea) nosotros solos, sino intentar aportar lo mejor de nosotros para que tanto nosotros como los demás vivamos mejor.

Una libertad que empieza y acaba en mí olvida quién soy y a qué estoy llamada o llamado. Olvida que soy social, olvida que necesito a los demás, olvida que mi destino es amar. Olvida, sobre todo, que el ser humano tiene una vocación más amplia y más bonita que conseguir cosas para sí mismo: la vocación de construir fraternidad. Si habéis tenido la experiencia de amar a alguien de verdad, estaréis de acuerdo conmigo en que la felicidad profunda que eso aporta no es equiparable al éxito que vamos buscando en otros caminos. Si amas de verdad, te das cuenta de que lo demás, aunque pueda ser bueno, es secundario. Sobre esto volveremos el próximo día: una libertad mal entendida nos hace confundir los medios con los fines. Por favor, no caigamos en esa pobreza. Salen perdiendo los demás, pero sobre todo salimos perdiendo nosotros mismos.

#CapitalismoAExamen: 3. Vivir por encima de nuestras posibilidades… y necesidades

El otro día salió el tema de quien pide préstamos que no puede pagar, y me gustaría hoy dedicar la entrada a profundizar un poco más en esta cuestión.

Antes de nada, seamos cautos: no conviene hacer generalizaciones indebidas. No todos los préstamos son por capricho ni todas las catástrofes previsibles. Por ejemplo, para comprar una casa casi siempre hay que pedir una hipoteca, porque rara es la persona que puede ahorrar para comprársela a tocateja antes de independizarse. Con lo cara que es la vivienda, lo habitual suele ser ahorrar para dar una entrada lo más grande posible y después pedir una hipoteca por x años (que suelen ser bastantes, tal y como están los precios). Si esperáramos a tener todo el dinero que cuesta una casa, la empezaríamos a disfrutar al final de nuestra vida, cuando ya no tiene mucho sentido.

También hay otras cosas para las que podemos pedir un préstamo por necesidad. Por ejemplo, no es lo mismo comprarse un coche por capricho que hacerlo porque el trabajo que hemos conseguido está en mitad de la nada y no hay buen transporte público, o que por los horarios no lleguemos a tiempo si tenemos que dejar a los niños en el colegio.

Además, decía que no todos los desastres son previsibles. Uno puede pedir un préstamo porque tiene un trabajo estable y previsiones sobradas de poder pagarlo, y de repente un día quiebra la empresa y se encuentra junto con sus compañeros de patitas en la calle.

También puede haber casos de desesperación absoluta, de no tener a quién recurrir y verse en la necesidad de endeudarse para cosas muy necesarias, aunque no se tenga la capacidad de pagar.

Dicho esto, y habiendo excusado los casos que puedan ser excusables, seamos un poco críticos con nuestro estilo de vida. Creo que se ha extendido la idea de que tenemos que vivir todo lo cómodos que podamos e incluso que tenemos “derecho” a hacerlo así. Y como lo queremos todo ya, sin tener que esforzarnos para conseguirlo, recurrimos al préstamo para poder disfrutar ya de las cosas e ir pagándolas poco a poco. No es lo mismo pedir un préstamo por necesidad que por capricho. Ni es lo mismo pedirlo con unas condiciones seguras para poder pagarlo que en una situación inestable. Pero a veces no hacemos toda esta lectura, sino que nos dejamos llevar por lo que nos han vendido que tiene que ser: que yo disfrute ahora de todo y que no me falte de nada. A costa de lo que sea…

El derecho a una vida digna es un derecho humano, con todo lo que ello comporta: alimentación, vivienda, trabajo… Pero no confundamos esto con los caprichos. No digo que esté mal darnos un capricho de vez en cuando, pero creo que erramos al convertir los caprichos en necesidades y tratarlos como si lo fueran. Si, hipotéticamente, necesitara un coche para ir a trabajar porque no me queda otra, ¿es necesario que sea un cochazo carísimo, de la mejor marca del mercado? Como mucho, podría defender que necesito un coche, pero creo que no puede defenderse que “necesito” ese cochazo en concreto. Si necesito una casa para vivir con mi familia (por ejemplo, porque se me haya acabado el alquiler y los precios estén demasiado disparados), ¿necesito directamente un chalé, aunque no tenga las condiciones para poder pagarlo? ¿No me valdría con una vivienda más modesta? Y si necesito muebles para mi casa, ¿necesito que sean los más caros del mercado, si acabo de mudarme y no tengo casi ahorros? Necesito ropa y zapatos para salir a la calle, pero… ¿necesito renovar todo el armario cada temporada? ¿Necesito que todo sea caro y a la última moda?

Creo que de todo este análisis surgen dos conclusiones. Una, que a veces vivimos por encima de nuestras posibilidades, y no es sensato. Sería mejor medir cada uno qué posibilidades y qué necesidades tiene, antes de endeudarse a lo loco, además de aprender a esforzarnos para conseguir aquello que queremos. Porque cuando no se pueden pagar las deudas corremos el riesgo de perderlo todo (además de las repercusiones que esto tiene sobre todo el sistema, como vimos el día pasado).

Pero hay también una segunda conclusión: hemos creado un sistema frenético del tener, del tener siempre más. Y esto no solo es grave para el que no puede permitírselo, sino también para el que sí puede. ¿Por qué? Porque alimenta un estilo de vida que nunca le dará la felicidad (entendida de manera profunda y no superficialmente) y porque alimenta un sistema que genera muchas desigualdades.

Estoy cansada de oír la frase “el dinero no da la felicidad… pero ayuda”. De hecho, muchas veces nos reímos ante quien piensa que el dinero no da la felicidad y a su vez pensamos “¡qué ingenuo!” Sin embargo, cada día estoy más convencida de ello. El dinero “ayuda” sin con esto nos referimos a cubrir las necesidades básicas. Eso sí que me parece central. Nadie debería tener que vivir en condiciones infrahumanas, sin sus necesidades básicas cubiertas (que no son solo materiales, sino también culturales, espirituales, sociales…), y por desgracia nos queda mucho todavía para alcanzar la justicia en ese sentido. Pero creo que cada vez ampliamos más lo que son “necesidades básicas” y nos creamos necesidades que, en realidad, no lo son. O, peor aún, interpretamos superficialmente lo que necesitamos e intentamos llenar nuestro vacío interior con cosas que nunca lo van a llenar. Por eso siempre queremos más, porque si en algún momento paramos la rueda nos damos cuenta de que no estamos yendo a ningún sitio, y que en realidad estamos vacíos… En próximas “entregas” intentaremos volver sobre todo esto.

50 sombras capitalistas

Normalmente suelo leer ensayos de Filosofía y Teología, aunque me interesan también cuestiones relacionadas con otras ciencias y por eso a veces leo artículos o libros de otros ámbitos del saber. Sin embargo, nunca pensé que acabaría leyendo tanto de economía, concretamente financiera. Si hace unos años alguien me dijera que me iba a leer varios libros sobre las crisis financieras, quizá no le habría creído. Pero sí, así ha sido. Hoy me gustaría contaros cómo acabé en ese punto y compartir algunos de los descubrimientos y de las reflexiones que he hecho al respecto. Como no me caben todos en una entrada, dedicaré varios posts a este tema, ya que, además, creo que tiene bastante importancia (y urgencia, añadiría).

Hace unos siete u ocho años, tenía que hacer un comentario de texto sobre la globalización para la asignatura de Historia Contemporánea, que cursaba en Filosofía. Mi padre, que había trabajado mucho este tema, me facilitó varias lecturas. En una de ellas se hacía referencia al problema de la especulación financiera y el daño que hacía a la economía de muchos países en vías de desarrollo. Alguna vez hablé con él sobre el tema y me explicó un poco cómo funcionaba. El “gusanillo” de la especulación financiera se me quedó ahí: quería entender cómo podía ser posible que las transacciones financieras tuvieran tanto impacto en el mundo y, en concreto, en las crisis.

Al año siguiente, estando de Erasmus en Londres, encontré un libro en una tienda de segunda mano titulado Whoops!: why everyone owes everyone and no one can pay (de John Lanchester). Lo leí un tiempo después, cuando ya había regresado a España. El libro es muy didáctico y te explica de una forma muy sencilla dónde está el meollo de la crisis financiera (que intentaré explicar en una entrada posterior). Me di cuenta de que había una parte de responsabilidad de quien pide préstamos para vivir por encima de sus posibilidades y luego no puede pagarlos, pero otra parte, y casi más importante, de un sistema viciado que multiplica y amplifica los riesgos.

En el último curso de Teología cursé la asignatura de Moral social. En ella se nos proponía elegir un tema, leer dos libros de ese tema a lo largo del curso y hacer un trabajo sobre cada uno. Yo elegí la economía financiera y leí dos libros bastante buenos de cristianos que reflexionaban sobre el sistema financiero capitalista y sobre qué sería necesario hacer para evitar las distorsiones de dicho sistema. Además, los libros hacían referencia a la raíz espiritual de toda la problemática, que de ahí en adelante ocupó mis pensamientos: una vez que entendí, más o menos, lo que estaba pasando, me paré a reflexionar sobre por qué las personas estaban dando lugar a ello, y me di cuenta de que es por un nuevo tipo de idolatría (por fuerte que suene).

Pero no queda ahí la cosa. Últimamente me fijo en comentarios y actitudes de la gente que muestran que el sistema nos ha metido un golazo del que no nos hemos dado ni cuenta (quizá, porque no nos interesa). Se nos han vendido como normales valores y actitudes que no debieran serlo. Para no hacer spoilers, no diré nada más. Sobre esto también escribiré una entrada entera.

Finalmente, acabo de leer un libro que explica la relación entre las crisis financieras de la última década y la política internacional. Ambas están íntimamente relacionadas: a veces una influye en la otra, a veces la otra en la una. El análisis a veces era demasiado técnico para mí, que no tengo mucha formación en este ámbito, pero me quedé con esta idea: nuestra política no se mueve por lo que es mejor para todos (o no siempre, para no sonar tan catastrofista) sino que también pesan -y mucho- las influencias de los movimientos financieros (entre otras muchas cosas).

Después de todo este proceso, me doy cuenta de que “la cuestión financiera” tiene muchas aristas e implicaciones distintas (técnicas, morales, espirituales; económicas, políticas, locales, globales…). Y la “cuestión capitalista”, todavía más. Por eso hablo de las “50 sombras”, aunque seguramente me quedo corta. Mi conclusión es que hemos alimentado un sistema (no solo económico, sino vital) de manera acrítica, sin ponerle límites, que está generando muchas desigualdades y que además nos está haciendo infelices, porque lleva a valorar cosas secundarias descuidando lo que es más importante en la vida. Y el problema es que somos muy acríticos con ello. O nos quejamos, pero acabamos cayendo en lo mismo que criticamos. En parte es entendible, porque cuando vives en sociedad es imposible salirte del sistema… pero podríamos y deberíamos ir aportando más granitos de arena y cambiando las cosas.

En suma, el capitalismo nos ha metido un golazo porque no solo ha conseguido dictar las reglas -injustas- del juego de la economía, sino que nos ha impuesto un sistema de valores que es deshumanizador. Con esta serie de entradas solo pretendo una cosa: que seamos conscientes de que tenemos que ponernos en la portería.

La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

I.E. # 8: La coherencia

Como hace ya tiempo que no contesto a vuestras inquietudes existenciales, he tenido que releerlas todas de nuevo para elegir una para hoy. Al hacerlo, me he dado cuenta de que a muchos os preocupa el tema de la coherencia personal. La manera de formularlo es distinta, pero en resumidas cuentas todos confluís en que os preocupa si realmente vivimos siendo coherentes con nuestros principios y si esto es posible.

Así sin pensarlo demasiado, tirándome un poco a la piscina, diría dos cosas: 1) Sí es posible ser bastante coherente, aunque es difícil serlo del todo. 2) Actualmente creo que la coherencia no es una actitud que abunde. Partiendo de este análisis de la realidad, me planteo qué puede estar pasando para que esto sea así: todos queremos coherencia, en principio sería posible tenerla, pero vemos que como sociedad «sacamos poca nota» en esta actitud.

Mi primera hipótesis es que no somos coherentes porque nos falta asentar un poco el primer fundamento de la coherencia: los principios o los valores. Si la coherencia se define como actuar conforme a los propios principios, ¿cómo vamos a atenernos a unos principios que ni tenemos claros y que cambian constantemente según lo que nos viene mejor? Claro que en la vida vamos madurando y cambiando de parecer y no tenemos los mismos principios siempre. Me refiero, más bien, a que se está implantando en nuestra sociedad un inmediatismo (muchas veces emotivo y visceral) que nos arrastra a opinar de todo, cada día según nos dé. Para tener principios hay que pararse un poco a pensar cuáles son y por qué los tienes. Sin este paso previo, no tienes nada con lo que ser coherente, nada a lo que atenerte con tus actos.

En segundo lugar, estamos tan preocupados de que los demás se atengan o no a sus principios (para poder criticarlos) que no nos queda tiempo, interés ni fuerzas para observar nuestra propia coherencia. Dicho de forma más simple, somos demasiado «juzgones» y demasiado «bocazas». Lo primero nos pone siempre en guardia frente a los demás y nos disuade de ponernos en guardia ante nosotros mismos. Lo segundo añade más dificultad a la coherencia propia, porque cuantas más cosas critiquemos, más cosas nos tenemos que exigir a nosotros mismos para ser coherentes. Como no lo conseguimos, acabamos teniendo una sensación de falsedad generalizada.

Finalmente, está la cuestión de la pereza y la comodidad (sálvese quien pueda). Ser coherente requiere control, sacrificio y discernimiento; no vale cualquier decisión ante determinada situación. Y reconozcamos que muchas veces no estamos dispuestos. Recurrimos a lo anterior, buscamos un chivo expiatorio al que criticar, y nos olvidamos de que nosotros también tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás.

Sé que hoy he sido más dura de lo habitual. Creo que hay cuestiones en las que no conviene que nos sigamos engañando todos. Como siempre, no valen las generalizaciones, y hay gente que no sigue estos patrones o no de manera tan drástica. Pero seamos sinceros: estamos fomentando una sociedad superficial, criticona y acomodada. Con todo, yo sigo permaneciendo optimista y os diré por qué:

1) Creo que sí tenemos principios, pero nos falta darles nombre y asentarlos. No es que seamos gente sin valores, pero no dedicamos el tiempo suficiente a pensarlos y priorizarlos. Ante una situación suele haber varios valores en juego y no podemos dejarnos llevar por la primera impresión que la situación nos produce. Así, creo que seguimos teniendo sensibilidad y capacidad de valoración, pero nos falta desarrollar un juicio más crítico.

2) No estamos tan lejos de la coherencia porque al menos la entendemos como un valor y no nos gusta cuando falta. La parte positiva de nuestra «compulsión al juicio» es que somos capaces de ver como negativo lo que no es bueno. Ahora bien, tendríamos que empezar por dirigir esa mirada crítica hacia nosotros mismos, y no utilizarla para hacernos daño sino para crecer (la actitud criticona dirigida hacia uno mismo también es muy dañina… no se trata de culpar, sino de mejorar como persona). Una vez que hemos hecho este proceso personal, tendremos más capacidad para que la crítica que hagamos, tanto a nosotros mismos como a los demás, sea constructiva y compasiva y no destructiva.

Esta semana me gustaría que todos hiciéramos estos deberes: pensar un poco más con calma y profundidad qué está en juego en cada situación y cómo debemos valorarla; esforzarnos por actuar un poco más fielmente a ese discernimiento que hemos hecho; controlar un poco nuestra lengua y empezar por buscar nuestra propia coherencia antes de exigírsela hipócritamente a los demás.

Sin enfrentarse a crecer uno mismo creo que no se está en situación de hacer ninguna crítica (y ojo que digo «hacer crítica» y no «juzgar» o «criticar»). Podemos ser coherentes, pero nos lo tenemos que currar un poco más.