Partido a partido

Ayer una amiga de la universidad me dijo que le había sorprendido verme tan tranquila durante todo este curso a pesar de la cantidad de cosas que había tenido que hacer y de las que había tenido que preocuparme. Esta conversación me dejó pensativa. Como he vivido todo con bastante calma, mi sensación ha sido la de no haber hecho “tantas” cosas. Pero si echo la vista atrás, la verdad es que ha sido un año bastante intenso, lleno de acontecimientos, procesos y personas importantes a todos los niveles.

No nos engañemos, es cierto que he tenido mis pequeños momentos de saturación y agobio. Sin embargo, siento que este curso esos momentos han sido menos y que cuando los ha habido los he resituado más rápido que otras veces. Ni siquiera cuando tuve que entregar el TFM (o tesina, como lo llamamos en Teología) estuve sin dormir o sin descansar. Seguí mi rutina normal y lo entregué incluso un poco antes de que cerrara el plazo. Con un examen que tuve que estudiar un poco a última hora por lo liada que había estado me pasó lo mismo: los días previos estuve bastante centrada en eso y en algún momento un poco agobiada pensando en si me daría tiempo a estudiarlo todo, pero tampoco perdí la cabeza ni dejé de “vivir”. De hecho, la noche anterior al examen fui a ver al Mago Pop y disfruté mucho el espectáculo.

Creo que el secreto de haber vivido así este curso está en lo que ya os conté sobre la calma que me había aportado el embarazo. Ser capaz de pactar con mis límites y no pretender exigirme más de la cuenta ha sido fundamental. Con todo, tampoco se trata de no exigirte nada, sino de no saturarte pretendiendo llegar a más de lo que puedes. Si te organizas bien, teniendo claras tus prioridades y tus capacidades, y vas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabas llegando.

Relacionado con lo anterior está el aspecto sobre el que quisiera incidir hoy: ir partido a partido, como el Atleti. Otras veces he tendido a agobiarme porque pensaba en todo lo que me quedaba por delante y en si tendría tiempo para ello. Este año he entrenado mi capacidad de vivir el presente sin que lo que me aguardaba me distrajera de lo que estaba haciendo. He ido cerrando proyectos y abriendo otros, dando a cada cosa el tiempo que creía que tenía que dar. No siempre ha sido fácil, pero creo que es el año en que he vivido mejor esta faceta de la organización del tiempo.

Creo que el tiempo que he dedicado a la oración a través de los Ejercicios espirituales en la vida diaria me ha ayudado a lograr esto. La oración me da la paz necesaria para afrontar las cosas sin acelerarme ni agobiarme y me ayuda también a la aceptación de mí misma, central para no vivir siempre intentando responder a las expectativas ajenas (y propias), sino intentando dar lo mejor que puedo en cada momento, sabiendo que no siempre lo logro y que hay que vivirlo con humildad.

No caigamos en la trampa de pensar que no hemos hecho nada solo porque estamos tranquilos y hemos dedicado tiempo a descansar. Esa fue mi tentación al principio. Pero siendo justa conmigo misma he tenido que reconocer que, aunque quizá he llegado a menos “cosas” que antes, en realidad ha sido un año lleno de compromisos y de esfuerzo. Quizá lo que cambia es a qué van dirigidos esos esfuerzos: todo lo que lleva consigo el embarazo (empezando por las mil citas médicas y el tiempo que ello supone, y siguiendo por el aumento del cansancio y la consiguiente necesidad de descansar mejor) ha cambiado mi rutina y me ha hecho cambiar algunas opciones. Lo importante es plantearte si, con el cambio de circunstancias y el reajuste vital que comporta, sigues respondiendo a tu vocación. Ahí es donde está el quid de la cuestión.

No ha sido un año perfecto y seguro que en algunas cosas podría haberlo hecho mejor o haberme comprometido más. Eso está claro. Sin embargo, ahora que llega el verano y el cierre de esta etapa, echando la vista atrás creo que, en lo central, he seguido respondiendo a mi vocación y a mi misión. Quizá por eso lo he vivido todo con bastante paz. Quizá por eso me ha costado menos ir respondiendo a los retos “partido a partido”.

[Dedicado a Arrate, inspiradora de la entrada.]

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El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]