¿Milhojas o palomitas?

Hace unas semanas estaba hablando con mi tía de determinado estado interior que a menudo tenemos todos cuando a ella se le ocurrió la imagen perfecta para describirlo: una máquina de palomitas. ¿A que sabéis a qué estado me refiero, simplemente con esa imagen? Así vamos muchas veces por la vida, con un montón de ideas en la cabeza: «que no se me olvide recoger las botas que le dejé al zapatero», «hay que comprar tomates», «todavía no le he devuelto la llamada a Fulanita», «a ver dónde vamos este año de vacaciones», «qué le digo a Menganito para que olvide la pelea del otro día», «no recuerdo qué día operan a mi madre», «hay que ver lo que hace la gente…» y un largo etcétera. A menudo esas ideas van saltando en nuestra cabeza como las palomitas, mutando a toda velocidad, sin orden ni concierto.

Hasta aquí, todo normal. Lo problemático es que «la máquina de palomitas» amenace con convertirse en nuestro estado permanente y que todo lo queramos resolver así, según hace «pop» en nuestra cabeza. ¿Qué hacer para evitarlo? Preocupada por esta cuestión, otra imagen me vino a la cabeza: un milhojas de frutas del bosque que hice hace unos meses. Era la primera vez que hacía milhojas y, francamente, no me quedó muy bien. Lo bautizamos como el «milhojas rústico», porque no conseguí aplanar bien los hojaldres y se hincharon un montón, de manera que no quedó como el habitual postre delicado y coqueto, sino como una basta superposición de capas. Eso sí, en mi defensa diré que de sabor estaba muy rico.

Resulta que el milhojas vino a mi mente porque se parece más a cómo creo yo que tenemos que hacer con esas ideas que bullen en nuestra cabeza. En primer lugar, ordenarlas: por un lado va la crema, por otro las frutas del bosque y por otro el hojaldre. Cada parte necesita su propio proceso independiente de cocinado antes de integrarse en el conjunto del milhojas. En segundo lugar, distribuirlas adecuadamente y en la proporción justa. No vas a poner un kilo de frutas encima de un hojaldre enano, ni viceversa (es decir, lo que me pasó a mí con esos hojaldres tan enormes). En tercer lugar, dejarlo enfriar en la nevera antes de comértelo.

Con nuestra vida pasa lo mismo: no debería ser constantemente una sucesión de palomitas que saltan en nuestra cabeza. Deberíamos intentar cocinar todos esos ingredientes, primero cada cosa por separado, porque suelen necesitar tratamientos y momentos distintos, y luego ya integrarlo todo de manera ordenada (o, al menos, de la mejor manera posible), respetando la importancia de cada preocupación que tenemos y su mayor o menor valor respecto al resto de preocupaciones. Finalmente, debemos saber también cuándo las cosas deben reposar y enfriarse, para no actuar siempre en caliente, guiados por nuestros impulsos repentinos.

No nos suele salir bien a la primera, como no queda el milhojas perfecto la primera vez que te pones a hacerlo, pero merece la pena cultivar este arte repostero para ir mejorando y viviendo mejor las cosas que llevamos dentro, en vez de dejar que salten ellas solas como y cuando quieran, adueñándose de nuestra cabeza e incitándonos a responder a ellas a tirones, según hacen «pop». En la vida, como en la cocina, hay que tener orden y paciencia.

[Dedicado a mi tía Cristina, la inventora de la metáfora.]

Anuncios