Escándalo navideño

Dime la verdad: cuando has leído «escándalo» te pensabas que la entrada iba a ir sobre el escándalo del consumismo o alguna cosa por el estilo, ¿a que sí? ¡Pues no! El mayor escándalo que, al menos en determinado momento, supuso la Navidad, fue lo que en ella se celebra: que Dios se hizo hombre. Para los filósofos griegos, amantes de lo abstracto y lo incorpóreo, resultaba impensable que Dios se hiciera concreto y material. ¿Cómo entender que el Creador del Universo se hizo ser humano, sometido a los límites del espacio y el tiempo?

Este es uno de los mayores «escándalos» que los cristianos mantenemos. Escándalo, sobre todo, para la razón… Porque si te paras a pensarlo, Dios no se hizo hombre adulto, ya educado y maduro, sino que se hizo niño y tuvo que crecer, como todos nosotros. Estos días en los Ejercicios en la vida diaria me ha tocado contemplar los misterios de la Navidad. Y al imaginar a María con el niño Jesús en brazos, pensaba en lo fuerte que es caer en la cuenta de que ese niño dependiente era Dios. Se hizo uno de nosotros hasta el extremo de no ahorrarse depender de una madre para nacer, alimentarse y crecer… Luego imaginaba a José, el padre adoptivo de Jesús, y me llevaba a caer en la cuenta de que Dios mismo fue adoptado. Asumió estar bajo la potestad de padres humanos mientras era pequeño y crecía.

Además, el «estilo» que caracterizó a este niño fue, desde el principio, la humildad, la pobreza y la sencillez. Tanto por dejarse en nuestras manos, como por haber venido al mundo de una forma tan humilde, sin riqueza ni boato.

Pues bien, esto meditaba estos días a raíz de mis Ejercicios, y también porque en una de mis clases el profesor dijo que la Encarnación era un gran escándalo intelectual para muchos filósofos.

Quiero fijarme en esta Navidad en este escándalo, pero bien entendido: no como algo que es malo, sino como algo que nos descoloca y nos hace repensar la imagen que tenemos de Dios y de la propia vida. Y quizá fijarme en él me lleve a darme cuenta de que también soy dependiente de los demás, también soy pobre y también estoy llamada a una entrega total, como Jesús.

Como digo muchas veces, el centro de la Navidad está en el pesebre. Las luces, los regalos, los encuentros… en suma, todo lo que hacemos, lo celebra, pero no lo sustituye. Al menos para quienes creemos en él. Os deseo una Navidad cristianamente «escandalosa».

[Me tomo tres semanitas de vacaciones blogueras para disfrutar de la familia… ¡y del escándalo, claro! Nos vemos a la vuelta. Felices fiestas a todos.]

Anuncios

I.E. #5: ¿Existe el mal para hacernos conscientes de cuál es el bien?

Alguien me envió esta inquietud: «¿Dios nos pone en nuestro camino a gente que parece que la enfermedad y la adversidad se ceba con ella para que veamos qué es importante y qué no lo es en la vida?» Dura, ¿eh? Pero totalmente lógico planteársela… todos conocemos personas en las que parece que la adversidad se concentra en determinados momentos de su existencia. Y no puede sino surgirnos la pregunta de por qué eso es así, y si el sentido de ello es que aprendamos a valorar la vida y lo que es más importante en ella.

A esta pregunta yo respondería en primer lugar que no, pero luego matizaría que sí, en otro sentido. Os explico: pienso que Dios no es quien nos envía los males, las enfermedades, las adversidades, las desgracias… todo esto es propio de una existencia limitada como la nuestra y se agrava con el mal que cometemos las personas y repercute en los demás. Es decir, todo esto viene sin más, no es que Dios quiera enviarnos los males para darnos una lección.

Dios no actúa en nuestro mundo como un titiritero moviendo los hilos. Nos ha hecho libres en un mundo autónomo. Ahora bien, esto no significa que Dios permanezca de brazos cruzados frente a lo que ocurre en el mundo. A través de lo que sucede él siempre se hace presente para encaminarlo todo desde dentro al bien. No debemos identificarlo con las causas concretas de lo que ocurre, sino que su providencia se sitúa en un nivel superior, trascendente, y actúa a través de esas otras causas (por eso decimos siempre que Dios actúa a través de nosotros en beneficio de los demás).

Y aquí viene la segunda parte de mi respuesta: aunque Dios no “envía” esos males a la persona para que nosotros distingamos el bien del mal, sí intenta que aprendamos de su situación a hacer esa distinción. No es lo mismo decir que Dios quiere el mal para llevarnos al bien, que decir que Dios aprovecha el mal (que ya hay y que no es causa suya) para intentar encaminarnos desde ahí hacia el bien. Su providencia es su cuidado de nosotros a través de todo lo que pasa. Por eso incluso cuando lo que ocurre es malo Dios sabe encontrar modos de ayudarnos a superarlo, aprender de ello y encaminarnos más al bien. ¡Pero ojalá pudiera hacer esto mismo desde una situación buena, sin necesidad de que el mal se meta por medio!

Este texto que leí hace unos días lo refleja muy bien:

“…en realidad Dios no nos manda desgracias, sino que está tan cerca del que las sufre que las asume como proyecto suyo para aquel que ha de vivirla. De lo que siempre podemos estar seguros es de que en todo cuanto nos sobreviene, Dios se complica, se ocupa, lo convierte en su interés… e interviene. En ese sentido sí podemos afirmar que es ‘su voluntad’, porque todo su querer está implicado. Pero no en el sentido de que él es la causa directa de lo que está aconteciendo” (Nurya Martínez-Gayol ACI, El sentido apostólico de la adoración, Sal Terrae, Madrid 2018, pp. 102-103).

“…adorar significa reconocer esa posibilidad de Dios de rehacer nuestros caminos, nuestros planes, nuestros proyectos, y dotarlos de sentido, pase lo que pase. Cuando los planes se vienen abajo, por debilidad, por fragilidad, a causa de las libertades de otros, de desgracias naturales o de acontecimientos que nos sobrepasan, adorar nos da la posibilidad de creer que Dios se reinventa para nosotros y nos ofrece una y otra vez un nuevo camino, como propio y personal. Adorar nos invita a creer que aquello que tenemos que abrazar porque la vida nos lo impone y no nos queda más remedio, él está dispuesto a transformarlo en camino de salvación. […] el dolor de no haber podido recorrer el camino que deseábamos no se quedará sin sentido” (ibíd., p. 104).

La autora habla de “adorar” porque el libro trata sobre la adoración. En todo caso, su reflexión nos viene muy bien para el tema de hoy. Donde pone “adorar” podemos poner también “orar” o “relacionarnos con Dios”… la idea es que Dios no nos envía el mal, pero ante las frustraciones de la vida nos ayuda a buscar un sentido y reconstruir nuestro camino. Creo que, al menos casi siempre, el sentido no es algo que venga de las cosas mismas, sino que nosotros lo buscamos. El mal que sufrimos o vemos a otros sufrir no tiene sentido por sí mismo… se lo podemos dar si decidimos partir de esa situación hacia un horizonte de amor y de crecimiento personal.

Por eso, no justifiquemos las cosas malas como si fueran necesarias para aprender a distinguir, valorar y elegir el bien. Es cierto que a veces no nos damos cuenta de lo que es importante en la vida hasta que no nos suceden desgracias (por cierto, sería interesante plantearnos por qué…) y en ese sentido ese puede ser un momento importante de revelación y de aprendizaje. Pero no significa que esas cosas suceden por una especie de designio superior. Eso sí, cuando vengan, aprovechémoslas para crecer. Nunca está todo perdido y nunca perdemos la capacidad de rehacernos. Dios siempre tiene esperanza en nosotros… tengámosla también.

Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.

I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.

Quien busca encuentra

Estos días estoy haciendo el ejercicio de leer mis diarios filosóficos y espirituales y algunos otros escritos míos que conservo de hace algunos años. Hoy he terminado de leer el primer diario que escribí al empezar la carrera de Filosofía; un cuaderno que me duró desde primero hasta la mitad de tercero. Al principio anotaba todo en el mismo diario: pensamientos, intuiciones filosóficas, sentimientos, argumentos filosóficos y teológicos inacabados, situaciones que me habían pasado y quería aprender a vivir, frustraciones de todo tipo, especialmente de fe… en fin, “de todo”, literalmente. Lo mismo te encontrabas un párrafo donde decía “si el universo es finito y en continua expansión… si saco un brazo por el borde del universo, ¡estaría creando universo!” y a renglón seguido una confesión íntima de lo frustrante que resultaba no conseguir “sentir” a Dios. No es raro que el cuaderno se llamara “Miscelánea de pensamientos”.

En la entrada de hoy quería compartir con vosotros un aprendizaje que estoy sacando de esta lectura: que “quien busca, encuentra”. Cuando no se re-visita la historia, es fácil quedarse con el estadio final y olvidar lo que ha sido el proceso. Es fácil ver que ahora tengo una vida espiritual activa o que tengo mis creencias (al menos las fundamentales) bastante asentadas, pero… ¿fue siempre así? Evidentemente, no. El diario que os comentaba no refleja nada de eso. Sí, se ven ciertas líneas que conectan con el presente, porque al fin y al cabo sigo siendo la misma persona. Se ven intereses, modos de pensar, de ser, de plantearse las cosas… que no han cambiado. Pero otras, en especial la fe y cómo me entendía a mí misma, han cambiado bastante. Y no fue porque un día me viniera la iluminación. Ha sido un camino en el que he tenido que seguir buscando y “ponerme a tiro” para dejarme encontrar. Cuando leo página tras página esa sensación de que mi fe era toda racional, de que no acababa de dar el salto a entender cómo es la relación con Dios y a vivirla plenamente; cuando leo sobre mis propias frustraciones… me doy cuenta de que ha sido un proceso de búsqueda, gracias al cual poco a poco fui encontrando respuestas y encontrándome a mí misma.

Con esta reflexión no quiero decir que todo el mundo lo tenga que vivir como yo, ni mucho menos. Pero leer sobre esos largos períodos de crisis y sequía espiritual, en los cuales se fue gestando lo que luego sería un crecimiento a varios niveles, me ha ayudado a ver la importancia de mantenernos buscando y perseverando en la búsqueda y a entender que para ciertas cosas necesitamos procesos. Hay gente que me dice que querría tener fe, pero no puede. La pregunta es: ¿quiere de verdad? ¿Lo busca de verdad, manteniéndose en esa búsqueda? Por supuesto, puede haber quien de verdad lo haga, y por lo que sea no haya encontrado… aún. Lo que planteo es que, en un mundo en el que conseguimos todo tocando un botón, quizá nos hemos malacostumbrado y creemos que querer tener fe y encontrarla es lo mismo: pulsar un botón y que llegue. Y no solo nos pasa con la fe, nos pasa con todo en la vida. A las cosas del espíritu no se accede por un botón.

La lección que saco hoy de mi propia vida, de mis propios escritos, es que las cosas importantes se van cocinando a fuego lento, y no hay que dejar de avanzar. Los tiempos son mucho más lentos cuando se refiere a nuestro ser, a nuestro espíritu, a lo que nos importa, a lo que deseamos verdaderamente… Creo que escribir ayuda a fijar cada etapa del proceso y releer ayuda a no olvidar que eso es lo que fue y es: un proceso. Sea como sea, estoy convencida de que quien de verdad quiere encontrar a Dios y lo busca (con honestidad), lo acaba encontrando. Lo dice el propio evangelio: “buscad, y hallaréis”. No dice que sea inmediatamente; pero estoy convencida que Dios quiere ser encontrado. Por tanto, la búsqueda no puede caer eternamente en saco roto, o eso creo…

Te animo a que, si buscas a Dios, no te rindas. No siempre es fácil, pero merece la pena. Al menos a mí me la ha merecido.

¿Accidente o milagro?

Hace un poco más de una semana tuve un accidente de coche. Íbamos de camino al pueblo y, en un tramo de autovía muy sencillo (pues era recto, sin otros coches cerca y sin nada que se nos cruzara por el camino) una de las ruedas se debió pinchar, la llanta empezó a golpear en el suelo y las ruedas no respondían al volante. Nos salimos de la carretera, el coche avanzó subiendo por un terraplén, la tierra lo fue frenando y cayó dando una vuelta sobre sí mismo. Cuando todo terminó, el coche estaba destrozado, pero todos nosotros estábamos perfectamente: ni un arañazo, ni un corte, ni una lesión… como mucho algo de dolor muscular al día siguiente, pero muy leve. Pudimos salir del coche perfectamente; además se habían parado otros dos coches y la gente vino enseguida a ayudarnos.

Cuando llegó la Guardia civil, nos dijo que habíamos tenido mucha suerte, porque todo había sucedido del modo exacto para que no nos pasara nada. En el recorrido del coche al salirse, habíamos pasado por debajo de un puente, y gracias a que el coche no subió demasiado, no nos dimos un gran golpe, sino que al salir a la parte de campo la tierra nos fue frenando y la vuelta que dimos no fue tan fuerte.

Curiosamente, hacía unos días yo había estado releyendo un capítulo de un libro de cristología sobre los milagros. Como comprenderéis, cuando te sucede algo así y has estado pensando sobre ese tema, no puedes dejar de preguntarte si lo que te ha sucedido ha sido verdaderamente eso: un milagro…

La propia noche del accidente yo viví lo que me pasó como un milagro, en el sentido de que tenía la confianza de que Dios estaba conmigo. Cuando el coche se salió, no sé por qué, no me puse nerviosa ni grité, sino que me abandoné: al fin y al cabo, no había nada que pudiera hacer y ponerme de los nervios no iba a ayudar. Aunque suene muy lógica, esa reacción me sorprendió a mí misma; lo normal no hubiera sido reaccionar con lógica, sino haberme puesto nerviosa. Estaba descolocada, sin saber qué pasaba, y cuando entendí lo que estaba pasando como que corté todo razonamiento y me dejé llevar. Justo cuando el coche se golpeó en el techo y apareció en mí la sombra de lo que podía pasar, el coche se quedó quieto, de pie, y todos los que íbamos dentro intactos.

Durante el trajín de las personas que vinieron a ayudarnos recuerdo que yo observaba el cielo con bastante tranquilidad y me preguntaba cuál sería el significado de lo que me acababa de ocurrir. Cuando pasan estas cosas, a otra gente le da por pensar en lo frágil que es la vida, en lo importante que es valorarla y vivirla con profundidad porque puede acabar en cualquier momento, en lo poco importantes que son las cosas materiales (como el coche, en este caso) al lado de haber conservado la vida, etc. Sin embargo, y aunque también reparé en ello, para mí no fue el tema principal, quizá porque la fragilidad, la muerte, la importancia de vivir la vida a fondo y de saber cuáles son tus prioridades son temas con los que convivo a diario, en parte por mis lecturas teológicas y espirituales, en parte por mi propia oración y en parte por lo que hablo con otras personas. En todo caso, después del accidente no se me quedó esa sensación negativa de lo que podía haber pasado y lo que eso me había enseñado… sino que, curiosamente, se fijó en mí esa sensación que yo había tenido desde que el coche se salió hasta que nos fuimos a casa en el taxi: que Dios estaba conmigo, que estaba en buenas manos.

Durante los días siguientes, cuando mencionaba el tema con algunos amigos, me resultó interesante ver las distintas lecturas que cada uno hacía sobre el mismo hecho. Por más vueltas que le di a lo sucedido durante esos días y por más interpretaciones que otros hicieron de ello, yo sigo con la misma lectura que hice aquella noche. No puedo interpretar demasiado deprisa que aquello tuviera un «propósito», porque cuando pasan cosas malas no creo que necesariamente tuvieran que pasar y menos aún que Dios las quiera, así que esto me hace difícil interpretar que cuando pasan cosas buenas es porque había una especie de destino sobre ellas; pero tampoco puedo negarlo muy deprisa, porque no estoy en la mente de Dios y no puedo negar que su presencia en las cosas que pasan es misteriosa y en casos como estos es fácil preguntarse de qué manera él ha estado presente. Mi conclusión es que lo que el accidente significó para mí como «milagro», es decir, como yo lo viví, no iba por esa línea del destino o el propósito divino, por más que sea una pregunta que surge de lo que pasó.

Lo viví como milagro porque, desde el mismo momento en que no sabía lo que iba a pasar, me confié y tenía la certeza de que no estaba dejada de la mano de Dios. Y percibí esa reacción como un don, como algo que surgió inesperadamente, ante mi sorpresa. Que todo acabara bien me ayudó a experimentar ese cuidado con más fuerza, pero aquella misma noche tuve la impresión de que esa sensación, que empezó antes de que acabara todo, habría permanecido aunque el desenlace hubiera sido distinto. Evidentemente no lo puedo saber, porque las cosas pasaron como pasaron. Pero me quedo con eso: Dios siempre está con nosotros, de maneras que no nos podemos explicar, y nada de lo que nos pase nos podrá separar nunca de él. Quizá eso es lo que significa «milagro»: que un acontecimiento de nuestra vida tenga la capacidad de hacernos creer en esa presencia, en esa promesa, y confiarnos a aquel que no dejará que nuestra vida caiga en el abismo de la nada.

Somos un misterio… como Dios

Comparto hoy este texto de Rahner que me parece tan bueno. Me resulta interesante esta idea de que el misterio no es aquello que no sabemos, pero podríamos saber, es decir, no es un mero problema o enigma. Misteriosa es esa realidad que, estando presente, nunca podemos apresar o comprender del todo… por eso para Rahner el misterio por antonomasia es Dios, y nosotros, creados por él a su imagen y semejanza, somos también una realidad misteriosa, pues estamos referidos al misterio de Dios: nuestra vida es una cerrazón o una apertura al misterio divino. Y, digo yo, si somos misterio, siempre habrá algo que se nos escapará de nosotros mismos y eso nos previene contra intentar encasillarnos demasiado deprisa. Os dejo ya sus palabras:

«Lo que es el hombre sólo puede decirse expresando aquello que emprende y lo que le afecta. Y en el hombre como sujeto trascendental esto es Io que carece de orillas y nombre, a la postre el misterio absoluto que llamamos Dios. Por eso el hombre en su esencia, en su naturaleza misma, es el misterio, no porque sea la plenitud infinita del misterio en sí que le afecta, la cual es inagotable, sino porque él en su esencia auténtica, en su fundamento originario, en su naturaleza es la pobre -pero llegada a sí misma- referencia a esa plenitud. […] La aceptación o el rechazo del misterio que somos nosotros como la referencia pobre al misterio de la plenitud, constituye nuestra existencia.

[…] A este respecto debe decirse y comprenderse siempre de nuevo: un misterio no es algo no descubierto todavía, que como un segundo se halle junto a otro primero ya comprendido y penetrado. Así entendido, el misterio se confundiría con lo no sabido, porque no ha sido descubierto todavía. Misterio es más bien aquello que, precisamente como lo impenetrable, se encuentra ahí, está dado, no tiene que ser producido, no es un segundo que sólo de momento sea indominable, sino que es el horizonte indominable y dominador de todo comprender, el cual permite comprender otras cosas en cuanto él mismo calla como el incomprensible que está ahí. Misterio no es, pues, lo transitorio que será eliminado o que de suyo podría estar ahí de otro modo, sino la peculiaridad que distingue a Dios (y desde él a nosotros) siempre y necesariamente

(Karl Rahner, Curso fundamental sobre la fe, Herder, Barcelona 2007, 258; subrayados míos).

Omnipotencia no es prepotencia, pero tampoco impotencia

Últimamente le doy muchas vueltas a cómo las palabras que utilizamos para hablar sobre Dios revelan, en el fondo, los prejuicios que tenemos. Por ejemplo, el otro día en catequesis estuve comentando con mis catecúmenos el primer artículo del Credo, el que trata sobre Dios Padre. En concreto, hablamos bastante sobre su omnipotencia. Cuando les pregunté por lo que entendían por “poder”, me dijeron que normalmente les hace pensar en la gente que utiliza mal el poder, quien lo hace despóticamente y con perjuicio para los demás; el poderoso es el que “hace lo que quiere” a costa de lo que sea. Por eso para ellos era muy novedoso comprender la omnipotencia ligada al amor y entender que el amor de Dios es lo que vence todo, a pesar de no imponerse sobre nada ni nadie, sino de ofrecerse en libertad. Es decir, que la omnipotencia no es prepotencia. La cuestión es si eso implica que entonces es, en cierto sentido, “impotente”, por aquello de no imponerse. En mi opinión, tampoco es adecuado decirlo así, porque no es que le falte poder al amor de Dios, no es que sea impotente, sino que no lo ejerce como nosotros esperamos o como estamos acostumbrados.

A raíz de esto he estado pensando bastante esta semana sobre los conceptos teológicos que utilizamos y por qué lo hacemos. Por ejemplo, al decir que el Espíritu se “aparta” para dejarnos un “espacio” y que seamos libres, me planteaba ¿realmente se tiene que “apartar” Dios para hacernos libres? ¿No lo pensamos así porque tenemos el prejuicio de que estar plenamente presente implica querer imponerse, querer “mangonear” al otro y salirse con la suya? Pero si Dios es amor y el amor es delicado y humilde por naturaleza, ¿para qué tiene que apartarse para dejarnos espacio? ¿No nos deja libertad precisamente al estar con nosotros?

Estos temas dan mucho de sí y es verdad que cuando empiezas a profundizar entiendes que, más allá del lenguaje que se utilice, se está haciendo para salvaguardar alguna característica importante de Dios, como, en el ejemplo anterior, su respeto de nuestra libertad. Mi pregunta es si, al utilizar conceptos paradójicos como “omnipotencia impotente” o «apartarse para dejarnos sitio, aunque también está presente», no estaremos revelando, precisamente, que necesitamos purificar nuestros conceptos y preconcepciones; en este caso, igual no es que sea una omnipotencia impotente, sino más bien que deberíamos revisar lo que entendemos por impotencia y por omnipotencia. O, en el otro ejemplo, igual no es que se trate de apartarse y/o de estar presente, sino de entender esa presencia de una forma nueva.

Yo creo que lo que digamos del amor de Dios es positivo y si nos parece negativo suele ser porque teníamos otra concepción “ideal” de lo que debían ser las cosas, y recurrimos a negarla para afirmar esa positividad que hemos descubierto en Dios. Por ejemplo: teníamos una idea de poder, y como el de Dios no responde a esa idea, procedemos a decir que es un poder impotente. Pero igual sería un camino más fructífero empezar a entender el poder de otra forma, en la línea del poder amoroso de Dios, más que nada porque el concepto ganaría en positividad y porque nosotros mismos nos veríamos interrogados en nuestra manera de ejercer nuestros propios poderes sobre otros o sobre las cosas.

Esta reflexión que comparto está aún “en camino”, pero me parece interesante el haberme hecho consciente de la importancia de las palabras que utilizamos tanto por lo que revelan de nosotros mismos como por lo que nos ayudan a hacer y lo que nos lanzan a ser.