Partido a partido

Ayer una amiga de la universidad me dijo que le había sorprendido verme tan tranquila durante todo este curso a pesar de la cantidad de cosas que había tenido que hacer y de las que había tenido que preocuparme. Esta conversación me dejó pensativa. Como he vivido todo con bastante calma, mi sensación ha sido la de no haber hecho “tantas” cosas. Pero si echo la vista atrás, la verdad es que ha sido un año bastante intenso, lleno de acontecimientos, procesos y personas importantes a todos los niveles.

No nos engañemos, es cierto que he tenido mis pequeños momentos de saturación y agobio. Sin embargo, siento que este curso esos momentos han sido menos y que cuando los ha habido los he resituado más rápido que otras veces. Ni siquiera cuando tuve que entregar el TFM (o tesina, como lo llamamos en Teología) estuve sin dormir o sin descansar. Seguí mi rutina normal y lo entregué incluso un poco antes de que cerrara el plazo. Con un examen que tuve que estudiar un poco a última hora por lo liada que había estado me pasó lo mismo: los días previos estuve bastante centrada en eso y en algún momento un poco agobiada pensando en si me daría tiempo a estudiarlo todo, pero tampoco perdí la cabeza ni dejé de “vivir”. De hecho, la noche anterior al examen fui a ver al Mago Pop y disfruté mucho el espectáculo.

Creo que el secreto de haber vivido así este curso está en lo que ya os conté sobre la calma que me había aportado el embarazo. Ser capaz de pactar con mis límites y no pretender exigirme más de la cuenta ha sido fundamental. Con todo, tampoco se trata de no exigirte nada, sino de no saturarte pretendiendo llegar a más de lo que puedes. Si te organizas bien, teniendo claras tus prioridades y tus capacidades, y vas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabas llegando.

Relacionado con lo anterior está el aspecto sobre el que quisiera incidir hoy: ir partido a partido, como el Atleti. Otras veces he tendido a agobiarme porque pensaba en todo lo que me quedaba por delante y en si tendría tiempo para ello. Este año he entrenado mi capacidad de vivir el presente sin que lo que me aguardaba me distrajera de lo que estaba haciendo. He ido cerrando proyectos y abriendo otros, dando a cada cosa el tiempo que creía que tenía que dar. No siempre ha sido fácil, pero creo que es el año en que he vivido mejor esta faceta de la organización del tiempo.

Creo que el tiempo que he dedicado a la oración a través de los Ejercicios espirituales en la vida diaria me ha ayudado a lograr esto. La oración me da la paz necesaria para afrontar las cosas sin acelerarme ni agobiarme y me ayuda también a la aceptación de mí misma, central para no vivir siempre intentando responder a las expectativas ajenas (y propias), sino intentando dar lo mejor que puedo en cada momento, sabiendo que no siempre lo logro y que hay que vivirlo con humildad.

No caigamos en la trampa de pensar que no hemos hecho nada solo porque estamos tranquilos y hemos dedicado tiempo a descansar. Esa fue mi tentación al principio. Pero siendo justa conmigo misma he tenido que reconocer que, aunque quizá he llegado a menos “cosas” que antes, en realidad ha sido un año lleno de compromisos y de esfuerzo. Quizá lo que cambia es a qué van dirigidos esos esfuerzos: todo lo que lleva consigo el embarazo (empezando por las mil citas médicas y el tiempo que ello supone, y siguiendo por el aumento del cansancio y la consiguiente necesidad de descansar mejor) ha cambiado mi rutina y me ha hecho cambiar algunas opciones. Lo importante es plantearte si, con el cambio de circunstancias y el reajuste vital que comporta, sigues respondiendo a tu vocación. Ahí es donde está el quid de la cuestión.

No ha sido un año perfecto y seguro que en algunas cosas podría haberlo hecho mejor o haberme comprometido más. Eso está claro. Sin embargo, ahora que llega el verano y el cierre de esta etapa, echando la vista atrás creo que, en lo central, he seguido respondiendo a mi vocación y a mi misión. Quizá por eso lo he vivido todo con bastante paz. Quizá por eso me ha costado menos ir respondiendo a los retos “partido a partido”.

[Dedicado a Arrate, inspiradora de la entrada.]

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Lágrimas

«Un hombre o una generación que no son capaces de humor y de lágrimas se han cercenado algo esencial» (Olegario González de Cardedal, Sobre la muerte, Sígueme, Salamanca, 2012, p. 34).

«Toda lágrima es una confesión de los pecados y aceptación de los límites a la vez que una implícita oración. Todo hombre que llora está de hecho invocando a quien le pueda ayudar, suplicando consuelo, expresando amor. Por tanto, las lágrimas no son un signo de debilidad sino de grandeza; de aquella humana grandeza que es reconocimiento de la finitud y del pecado. Son cariño a la realidad y caricia a la persona desaparecida, adiós agradecido y voluntad de reencuentro. […] Todo el que ama llora por sí y con el amado. Y mientras haya dolor y muerte, llorarán los hombres y llorará Dios con ellos» (ibíd., p. 35).

«Llorar es derramar el alma ante Dios. Quejarse bajo su mirada es otra forma de amor […]. El ahogo es falta de vida o falta de aire. Por ello el des-ahogo supremo lo encuentra el hombre cuando recobra el aire y la vida en unión con aquel que por ser la vida le otorga el aliento que le hace vivir: Dios» (ibíd., p. 37).

«Las lágrimas son el mejor exponente de que en Jesús Dios es verdaderamente “Enmanuel”, un Dios con los hombres. “Las lágrimas que Jesús lloró sobre Jerusalén, nos revelan el más profundo misterio de su persona. Quien no aparta sus ojos de Jesús que llora, ese y sólo ese ve el corazón de Dios todopoderoso… ¡No nos avergoncemos de las lágrimas de Jesucristo! Ellas nos revelan el más profundo misterio del poder de Dios. Quien llora revela que es vulnerable. El poder de Dios es vulnerable tanto como lo es su amor”» (ibíd., p. 38, cita de E. Jüngel).

«Las lágrimas de penitencia, las lágrimas de agradecimiento, las lágrimas de dolor, las lágrimas de esperanza han sido siempre en la historia de la espiritualidad cristiana reconocidas como un don de Dios. Llorar es lo que el hombre todavía puede hacer, cuando ya ha agotado todos los demás recursos activos. Entonces pone a prueba las entrañas del Dios, que ha prometido que nunca olvidaría al hombre, porque su corazón es más maternal que el de la propia madre para con el hijo que ha engendrado. “Sion decía: ‘Yahvé me ha abandonado y mi Señor se ha olvidado de mí’. ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15). “Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (Is 66,13). “Con un amor eterno te he amado, con pasión y con-pasión, dice Yahvé tu Redentor” (Is 54,8).

Llorar nada tiene que ver con la edad sino con un corazón no endurecido. No está en relación con la cultura, la palabra o la riqueza que se tiene, sino con un alma capaz de expresarse ante el prójimo y ante Dios en la debilidad suprema. Llorar no se opone a la virilidad sino a la cobardía y al endurecimiento. Quien llora dice su amor desde todas las posibilidades expresivas del ser. Posibilidades somáticas, psíquicas y pneumáticas. Por eso, los espirituales han distinguido tres clases de lágrimas: del cuerpo, del alma y del espíritu» (ibíd., pp. 45-46).

Sabiduría de un pobre

He estado leyendo de nuevo el libro Sabiduría de un pobre. Ya os lo he citado un par de veces, porque me encanta. En una historia aparentemente sencilla y muy fácil de leer, en realidad se nos está transmitiendo la verdad más difícil: cómo ser pobre de espíritu, pobre de verdad.

Como hoy estoy un poco mareada y poco centrada para escribir, y también porque la obra es una joya en sí misma que no requiere ningún comentario, os dejo uno de los fragmentos que más me han dado que pensar esta vez (ya es la segunda vez que me leo el libro y creo que ha pasado a estar entre mis favoritos). Espero que a vosotros también os deje alguna cosilla para rumiar esta semana (los resaltados son míos):

«-Pero en el mundo -contestó Tancredo- están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

-Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es precios aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta”. Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle.

[…] El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero, ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. […] Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”» (Éloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Encuentro, Madrid 2018, pp. 114-116).

I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.

I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.

Cómo me estoy cuidando: Ejercicios Espirituales en la vida diaria

Después de la entrada de hace dos semanas sobre lo importante que es cuidarnos siempre y en todas las dimensiones de nuestra vida, un amigo me dijo que le gustaría que escribiese un poco más sobre ello. En concreto, me preguntó cómo podemos cuidar más la dimensión espiritual en el día a día, sin esperar a «urgencias». Estos días lo he estado pensando y la verdad es que me resultaba difícil contestar a esa pregunta. Entonces me planteé: ¿por qué? ¿Por qué sé que es importante cuidarse e intento hacerlo, pero luego no sé explicar bien cómo?

Hace poco me vino la inspiración y se me ocurrió una primera respuesta: porque cada uno necesitamos cuidarnos de una manera distinta. No lo digo para salirme por la tangente (¡de verdad!), sino que realmente creo que es así. Hay personas más inclinadas a la pereza, a la pasividad, que quizá necesitan crecer en el compromiso activo y responsabilizarse de ciertos ámbitos de su vida que tienen más descuidados. Hay otras personas (entre las que me incluyo) que tendemos a la aceleración y el agobio, y necesitamos aprender a frenar y tomarnos la vida con más calma. Hay personas a las que les preocupa demasiado todo y necesitan aprender una cierta y sana indiferencia, y personas tan indiferentes que lo que necesitan es que los demás les importen un poco más. ¿Cómo dar una receta válida para todos, si cada uno necesitamos algo distinto?

Después de pensar esto, se me ocurrió que todos, independientemente de nuestras diversas necesidades, debemos empezar por lo mismo: ser conscientes de que necesitamos cuidarnos, abrir espacios y tiempos en nuestra vida para ello y elegir medios que nos ayuden a hacerlo. Para contestar a mi amigo con algo más que una generalidad, he decidido compartir cómo me estoy cuidando yo este año en el ámbito espiritual (me ciño a este, pero lo mismo habría que plantearse en el psicológico, el físico, etc.). Así le doy una respuesta más concreta, más encarnada, pero sin pretender que es una respuesta válida sin más para todos.

Como algunos sabéis, para cuidarme espiritualmente siempre me ha ayudado mucho rezar. Cuando estoy rezando con calma, en silencio y centrada solo en eso, Dios me ayuda a sosegarme, ver las cosas con perspectiva e ir transformando mi forma de entender la vida y relacionarme con todo lo que me rodea. No suelo recibir «recetas» para solucionar cada situación, sino más bien un crecimiento interior y una experiencia de estar en las manos de Dios que me ayudan a vivir de otra manera.

Pues bien, este año decidí dar un espacio mayor y más constante a la oración a través de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Él pensó estos Ejercicios para un mes entero en el que la persona se dedicaba solo a ellos, pero los jesuitas han diseñado una nueva forma de llevarlos a cabo en la vida diaria que facilita la experiencia a la gente que no puede dedicar todo un mes seguido. Durante aproximadamente un año, cada día te comprometes a rezar una hora, revisar después la oración, revisar el día antes de acostarte e ir a misa (esto último solo si puedes y quieres).

Los Ejercicios son una mediación muy bonita y completa porque aúnan a su vez otras mediaciones. En primer lugar, el acompañamiento interpersonal. Hay una persona que me acompaña los ejercicios. Nos vemos una vez a la semana: yo le cuento cómo me ha ido la semana y él me propone el tema para la semana siguiente, dándome algunas pautas que me pueden guiar en la oración.

En segundo lugar, la experiencia de otros que han vivido antes de nosotros. San Ignacio, basado en su experiencia y lo que conocía de otros, propone temas para rezar, modos de oración y reglas de discernimiento, que son orientaciones para entender tu mundo interno, aprender a detectar de dónde te viene cada sentimiento y cada idea, cómo integrarlo en tu vida, a qué te sientes llamada, etc.

En tercer lugar, la Biblia: todos los ejercicios incluyen lecturas bíblicas que te ayudan a meditar, a dejarte provocar y abrir a lo novedoso, a detectar qué partes de tu vida necesitan más luz, etc.

En cuarto lugar, la vida de la Iglesia, en concreto la eucaristía. No es obligatorio ir a misa para hacer los Ejercicios, pero a mí me está ayudando intentar acudir todos los días a ella, porque inicio el día centrada en mi dimensión espiritual y poniéndolo todo en manos de Dios.

Los Ejercicios te ayudan también a iluminar el resto de dimensiones de tu vida: lo psicológico aflora, porque estás en contacto permanente con tu mundo interior; lo social también, porque traes a la oración todas las personas que te importan y los problemas que tienes con ellas y quieres resolver o aprender a vivir; lo emocional siempre, porque san Ignacio insiste mucho en que te fijes en qué sentimientos experimentas en cada oración; incluso lo físico, porque los Ejercicios requieren un orden vital que te permita mantener el compromiso (con el consiguiente descanso, entre otras cosas) y una observación de cómo estás en cada momento que hace que te sea más fácil detectar cómo te encuentras, también físicamente.

Además, me siento unida a la gente que me importa porque cada día, además de tener presente a toda mi gente, rezo especialmente por una persona. El nombre de esa persona me acompaña desde el principio del día, en la misa, en la oración, a lo largo del día y finalmente en la revisión del día antes de acostarme. Es una forma de que los demás también estén presentes en mi relación con Dios.

Me diréis, «¿por qué hacer todo esto equivale a cuidarte?» Con la siguiente anécdota creo que se verá con claridad. Cuando empecé el curso, tuve la tentación de agobiarme con todos los frentes distintos a los que tenía que atender: nuevas tareas en el trabajo; llevar al día los estudios; nuevas iniciativas que me surgían en el ámbito eclesial; ponerme al día con mis amigos y familia después del verano; las tareas de la casa, etc.

Además, se me empezaron a estropear las cosas: el ordenador de casa no me iba bien, tardaron un montón en recogérmelo y traérmelo, y cuando vino seguía sin funcionar del todo bien; con los ordenadores de la oficina pasó algo parecido y hubo que ponerlos a punto; el móvil empezó a fallarme para leer el correo, por lo que hubo unos días en los que no sabía bien dónde contestar los e-mails ya que todas las máquinas a mi alrededor se estropeaban; el metro y el tren se averiaron varios días seguidos, causando la consiguiente carrera matutina para no llegar tarde; y para colmo otro día se me rompió una sandalia cuando estaba yendo a la Universidad y tuve que volver a casa a cambiarme.

No eran cosas graves, ni mucho menos, pero sumadas a las preocupaciones habituales, al inicio de una nueva rutina en la que te tienes que situar y los problemas que cada uno tenemos y siempre llevamos con nosotros (me refiero a las cosas que sí son más graves o importantes, tanto nuestras como de gente que nos importa), hubo un momento en el que empecé a agobiarme.

¿Sabéis lo que funcionó? Los Ejercicios. Paradójicamente, lo que mejor me cuidó (y me sigue cuidando) fue ese aparente «no hacer nada». Cuando me acelero, la oración me frena. Cuando me empiezo a hacer daño a mí misma y culparme demasiado por tonterías, Dios me hace ver que eso no me hace bien y me devuelve la confianza en mí misma. Cuando las cosas no salen bien con los demás, me enseña a esperar, tener paciencia y encauzar las situaciones de la mejor manera posible, paso a paso. Cuando he pasado algo importante por alto o no he tratado bien a alguien, me ayuda a verlo. Y un largo etcétera.

¿Qué necesitas para cuidarte y cómo hacerlo? Yo no lo sé, cada uno somos un mundo… solo sé que yo sí necesito ese espacio y ese tiempo de parar, ponerme en manos de Dios y estar dispuesta a profundizar en toda mi persona. Hasta el punto de que todos mis agobios y frustraciones se ponen en un segundo lugar cuando simplemente estoy ante el amor de Dios y confiada a él.

Pienso que los Ejercicios pueden ayudar a mucha más gente, igual que a mí, porque están pensados de tal manera que a cada uno lo ayudan desde donde está y hacia donde más necesita. Pero si no es el momento de hacerlos, seguro que hay otros medios por los que te puedes cuidar espiritualmente. Como digo siempre: lo primero es querer hacerlo. Después, poner los medios. Si de verdad quieres cuidarte, busca el modo. Si necesitas ayuda para ello, pídela. Y, sobre todo, ¡no pongas excusas para no hacerlo!

[Dedicado a Luis… por preguntar, je, je.]

Cuídate siempre, no solo «in extremis»

Hace unas semanas pedí cita con mi fisioterapeuta. Hacía mucho que no iba a tratarme con ella y durante el verano había tenido épocas en las que me molestaban algunas zonas de la espalda y el cuello. Lo curioso es que en los días anteriores a pedir la cita no me dolía nada, por lo que me planteé si ir o no. Al final, decidí ir para empezar el curso con una buena «puesta a punto». Resulta que cuando la fisio me empezó a masajear la espalda, encontró varios puntos en los que había bastante tensión acumulada y hasta me puso ventosas para aliviarla. Después de la sesión me noté mucho más relajada.

Hace un tiempo mi decisión hubiera sido distinta. Habría pensado: «¡Bah, no me duele nada ahora mismo, no voy y así ahorro, ya iré cuando de verdad me duela!» Claro que, cuando «de verdad te duele», cuando te duele mucho, vas y no basta con una sesión por la cantidad de contracturas que tienes. Cuando ya estás mal, hace falta mucho trabajo para conseguir esa «puesta a punto» que deseas.

La primera vez que fui al fisio (por entonces era uno distinto) lleva muchísimo tiempo teniendo molestias en la espalda, pero me acostumbré a vivir así y no lo notaba demasiado. Se hacía más patente en épocas de estrés y al hacer ejercicio: corría encogida, como con los hombros hacia arriba, porque estaba agarrotada. Después de ir (evidentemente, varias veces) noté un cambio bastante grande: corría más estirada, con una postura más cómoda sin necesidad de forzarla y no sentía tantas molestias en la espalda. Volví a caer en la tentación de pasar del tema y aguantar hasta estar mal otra vez, pero de un tiempo a esta parte decidí que ir al fisio me hacía mucho bien como para no aprovecharlo. Tampoco voy todo el tiempo, porque no tengo ningún problema serio que necesite rehabilitación, pero creo que he ido aprendiendo a cuidar mi espalda más a menudo para estar lo mejor posible y no esperar a tener una tensión flipante para ir a tratarme.

Esto que os acabo de contar no os parecerá raro. Al fin y al cabo, hoy somos bastante sensibles con el tema del cuidado de nuestro cuerpo. Pero yo os pregunto: ¿lo somos también con el cuidado de nuestro espíritu, de nuestra psique, de nuestras emociones, de nuestras relaciones? Me parece que tendemos a esperar a estar «in extremis», destrozados o desesperados por algo, para empezar a pensar en que deberíamos cuidarnos. A veces los malestares se van instalando en nuestro interior sin darnos cuenta de que están ahí y un día estallan y nos encontramos fatal. ¿No nos iría mejor cuidándonos siempre, pidiendo ayuda cuando la necesitemos en pequeñas cosas, para sanarnos poco a poco, en vez de esperar la debacle?

Evidentemente hay situaciones en la vida que no podemos prever, que nos quiebran y necesitan un largo proceso de recuperación. En el ejemplo del fisio, sería como la rehabilitación necesaria tras un accidente. Pero hay otros casos en los que el colapso no se debe a algo puntual y externo, sino a que nos hemos descuidado a nosotros mismos. Estos casos se reducen (o al menos se hacen más llevaderos) cuando tenemos la práctica de cuidarnos: ya sea física, psicológica, espiritual, emocional o socialmente. Todas nuestras dimensiones necesitan cuidado. No esperemos a estar «in extremis» para pensar en ello.

I.E. #1: No ir de puntillas por la vida

Quiero abordar hoy esta primera inquietud existencial (I.E.) que me planteó una persona tras la famosa encuesta que os envié. No la formuló como una pregunta, sino como una preocupación: le agobia la sensación de que muchas veces vamos por la vida como de puntillas, como sin vivirla a fondo, sin ahondar en ciertas cosas y añadía que le preocupa especialmente en las relaciones personales.

¿Por qué empezar por esta inquietud? Porque cuando la leí pensé que es de las primeras y más importantes, al menos como paso previo para poder adentrarse en las otras. Es muy difícil plantearse de verdad una pregunta existencial y querer aproximar una respuesta que (al menos en parte) nos convenza si no estamos dispuestos a vivir profundamente. De lo contrario, la respuesta que demos será superficial y antes o después nos dejará insatisfechos. Solo lo que se gesta en la profundidad va a la raíz de nuestro ser y por eso nos puede ayudar a construir un sentido y encontrar un horizonte de plenitud.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no ir de puntillas por la vida? ¿Cómo bajar a la profundidad? No os voy a dar una respuesta concreta (recordad que cada uno tenemos que buscar la nuestra), sino que voy a compartir con vosotros una imagen que esta semana me ha ayudado a pensar este tema: la clásica imagen del iceberg.

Un iceberg es una gran masa de hielo que se encuentra en el mar y de la cual sobresale solo una parte. Nosotros somos parecidos: lo que se percibe a simple vista de nosotros no es más que una pequeña parte de lo que somos. Vivir superficialmente sería como acercarse al iceberg contando solo con su parte visible e ignorando que hay una gran masa debajo del agua. Quizá no ignorándolo del todo, pero en todo caso no queriendo tomar en serio que es así.

Vivir profundamente consiste, en primer lugar, en creer que existe esa parte oculta (que muchas veces es la mayor parte) y que es tan importante o más que la parte que se ve. En segundo lugar, consiste en atreverse a darse el chapuzón para bajar a la parte escondida. No es algo inmediato: hay que estar dispuesto a nadar, a bajar, a aguantar la respiración y soportar el frío. No siempre es una experiencia placentera ni siempre es fácil, pero es necesario familiarizarse con esa parte para dar el siguiente paso: vivir contando con esas profundidades, pues así vivimos mejor que engañándonos y pensando que solo existe el piquito de fuera. Cuando algo colisiona desde lo más hondo del mar, estaremos totalmente perdidos si creemos que solo existe lo que hay fuera, ya que ahí no se ve lo que ha chocado con nosotros en nuestras profundidades.

Me diréis que la imagen solo nos hace conscientes de todo lo que hay en nosotros que no conocemos, pero que no nos dice cómo hacerlo. ¡Cierto! Porque no hay una receta válida tal cual para todos: cada uno somos un mundo. Algunas pistas que a mí me ayudan: 1) Ser crítica contigo misma y sospechar que detrás de cada reacción y planteamiento que haces hay mucha «trastienda». Acabas encontrando muchas cosas que no esperabas: sentimientos, miedos, ilusiones, cosas que das por supuestas sin darte cuenta… 2) Dedicar tiempo a explorar esa parte sumergida; pararte a pensar; escribir (si te ayuda, a mí me ayuda mucho a sacarlo y objetivarlo). 3) Dialogar con los demás, que muchas veces te hacen de espejo y te ayudan a objetivar ciertas cosas. 4) A mí me ayuda mucho rezar, porque Dios es el mejor maestro en esto de descubrirte cosas de ti misma que ni sospechabas. 5) Vivir todo con densidad, presente en lo que estás haciendo y no pendiente de lo que no ha llegado (aunque en esto también hay que pensar, pero en el momento adecuado) e intentando actuar conforme a tus valores y prioridades en la vida y no dejándote llevar.

Hay muchas más cosas. Estas son algunas que a mí me ayudan. Lo fundamental creo que es el cambio de actitud: no iremos de puntillas por la vida cuando seamos conscientes de que lo estamos haciendo, no queramos seguir haciéndolo y pongamos los medios para ello. Eres un iceberg: grande, hermoso, misterioso. No te contentes con un trocito que sobresale. Aprende a bucear para contemplar el resto. Solo desde ahí puedes profundizar en todo lo demás, como por ejemplo en tus relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, los demás también son icebergs. Si no aprendes a sumergirte en ti, difícilmente lo harás de verdad en ellos.