I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

Escándalo navideño

Dime la verdad: cuando has leído «escándalo» te pensabas que la entrada iba a ir sobre el escándalo del consumismo o alguna cosa por el estilo, ¿a que sí? ¡Pues no! El mayor escándalo que, al menos en determinado momento, supuso la Navidad, fue lo que en ella se celebra: que Dios se hizo hombre. Para los filósofos griegos, amantes de lo abstracto y lo incorpóreo, resultaba impensable que Dios se hiciera concreto y material. ¿Cómo entender que el Creador del Universo se hizo ser humano, sometido a los límites del espacio y el tiempo?

Este es uno de los mayores «escándalos» que los cristianos mantenemos. Escándalo, sobre todo, para la razón… Porque si te paras a pensarlo, Dios no se hizo hombre adulto, ya educado y maduro, sino que se hizo niño y tuvo que crecer, como todos nosotros. Estos días en los Ejercicios en la vida diaria me ha tocado contemplar los misterios de la Navidad. Y al imaginar a María con el niño Jesús en brazos, pensaba en lo fuerte que es caer en la cuenta de que ese niño dependiente era Dios. Se hizo uno de nosotros hasta el extremo de no ahorrarse depender de una madre para nacer, alimentarse y crecer… Luego imaginaba a José, el padre adoptivo de Jesús, y me llevaba a caer en la cuenta de que Dios mismo fue adoptado. Asumió estar bajo la potestad de padres humanos mientras era pequeño y crecía.

Además, el «estilo» que caracterizó a este niño fue, desde el principio, la humildad, la pobreza y la sencillez. Tanto por dejarse en nuestras manos, como por haber venido al mundo de una forma tan humilde, sin riqueza ni boato.

Pues bien, esto meditaba estos días a raíz de mis Ejercicios, y también porque en una de mis clases el profesor dijo que la Encarnación era un gran escándalo intelectual para muchos filósofos.

Quiero fijarme en esta Navidad en este escándalo, pero bien entendido: no como algo que es malo, sino como algo que nos descoloca y nos hace repensar la imagen que tenemos de Dios y de la propia vida. Y quizá fijarme en él me lleve a darme cuenta de que también soy dependiente de los demás, también soy pobre y también estoy llamada a una entrega total, como Jesús.

Como digo muchas veces, el centro de la Navidad está en el pesebre. Las luces, los regalos, los encuentros… en suma, todo lo que hacemos, lo celebra, pero no lo sustituye. Al menos para quienes creemos en él. Os deseo una Navidad cristianamente «escandalosa».

[Me tomo tres semanitas de vacaciones blogueras para disfrutar de la familia… ¡y del escándalo, claro! Nos vemos a la vuelta. Felices fiestas a todos.]

El combate espiritual

Ayer, en una serie de abogados que estoy viendo, un personaje le decía a otro que para cambiar el mundo lo que tenía que hacer es cambiarse a sí mismo y que, cuando lo consiguiera, ya había aportado su parte para cambiar el mundo. El otro no acababa de creérselo y seguía empeñado en que tenía que hacer un montón de cosas. No se daba cuenta de que la raíz de todas ellas se juega en nuestro ser. Si no se transforma nuestro ser, lo que hagamos tiene siempre la amenaza de corromperse.

Para el cristianismo, no somos nosotros los que nos cambiamos a nosotros mismos, sino que nos transforma Dios. Sin embargo, esto no es pasivo, porque requiere que nos pongamos en su presencia, sepamos reconocer que nos ama independientemente de nuestros méritos y nos dejemos transformar poco a poco por él. Parece todo muy pasivo, ¿verdad? Y sin embargo es lo que cuesta más trabajo.

De hecho, cuesta tanto, que nuestra tradición siempre ha hablado de ello como un verdadero combate espiritual. Combatimos contra todo aquello que nos hace dudar de que valemos la pena; contra todo lo que nos sumerge en la inseguridad; contra todo lo que nos mete en la espiral del merecimiento y del frenesí de hacer mil cosas para poder merecer el amor; contra lo que nos hace dudar de que podamos ofrecer algo valioso al mundo, de que tengamos una verdadera vocación; pero también contra aquello que nos vuelve conformistas, perezosos y pesimistas; contra lo que nos cierra en nuestras cosas y nos impide abrirnos a los demás y a Dios…

Bajo la apariencia de realidades muy diversas, lo que se juega siempre es lo mismo: dónde ponemos nuestro valor. ¿En lo que hacemos? ¿En lo que merecemos? ¿En lo que los demás piensan que hacemos o merecemos? ¿En lo que creemos que se espera de nosotros? Todo esto no hace más que llamar a nuestra puerta día sí y día también. Ser capaz de vivir espiritualmente a pesar de todo ello no es fácil y por eso es un verdadero combate.

Vivir espiritualmente es vivir habiendo reconocido que valemos porque somos seres humanos y no dejamos de valer incluso cuando hemos hecho grandes atrocidades (no porque dé igual lo que hayamos hecho, sino porque siempre podemos sanar y restaurar nuestro ser); es vivir siempre conscientes de nuestra verdad, es decir, humildemente: sin infravaloraciones, pero sin orgullo, conociendo nuestra pobreza y nuestros dones; es vivir siempre abiertos: abiertos a los demás, a Dios, a nuestro interior, al mundo que nos rodea… abiertos no como queriendo dar respuesta a todo el aluvión de estímulos que nos llega día a día, sino queriendo buscar honestamente nuestro lugar y misión en el mundo.

Todo esto no es tan fácil… de hecho, es lo más difícil. Es más fácil sentirte héroe por haber hecho algo bien que reconocer humildemente que no eres el salvador del mundo. Es más fácil querer cambiar muchas cosas en lo exterior y lo que te rodea que estar dispuesto a asomarte de verdad a ti mismo, encontrarte lo que hay, lo que eres, y estar dispuesto a dejarte transformar. También es más fácil estar “semi-abierto” que abierto del todo: escuchar a los otros, pero no dejarte realmente transformar por lo que te viene de ellos; dejarte cuestionar de verdad no es fácil.

Por eso decía que es un combate espiritual. Y por eso para los cristianos es un combate que no puedes librar solo. Como cristiana, librar mi combate consiste, en primer lugar, en ponerme ante Dios y no dejar de hacerlo. En segundo lugar, ponerme no de cualquier manera, sino con apertura, honestidad y deseo de ser transformada. En tercer lugar, con la entrega confiada de que, sea cual sea la transformación, será para mi bien, si es Dios quien la hace en mí. Debemos creernos el “ciento por uno”, porque su paradoja no quita su verdad. Cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar, lo que surge de la transformación es mucho mayor que lo que podíamos perseguir con nuestras propias fuerzas.

Muchas veces mis fuerzas flaquean y no combato como debería. Ese simple “ponerse a tiro” cuesta… pero creo que es el combate más bonito que podemos librar en nuestras vidas, y os animo a que, aunque a veces tiremos la toalla, estemos siempre dispuestos a luchar en el siguiente asalto. Os aseguro que, con perseverancia y la ayuda de Dios, obtendremos la victoria, que no es otra que nuestro ser renovado y todo lo que de él surge para nuestro bien y el de los demás.

¿Luchamos?

Replanteemos nuestros «exempla»

La semana pasada en clase de Griego nos estuvo hablando el profesor sobre las características personales que se valoraban en la antigüedad. Nos contaba que no se pensaba en términos de «valores», en abstracto, sino de «exempla», es decir, personas concretas que encarnaban esas cualidades tan valoradas. Yo le dije que hoy, en el fondo, nos seguimos moviendo mucho por las personas que nos atraen. Decimos a menudo lo de «fulanito es mi ídolo» o nos pronunciamos sobre lo que nos gustan o disgustan determinados personajes (especialmente públicos).

Sin embargo, mi profe me hizo ver que, aunque nos sigamos fijando en modelos o ejemplos, ha cambiado mucho qué valoramos en ellos. En la antigüedad se estimaba tener perseverancia y aguante en las circunstancias malas de la vida, es decir, ante el sufrimiento (no tirar la toalla a la primera de cambio) y en los momentos de bienestar o dicha, ser agradecido (no centrarse en el mérito propio sino en todo lo que uno ha recibido que le ha ayudado a llegar hasta esa situación o lo que se le ha regalado para poder disfrutar de una situación).

Tiene razón… ¡cualquier parecido con nuestros «ídolos» de hoy es pura coincidencia! Primero, porque no queremos mirar al sufrimiento a la cara y solemos preferir tirar por la borda aquello que nos lo está produciendo «y a otra cosa, mariposa». Tanto nosotros como nuestros modelos. Segundo, porque es muy frecuente en nuestra sociedad actual que cuando uno está bien se alegra de todo lo que ha hecho para llegar a esa situación, como si todo dependiera de él. Dicho de otra manera, se valoran características bastante superficiales como el éxito, el aspecto físico o la fama, y caen en el olvido aquellas otras que permiten enfrentarse con verdad y hondura a la vida: la humildad, la perseverancia, la acogida de nuestra vulnerabilidad, el agradecimiento, la conciencia de que no podemos nada sin los otros…

Con todo, abro un rayito de esperanza. Estos modelos son los que más aparecen y los que más «ruido mediático» hacen. Pero creo que para mucha gente hay otros modelos que inspiran mucha más sabiduría de la vida y que encarnan valores más importantes. Seguro que todos habéis pensado en más de uno. Lo que tenemos que hacer es que sean ellos los que nos muevan a querer ser mejores y que los propongamos como los verdaderos «exempla», a ver si más gente se fija en ellos y nos ayudan a querer ser mejores y construir un mundo mejor.