Consolar

La Biblia habla de Dios como una madre o un padre que consuela a su hijo y lo hace todo por él. Yo entendía la imagen porque he sido hija y porque no solo mis padres me han consolado, sino también mis amigos o mi pareja cuando he estado triste. Sin embargo, empiezo a entender la imagen desde el otro lado: desde la madre que consuela.

Mi hijo está en la fase de empezar a gatear y querer explorar todo lo que pilla. Es una etapa preciosa, pero intensa para los padres, que estamos siempre pendientes de que no toque nada peligroso, de que no se tire nada encima o se caiga y se dé un cabezazo. De todos modos, por más cuidado que tengamos, ya se ha dado varios golpes, como es normal…

Ayer Miguel estaba jugando con el perrito de mi familia (nosotros no tenemos perro) y éste sin querer le dio un empujón y el niño se cayó, dándose un buen cabezazo contra el suelo y saliéndole un chichón en la frente. En el momento del susto, lloró mucho. Enseguida lo cogí y lo acuné dándole besos, tratando de consolarlo. A los escasos 5 minutos el niño estaba tan tranquilo jugando de nuevo, y al rato hasta volvía a tocar al perrito, sin cogerle miedo por haberse caído jugando con él.

Para los que tengáis hijos esta es una escena muy cotidiana, nada fuera de lo normal. Sin embargo, a mí ayer se me quedó grabada y por la noche pensé en ello, relacionándolo con mi vida en general y en concreto mi vida de fe. Para mí como madre fue bonito consolar a mi hijo. No tuve que decirle nada, ni razonar con él, ni hacer nada del otro mundo; simplemente, estar y darle cariño y seguridad. En cuanto él percibió ese consuelo y se sintió seguro, se volvió a lanzar a explorar y jugar de nuevo sin miedo. Me parece precioso que nuestra mera presencia pueda generar ese cambio en una personita, y creo que lo mismo nos puede suceder con los amigos y familiares adultos: cuando están tristes, es frecuente que nos sintamos poco útiles, sin saber qué decir o cómo ayudar… pero muchas veces basta con que estemos con ellos y los consolemos.

Decía que pensé en mi vida de fe porque por primera vez me paré a pensar en el consuelo de Dios no desde mi perspectiva, es decir, cómo me siento cuando Dios me consuela, sino desde Su perspectiva: cómo se “sentirá” Dios cuando nos consuela. Si para mí fue un regalo poder consolar a mi hijo; si a mí se me ensanchaba el corazón al poder darle cariño y seguridad… ¡cuánto más le sucederá a Él, que nos ama infinitamente! ¡Qué mirada de predilección, qué amor tan desinteresado nos tiene, si nos lo explica con la imagen de los padres que queremos a nuestros hijos!

[Dedicado a Marta, que con su carisma y su estudio profundiza en la consolación y nos hace a los que la conocemos querer profundizar en ella.]

Tres enseñanzas de la mudanza

Llevo casi un mes sin escribir. Si ya últimamente me costaba sentarme a hacerlo por el ajetreo que tengo, estas semanas ha sido casi imposible debido a una gran novedad en mi vida: mi familia y yo nos hemos mudado de casa.

Puede parecer que comprarse un piso y mudarse son acciones prosaicas de la vida, que nos alejan de los momentos de “reflexión metafísica”. La lista de tareas incluye las cuentas que tienes que hacer antes de meterte en una hipoteca, el montón de documentación que tienes que enviar, firmar o recibir, hacer cajas, tirar cosas, comprar muebles, hacer limpieza de la casa que dejas y la casa a la que llegas… y un largo etcétera. Los que habéis pasado por ello sabéis bien de qué hablo.

A priori, estas acciones no parecen algo muy elevado. Sin embargo, a mí me han dado qué pensar. Quizá no he tenido mucho tiempo como para sentarme a “devanarme los sesos” o a escribir reflexiones profundas. Sin embargo, a lo largo de todo este proceso he tenido momentos de lucidez y de dejar que lo que estaba viviendo me iluminara de alguna manera. Hoy quiero compartir con vosotros tres cosas que he meditado en este tiempo.

La primera constatación es lo importante que son las personas en nuestra vida. Este proyecto no habría salido adelante sin la ayuda de un sinfín de gente; gente que nos ha asesorado en distintos aspectos, que nos ha ayudado con el niño, con la mudanza, con las gestiones, con la limpieza… Yo pensaba estos días no solo en nuestra familia y amigos, que por supuesto han estado ahí, sino también en los profesionales con los que nos hemos ido cruzando y que se han esforzado por hacer posible que pudiéramos comprar el piso y mudarnos en mitad de esta situación de crisis. Es justo dar las gracias a todos ellos, porque nosotros solos no habríamos podido.

En segundo lugar, pensaba en lo importante que es que nuestra reflexión no esté separada de la vida. En la etapa vital en la que estoy, con un niño pequeño y abriéndome paso en el mundo laboral, lo que más oigo es que tengo que tener paciencia, que es una etapa difícil y que cuando pasen unos años y todo se asiente ya volveré a tener tiempo para “otras cosas”, como pensar. En parte creo que es verdad: las prioridades y posibilidades cambian y te tienes que adaptar a ellas. Ahora no tengo los espacios de silencio, estudio y meditación que tenía antes. Con un pequeño ser que aún es muy dependiente de mí, ¿cómo voy a vivir como antes, como cuando no era madre?

No obstante, creo ese “no vivir como antes” tampoco significa que no puedas seguir cultivando las dimensiones de la vida que para ti son importantes. Mi marido me dijo que no se trataba tanto de intentar volver a hacer lo mismo que antes, cuanto de buscar la manera de reinventar eso que queremos hacer, dentro de las circunstancias que ahora tenemos. Por ejemplo, la oración o la reflexión personal. No se trata de intentar llevar a cabo esas actividades como antes, sino de encontrar la manera, el espacio y el tiempo de hacerlas en esta nueva realidad. Hay que ser creativo para reinventar lo mismo en circunstancias nuevas. Creo que tiene mucha razón.

Retomando lo que señalaba de que la reflexión no esté separada de la vida, creo que es posible cuando logramos creativamente hacerle un hueco dentro de nuestras ocupaciones diarias. Este mes no he podido leer ningún libro de teología, ni me he sentado a hacer una larga meditación, pero no significa que no haya podido reflexionar sobre la vida en absoluto. Muchas veces, en mitad del trajín de hacer cajas y ordenar cosas, pensaba que no podemos hacer una teología totalmente separada de esos quehaceres. Si no, será una teología poco viva. Tenemos que pensar desde lo que vivimos. No significa no elevarnos más allá; por supuesto que hay que intentar elevarse, soñar, trascender la realidad. Lo que quiero decir es que hay que partir de ella. Si tener un hijo y vivir una mudanza significa que no podemos pensar sobre la vida, algo está fallando. No deberíamos esperar al momento en el que “no haya nada” para plantearnos las cosas, porque en la vida siempre va a haber algo que nos ocupe y nos preocupe.

La tercera reflexión que quiero compartir es la importancia de lo material para lo espiritual. Vivimos en un mundo demasiado volcado en lo material, sumido en la vorágine del consumismo. Y ante esa realidad la tentación que se nos puede presentar a quienes queremos vivir de otra manera es demonizar todo lo material, como si estuviera reñido con lo espiritual.

Pero Dios nos ha hecho de carne y hueso, nos ha hecho materiales. Y la materia, aunque a veces nos desvíe del camino, también puede y debe ser una aliada para conducirnos por la senda adecuada. Me he dado cuenta de ello al poner con ilusión mi nueva casa. ¿Por qué nos hace tanta ilusión elegir los muebles, ordenar las cosas e intentar que todo tenga una cierta armonía? He estado pensando bastante sobre ello y creo que necesitamos exteriorizar lo que queremos vivir interiormente. Si queremos construir un hogar cálido, que dé la bienvenida a todo el que pase por allí, en el que haya armonía entre todos los que vivimos bajo el mismo techo, en el que sepamos valorar la belleza… es lógico que queramos que la apariencia de la casa, lo material, invite a ello.

No me había parado a escribirlo hasta ahora, pero al hacerlo veo que este mes me ha dejado más poso de lo que a primera vista pudiera parecer. Creo que es importante que, incluso en los momentos más ajetreados de nuestra vida, saquemos un momento para recoger, como en un destilado, lo que ese tiempo nos está aportando. Quizá tardaremos más en hacerlo que en las etapas más tranquilas, eso está claro. Pero no dejemos que el ajetreo nos lleve por delante y nos haga pensar, erróneamente, que no podemos aprender de lo que estamos viviendo.

[Hoy con especial agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este proyecto. ¡Gracias!]

Cuaresma = recuperar una cultura de la vida

A primera vista, no creo que dijéramos que la Cuaresma es una época muy “vital”, porque puede parecer todo lo contrario: es un tiempo de penitencia, de austeridad, de ascesis… para algunos, incluso, de mortificación. Y, sin embargo, después de que me impusiera el sacerdote la ceniza y me recordara que soy polvo, yo pensé en la vida. Me acordé de esta frase de Fabrice Hadjadj, que me ha dado mucho que pensar estos días:

“No es pequeña paradoja: huir de la muerte produce una ‘cultura de la muerte’; acoger la muerte engendra una cultura de la vida” (F. Hadjadj, Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir, Nuevo Inicio, Granada 2011, p. 32).

Ser conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra contingencia (eso significa entre otras cosas la imposición de la ceniza) y, en último término, de nuestra muerte, nos lleva a vivir la vida a fondo, sabiendo que la oportunidad para vivirla es ahora. Pretender que la muerte no existe o intentar huir de ella nos puede llevar a pasar de puntillas sobre cuestiones que son importantes en la vida y por eso generar la “cultura de la muerte” que habla el autor.

Curiosamente, esta semana he tenido que explicar en clase el tema sobre la vida (inicio y fin, con el consiguiente debate relativo al aborto y la eutanasia) y, en conexión con él, la cuestión ecológica (donde mencionábamos la ascesis necesaria para frenar el consumismo que quiere gobernarnos a todos). Las clases que he impartido, la lectura de este libro de Hadjadj y la celebración litúrgica del miércoles de ceniza me han invitado a considerar la Cuaresma como un período necesario para renacer a la vida. Afirmar de verdad la vida significa también ser consciente de la muerte y “morir” (valga la paradoja) a todo aquello que nos impide vivir con plenitud.

Por eso descubro detrás de esas penitencias, renuncias y ascesis la vida que nos llama a vivirla en serio y dejar de pasar de puntillas por ella, centrados en las cosas menos importantes. La conversión necesita un momento de negación, pero para una afirmación mayor. Quiero quedarme con esta idea para no convertir la Cuaresma en un período sombrío anterior a la fiesta de Pascua, sino todo lo contrario: como el proceso necesario para aprender a Vivir, en mayúscula.

Partido a partido

Ayer una amiga de la universidad me dijo que le había sorprendido verme tan tranquila durante todo este curso a pesar de la cantidad de cosas que había tenido que hacer y de las que había tenido que preocuparme. Esta conversación me dejó pensativa. Como he vivido todo con bastante calma, mi sensación ha sido la de no haber hecho “tantas” cosas. Pero si echo la vista atrás, la verdad es que ha sido un año bastante intenso, lleno de acontecimientos, procesos y personas importantes a todos los niveles.

No nos engañemos, es cierto que he tenido mis pequeños momentos de saturación y agobio. Sin embargo, siento que este curso esos momentos han sido menos y que cuando los ha habido los he resituado más rápido que otras veces. Ni siquiera cuando tuve que entregar el TFM (o tesina, como lo llamamos en Teología) estuve sin dormir o sin descansar. Seguí mi rutina normal y lo entregué incluso un poco antes de que cerrara el plazo. Con un examen que tuve que estudiar un poco a última hora por lo liada que había estado me pasó lo mismo: los días previos estuve bastante centrada en eso y en algún momento un poco agobiada pensando en si me daría tiempo a estudiarlo todo, pero tampoco perdí la cabeza ni dejé de “vivir”. De hecho, la noche anterior al examen fui a ver al Mago Pop y disfruté mucho el espectáculo.

Creo que el secreto de haber vivido así este curso está en lo que ya os conté sobre la calma que me había aportado el embarazo. Ser capaz de pactar con mis límites y no pretender exigirme más de la cuenta ha sido fundamental. Con todo, tampoco se trata de no exigirte nada, sino de no saturarte pretendiendo llegar a más de lo que puedes. Si te organizas bien, teniendo claras tus prioridades y tus capacidades, y vas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabas llegando.

Relacionado con lo anterior está el aspecto sobre el que quisiera incidir hoy: ir partido a partido, como el Atleti. Otras veces he tendido a agobiarme porque pensaba en todo lo que me quedaba por delante y en si tendría tiempo para ello. Este año he entrenado mi capacidad de vivir el presente sin que lo que me aguardaba me distrajera de lo que estaba haciendo. He ido cerrando proyectos y abriendo otros, dando a cada cosa el tiempo que creía que tenía que dar. No siempre ha sido fácil, pero creo que es el año en que he vivido mejor esta faceta de la organización del tiempo.

Creo que el tiempo que he dedicado a la oración a través de los Ejercicios espirituales en la vida diaria me ha ayudado a lograr esto. La oración me da la paz necesaria para afrontar las cosas sin acelerarme ni agobiarme y me ayuda también a la aceptación de mí misma, central para no vivir siempre intentando responder a las expectativas ajenas (y propias), sino intentando dar lo mejor que puedo en cada momento, sabiendo que no siempre lo logro y que hay que vivirlo con humildad.

No caigamos en la trampa de pensar que no hemos hecho nada solo porque estamos tranquilos y hemos dedicado tiempo a descansar. Esa fue mi tentación al principio. Pero siendo justa conmigo misma he tenido que reconocer que, aunque quizá he llegado a menos “cosas” que antes, en realidad ha sido un año lleno de compromisos y de esfuerzo. Quizá lo que cambia es a qué van dirigidos esos esfuerzos: todo lo que lleva consigo el embarazo (empezando por las mil citas médicas y el tiempo que ello supone, y siguiendo por el aumento del cansancio y la consiguiente necesidad de descansar mejor) ha cambiado mi rutina y me ha hecho cambiar algunas opciones. Lo importante es plantearte si, con el cambio de circunstancias y el reajuste vital que comporta, sigues respondiendo a tu vocación. Ahí es donde está el quid de la cuestión.

No ha sido un año perfecto y seguro que en algunas cosas podría haberlo hecho mejor o haberme comprometido más. Eso está claro. Sin embargo, ahora que llega el verano y el cierre de esta etapa, echando la vista atrás creo que, en lo central, he seguido respondiendo a mi vocación y a mi misión. Quizá por eso lo he vivido todo con bastante paz. Quizá por eso me ha costado menos ir respondiendo a los retos “partido a partido”.

[Dedicado a Arrate, inspiradora de la entrada.]

Lágrimas

«Un hombre o una generación que no son capaces de humor y de lágrimas se han cercenado algo esencial» (Olegario González de Cardedal, Sobre la muerte, Sígueme, Salamanca, 2012, p. 34).

«Toda lágrima es una confesión de los pecados y aceptación de los límites a la vez que una implícita oración. Todo hombre que llora está de hecho invocando a quien le pueda ayudar, suplicando consuelo, expresando amor. Por tanto, las lágrimas no son un signo de debilidad sino de grandeza; de aquella humana grandeza que es reconocimiento de la finitud y del pecado. Son cariño a la realidad y caricia a la persona desaparecida, adiós agradecido y voluntad de reencuentro. […] Todo el que ama llora por sí y con el amado. Y mientras haya dolor y muerte, llorarán los hombres y llorará Dios con ellos» (ibíd., p. 35).

«Llorar es derramar el alma ante Dios. Quejarse bajo su mirada es otra forma de amor […]. El ahogo es falta de vida o falta de aire. Por ello el des-ahogo supremo lo encuentra el hombre cuando recobra el aire y la vida en unión con aquel que por ser la vida le otorga el aliento que le hace vivir: Dios» (ibíd., p. 37).

«Las lágrimas son el mejor exponente de que en Jesús Dios es verdaderamente “Enmanuel”, un Dios con los hombres. “Las lágrimas que Jesús lloró sobre Jerusalén, nos revelan el más profundo misterio de su persona. Quien no aparta sus ojos de Jesús que llora, ese y sólo ese ve el corazón de Dios todopoderoso… ¡No nos avergoncemos de las lágrimas de Jesucristo! Ellas nos revelan el más profundo misterio del poder de Dios. Quien llora revela que es vulnerable. El poder de Dios es vulnerable tanto como lo es su amor”» (ibíd., p. 38, cita de E. Jüngel).

«Las lágrimas de penitencia, las lágrimas de agradecimiento, las lágrimas de dolor, las lágrimas de esperanza han sido siempre en la historia de la espiritualidad cristiana reconocidas como un don de Dios. Llorar es lo que el hombre todavía puede hacer, cuando ya ha agotado todos los demás recursos activos. Entonces pone a prueba las entrañas del Dios, que ha prometido que nunca olvidaría al hombre, porque su corazón es más maternal que el de la propia madre para con el hijo que ha engendrado. “Sion decía: ‘Yahvé me ha abandonado y mi Señor se ha olvidado de mí’. ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15). “Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (Is 66,13). “Con un amor eterno te he amado, con pasión y con-pasión, dice Yahvé tu Redentor” (Is 54,8).

Llorar nada tiene que ver con la edad sino con un corazón no endurecido. No está en relación con la cultura, la palabra o la riqueza que se tiene, sino con un alma capaz de expresarse ante el prójimo y ante Dios en la debilidad suprema. Llorar no se opone a la virilidad sino a la cobardía y al endurecimiento. Quien llora dice su amor desde todas las posibilidades expresivas del ser. Posibilidades somáticas, psíquicas y pneumáticas. Por eso, los espirituales han distinguido tres clases de lágrimas: del cuerpo, del alma y del espíritu» (ibíd., pp. 45-46).

Sabiduría de un pobre

He estado leyendo de nuevo el libro Sabiduría de un pobre. Ya os lo he citado un par de veces, porque me encanta. En una historia aparentemente sencilla y muy fácil de leer, en realidad se nos está transmitiendo la verdad más difícil: cómo ser pobre de espíritu, pobre de verdad.

Como hoy estoy un poco mareada y poco centrada para escribir, y también porque la obra es una joya en sí misma que no requiere ningún comentario, os dejo uno de los fragmentos que más me han dado que pensar esta vez (ya es la segunda vez que me leo el libro y creo que ha pasado a estar entre mis favoritos). Espero que a vosotros también os deje alguna cosilla para rumiar esta semana (los resaltados son míos):

«-Pero en el mundo -contestó Tancredo- están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

-Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es precios aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta”. Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle.

[…] El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero, ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. […] Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”» (Éloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Encuentro, Madrid 2018, pp. 114-116).

I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.

I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.