Mujeres, hombres «y viceversa»

No me matéis, sé que este título no me pega mucho, pero seguro que gracias a él alguien ha entrado por pura curiosidad, je, je. Además, me va que ni pintado para la entrada de hoy. Quedaos con la literalidad del título y no con su posible referencia a ese programa del que algunos nos preguntamos por qué ha existido.

Siendo esta semana el día de la mujer, no podía dejar de reflexionar sobre algo relacionado con ello en el post de hoy. Me voy a centrar sobre todo en la cuestión «mujeres, hombres y viceversa» en la Iglesia, pero creo que algunas cosas son extrapolables a la sociedad en general.

Resulta que este 8M leí una entrevista que le hicieron a una profesora mía de Teología en la que afirmaba que antes que un sínodo sobre la mujer cree que en la Iglesia haría falta un sínodo sobre los varones. La afirmación me dejó perpleja, porque nunca se me había ocurrido, pero lo cierto es que tenía todo el sentido del mundo. Ella se preguntaba hasta qué punto era deseable un sínodo principalmente masculino en el que se tratara sobre el papel de las mujeres en la Iglesia sin que los hombres de dicho sínodo hubieran reflexionado antes sobre su propio papel como varones en ella, sobre cómo ejercen su liderazgo cuando lo tienen, de qué manera se relacionan, cómo trabajan y desde qué sensibilidad han ido asignando determinadas tareas que les parecían mejores para las mujeres. Concluía que «sería más necesario un Sínodo sobre el papel del varón en la Iglesia que hiciera posible un cuestionamiento sobre lo que nunca se cuestiona, un discernimiento sobre estructuras indiscutibles, sobre modos de relación, sobre espacios y tareas asignados o prohibidos para nosotras, etc.» (Nurya Martínez-Gayol aci, entrevista en Ecclesia, no sé el número de la revista, perdonad).

Creo que esta reflexión da en la línea de flotación del problema. Porque no parece tener mucho sentido tratar la «cuestión de la mujer en la Iglesia» como si fuera un caso particular dentro de ella, cuando más bien somos la mitad (o más) de los miembros de la Iglesia. Ni parece tener mucho sentido que la cuestión de los roles que unos y otras tenemos se determinen sin un diálogo mutuo en el que cada uno analice primero cómo vive su propio rol, su propia identidad de género, su propia sensibilidad… y desde dónde se está relacionando con quien es diferente. Y este es un camino bidireccional, de ahí el «viceversa» que os ponía al principio: no se trata sólo de qué piensa la Iglesia sobre la mujer, sino de ser capaces de revisarse cada uno (y cada una, evidentemente) y avanzar hacia una mayor igualdad desde el diálogo mutuo.

Os contaré una anécdota en la que he sentido que ese diálogo sí se daba. No es un ejemplo eclesial, sino de la vida cotidiana. Tengo la suerte de estar rodeada de bastantes varones (tanto familiares como amigos) con sensibilidad hacia la igualdad, que siempre me han tratado con respeto y de los que nunca he oído un comentario machista. Con algunos de ellos he comentado últimamente algunos de los malestares del embarazo y alguna vez, medio en broma medio en serio, les decía que no lo entendían porque ellos nunca iban a pasar por lo que todo ello implicaba. La respuesta ha sido en todos los casos que les daba envidia no poder vivir esa experiencia. No me lo decían para nada con la intención de quitar hierro a mi cansancio o malestar de ese día (de hecho, los hombres que me dijeron esto en concreto son bastante comprensivos con lo que estoy viviendo), sino de poner en valor la experiencia que tengo la suerte de poder vivir. Me lo decían con cariño, pero en serio: saben que la maternidad comporta sacrificios a nivel personal (y nunca los infravaloran), pero al mismo tiempo perciben que es una experiencia preciosa que sienten no poder vivir (aunque lo asumen bien, no desde la rabia). Este comentario me ha ayudado a darme cuenta de que, igual que no me gusta que algunos (o bastantes) hombres saquen conclusiones precipitadas sobre lo que vivimos las mujeres, tampoco nosotras debemos pensar que todos ellos sienten y viven lo mismo.

¿No se trataría de eso, precisamente, también en la Iglesia? Saber cuáles son las diferencias entre nosotros, acogerlas con respeto, saber valorarlas como algo positivo que el otro (o la otra) me ofrece a mí que no vivo eso exactamente y tener la capacidad de dialogar para llegar al entendimiento mutuo. Si no lo hacemos así, corremos el peligro de dar por hecho que nuestra manera de interpretar las cosas (y en concreto el papel de otras personas) es el único válido. Se trata de un trabajo de todas y todos, de cada una y cada uno, como sociedad y también como Iglesia. Sin profundizar en nuestra identidad, nuestros valores, nuestra sensibilidad… en suma, sin pararnos a analizar cómo y desde dónde miramos a los demás y sin ser conscientes de que ellos tienen su propia mirada, difícilmente vamos a ser capaces de entrar en un diálogo profundo. Espero y confío que sigamos dando pasos socialmente y que en la Iglesia los demos también.

[Agradecimiento especial a Nurya por la inspiración y a mis familiares y amigos que me han dado que pensar con el tema del embarazo.]

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Aprender a pedir

Las primeras semanas de embarazo, que es cuando peor estás, pero cuando menos se nota físicamente, me daba un poco de corte pedir el sitio en el metro. Un día de hecho aguanté de pie con el metro a rebosar de gente y un mareo que no podía con él (fue una semana con muchas náuseas y las mañanas eran horribles).

Poco después me planteé que es una tontería tener vergüenza de pedir: al fin y al cabo, la gente no va a saber lo que necesitas si no lo dices (sobre todo si no se te nota), y si realmente te encuentras mal ¿por qué no decirlo y aprovechar la generosidad ajena para hacer mejor el viaje? Con todo, no siempre me animaba a hacerlo. Solo cuando me encontraba más floja.

Vino una racha en la que tuve bastante suerte y casi siempre encontraba sitio, o a veces eran trayectos cortos y ya me encontraba mejor, así que no lo necesitaba en exceso.

Últimamente he vuelto a tener náuseas y estar más floja alguna de las mañanas, y ya se me va notando la barriguita. Alguna vez alguien se ha dado cuenta y me ha dejado el sitio directamente, pero la mayoría de las veces lo digo yo directamente. Todas las veces que lo he pedido ha habido alguien (y muchas veces más de una persona) que se ha levantado como un resorte en cuanto se lo he pedido, y normalmente la gente se excusa diciendo que no se nota mucho o que no se había fijado. Yo les pongo buena cara y les digo que es normal, que todavía no se nota mucho, y que por eso lo digo. El otro día dos chicas encantadoras me dijeron que ellas también habían pasado por eso, que les daba corte pedirlo, y que yo hacía muy bien en decirlo directamente porque la gente no tiene por qué saberlo.

Puede parecer una anécdota muy tonta, pero a mí me ha dado bastante que pensar. Decimos muchas veces que estamos en una sociedad egoísta y que nos cuesta mucho dar. Pero creo que nos cuesta mucho, acaso más, pedir, quizá porque tenemos instalado el chip de que tenemos que poder con todo y ser autosuficientes.

Por supuesto que lo suyo sería que la gente se levantara sin que nadie tuviera que pedirlo; que todos estuviésemos más pendientes del prójimo y de sus necesidades. Pero siendo realistas, no siempre se notan esas necesidades. Por eso ayudamos al prójimo a ayudarnos si en vez de empezar a poner caras y resoplar decimos directamente con educación lo que necesitamos. Yo últimamente lo digo todos los días, y la verdad es que siempre me he encontrado gente amable y dispuesta a ayudar.

Tendríamos que aprender a pedir sin tanta vergüenza (¡claro está, sin echarle morro tampoco!), cuando de verdad lo necesitamos. También es una forma de dar visibilidad a las necesidades y crear conciencia en la gente, que muchas veces está dispuesta pero no siempre sabe que esas necesidades existen.

El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]